22-03-2026, 04:09 PM
(Última modificación: 22-03-2026, 04:10 PM por Masato Ami.)
[personajeinvalido=3367]
Me sentía asqueado, tesoro, como si todo a mi alrededor estuviera cubierto de porquería invisible que se pegaba a la piel y se colaba hasta en los pensamientos y de pronto, la respiración volvió a mí de golpe, brusca, obligándome a inhalar, pero ese fue un error, un muy grave error. El olor me golpeó sin piedad, era descomposición, comida podrida, desechos de toda índole mezclados en una fragancia tan ofensiva que ni siquiera mi lavanda podía defenderme. Esto sí que es un atentado contra el buen gusto. Me incorporé de inmediato, sacudiéndome con una mueca evidente mientras mis alas se tensaban con incomodidad, intentando inútilmente apartar ese aire infernal.
Mis ojos se adaptaron poco a poco, y entre aquel escenario indigno distinguí rostros conocidos. Dimitri y Hae-won, otros marines, sí, pero no de mi división, sino de la 75. Qué coincidencia tan poco elegante encontrarnos en un basurero. —Intenten no respirar demasiado de este aire, tesoros, porque si seguimos así voy a terminar ofendido a nivel espiritual y eso ya es bastante más grave de lo que parece —dije mientras me llevaba una mano al rostro, intentando filtrar el hedor sin mucho éxito. Mi cuerpo se fue acomodando al entorno, aunque mi expresión dejaba claro que aquello estaba muy, muy lejos de ser aceptable.
Miré alrededor con evidente desagrado, pero sin perder la compostura del todo, porque sí, esto era asqueroso, indigno, absolutamente falto de glamour pero seguía siendo una situación que requería cabeza fría. —Ay, tesoro, de todos los lugares posibles a los que podían lanzarnos, tenían que elegir este montón de desechos sin una pizca de respeto por la estética ni por nuestras narices, pero bueno, supongo que tocará arreglar esto sin perder el estilo, aunque el entorno claramente no esté colaborando en lo más mínimo —añadí con un suspiro, si esto era un tipo de prueba de la marina era demasiado desagradable.
Cuando intenté avanzar hacia ellos, mi cuerpo se heló de inmediato, tesoro. No fue una duda normal, fue algo más profundo, como si la memoria de ese estallido de energía siguiera adherida a mis músculos, recordándome que algo no estaba bien. Sabía que frente a mí no había nada visible, nada que pudiera señalar con el dedo, pero aun así ahí estaba. Ese miedo insistente, incómodo, recorriéndome por dentro y apretándome el pecho como si quisiera robarme el aire otra vez. Qué sensación tan desagradable. Tenía miedo, claro que sí, no voy a fingir lo contrario, pero también sé quién soy. Soy un marine. Mi cuerpo fue entrenado para mantenerse en pie incluso cuando la mente duda, y no pensaba dejar que ese temblor me definiera.
Me di cuenta un poco tarde de que había civiles cerca, y eso fue suficiente para obligarme a moverme. Porque si algo puede más que mi miedo, es mi necesidad de proteger, escuché la voz de una de ellas y, aunque cada paso me costaba más de lo que debería, avancé hasta acercarme. Mis manos aún temblaban ligeramente, pero aun así tomé una de mis maracas y, con cuidado, le di un suave golpecito en la cabeza, más gesto que impacto. —No seas terca, tesoro, porque aunque este lugar sea un desastre absoluto y mi cuerpo esté temblando más de lo que me gustaría admitir, nosotros seguimos siendo la Marina y no vamos a permitir que nada les pase, así que respira despacio y confía en nosotros aunque ahora mismo todo se sienta fuera de control —le dije con una sonrisa que logré mantener firme, incluso con el corazón latiendo a mil.
Caminé nuevamente entre las montañas de desechos, tesoro, cada paso acompañado de ese olor insoportable a putrefacción que se me metía directo a los pulmones como si quisiera instalarse ahí para siempre. Qué falta de respeto tan grande hacia mi refinado sentido del olfato, aun así, no me detuve. Esto no era un lugar para quejarse más de la cuenta, era un lugar para actuar, porque al final del día somos tres marines y hay civiles detrás de nosotros que no pueden defenderse solos, y eso pesa más que cualquier incomodidad. Mi cuerpo todavía arrastraba ese temblor incómodo, ese residuo de miedo que no terminaba de irse, pero lo ignoré lo mejor que pude. No iba a permitir que eso me frenara ahora. Avancé hasta la puerta, apartando un par de restos con mis alas antes de inclinarme ligeramente. Mis alas se tensaron a mi espalda, como si también estuvieran en alerta, y llevé el oído contra la superficie, concentrándome, el mundo se redujo a sonidos, respiraciones, movimientos, cualquier cosa fuera de lugar.
—A ver, tesoro, coopera un poquito conmigo porque si del otro lado hay algo moviéndose, respirando o siquiera pensando en causar problemas, necesito escucharlo antes de que decida aparecer sin invitación y arruinar aún más este día tan poco glamuroso —murmuré en voz baja, más para mí que para los demás, mi oído afinado se enfocó por completo.
