17-03-2026, 06:45 AM
[personajeinvalido=3367]
Su mirada se orientaba al horizonte, donde la silueta de los barcos se recortó del capote celeste llevándose consigo a un selecto grupo de desgraciados. Cuatro nombres se repetían en su cabeza.
—¡Vamos, Juancho! No es momento de ser mezquino.
La sonrisa que portaba y presumía podía ser la más sincera que esbozase en mucho tiempo. Una mueca cargada de emoción y expectativa. Enji apretó la mandíbula y su agarre a la barandilla también. Lo estaba esperando. Esperaba el golpe. Ese latigazo violento cuando lo que está bajo tus pies acelera de forma abrupta y la inercia te jala hacia atrás. Lo recordaba de cuando montaba caballos en su hogar, en otro tiempo, en otra vida. Una donde se había caído muchas veces.
Pasaron unos segundos y el golpe no llegó. Juan soltó las drizas, se extendieron las velas y, ahora sí, Enji apretó los dientes y afirmó sus pies en el suelo.
Una vez más, nada pasó.
—¿Eh?
Poco a poco, lentamente, como un gigante despertando tras un prolongado letargo, las maderas empezaron a crujir, las velas se tensaron y el casco se deslizó con marcada pereza entre las pequeñas olas que llegaban a la costa del pueblo. El barco se despegó del puerto y remontó a alta mar a la velocidad que la tenue brisa permitía; ni más, ni menos.
La sonrisa en su rostro se apagó, los hombros cayeron y el agarre se aflojó, permitiendo que las palmas respiraran mientras él suspiraba, decepcionado, y se daba la media vuelta para alejarse de la proa. Un barco funcionaba muy distinto a como lo hacía un caballo. En realidad, si tenía que compararlo con algo, se parecía demasiado a la experiencia de viajar montado en el caparazón de Juan.
Sufrió un deja-vu ahí.
—¡Rubiales! ¿Esto es todo lo rápido que puede moverse esta cosa? —cuestionó a su compañero de división, quien tenía una idea mucho más clara de la navegación. Se acercó a él y se paró a su lado, inclinado hacia los carteles de “Se busca” que tenía pegados en una especie de álbum—. Carajo, sí que son feos. ¿Viste a ese? —Apoyó el codo izquierdo en el hombro derecho de Akira, metió la mano derecha en la bolsa que les dio Nyra y sacó de dentro un trozo de tarta de limón. No una porción, sino un trozo arrancado de la tarta por sus dedos. Se llenó los mofletes de tarta mientras repasaban caras y recompensas—. ¿Qué carajos le pasa? ¿Por qué es azúl? —divagó mientras masticaba. Poco después, tragó y se aclaró la garganta—. Estos son los peces gordos, eh… ¡Bien! —Se irguió una vez más y levantó la voz, ahora con la boca cubierta de merengue—. Es nuestra oportunidad. Vamos a hacerlo bien. Encerrar a estos tipos, averiguar qué se trama el dueño de ese parque y después… ¡Subirnos a las condenadas tacitas giratorias! —Señaló, por último, apuntando al cielo con el dedo—. No necesariamente en ese órden. ¡Eh, Masami, Sigrid! Coman algo. Está bastante bueno esto.
Y que lo dijese él, que tenía las papilas gustativas atrofiadas por el tabaco, era mucho. Nyra había dado en el clavo con la tarta de limón. El sabor ácido lograba penetrar en el espeso e insensible manto invisible que cubría su lengua. Gotas de sabor se filtraron, y Enji atesoró cada una.
Tras una pequeña pausa de goce total, agregó:
—Lo hice yo.
La tarde murió en alta mar y sus últimos rayos, como manotazos de ahogado, pintaban el cielo de distintos colores dentro de la cálida paleta del atardecer. El rojo predominaba en ella.
—¿Qué carajos estará pasando en ese ferry? —se preguntó en voz alta—. ¡Rubiales! ¿Todavía estamos de camino a los Cábos Gemelos?
Echó un vistazo a la brújula y podía jurar que, cuando salieron, el norte se hallaba en una dirección distinta.
