21-03-2026, 06:41 AM
[personajeinvalido=3367]
La ensoñación abrazó el cuerpo pero la mente, lejos de distenderse y descansar, permaneció activa y pulsante contra las paredes del subconsciente. Latía en sus sienes un instinto primordial de autopreservación, una voz muda que quería gritar y no tenía boca para hacerlo. Todo el cuerpo estaba en alerta, consciente del peligro que acechaba más allá de la oscuridad de sus párpados. Los músculos querían tensarse y los dedos comprimirse sobre la palma, preparados para atacar. Nada de eso sucedió. En su lugar, Enji se removió en su inconsciencia, apretó fuerte los ojos e hizo muecas con la cara, totalmente dormido. Era todo lo que podía hacer, el único retazo de voluntad que lograba escapar de la prisión donde la había confinado una determinación mucho más poderosa, más grande, y más hambrienta.
Sumergido en la más espesa oscuridad, supo que su vida estaba a merced de los caprichos de otro. Alguien desconocido, encapuchado, que siquiera tuvo el valor de dar la cara al atacar. «Que patético. —Logró hilvanar un pensamiento y no podía ser otro que ese—. Perdí sin haberle visto la cara».
De pronto, el fuego lo rodeó.
Despertó en mitad de un incendio, se incorporó, agitado, y palpó su cuerpo en busca de heridas. Se tocó el pecho, el estómago, la espalda y la cara, preparado para sentir la humedad y tibieza de la sangre.
No había nada.
Ni siquiera una cicatriz. Ni siquiera las cicatrices que debían estar allí. Nada. Piel nueva, limpia, como la de un recién nacido.
El fuego a su alrededor acechaba, reptando en una trayectoria espiral que se cerraba hacia el centro del salón, donde yacía refugiado temporalmente de las llamas pero no del calor que emanaban. Sufrió del sofoco, del ardor en la garganta al tragar humo y de las ampollas que aparecieron en su piel, una detrás de otra, como las burbujas que produce una pastilla efervescente. Tosió y su garganta reseca se partió. Apretó las manos frente al pecho, trató de ignorar el dolor, pero el dolor estaba empecinado en quebrarlo. Dolía respirar, dolía tocar, dolía existir. Finalmente, Enji cayó de costado en el suelo y se abrazó las piernas en posición fetal, resignado a morir. Cerró los ojos… y, entonces, sintió frío.
Frío.
¿Frío?
—¿Qué…?
El aire dejó de doler al pasar por su garganta, aunque había otra cosa que le molestaba. Desorientado, Enji abrió los ojos y encontró oscuridad una vez más. Esta vez, no obstante, la oscuridad era menos densa, menos absoluta, y tras unos pocos segundos sus ojos empezaron a acostumbrarse a ella. Se dio cuenta de que estaba boca abajo en el suelo y mirando a un costado, hacia una pared. Parpadeó un par de veces para corroborar que el escenario fuera estable. Sí, estaba despierto.
—Qué… ¡¿Qué mierda…?! —Levantó la voz, todo lo que su reseca garganta pudo, y se irguió. Apoyó una mano en el suelo y empujó, después hincó la rodilla—. ¿Qué carajos es esto?
Se levantó como pudo. La mitad de su cuerpo, o la mitad de su fuerza, estaba dormida, aun sumergida en la espesa oscuridad que lo envolvió en un principio. Trastabilló, débil, y se apoyó en la pared, pues el mareo persistía a la par de la imperiosa necesidad de ponerse en guardia. El corazón galopaba en su pecho con premura, la sangre corría desbocada por sus venas y la adrenalina se destilaba pura de cada poro de su piel. Estaba sudando.
Apoyó la espalda en el grueso muro y dejó que los ojos se acostumbraran del todo a la poca luz que se filtraba en esa, ahora revelada, pequeña habitación. El cubículo rectangular tenía la misma sobriedad que los barracones, austero, sencillo y frío, sin detalles en las paredes ni el techo. Una prisión apropiada para aislamiento, pero no estaba solo. Tres personas más yacían en el suelo. Todos hombres, para su desgracia, y ninguno de ellos conocido.