Me sentía asqueado, tesoro, como si todo a mi alrededor estuviera cubierto de porquería invisible que se pegaba a la piel y se colaba hasta en los pensamientos y de pronto, la respiración volvió a mí de golpe, brusca, obligándome a inhalar, pero ese fue un error, un muy grave error. El olor me golpeó sin piedad, era descomposición, comida podrida, desechos de toda índole mezclados en una fragancia tan ofensiva que ni siquiera mi lavanda podía defenderme. Esto sí que es un atentado contra el buen gusto. Me incorporé de inmediato, sacudiéndome con una mueca evidente mientras mis alas se tensaban con incomodidad, intentando inútilmente apartar ese aire infernal.
Mis ojos se adaptaron poco a poco, y entre aquel escenario indigno distinguí rostros conocidos. Dimitri y Hae-won, otros marines, sí, pero no de mi división, sino de la 75. Qué coincidencia tan poco elegante encontrarnos en un basurero. —Intenten no respirar demasiado de este aire, tesoros, porque si seguimos así voy a terminar ofendido a nivel espiritual y eso ya es bastante más grave de lo que parece —dije mientras me llevaba una mano al rostro, intentando filtrar el hedor sin mucho éxito. Mi cuerpo se fue acomodando al entorno, aunque mi expresión dejaba claro que aquello estaba muy, muy lejos de ser aceptable.
Miré alrededor con evidente desagrado, pero sin perder la compostura del todo, porque sí, esto era asqueroso, indigno, absolutamente falto de glamour pero seguía siendo una situación que requería cabeza fría. —Ay, tesoro, de todos los lugares posibles a los que podían lanzarnos, tenían que elegir este montón de desechos sin una pizca de respeto por la estética ni por nuestras narices, pero bueno, supongo que tocará arreglar esto sin perder el estilo, aunque el entorno claramente no esté colaborando en lo más mínimo —añadí con un suspiro, si esto era un tipo de prueba de la marina era demasiado desagradable.
Cuando intenté avanzar hacia ellos, mi cuerpo se heló de inmediato, tesoro. No fue una duda normal, fue algo más profundo, como si la memoria de ese estallido de energía siguiera adherida a mis músculos, recordándome que algo no estaba bien. Sabía que frente a mí no había nada visible, nada que pudiera señalar con el dedo, pero aun así ahí estaba. Ese miedo insistente, incómodo, recorriéndome por dentro y apretándome el pecho como si quisiera robarme el aire otra vez. Qué sensación tan desagradable. Tenía miedo, claro que sí, no voy a fingir lo contrario, pero también sé quién soy. Soy un marine. Mi cuerpo fue entrenado para mantenerse en pie incluso cuando la mente duda, y no pensaba dejar que ese temblor me definiera.
Me di cuenta un poco tarde de que había civiles cerca, y eso fue suficiente para obligarme a moverme. Porque si algo puede más que mi miedo, es mi necesidad de proteger, escuché la voz de una de ellas y, aunque cada paso me costaba más de lo que debería, avancé hasta acercarme. Mis manos aún temblaban ligeramente, pero aun así tomé una de mis maracas y, con cuidado, le di un suave golpecito en la cabeza, más gesto que impacto. —No seas terca, tesoro, porque aunque este lugar sea un desastre absoluto y mi cuerpo esté temblando más de lo que me gustaría admitir, nosotros seguimos siendo la Marina y no vamos a permitir que nada les pase, así que respira despacio y confía en nosotros aunque ahora mismo todo se sienta fuera de control —le dije con una sonrisa que logré mantener firme, incluso con el corazón latiendo a mil.
Caminé nuevamente entre las montañas de desechos, tesoro, cada paso acompañado de ese olor insoportable a putrefacción que se me metía directo a los pulmones como si quisiera instalarse ahí para siempre. Qué falta de respeto tan grande hacia mi refinado sentido del olfato, aun así, no me detuve. Esto no era un lugar para quejarse más de la cuenta, era un lugar para actuar, porque al final del día somos tres marines y hay civiles detrás de nosotros que no pueden defenderse solos, y eso pesa más que cualquier incomodidad. Mi cuerpo todavía arrastraba ese temblor incómodo, ese residuo de miedo que no terminaba de irse, pero lo ignoré lo mejor que pude. No iba a permitir que eso me frenara ahora. Avancé hasta la puerta, apartando un par de restos con mis alas antes de inclinarme ligeramente. Mis alas se tensaron a mi espalda, como si también estuvieran en alerta, y llevé el oído contra la superficie, concentrándome, el mundo se redujo a sonidos, respiraciones, movimientos, cualquier cosa fuera de lugar.
—A ver, tesoro, coopera un poquito conmigo porque si del otro lado hay algo moviéndose, respirando o siquiera pensando en causar problemas, necesito escucharlo antes de que decida aparecer sin invitación y arruinar aún más este día tan poco glamuroso —murmuré en voz baja, más para mí que para los demás, mi oído afinado se enfocó por completo.
Mi Off
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