21-03-2026, 09:56 PM
[personajeinvalido=3367]
El sonido fue lo primero en regresar, filtrándose poco a poco entre la oscuridad en la que aún se encontraba mi mente. Una voz rompía el silencio con una claridad que contrastaba con la pesadez de mi cuerpo, arrastrándome de vuelta a la consciencia. Tardé unos segundos en comprender lo que decía, pero una frase destacó entre todo lo demás.
—Arriba, bellas durmientes.—
Abrí los ojos con dificultad, parpadeando varias veces mientras mi vista intentaba adaptarse a la penumbra. Todo se sentía extraño. Intenté incorporarme apoyando una mano contra el suelo, pero en cuanto lo hice, un temblor recorrió todo mi cuerpo, obligándome a detenerme a mitad del movimiento. La respiración era irregular y el pulso seguía acelerado, como si algo dentro de mí aún no hubiera terminado de reaccionar a lo ocurrido.
—¿Qué fue eso?—
El pensamiento surgió lento, arrastrado, mientras intentaba ordenar lo poco que recordaba. Lo último que tenía claro era haber estado en el camarote, en calma, sin ninguna señal de peligro inmediato. Después de eso, solo quedaba un vacío difícil de explicar.
Con cierto esfuerzo logré incorporarme hasta quedar sentado, apoyándome ligeramente mientras dejaba que el mareo se disipara. A medida que mis sentidos volvían, empecé a notar detalles que no encajaban. El suelo era distinto, el aire más pesado, y el entorno no tenía nada que ver con el lugar en el que había estado antes. Al levantar la vista, la situación se volvió aún más clara. No estaba solo.
Había otras tres personas en la habitación, cada una recuperándose a su manera. Durante unos instantes me limité a observarlas en silencio, evaluando sus movimientos, sus expresiones, cualquier indicio que pudiera darme una pista sobre lo que estaba ocurriendo. Ninguno me resultaba familiar. Fue entonces cuando algo llamó mi atención. Un detalle en sus cuellos.
Entorné ligeramente los ojos, fijándome mejor hasta reconocerlo con claridad. Collares de esclavos. Pesados, ajustados, demasiado sólidos para ser algo decorativo. La sensación de incomodidad fue inmediata, casi instintiva.
—No puede ser.—
Sin pensarlo demasiado, llevé una mano a mi propio cuello. El contacto fue frío y firme, confirmando lo que ya sospechaba. También llevaba uno. Deslicé los dedos por su superficie, notando lo bien ajustado que estaba, sin espacio para aflojarlo fácilmente. No era algo improvisado, ni mucho menos.
—Genial—
Recorrí el borde del metal con calma, comprobando cada detalle mientras mi mente empezaba a encajar las piezas. Aquello no era un accidente. Al volver a mirar al resto, noté algo más. Cada uno de los collares tenía una marca visible, un número diferente en cada caso. Fruncí el ceño, intentando ver el mío inclinando ligeramente la cabeza, pero no logré distinguirlo.
Tomé aire despacio, dejando que la respiración se estabilizara poco a poco. El temblor había disminuido, aunque la tensión seguía presente. Apoyándome contra la pared más cercana, terminé de ponerme en pie, sintiendo cómo el equilibrio regresaba gradualmente.
Antes de hacer nada más, bajé la mirada para comprobar lo esencial. Mis armas seguían en su sitio. No faltaba nada.
—Al menos no se llevaron eso.—
Ese detalle cambiaba el enfoque de la situación. Si quien fuera que nos había traído hasta allí hubiera querido desarmarnos por completo, lo habría hecho. Eso significaba que había una intención detrás de todo aquello que aún no comprendía. Levanté la vista y observé de nuevo la habitación. Era cerrada, sin más salida visible que una única puerta. El espacio era reducido, lo suficiente para mantenernos contenidos sin margen de maniobra.
—Esto no fue casualidad.—
La afirmación salió en voz baja, más para mí que para los demás. Volví a pasar la mano por el collar, notando su peso una vez más.
—Alguien nos trajo aquí.—
El silencio que siguió hizo que esa idea resultara aún más evidente. Ninguno parecía tener respuestas, y la incertidumbre empezaba a asentarse en el ambiente. Finalmente, dirigí la mirada hacia los otros tres. No había reconocimiento entre nosotros, solo la misma duda compartida.
—Supongo que ya que estamos en esto juntos, ¿Cuáles son vuestros nombres?—
Apoyé la espalda contra la pared, cruzando los brazos con una calma que no terminaba de reflejar lo que realmente pasaba por mi mente. Mientras esperaba alguna respuesta, empecé a analizar cada detalle, cada posibilidad, intentando anticipar lo que vendría después.