—¡Eh! —llamó al resto con el mismo tono que usaba el comandante para ladrarle órdenes a los subordinados problemáticos. Es decir, Enji y su división—. Arriba, bellas durmientes. ¿Quién de ustedes, idiotas, le puso pastillas a la cerveza? —Dejó correr una pausa y agregó—: Para darle un beso, digo. Carajo, ha sido el viaje de mi putísima vida.
Suspiró y, sintiendo que la fuerza regresaba por completo a él, se separó de la pared y terminó de sacarse los pantalones, que hasta entonces se habían arrastrado por el suelo enganchados a su pierna derecha. Rescató de sus bolsillos las cosas importantes —Den Den Mushi, brújula, encendedor y caja vacía de cigarrillos—, se las guardó en los calzones, dobló la prenda y se agachó para dejarla en el suelo, pegada al vértice. Trató de tragar saliva en el proceso y entonces se percató de que la presión que sentía en la garganta no se debía al mal dormir. Se incorporó con una ceja alzada, curioso. ¿Tenía algo rodeandole el cuello?
—(...)Mierda —masculló—, sabía que no tenía que meterme con los masoquistas y sus cosas raras.
Con la yema de los dedos recorrió el collar, percibiendo en el tacto la dureza del material y lo ajustado que estaba. Quien sea que se lo hubiera puesto no quería dejárselo fácil.
Se rascó el cuello, por encima y por debajo de la mordaza, y maldijo para sus adentros no poder separarlo un poco para rascar la porción de piel oculta detrás del hierro. Chasqueó la lengua y se resignó a quedarse con la picazón.
—¿Alguno tiene la llave? —preguntó al resto mientras avanzaba en dirección a la puerta. Se paró delante y la inspeccionó de arriba abajo, con una mano en el mentón—. Sí, definitivamente está cerrada. Cerrada a cal y canto. ¿Hola? —Acercó el puño y dió dos toques al grueso metal con las incrustaciones de sus guantes—. ¿Cuál era la palabra segura? Este lugar me da putisimos escalofríos.
Y lo disimulaba bastante bien, pero su corazón seguía acelerado, estaba sudando y su pie derecho no dejaba de golpetear el suelo en un gesto propio de la ansiedad que lo carcomía.
«Carajo, Ford...»
La ensoñación abrazó el cuerpo pero la mente, lejos de distenderse y descansar, permaneció activa y pulsante contra las paredes del subconsciente. Latía en sus sienes un instinto primordial de autopreservación, una voz muda que quería gritar y no tenía boca para hacerlo. Todo el cuerpo estaba en alerta, consciente del peligro que acechaba más allá de la oscuridad de sus párpados. Los músculos querían tensarse y los dedos comprimirse sobre la palma, preparados para atacar. Nada de eso sucedió. En su lugar, Enji se removió en su inconsciencia, apretó fuerte los ojos e hizo muecas con la cara, totalmente dormido. Era todo lo que podía hacer, el único retazo de voluntad que lograba escapar de la prisión donde la había confinado una determinación mucho más poderosa, más grande, y más hambrienta.
Sumergido en la más espesa oscuridad, supo que su vida estaba a merced de los caprichos de otro. Alguien desconocido, encapuchado, que siquiera tuvo el valor de dar la cara al atacar. «Que patético. —Logró hilvanar un pensamiento y no podía ser otro que ese—. Perdí sin haberle visto la cara».
De pronto, el fuego lo rodeó.
Despertó en mitad de un incendio, se incorporó, agitado, y palpó su cuerpo en busca de heridas. Se tocó el pecho, el estómago, la espalda y la cara, preparado para sentir la humedad y tibieza de la sangre.
No había nada.
Ni siquiera una cicatriz. Ni siquiera las cicatrices que debían estar allí. Nada. Piel nueva, limpia, como la de un recién nacido.
El fuego a su alrededor acechaba, reptando en una trayectoria espiral que se cerraba hacia el centro del salón, donde yacía refugiado temporalmente de las llamas pero no del calor que emanaban. Sufrió del sofoco, del ardor en la garganta al tragar humo y de las ampollas que aparecieron en su piel, una detrás de otra, como las burbujas que produce una pastilla efervescente. Tosió y su garganta reseca se partió. Apretó las manos frente al pecho, trató de ignorar el dolor, pero el dolor estaba empecinado en quebrarlo. Dolía respirar, dolía tocar, dolía existir. Finalmente, Enji cayó de costado en el suelo y se abrazó las piernas en posición fetal, resignado a morir. Cerró los ojos… y, entonces, sintió frío.