«Ojalá supiera navegar —pensó mientras cerraba la brújula y se la guardaba en el bolsillo del pantalón—. Así, quizá, sabría qué mierda significa eso»
Acarició a Ford, que descansaba en su regazo, con la mano izquierda, y con la derecha se mantuvo aferrado a la soga. Estaba sentado en la barandilla del barco, cerca del mástil, y miraba a proa tras haberse terminado el penúltimo cigarrillo. El chaleco blanco reglamentario había desaparecido en algún momento entre la salida de Baterilla y su localización actual, sumergiéndose en la niebla que rodeaba Kutsukku. Francamente, Enji desconocía la ubicación de su prenda. Se la había quitado en uno de esos extraños lapsus donde su cuerpo se desprendía de la ropa sin consultarle antes. Al menos tuvo la delicadeza de guardar el Den Den Mushi y la brújula en su pantalón antes de desechar el chaleco.
El lazo azul seguía atado en su cuello, solo que mucho más holgado y caía como una corbata sobre su pecho.
La atmósfera se tornó extraña. Ford lo notó. Respiraba intranquilo y no ronroneaba ni cerraba los ojos. Estaba tenso, preparado para reaccionar a la primera de cambio y ponerse a salvo. Eso estaba bien. Lo había entrenado para poder cuidarse solo cuando las cosas se complicaban.
—Ojalá tener un instinto tan afilado —murmuró.
Las siluetas aparecían alrededor del barco en una taimada procesión. Rocas enormes que asomaban su corona fuera del agua y los saludaban al pasar. Un saludo irónico, pensó. Uno que los mantenía atentos. Cualquiera de aquellos peñascos podía reventar fácilmente el casco y mandarlos a pique en un abrir y cerrar de ojos. Un parpadeo, una mala maniobra, y adiós.
La oscuridad abrazó el navío y Ford crispó los vellos del lomo antes de bajarse de su falda de un salto. El temeroso gato corrió a esconderse dentro en el momento que un surco, un río de luz verde, apareció en el cielo. Enji se bajó del barandal y caminó por la cubierta mirando hacia arriba, admirándolo. Era un espectáculo hermoso.
Llegó a la proa cuando el show de lúces naturales se terminó y la noche, tras despedirlo, logró instalarse por completo.
—Estamos tan cerca —masculló, sujetando la barandilla con una mano y rascándose el cuello con la otra. Un pensamiento fugaz articulado por accidente en voz alta—. Quizá podría saltar…
«¿Qué es eso?»
Lo percibió apenas y por el rabillo del ojo. Era una silueta diferente, una que se levantaba ligeramente por encima de las otras. Todas las líneas de pensamiento se cerraron de golpe, y una sola permaneció.
«¿Una… foca…?»
Inconscientemente, Enji ya tenía una pierna fuera de la manga de su pantalón y se disponía a quitar la otra cuando lo sintió.
De pronto, estaba preso.
La cortina cayó frente a sus ojos y todo se convirtió en un manto negro, vasto, opaco, vacío de vida o propósito. Una presión venció sus hombros, sus rodillas, todo. El impacto fue distinto a todo lo que había vivido y experimentado hasta ahora. Lo sintió en sus entrañas, pero no era dolor. Eso, sea lo que fuese, avasalló su esencia misma y la desbordó. De alguna forma, la copa de vidrio rellena de vino que eran su cuerpo y alma sintió la violenta intromisión de un extraño. Algo distinto saturó su alma y decantó su conciencia al fondo de la copa, convertida en una borra turbia.
El suelo bajo sus pies simplemente desapareció. La noche lo envolvió por completo. Cayó primero de rodillas, con la mirada al frente pero perdida en algún punto imaginario: ya no podía enfocar la realidad. Aflojó el agarre a las pretinas de su pantalón a medio quitar y sus brazos cayeron, inertes, a cada lado del cuerpo.
