23-03-2026, 12:07 AM
[personajeinvalido=3367]
Esto debe ser el génesis de una absurdidad.
Eran pocos los momentos en los que Hae-won cantaba o hacía algo artístico. Cuando ella lo hacía, las palomas escapaban y los animales cercanos empezaban a aullar por lo horrible de su actuación. A diferencia de ella, su querida hermana, Ji-won, era talentosa en todas las artes escénicas. Era perfecta cantando, bailaba maravillosamente, y su belleza siempre deslumbró a todo aquel que la vio de primera mano. Esa hermosura la puso en muchos aprietos siendo aún una pre adolescente.
Hae-won, por otro lado, siempre fue la más fría, la más analítica, la más seca y seria de ese par que conformaban. Se especializaba en números y memorizaba las cosas de tal forma que, quisiera ella o no, jamás podría borrarlas de su mente. Sabía a ciencia cierta que sus padres jamás tuvieron la intención de entregar su mente prodigiosa a otros, a diferencia de Ji-won, que sí valía dinero rápido y era más efectiva en áreas que ellos veían inservibles o poco aprovechables.
No le tomó demasiado sacar la verdadera conclusión a todo aquel desastre de su pasado: Choi Sun-won, su padre, y Choi Hae-ra, su madre, querían hacer de Hae-won su heredera. El asunto, para ellos, era que no dimensionaron el nivel de impiedad y desprecio que ella adquirió por sus acciones al vender a su hermana. Los resultados hablaron por sí mismos, y todo adquirió un verdadero dramatismo cuando fueron entregados a las autoridades, bajo la mano de la persona a la que más subestimaron.
Sin embargo, esa valentía que adquirió, regresó a modo de terror en el instante en el que recordó las miradas asesinas de sus padres hacia ella el día del juicio y posterior encarcelamiento. Tomó muy personal ese reto; ya no los amaba, así que se convirtieron en enemigos mortales desde el momento en el que separaron sus caminos. Privados de su libertad, ¿qué podrían hacer?
No lo sabe, pero esa sensación de terror es la que persiste ahora. Es una constante que revive recuerdos en los que ella se acurrucaba en un rincón de las tiendas de sus padres luego de saber lo ocurrido con Ji-won. El temor a ser vendida; el terror al pensar en los piratas que se llevaron a su hermana; el abandono y la negligencia. Todo eso vuelve a su mente en forma de un tamborileo incesante que comienza a afectar físicamente, con un par de espasmos con los que lucha, a medida que la voz de Dimitri la trae de nuevo a esa realidad.
El aroma nauseabundo tampoco ayuda.
Aún puede sentir el peso de su collar. Se aferra a él, de manera inconsciente.
—… Hmmm…
De a poco, recupera el conocimiento. Resguardada en el pecho de su compañero, ella lentamente empieza a adquirir la compostura necesaria para mantener a flote sus pensamientos y razonamientos. El aroma fuerte y rancio, lejos de atontarla, la despierta lo suficiente como para abrir los ojos y mantener la entereza, aunque la sensación alarmante de un terror que atraviesa su cuerpo de pies a cabeza retiene la entera libertad que necesita en esos momentos.
Su arma está al alcance, por lo que, separándose por unos momentos de quien la resguarda, la toma entre sus manos. La bolsa con sus elementos esenciales está aún resguardada en su cuerpo; eso la tranquiliza.
—Gracias por todo, Dima —La mirada de la joven, deslucida por la situación, se encuentra con el azul ajeno—… Te debo una por contenerme de esta manera, en verdad, lo estaba necesitando.
El terror sigue, pero las pesadillas ya no forman parte del repertorio que acentúa esas sensaciones ominosas e insoportables.
Tiene que admitir que, lejos de pensar en todo lo que está viviendo allí mismo, su mente está vagando por los rostros del resto de sus compañeros, a los que busca entre los desechos y podredumbre. No los halla. No suspira ni respira profundo, aunque quisiera hacerlo; ni siquiera se atreve a tragar saliva con la situación como está —no cuando no sabe si tenía la boca abierta o cerrada—, y no puede negar que su hermoso e impoluto uniforme está hecho un asco. Malditos mil veces los que se atrevieron a arrojarla a la basura.
