04-04-2026, 12:30 PM
Otra vez el tiempo se detuvo, y a la vez no.
Hay momentos en que lo que recibe el cuerpo tras un golpe que te supera no es dolor. El dolor tiene dirección, tiene una fuente que el cuerpo puede localizar y catalogar, alguien es capaz de decir "me duele el pie" o "me duele la cabeza". Pero hay momentos que aquello es algo mas, el momento exacto en que el sistema nervioso deja de saber qué hacer con las señales que recibe y simplemente para, como una marea que retrocede tan abruptamente que deja el fondo al aire, vacío, ausencia; eso es el estado en el que se encontraba Kazan. Kazan conocía ese silencio, lo conocía muy bien. Lo había habitado treinta y siete veces documentadas en el Circo de Sangre, y las que no estaban documentadas eran más. Lo que había aprendido de todas ellas era una sola cosa el suelo siempre está abajo. Mientras eso sea verdad, te puedes levantar, una rodilla puede ser clavada en el suelo y seguir hacia adelante.
"Pelea GLADIADOR" Diría un eco en su mente.
Sus quince toneladas encontraron como ponerse en pie en algún momento. Y lo primero que vieron sus ojos cuando el mundo recuperó la dirección correcta no fue a Arnold. Fue a Miyori. La muchacha del violín estaba cubierta por una nube que se disipaba lentamente, el nitrógeno retrocediendo de sus ropas y de su piel de forma lenta. Kazan lo supo de inmediato aquella joven corria un peligro atroz, ahora mas que nunca, estaba paralizada y servida en bandeja de plata para el marine abanderado.
"Aguanta, pequeña de las alas. No dejare que te hagan nada."
Luego Mell. De pie. Sangre en el labio y las dagas todavía en las manos y esa expresión de fastidio concentrado que tenía siempre, como si Arnold fuera una inconveniencia de proporciones inaceptables más que una amenaza real. El cuerpo de esa gyojin tenía una opinión muy concreta sobre cuándo rendirse y esa opinión era nunca. Y Nyra. Nyra con sangre púrpura en el filo de la katana. "Lo alcanzó. Lo alcanzó de verdad." Sus ojos terminaron en Arnold. Arnold que miraba la pared rota con esa expresión de quien ve algo que no estaba en el guión que tenia su gran teatro, los ojos rojos brillando con una mezcla de sorpresa y especulación, calculando si el fallo de la cañería era sabotaje o accidente o señal de que sus superiores estaban mirando desde algún lugar cálido y seguro.
-Ratas cobardes.-
No hubo muletilla esta vez. No hubo el "por las profundidades" de siempre ni la risa áspera. Solo aquella frase pronunciada con desprecio. -Destruiré todo lo que atesoráis.- Dejó que eso aterrizara solo. -No se si hoy o mañana pero destruiré todo lo que os rodea, os daré caza una y otra vez hasta que mis huesos se quiebren.- El brazo izquierdo empezó a extenderse. El agua del aire se condensaba alrededor de los nudillos con esa anticipación física que precede a cualquier descarga de Gyojin Karate. Pero la voz no cambió de ritmo. No se aceleró. Siguió siendo la marea en calma mientras la tormenta se preparaba debajo. -Voy a destruiros, Arnold Redflag el Tercero, a ti y a todos los que te siguen y al que sigues.- Sus ojos no parpadearon.
-¡HYAKUMAIGAWARA SEIKEN!
El grito llegó sin transición desde el susurro, una ruptura de escala que llenó la sala entera como si las paredes de hielo fueran una caja de resonancia diseñada para ese único propósito. El puño salió disparado hacia el centro de gravedad de Arnold, perforante, atroz, lento pero inevitable.
No esperó.
Kazan no había esperado resultados desde mucho antes porque Arnold era demasiado rápido para esperar resultados fuera una estrategia viable para alguien con sus reflejos, y todo se habia grabado ya en su mente hasta ahora, cada esquive, cada movimiento. Mientras el brazo izquierdo completaba el recorrido del Seiken, el brazo derecho ya estaba cargando con Kurogane, el bícep expandiéndose contra la túnica amarilla, los tendones marcándose bajo la piel cerúlea con esa inflamación que precede a los golpes que no buscan precisión sino cobertura. Doce metros de barrido. La sala mide catorce de lado. Las paredes hacen el resto del trabajo. -¡ONI NO UDE-UCHI! Kurogane barrió el aire en horizontal con el peso de todo lo que Kazan era, el kanaboo describiendo un arco que cruzó el espacio disponible con la inevitabilidad de algo que no tiene ninguna razón para detenerse antes de encontrar resistencia, teniendo en cuenta siempre de no golpear a sus aliadas. Sus ojos buscaron a Nyra y a Mell durante el barrido.
-¡Ahora!-
Una sola palabra. Pero en la boca de alguien que lleva rato siendo el blanco principal de todos los golpes, dicha con la vitalidad que le quedaba y toda la ira almacenada, y un collar de metal frío en el cuello y el collar de cuentas de madera todavía en su sitio después de todo, esa palabra pesaba exactamente lo que tenía que pesar.
