23-03-2026, 10:41 PM
Tan solo habían pasado algunos instantes desde que aquel pequeño e intrépido grupo despertarse en aquella especie de colosal basurero, o lo que fuera aquella enorme sala. El hedor resultaba insoportable, y se sentía como si aquel aire tórrido y maloliente se volviese casi líquido en sus sistemas respiratorios, en una sensación repugnante que hubiera hecho querer vomitar al más pintado. Pese a lo innegablemente espantoso de la situación, aquel variopinto grupo había empezado a planificar, a figurarse exactamente cómo salir de allí y vivir para contarlo. A medida que se desplazaban por el lugar, cada pisada y movimiento provocaba pequeños desprendimientos de basura y despojos, que rodaban colina abajo, o se deshacían en asquerosas virutas, o simplemente se convertían en polvo. Resultaba difícil saber cuánto podían llevar aquellos restos, orgánicos e inorgánicos por igual, allí, pero parecía haber de todo, y nada que les pudiese resultar realmente útil.
Se mascaba, sin embargo, la tensión en la sala. No era, desde luego, por los comentarios que los allí presentes se lanzaban entre sí. Tal vez fuese por el extraño silencio que reinaba allí, en que todo sonido, o amago del mismo, quedaba inmediatamente acolchado y ahogado por las toneladas de basura que impregnaban el lugar. La casualidad quiso, además, que, en el momento en que Masato colocó su oreja sobre la fría superficie metálica de la puerta. Podría haber intentado abrirla, claro, pero eso la hubiese hecho encontrarse de bruces con la figura que se encontraba al otro lado, haciendo exactamente lo mismo que ella. En su lugar, justo mientras intentaba escuchar qué pasaba al otro lado, oyó repentinamente un fuerte chasquido metálico que resonó como una explosión dentro de la propia puerta, y vio cómo el volante de cierre giraba hacia la derecha, acompañado del golpeteo de varios cerrojos metálicos en su interior. Algo los había oído.
—¡Los hijos de puta están vivos! —gritó una voz desde el otro lado de la puerta, que solo fue audible para la propia Masato y para Wyatt, que se encontraba lo suficientemente cerca de la misma— ¡Traed a las escuadras, panda de gilipollas!
Daría igual que intentasen abrir la puerta ahora, claro; había sido cerrada a cal y canto. Durante los siguientes segundos, tanto Wyatt como Masato pudieron percibir cómo, al otro lado de la puerta, empezaba a formarse un gran estruendo de pasos sincronizados, como si una gran multitud se aproximase hacia aquel lugar. Gritos y órdenes se sucedían entre decenas de voces, antes de que, una vez más, se hiciese el silencio. Los segundos se sucedieron con una tensión creciente, con un murmullo que parecía gestarse al otro lado de la pesada puerta. Finalmente, se oyó un grito marcial, y la puerta, pese a su pesadez, se abrió de sopetón, casi como con un estallido. Una gran humareda inundó el lugar, haciendo aún más denso el ya de por sí cargado aire de la estancia. Cuando el humo se disipó, un gran número de figuras uniformadas habían irrumpido en la sala, interponiéndose entre nuestros protagonistas y la única salida. Todos llevaban trajes de aislamiento de alguna clase de material sintético, conscientes de la posible toxicidad de aquel lugar, armados hasta los dientes. Debían de ser un par de centenares y medio de soldados, que se distribuyeron con eficacia militar por el terreno. Los más cercanos a la puerta, un centenar, estaban armados con todo tipo de largos rifles y otras armas de fuego, colocándose en posición para disparar. A no mucha distancia, entre ellos y nuestros protagonistas, se interponía otro centenar de soldados, estos fuertemente acorazados, armados con escudos y vistiendo placas metálicas por encima de sus trajes. Los otros cincuenta, situados no lejos del primer grupo, habían comenzado a prepararse para disparar una serie de cañones, que habían comenzado a colocar en fila. Resultaba evidente que no tenían intención de dejar títere con cabeza en aquel lugar, y habían puesto toda la carne en el asador para que el error no se repitiera; ya no los darían por muertos, sino que se asegurarían de que lo estuviesen.
Se mascaba, sin embargo, la tensión en la sala. No era, desde luego, por los comentarios que los allí presentes se lanzaban entre sí. Tal vez fuese por el extraño silencio que reinaba allí, en que todo sonido, o amago del mismo, quedaba inmediatamente acolchado y ahogado por las toneladas de basura que impregnaban el lugar. La casualidad quiso, además, que, en el momento en que Masato colocó su oreja sobre la fría superficie metálica de la puerta. Podría haber intentado abrirla, claro, pero eso la hubiese hecho encontrarse de bruces con la figura que se encontraba al otro lado, haciendo exactamente lo mismo que ella. En su lugar, justo mientras intentaba escuchar qué pasaba al otro lado, oyó repentinamente un fuerte chasquido metálico que resonó como una explosión dentro de la propia puerta, y vio cómo el volante de cierre giraba hacia la derecha, acompañado del golpeteo de varios cerrojos metálicos en su interior. Algo los había oído.
—¡Los hijos de puta están vivos! —gritó una voz desde el otro lado de la puerta, que solo fue audible para la propia Masato y para Wyatt, que se encontraba lo suficientemente cerca de la misma— ¡Traed a las escuadras, panda de gilipollas!
Daría igual que intentasen abrir la puerta ahora, claro; había sido cerrada a cal y canto. Durante los siguientes segundos, tanto Wyatt como Masato pudieron percibir cómo, al otro lado de la puerta, empezaba a formarse un gran estruendo de pasos sincronizados, como si una gran multitud se aproximase hacia aquel lugar. Gritos y órdenes se sucedían entre decenas de voces, antes de que, una vez más, se hiciese el silencio. Los segundos se sucedieron con una tensión creciente, con un murmullo que parecía gestarse al otro lado de la pesada puerta. Finalmente, se oyó un grito marcial, y la puerta, pese a su pesadez, se abrió de sopetón, casi como con un estallido. Una gran humareda inundó el lugar, haciendo aún más denso el ya de por sí cargado aire de la estancia. Cuando el humo se disipó, un gran número de figuras uniformadas habían irrumpido en la sala, interponiéndose entre nuestros protagonistas y la única salida. Todos llevaban trajes de aislamiento de alguna clase de material sintético, conscientes de la posible toxicidad de aquel lugar, armados hasta los dientes. Debían de ser un par de centenares y medio de soldados, que se distribuyeron con eficacia militar por el terreno. Los más cercanos a la puerta, un centenar, estaban armados con todo tipo de largos rifles y otras armas de fuego, colocándose en posición para disparar. A no mucha distancia, entre ellos y nuestros protagonistas, se interponía otro centenar de soldados, estos fuertemente acorazados, armados con escudos y vistiendo placas metálicas por encima de sus trajes. Los otros cincuenta, situados no lejos del primer grupo, habían comenzado a prepararse para disparar una serie de cañones, que habían comenzado a colocar en fila. Resultaba evidente que no tenían intención de dejar títere con cabeza en aquel lugar, y habían puesto toda la carne en el asador para que el error no se repitiera; ya no los darían por muertos, sino que se asegurarían de que lo estuviesen.
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