26-03-2026, 04:34 PM
(Última modificación: 26-03-2026, 07:10 PM por Enji.
Razón: Ajuste de daños en el bélico.
)
Con los músculos tensos, la sangre caliente y la adrenalina, dulce y excitante adrenalina, corriendo junto a ella por sus venas, Enji saltó, preparado para hacer lo que mejor sabía: golpear. Golpear en el torso, golpear en la cara, golpear en las piernas y en las pelotas. Donde sea que la pequeña figura con ínfulas de magnate dejase un hueco, golpear. Después podían hablar. Después le sacarían la información que necesitaban, las llaves de los collares y quizá, sólo quizá, se probaría ese abrigo. Lucía asquerosamente grueso y lo más probable es que acabase rompiéndolo, pero tenía estilo.
Golpear, golpear, golpear. Cuando atacaba, ese simple pensamiento invadía su cuerpo y expulsaba todos lo demás. Cada vello y cada poro respondían a la acción violenta, entrenados a consciencia para saber de forma instintiva cuál era su tarea. Una tarea simple. Una órden primigenia.
Y, de pronto, mientras cortaba el aire con su movimiento…
—El baile de los gorilas dice así.
Un parpadeo, un instante perdido en mitad del vuelo y la adrenalina descendió a cero. Otra cosa la reemplazó, llenando sus venas, sus poros y erizandole los vellos de la nuca. Una sustancia tan pura e intensa que su cuerpo dejó de obedecer a las directrices de la mente y decidió entregarse a ese brebaje, a su mensaje implícito, y danzar.
Se entregó al bailongo.
—Las manos hacia arriba…
—¡Opa!
El puño cerrado se relajó, la tensión se distendió y todo su cuerpo empezó a fluir al ritmo de una música que no existía, pero que sentía en su cabeza. Levantó los brazos y los agitó en el aire.
—Las manos hacia abajo…
—¡Esa!
Las palabras del pequeño espécimen de pseudo marine disparaban la reacción de su cuerpo, como comandos encriptados en sus huesos. Era automático. Esta vez, los brazos bajaron y se movieron de lado a lado, acompañando el movimiento de su cintura. Un, dos, un, dos.
—Y como los gorilas...
¡ Uh uh uh uh ! Todos caminamos…
—¡Dal…!
El ritmo no decayó con el bamboleo de sus manos, que luego quisieron hacer una especie de despliegue hacia arriba y su puño derecho se llevó por delante el propio mentón en el proceso, lo que cortó sus palabras a la mitad pero no detuvo su danza.
Lo siguiente que sintió tampoco.
—¡Ugh! Hijo de… ¡Ole!
La punta del paraguas se clavó en su hombro izquierdo, pero el daño y la fuerza aplicada en la estocada no alcanzaron para detener su envión. Pasó junto al tontatton y maldijo para sus adentros lo intenso del baile sabrosón que lo tenía hipnotizado. Una sorpresa grata —la primera en todo el día—, sin embargo, fue que al llegar al suelo, cayendo fuera de la plataforma, sintió que las piernas respondían a sus directrices y no al ritmo de la música.
Música que, por las dudas, seguía sin existir más allá de su cabeza.
—¿No se sabe otra? ¡Ayayay! —Las onomatopeyas salían disparadas de su garganta. No se sentía obligado a escupirlas por ninguna influencia externa, pero, a la vez, sí que algo dentro suyo lo instaba a hacerlo, tratando de rellenar un silencio que no iba para nada de la mano con su baile.
— ¡¡ Bienvenidos al espectaculo de Don Ald !! ¡¡ Donde todos bailan y bailan sin parar ! ¡¡¡ PINGUGUGUGUGUGU!!!
Los movimientos de sus brazos y cadera se repitieron, cada vez más exagerados. Se movió a través de la pista con un ritmo irrefrenable, acoplando su andar —para nada afectado por la fruta del diablo ajena—, al tempo de los pasos de baile. Un, dos, un, dos. Para allá, para acá. Atravesó el terreno hasta emerger a la izquierda de Don Ald.
—¡No culpes a la noche! —Como un bailarín de show, se paró junto al “Artista principal” y bailó, primero con las manos arriba como indicaba la orden—. ¡No culpes a la playa! —y bajó los brazos—, ¡No culpes a la lluvia! —Los brazos volvieron a subir—. ¿Será que no me amas?