Hay momentos en que lo que recibe el cuerpo tras un golpe que te supera no es dolor. El dolor tiene dirección, tiene una fuente que el cuerpo puede localizar y catalogar, alguien es capaz de decir "me duele el pie" o "me duele la cabeza". Pero hay momentos que aquello es algo mas, el momento exacto en que el sistema nervioso deja de saber qué hacer con las señales que recibe y simplemente para, como una marea que retrocede tan abruptamente que deja el fondo al aire, vacío, ausencia; eso es el estado en el que se encontraba Kazan. Kazan conocía ese silencio, lo conocía muy bien. Lo había habitado treinta y siete veces documentadas en el Circo de Sangre, y las que no estaban documentadas eran más. Lo que había aprendido de todas ellas era una sola cosa el suelo siempre está abajo. Mientras eso sea verdad, te puedes levantar, una rodilla puede ser clavada en el suelo y seguir hacia adelante.
"Pelea GLADIADOR" Diría un eco en su mente.
Sus quince toneladas encontraron como ponerse en pie en algún momento. Y lo primero que vieron sus ojos cuando el mundo recuperó la dirección correcta no fue a Arnold. Fue a Miyori. La muchacha del violín estaba cubierta por una nube que se disipaba lentamente, el nitrógeno retrocediendo de sus ropas y de su piel de forma lenta. Kazan lo supo de inmediato aquella joven corria un peligro atroz, ahora mas que nunca, estaba paralizada y servida en bandeja de plata para el marine abanderado.
"Aguanta, pequeña de las alas. No dejare que te hagan nada."
Luego Mell. De pie. Sangre en el labio y las dagas todavía en las manos y esa expresión de fastidio concentrado que tenía siempre, como si Arnold fuera una inconveniencia de proporciones inaceptables más que una amenaza real. El cuerpo de esa gyojin tenía una opinión muy concreta sobre cuándo rendirse y esa opinión era nunca. Y Nyra. Nyra con sangre púrpura en el filo de la katana. "Lo alcanzó. Lo alcanzó de verdad." Sus ojos terminaron en Arnold. Arnold que miraba la pared rota con esa expresión de quien ve algo que no estaba en el guión que tenia su gran teatro, los ojos rojos brillando con una mezcla de sorpresa y especulación, calculando si el fallo de la cañería era sabotaje o accidente o señal de que sus superiores estaban mirando desde algún lugar cálido y seguro.
-Ratas cobardes.-
No hubo muletilla esta vez. No hubo el "por las profundidades" de siempre ni la risa áspera. Solo aquella frase pronunciada con desprecio. -Destruiré todo lo que atesoráis.- Dejó que eso aterrizara solo. -No se si hoy o mañana pero destruiré todo lo que os rodea, os daré caza una y otra vez hasta que mis huesos se quiebren.- El brazo izquierdo empezó a extenderse. El agua del aire se condensaba alrededor de los nudillos con esa anticipación física que precede a cualquier descarga de Gyojin Karate. Pero la voz no cambió de ritmo. No se aceleró. Siguió siendo la marea en calma mientras la tormenta se preparaba debajo. -Voy a destruiros, Arnold Redflag el Tercero, a ti y a todos los que te siguen y al que sigues.- Sus ojos no parpadearon.
-¡HYAKUMAIGAWARA SEIKEN!
El grito llegó sin transición desde el susurro, una ruptura de escala que llenó la sala entera como si las paredes de hielo fueran una caja de resonancia diseñada para ese único propósito. El puño salió disparado hacia el centro de gravedad de Arnold, perforante, atroz, lento pero inevitable.
No esperó.
Kazan no había esperado resultados desde mucho antes porque Arnold era demasiado rápido para esperar resultados fuera una estrategia viable para alguien con sus reflejos, y todo se habia grabado ya en su mente hasta ahora, cada esquive, cada movimiento. Mientras el brazo izquierdo completaba el recorrido del Seiken, el brazo derecho ya estaba cargando con Kurogane, el bícep expandiéndose contra la túnica amarilla, los tendones marcándose bajo la piel cerúlea con esa inflamación que precede a los golpes que no buscan precisión sino cobertura. Doce metros de barrido. La sala mide catorce de lado. Las paredes hacen el resto del trabajo. -¡ONI NO UDE-UCHI! Kurogane barrió el aire en horizontal con el peso de todo lo que Kazan era, el kanaboo describiendo un arco que cruzó el espacio disponible con la inevitabilidad de algo que no tiene ninguna razón para detenerse antes de encontrar resistencia, teniendo en cuenta siempre de no golpear a sus aliadas. Sus ojos buscaron a Nyra y a Mell durante el barrido.
-¡Ahora!-
Una sola palabra. Pero en la boca de alguien que lleva rato siendo el blanco principal de todos los golpes, dicha con la vitalidad que le quedaba y toda la ira almacenada, y un collar de metal frío en el cuello y el collar de cuentas de madera todavía en su sitio después de todo, esa palabra pesaba exactamente lo que tenía que pesar.
Marea Azul
