24-03-2026, 08:59 AM
Dos golpes.
Largos segundos de espera.
Nada.
—¿No me habrán escuchado? ¡Hola! —insistió Enji.
Chasqueó la lengua cuando, una vez más, su llamado fue ignorado.
—Están sordos del otro lado. —Puso los brazos en jarra y el mentón arriba, los párpados cerrados en una fina línea—. O me están ignorando —masculló indignado—. Hijos de…
De fondo, Enji los escuchó. Hablaban. Uno se dirigió al otro con confianza, mientras el tercero, como él, hablaba al grupo. Hasta preguntó sus nombres. Dedujo que, también como él, era la primera vez que cruzaba su camino con el resto. En contraste, quedó claro que los otros dos se conocían desde antes. «Genial —pensó—, entonces podría haberme tocado con los chicos y no pasó». Suspiró y maldijo su suerte. «Estaría tan agusto bailando chachachá…»
—Soy Garro Marlboro Tercero —respondió—. Pero pueden decirme Enji.
Inclinó la cabeza a un lado y luego al otro, inspeccionando la puerta desde varios ángulos. Las vértebras de su columna crujieron y creyó por un instante que se había roto algo. Falsa alarma, solamente estaba contracturado después de haber dormido en el piso quién sabe cuánto tiempo. De seguro más tarde le dolería la cabeza. Menudo incordio.
Ahora, sin embargo, algo mucho más importante que las futuras jaquecas reclamaba su atención.
El suelo, firme hasta entonces, empezó a temblar. Sonidos propios de la maquinaria pesada hicieron eco en la habitación, proveniente de las paredes. Engranajes, cadenas y correas se movían en algún lado, arrastrando grandes pesos al tiempo que el cuarto se llenaba de vapor.
Una luz ténue apareció delante suyo.
—¡Al fin! —exclamó, victorioso, cuando la puerta metálica empezó a elevarse—. Con paciencia y saliva, muchachos. Paciencia y saliva… —Sacudió el dedo índice en el aire y se dispuso a salir, pero la puerta se movía bastante más lento de lo que esperaba en un primer momento—. Como les decía… paciencia y saliva… vamos… —Hablando de paciencia, mucha no le quedaba. Tenía el pie largando humo —metaforicamente hablando—, de zapatear el suelo. Tanto así que, apenas se levantó lo suficiente, Enji flexionó las rodillas y se agachó para cortar la altura faltante y pasar al otro lado de la puerta como quien entra a un ring de pelea.
Es decir, encogido e incómodo, pero pasó.
—¡Libres al fin! ¡Li… —Emergió de la nube de vapor con renovadas energías, dando botes en el suelo, pero lo que se encontró nada más enfocar la mirada lo decepcionó sobremanera—. ... fuck! ¿Otro cuadrado?
Un cuadrado mucho más grande, sí, pero que no dejaba de ser una prisión “XXL”. Enji suspiró. ¿Esto sería como ese chiste de la caja dentro de otra caja? Atinó a echar un vistazo rápido al escenario, pero su atención se fue donde una aguda y chillona voz decidió irrumpir en la escena.
-¡ Bienvenidas queridas víctimas !
Estiró el cuello, se inclinó ligeramente hacia adelante y aguzó la mirada. En el centro de la enorme recámara, veinte metros al frente, había una plataforma que se elevaba dos metros por encima del nivel del suelo y, encima de ella… ¿No había nada?
Bajó un poco la mirada. Oh. Ahí estaba.
—Mierda. Tus papás debieron haberse odiado mucho cuando te hicieron.
El sujeto no era el más agraciado, no. Era pequeño. Lo suficientemente pequeño para ser considerado un enano, pero no tanto como para inspirar ternura por su tamaño. Conseguía la medida justa para perturbar a simple vista, ataviado en una peculiar combinación entre la chaqueta militar típica y un costoso saco, con sus puños y cuello forrados de pelo. Hablaba alto y claro, sin embargo, y se hacía escuchar pese a la distancia. Una bienvenida cínica, cuanto menos.
—Viejo, me encantaría creerte —dijo, con las manos levantadas, al maestro de ceremonias una vez terminado su discurso—. Pero tengo un collar en el cuello.
De pronto, cayó.
En realidad, bajó, cediendo a la gravedad hasta que las piernas estuvieron completamente flexionadas.
—Así que…
Los músculos reaccionaron de forma abrupta y violenta. Se tensaron y, como un resorte liberado de la presión, empujaron a Enji hacia adelante.
—¡Te voy a golpear primero…!
El marine no se precipitó de forma recta; en su lugar, avanzó en una diagonal hacia la izquierda del pomposo Don Ald, volando a ras del suelo tras el impulso inicial.
—¡Y preguntaré después!
Sumergido en el flanco izquierdo del don, su pierna se clavó en el suelo y redirigió la inercia del avance, ahora sí, encarándolo.
—¡Garra! —rugió a la vez que ejecutaba un segundo salto. Este más elevado, lo suficiente para alcanzar la altura de la plataforma y, mientras su cuerpo pasaba por detrás de la pequeña criatura, su puño izquierdo la golpeaba en el torso y se hundía en el tramo blando entre el final de las costillas y el inicio de la cadera.
La velocidad punta que alcanzó lo llevó a caer fuera de la plataforma, incapaz de frenar antes, y aterrizar en el suelo a un metro de la zona elevada. Inmediatamente se agachó, preparado para saltar de regreso a la plataforma.