—Sea quien sea, sabe lo que hace.—
El sonido fue lo primero en regresar, filtrándose poco a poco entre la oscuridad en la que aún se encontraba mi mente. Una voz rompía el silencio con una claridad que contrastaba con la pesadez de mi cuerpo, arrastrándome de vuelta a la consciencia. Tardé unos segundos en comprender lo que decía, pero una frase destacó entre todo lo demás.
—Arriba, bellas durmientes.—
Abrí los ojos con dificultad, parpadeando varias veces mientras mi vista intentaba adaptarse a la penumbra. Todo se sentía extraño. Intenté incorporarme apoyando una mano contra el suelo, pero en cuanto lo hice, un temblor recorrió todo mi cuerpo, obligándome a detenerme a mitad del movimiento. La respiración era irregular y el pulso seguía acelerado, como si algo dentro de mí aún no hubiera terminado de reaccionar a lo ocurrido.
—¿Qué fue eso?—
El pensamiento surgió lento, arrastrado, mientras intentaba ordenar lo poco que recordaba. Lo último que tenía claro era haber estado en el camarote, en calma, sin ninguna señal de peligro inmediato. Después de eso, solo quedaba un vacío difícil de explicar.
Con cierto esfuerzo logré incorporarme hasta quedar sentado, apoyándome ligeramente mientras dejaba que el mareo se disipara. A medida que mis sentidos volvían, empecé a notar detalles que no encajaban. El suelo era distinto, el aire más pesado, y el entorno no tenía nada que ver con el lugar en el que había estado antes. Al levantar la vista, la situación se volvió aún más clara. No estaba solo.
Había otras tres personas en la habitación, cada una recuperándose a su manera. Durante unos instantes me limité a observarlas en silencio, evaluando sus movimientos, sus expresiones, cualquier indicio que pudiera darme una pista sobre lo que estaba ocurriendo. Ninguno me resultaba familiar. Fue entonces cuando algo llamó mi atención. Un detalle en sus cuellos.
Entorné ligeramente los ojos, fijándome mejor hasta reconocerlo con claridad. Collares de esclavos. Pesados, ajustados, demasiado sólidos para ser algo decorativo. La sensación de incomodidad fue inmediata, casi instintiva.
—No puede ser.—
Sin pensarlo demasiado, llevé una mano a mi propio cuello. El contacto fue frío y firme, confirmando lo que ya sospechaba. También llevaba uno. Deslicé los dedos por su superficie, notando lo bien ajustado que estaba, sin espacio para aflojarlo fácilmente. No era algo improvisado, ni mucho menos.
—Genial—
Recorrí el borde del metal con calma, comprobando cada detalle mientras mi mente empezaba a encajar las piezas. Aquello no era un accidente. Al volver a mirar al resto, noté algo más. Cada uno de los collares tenía una marca visible, un número diferente en cada caso. Fruncí el ceño, intentando ver el mío inclinando ligeramente la cabeza, pero no logré distinguirlo.
Tomé aire despacio, dejando que la respiración se estabilizara poco a poco. El temblor había disminuido, aunque la tensión seguía presente. Apoyándome contra la pared más cercana, terminé de ponerme en pie, sintiendo cómo el equilibrio regresaba gradualmente.
Antes de hacer nada más, bajé la mirada para comprobar lo esencial. Mis armas seguían en su sitio. No faltaba nada.
—Al menos no se llevaron eso.—
Ese detalle cambiaba el enfoque de la situación. Si quien fuera que nos había traído hasta allí hubiera querido desarmarnos por completo, lo habría hecho. Eso significaba que había una intención detrás de todo aquello que aún no comprendía. Levanté la vista y observé de nuevo la habitación. Era cerrada, sin más salida visible que una única puerta. El espacio era reducido, lo suficiente para mantenernos contenidos sin margen de maniobra.
—Esto no fue casualidad.—
La afirmación salió en voz baja, más para mí que para los demás. Volví a pasar la mano por el collar, notando su peso una vez más.
—Alguien nos trajo aquí.—
El silencio que siguió hizo que esa idea resultara aún más evidente. Ninguno parecía tener respuestas, y la incertidumbre empezaba a asentarse en el ambiente. Finalmente, dirigí la mirada hacia los otros tres. No había reconocimiento entre nosotros, solo la misma duda compartida.
—Supongo que ya que estamos en esto juntos, ¿Cuáles son vuestros nombres?—
Apoyé la espalda contra la pared, cruzando los brazos con una calma que no terminaba de reflejar lo que realmente pasaba por mi mente. Mientras esperaba alguna respuesta, empecé a analizar cada detalle, cada posibilidad, intentando anticipar lo que vendría después.
—Sea quien sea, sabe lo que hace.—
OFF