Una de sus piernas avanzó, veloz, al frente, ejecutando una patada rápida a la cabeza de Don Ald que trató de camuflar como otro paso de baile. Estaba empezando a sudar, pues el baile era todo un ejercicio. Sentía los músculos calientes y aquello lo incomodaba. Odiaba el calor.
—Mierda… ¿Qué clase de nube tóxica soltaste aquí, enano? —escupió, con su lengua viperina—. ¿Y por qué a ti no te afecta? ¿porque no tienes caderas? ¡Shihahaha!
Golpear, golpear, golpear. Cuando atacaba, ese simple pensamiento invadía su cuerpo y expulsaba todos lo demás. Cada vello y cada poro respondían a la acción violenta, entrenados a consciencia para saber de forma instintiva cuál era su tarea. Una tarea simple. Una órden primigenia.
Y, de pronto, mientras cortaba el aire con su movimiento…
—El baile de los gorilas dice así.
Un parpadeo, un instante perdido en mitad del vuelo y la adrenalina descendió a cero. Otra cosa la reemplazó, llenando sus venas, sus poros y erizandole los vellos de la nuca. Una sustancia tan pura e intensa que su cuerpo dejó de obedecer a las directrices de la mente y decidió entregarse a ese brebaje, a su mensaje implícito, y danzar.
Se entregó al bailongo.
—Las manos hacia arriba…
—¡Opa!
El puño cerrado se relajó, la tensión se distendió y todo su cuerpo empezó a fluir al ritmo de una música que no existía, pero que sentía en su cabeza. Levantó los brazos y los agitó en el aire.
—Las manos hacia abajo…
—¡Esa!
Las palabras del pequeño espécimen de pseudo marine disparaban la reacción de su cuerpo, como comandos encriptados en sus huesos. Era automático. Esta vez, los brazos bajaron y se movieron de lado a lado, acompañando el movimiento de su cintura. Un, dos, un, dos.
—Y como los gorilas...
¡ Uh uh uh uh ! Todos caminamos…
—¡Dal…!
El ritmo no decayó con el bamboleo de sus manos, que luego quisieron hacer una especie de despliegue hacia arriba y su puño derecho se llevó por delante el propio mentón en el proceso, lo que cortó sus palabras a la mitad pero no detuvo su danza.
Lo siguiente que sintió tampoco.
—¡Ugh! Hijo de… ¡Ole!
La punta del paraguas se clavó en su hombro izquierdo, pero el daño y la fuerza aplicada en la estocada no alcanzaron para detener su envión. Pasó junto al tontatton y maldijo para sus adentros lo intenso del baile sabrosón que lo tenía hipnotizado. Una sorpresa grata —la primera en todo el día—, sin embargo, fue que al llegar al suelo, cayendo fuera de la plataforma, sintió que las piernas respondían a sus directrices y no al ritmo de la música.
Música que, por las dudas, seguía sin existir más allá de su cabeza.
—¿No se sabe otra? ¡Ayayay! —Las onomatopeyas salían disparadas de su garganta. No se sentía obligado a escupirlas por ninguna influencia externa, pero, a la vez, sí que algo dentro suyo lo instaba a hacerlo, tratando de rellenar un silencio que no iba para nada de la mano con su baile.
— ¡¡ Bienvenidos al espectaculo de Don Ald !! ¡¡ Donde todos bailan y bailan sin parar ! ¡¡¡ PINGUGUGUGUGUGU!!!
Los movimientos de sus brazos y cadera se repitieron, cada vez más exagerados. Se movió a través de la pista con un ritmo irrefrenable, acoplando su andar —para nada afectado por la fruta del diablo ajena—, al tempo de los pasos de baile. Un, dos, un, dos. Para allá, para acá. Atravesó el terreno hasta emerger a la izquierda de Don Ald.
—¡No culpes a la noche! —Como un bailarín de show, se paró junto al “Artista principal” y bailó, primero con las manos arriba como indicaba la orden—. ¡No culpes a la playa! —y bajó los brazos—, ¡No culpes a la lluvia! —Los brazos volvieron a subir—. ¿Será que no me amas?
Una de sus piernas avanzó, veloz, al frente, ejecutando una patada rápida a la cabeza de Don Ald que trató de camuflar como otro paso de baile. Estaba empezando a sudar, pues el baile era todo un ejercicio. Sentía los músculos calientes y aquello lo incomodaba. Odiaba el calor.
—Mierda… ¿Qué clase de nube tóxica soltaste aquí, enano? —escupió, con su lengua viperina—. ¿Y por qué a ti no te afecta? ¿porque no tienes caderas? ¡Shihahaha!
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