Largos segundos de espera.
Nada.
—¿No me habrán escuchado? ¡Hola! —insistió Enji.
Chasqueó la lengua cuando, una vez más, su llamado fue ignorado.
—Están sordos del otro lado. —Puso los brazos en jarra y el mentón arriba, los párpados cerrados en una fina línea—. O me están ignorando —masculló indignado—. Hijos de…
De fondo, Enji los escuchó. Hablaban. Uno se dirigió al otro con confianza, mientras el tercero, como él, hablaba al grupo. Hasta preguntó sus nombres. Dedujo que, también como él, era la primera vez que cruzaba su camino con el resto. En contraste, quedó claro que los otros dos se conocían desde antes. «Genial —pensó—, entonces podría haberme tocado con los chicos y no pasó». Suspiró y maldijo su suerte. «Estaría tan agusto bailando chachachá…»
—Soy Garro Marlboro Tercero —respondió—. Pero pueden decirme Enji.
Inclinó la cabeza a un lado y luego al otro, inspeccionando la puerta desde varios ángulos. Las vértebras de su columna crujieron y creyó por un instante que se había roto algo. Falsa alarma, solamente estaba contracturado después de haber dormido en el piso quién sabe cuánto tiempo. De seguro más tarde le dolería la cabeza. Menudo incordio.
Ahora, sin embargo, algo mucho más importante que las futuras jaquecas reclamaba su atención.
El suelo, firme hasta entonces, empezó a temblar. Sonidos propios de la maquinaria pesada hicieron eco en la habitación, proveniente de las paredes. Engranajes, cadenas y correas se movían en algún lado, arrastrando grandes pesos al tiempo que el cuarto se llenaba de vapor.
Una luz ténue apareció delante suyo.
—¡Al fin! —exclamó, victorioso, cuando la puerta metálica empezó a elevarse—. Con paciencia y saliva, muchachos. Paciencia y saliva… —Sacudió el dedo índice en el aire y se dispuso a salir, pero la puerta se movía bastante más lento de lo que esperaba en un primer momento—. Como les decía… paciencia y saliva… vamos… —Hablando de paciencia, mucha no le quedaba. Tenía el pie largando humo —metaforicamente hablando—, de zapatear el suelo. Tanto así que, apenas se levantó lo suficiente, Enji flexionó las rodillas y se agachó para cortar la altura faltante y pasar al otro lado de la puerta como quien entra a un ring de pelea.
Es decir, encogido e incómodo, pero pasó.
—¡Libres al fin! ¡Li… —Emergió de la nube de vapor con renovadas energías, dando botes en el suelo, pero lo que se encontró nada más enfocar la mirada lo decepcionó sobremanera—. ... fuck! ¿Otro cuadrado?
Un cuadrado mucho más grande, sí, pero que no dejaba de ser una prisión “XXL”. Enji suspiró. ¿Esto sería como ese chiste de la caja dentro de otra caja? Atinó a echar un vistazo rápido al escenario, pero su atención se fue donde una aguda y chillona voz decidió irrumpir en la escena.
-¡ Bienvenidas queridas víctimas !
Estiró el cuello, se inclinó ligeramente hacia adelante y aguzó la mirada. En el centro de la enorme recámara, veinte metros al frente, había una plataforma que se elevaba dos metros por encima del nivel del suelo y, encima de ella… ¿No había nada?
Bajó un poco la mirada. Oh. Ahí estaba.
—Mierda. Tus papás debieron haberse odiado mucho cuando te hicieron.
El sujeto no era el más agraciado, no. Era pequeño. Lo suficientemente pequeño para ser considerado un enano, pero no tanto como para inspirar ternura por su tamaño. Conseguía la medida justa para perturbar a simple vista, ataviado en una peculiar combinación entre la chaqueta militar típica y un costoso saco, con sus puños y cuello forrados de pelo. Hablaba alto y claro, sin embargo, y se hacía escuchar pese a la distancia. Una bienvenida cínica, cuanto menos.
—Viejo, me encantaría creerte —dijo, con las manos levantadas, al maestro de ceremonias una vez terminado su discurso—. Pero tengo un collar en el cuello.
De pronto, cayó.
En realidad, bajó, cediendo a la gravedad hasta que las piernas estuvieron completamente flexionadas.
—Así que…
Los músculos reaccionaron de forma abrupta y violenta. Se tensaron y, como un resorte liberado de la presión, empujaron a Enji hacia adelante.
—¡Te voy a golpear primero…!
El marine no se precipitó de forma recta; en su lugar, avanzó en una diagonal hacia la izquierda del pomposo Don Ald, volando a ras del suelo tras el impulso inicial.
—¡Y preguntaré después!
Sumergido en el flanco izquierdo del don, su pierna se clavó en el suelo y redirigió la inercia del avance, ahora sí, encarándolo.
—¡Garra! —rugió a la vez que ejecutaba un segundo salto. Este más elevado, lo suficiente para alcanzar la altura de la plataforma y, mientras su cuerpo pasaba por detrás de la pequeña criatura, su puño izquierdo la golpeaba en el torso y se hundía en el tramo blando entre el final de las costillas y el inicio de la cadera.
La velocidad punta que alcanzó lo llevó a caer fuera de la plataforma, incapaz de frenar antes, y aterrizar en el suelo a un metro de la zona elevada. Inmediatamente se agachó, preparado para saltar de regreso a la plataforma.
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