Frío.
¿Frío?
—¿Qué…?
El aire dejó de doler al pasar por su garganta, aunque había otra cosa que le molestaba. Desorientado, Enji abrió los ojos y encontró oscuridad una vez más. Esta vez, no obstante, la oscuridad era menos densa, menos absoluta, y tras unos pocos segundos sus ojos empezaron a acostumbrarse a ella. Se dio cuenta de que estaba boca abajo en el suelo y mirando a un costado, hacia una pared. Parpadeó un par de veces para corroborar que el escenario fuera estable. Sí, estaba despierto.
—Qué… ¡¿Qué mierda…?! —Levantó la voz, todo lo que su reseca garganta pudo, y se irguió. Apoyó una mano en el suelo y empujó, después hincó la rodilla—. ¿Qué carajos es esto?
Se levantó como pudo. La mitad de su cuerpo, o la mitad de su fuerza, estaba dormida, aun sumergida en la espesa oscuridad que lo envolvió en un principio. Trastabilló, débil, y se apoyó en la pared, pues el mareo persistía a la par de la imperiosa necesidad de ponerse en guardia. El corazón galopaba en su pecho con premura, la sangre corría desbocada por sus venas y la adrenalina se destilaba pura de cada poro de su piel. Estaba sudando.
Apoyó la espalda en el grueso muro y dejó que los ojos se acostumbraran del todo a la poca luz que se filtraba en esa, ahora revelada, pequeña habitación. El cubículo rectangular tenía la misma sobriedad que los barracones, austero, sencillo y frío, sin detalles en las paredes ni el techo. Una prisión apropiada para aislamiento, pero no estaba solo. Tres personas más yacían en el suelo. Todos hombres, para su desgracia, y ninguno de ellos conocido.
Contenido Oculto
—¡Eh! —llamó al resto con el mismo tono que usaba el comandante para ladrarle órdenes a los subordinados problemáticos. Es decir, Enji y su división—. Arriba, bellas durmientes. ¿Quién de ustedes, idiotas, le puso pastillas a la cerveza? —Dejó correr una pausa y agregó—: Para darle un beso, digo. Carajo, ha sido el viaje de mi putísima vida.
Suspiró y, sintiendo que la fuerza regresaba por completo a él, se separó de la pared y terminó de sacarse los pantalones, que hasta entonces se habían arrastrado por el suelo enganchados a su pierna derecha. Rescató de sus bolsillos las cosas importantes —Den Den Mushi, brújula, encendedor y caja vacía de cigarrillos—, se las guardó en los calzones, dobló la prenda y se agachó para dejarla en el suelo, pegada al vértice. Trató de tragar saliva en el proceso y entonces se percató de que la presión que sentía en la garganta no se debía al mal dormir. Se incorporó con una ceja alzada, curioso. ¿Tenía algo rodeandole el cuello?
—(...)Mierda —masculló—, sabía que no tenía que meterme con los masoquistas y sus cosas raras.
Con la yema de los dedos recorrió el collar, percibiendo en el tacto la dureza del material y lo ajustado que estaba. Quien sea que se lo hubiera puesto no quería dejárselo fácil.
Se rascó el cuello, por encima y por debajo de la mordaza, y maldijo para sus adentros no poder separarlo un poco para rascar la porción de piel oculta detrás del hierro. Chasqueó la lengua y se resignó a quedarse con la picazón.
—¿Alguno tiene la llave? —preguntó al resto mientras avanzaba en dirección a la puerta. Se paró delante y la inspeccionó de arriba abajo, con una mano en el mentón—. Sí, definitivamente está cerrada. Cerrada a cal y canto. ¿Hola? —Acercó el puño y dió dos toques al grueso metal con las incrustaciones de sus guantes—. ¿Cuál era la palabra segura? Este lugar me da putisimos escalofríos.
Y lo disimulaba bastante bien, pero su corazón seguía acelerado, estaba sudando y su pie derecho no dejaba de golpetear el suelo en un gesto propio de la ansiedad que lo carcomía.
«Carajo, Ford...»
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