—Ahora mismo, no me veo muy hermosa que digamos, ¿cierto, cariño? —Le sonríe, para tratar de traer su mente al presente, al real de que están pasando por esto y a que, en efecto, no está solo—. Venga. Hay que centrarse, aunque… cueste, y bastante.
No puedo negarte, mi estimado lector, que la situación presente es surrealista en todo sentido. Sin embargo, sus primeros instintos están en afilar su mirada, agudizar su oído, y memorizar todo el entorno en el que están. Localiza con la poca luz que viene de la única abertura visible en el lugar, una montaña inmensa de basura que tiene diferentes tipos de relieves en su estructura; un vertedero en toda regla, vamos.
Al estar dicha montaña en el centro, ellos podrían utilizar los laterales para moverse y acercarse a la puerta —y así, evitar que la montaña de basura los vuelva a sepultar—, aunque toda la superficie esté cubierta de desecho podrido. Puede localizar a dos civiles y dos miembros de la marina, contándola a ella. Trata de memorizar sus rostros y afinar sus oídos para tratar de rastrear cualquier anomalía visual o sonora entre toda la pila de basura.
Maldita sea, es extremadamente difícil hacerlo cuando la cruenta sensación del terror la invade y no parece dar tregua.
—Hay que salir de aquí y poner a resguardo a estas personas, chicos —Habla con sus compañeros, tratando de permanecer fuerte, aunque la voz le flaquea y una de sus manos se aferra con fuerza a su rifle—… ¿Alguno de ustedes está herido? ¿Tiene algún impedimento para moverse?
¿Sienten el mismo miedo que a ella le invade ahora mismo?
El aroma es insoportable. No puede evitar las arcadas, aunque no haya nada que pueda vomitar en ese instante. Ni siquiera se da la libertad de suspirar. Se mantiene prácticamente al lado de su pareja; no se mueve de allí.
—Hay que buscar a nuestros compañeros y a los civiles que abordaron el ferry —La real sospecha de que los organizadores del evento tuvieron algo que ver en esto sigue presente en su mente—… Pero para eso, hay que salir de aquí.
Eran pocos los momentos en los que Hae-won cantaba o hacía algo artístico. Cuando ella lo hacía, las palomas escapaban y los animales cercanos empezaban a aullar por lo horrible de su actuación. A diferencia de ella, su querida hermana, Ji-won, era talentosa en todas las artes escénicas. Era perfecta cantando, bailaba maravillosamente, y su belleza siempre deslumbró a todo aquel que la vio de primera mano. Esa hermosura la puso en muchos aprietos siendo aún una pre adolescente.
Hae-won, por otro lado, siempre fue la más fría, la más analítica, la más seca y seria de ese par que conformaban. Se especializaba en números y memorizaba las cosas de tal forma que, quisiera ella o no, jamás podría borrarlas de su mente. Sabía a ciencia cierta que sus padres jamás tuvieron la intención de entregar su mente prodigiosa a otros, a diferencia de Ji-won, que sí valía dinero rápido y era más efectiva en áreas que ellos veían inservibles o poco aprovechables.
No le tomó demasiado sacar la verdadera conclusión a todo aquel desastre de su pasado: Choi Sun-won, su padre, y Choi Hae-ra, su madre, querían hacer de Hae-won su heredera. El asunto, para ellos, era que no dimensionaron el nivel de impiedad y desprecio que ella adquirió por sus acciones al vender a su hermana. Los resultados hablaron por sí mismos, y todo adquirió un verdadero dramatismo cuando fueron entregados a las autoridades, bajo la mano de la persona a la que más subestimaron.
Sin embargo, esa valentía que adquirió, regresó a modo de terror en el instante en el que recordó las miradas asesinas de sus padres hacia ella el día del juicio y posterior encarcelamiento. Tomó muy personal ese reto; ya no los amaba, así que se convirtieron en enemigos mortales desde el momento en el que separaron sus caminos. Privados de su libertad, ¿qué podrían hacer?
No lo sabe, pero esa sensación de terror es la que persiste ahora. Es una constante que revive recuerdos en los que ella se acurrucaba en un rincón de las tiendas de sus padres luego de saber lo ocurrido con Ji-won. El temor a ser vendida; el terror al pensar en los piratas que se llevaron a su hermana; el abandono y la negligencia. Todo eso vuelve a su mente en forma de un tamborileo incesante que comienza a afectar físicamente, con un par de espasmos con los que lucha, a medida que la voz de Dimitri la trae de nuevo a esa realidad.
El aroma nauseabundo tampoco ayuda.
Aún puede sentir el peso de su collar. Se aferra a él, de manera inconsciente.
—… Hmmm…
De a poco, recupera el conocimiento. Resguardada en el pecho de su compañero, ella lentamente empieza a adquirir la compostura necesaria para mantener a flote sus pensamientos y razonamientos. El aroma fuerte y rancio, lejos de atontarla, la despierta lo suficiente como para abrir los ojos y mantener la entereza, aunque la sensación alarmante de un terror que atraviesa su cuerpo de pies a cabeza retiene la entera libertad que necesita en esos momentos.
Su arma está al alcance, por lo que, separándose por unos momentos de quien la resguarda, la toma entre sus manos. La bolsa con sus elementos esenciales está aún resguardada en su cuerpo; eso la tranquiliza.
—Gracias por todo, Dima —La mirada de la joven, deslucida por la situación, se encuentra con el azul ajeno—… Te debo una por contenerme de esta manera, en verdad, lo estaba necesitando.
El terror sigue, pero las pesadillas ya no forman parte del repertorio que acentúa esas sensaciones ominosas e insoportables.
Tiene que admitir que, lejos de pensar en todo lo que está viviendo allí mismo, su mente está vagando por los rostros del resto de sus compañeros, a los que busca entre los desechos y podredumbre. No los halla. No suspira ni respira profundo, aunque quisiera hacerlo; ni siquiera se atreve a tragar saliva con la situación como está —no cuando no sabe si tenía la boca abierta o cerrada—, y no puede negar que su hermoso e impoluto uniforme está hecho un asco. Malditos mil veces los que se atrevieron a arrojarla a la basura.
—Ahora mismo, no me veo muy hermosa que digamos, ¿cierto, cariño? —Le sonríe, para tratar de traer su mente al presente, al real de que están pasando por esto y a que, en efecto, no está solo—. Venga. Hay que centrarse, aunque… cueste, y bastante.
No puedo negarte, mi estimado lector, que la situación presente es surrealista en todo sentido. Sin embargo, sus primeros instintos están en afilar su mirada, agudizar su oído, y memorizar todo el entorno en el que están. Localiza con la poca luz que viene de la única abertura visible en el lugar, una montaña inmensa de basura que tiene diferentes tipos de relieves en su estructura; un vertedero en toda regla, vamos.
Al estar dicha montaña en el centro, ellos podrían utilizar los laterales para moverse y acercarse a la puerta —y así, evitar que la montaña de basura los vuelva a sepultar—, aunque toda la superficie esté cubierta de desecho podrido. Puede localizar a dos civiles y dos miembros de la marina, contándola a ella. Trata de memorizar sus rostros y afinar sus oídos para tratar de rastrear cualquier anomalía visual o sonora entre toda la pila de basura.
Maldita sea, es extremadamente difícil hacerlo cuando la cruenta sensación del terror la invade y no parece dar tregua.
—Hay que salir de aquí y poner a resguardo a estas personas, chicos —Habla con sus compañeros, tratando de permanecer fuerte, aunque la voz le flaquea y una de sus manos se aferra con fuerza a su rifle—… ¿Alguno de ustedes está herido? ¿Tiene algún impedimento para moverse?
¿Sienten el mismo miedo que a ella le invade ahora mismo?
El aroma es insoportable. No puede evitar las arcadas, aunque no haya nada que pueda vomitar en ese instante. Ni siquiera se da la libertad de suspirar. Se mantiene prácticamente al lado de su pareja; no se mueve de allí.
—Hay que buscar a nuestros compañeros y a los civiles que abordaron el ferry —La real sospecha de que los organizadores del evento tuvieron algo que ver en esto sigue presente en su mente—… Pero para eso, hay que salir de aquí.
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