«Mierda», fue su último pensamiento. Después, su mente se terminó de apagar y Enji cayó hacia atrás sobre la cubierta. El blanco cabello desparramado sobre los tablones de madera, un pantalón que sólo se aferraba a una de sus piernas, un par de guantes cubriéndole hasta los antebrazos y la gorra marine, impoluta, pero caída unos centímetros más allá.
Los boxers, elegidos para la ocasión, eran del mismo tono azúl oscuro de su lazo.
Su mirada se orientaba al horizonte, donde la silueta de los barcos se recortó del capote celeste llevándose consigo a un selecto grupo de desgraciados. Cuatro nombres se repetían en su cabeza.
—¡Vamos, Juancho! No es momento de ser mezquino.
La sonrisa que portaba y presumía podía ser la más sincera que esbozase en mucho tiempo. Una mueca cargada de emoción y expectativa. Enji apretó la mandíbula y su agarre a la barandilla también. Lo estaba esperando. Esperaba el golpe. Ese latigazo violento cuando lo que está bajo tus pies acelera de forma abrupta y la inercia te jala hacia atrás. Lo recordaba de cuando montaba caballos en su hogar, en otro tiempo, en otra vida. Una donde se había caído muchas veces.
Pasaron unos segundos y el golpe no llegó. Juan soltó las drizas, se extendieron las velas y, ahora sí, Enji apretó los dientes y afirmó sus pies en el suelo.
Una vez más, nada pasó.
—¿Eh?
Poco a poco, lentamente, como un gigante despertando tras un prolongado letargo, las maderas empezaron a crujir, las velas se tensaron y el casco se deslizó con marcada pereza entre las pequeñas olas que llegaban a la costa del pueblo. El barco se despegó del puerto y remontó a alta mar a la velocidad que la tenue brisa permitía; ni más, ni menos.
La sonrisa en su rostro se apagó, los hombros cayeron y el agarre se aflojó, permitiendo que las palmas respiraran mientras él suspiraba, decepcionado, y se daba la media vuelta para alejarse de la proa. Un barco funcionaba muy distinto a como lo hacía un caballo. En realidad, si tenía que compararlo con algo, se parecía demasiado a la experiencia de viajar montado en el caparazón de Juan.
Sufrió un deja-vu ahí.
—¡Rubiales! ¿Esto es todo lo rápido que puede moverse esta cosa? —cuestionó a su compañero de división, quien tenía una idea mucho más clara de la navegación. Se acercó a él y se paró a su lado, inclinado hacia los carteles de “Se busca” que tenía pegados en una especie de álbum—. Carajo, sí que son feos. ¿Viste a ese? —Apoyó el codo izquierdo en el hombro derecho de Akira, metió la mano derecha en la bolsa que les dio Nyra y sacó de dentro un trozo de tarta de limón. No una porción, sino un trozo arrancado de la tarta por sus dedos. Se llenó los mofletes de tarta mientras repasaban caras y recompensas—. ¿Qué carajos le pasa? ¿Por qué es azúl? —divagó mientras masticaba. Poco después, tragó y se aclaró la garganta—. Estos son los peces gordos, eh… ¡Bien! —Se irguió una vez más y levantó la voz, ahora con la boca cubierta de merengue—. Es nuestra oportunidad. Vamos a hacerlo bien. Encerrar a estos tipos, averiguar qué se trama el dueño de ese parque y después… ¡Subirnos a las condenadas tacitas giratorias! —Señaló, por último, apuntando al cielo con el dedo—. No necesariamente en ese órden. ¡Eh, Masami, Sigrid! Coman algo. Está bastante bueno esto.
Y que lo dijese él, que tenía las papilas gustativas atrofiadas por el tabaco, era mucho. Nyra había dado en el clavo con la tarta de limón. El sabor ácido lograba penetrar en el espeso e insensible manto invisible que cubría su lengua. Gotas de sabor se filtraron, y Enji atesoró cada una.
Tras una pequeña pausa de goce total, agregó:
—Lo hice yo.
La tarde murió en alta mar y sus últimos rayos, como manotazos de ahogado, pintaban el cielo de distintos colores dentro de la cálida paleta del atardecer. El rojo predominaba en ella.
—¿Qué carajos estará pasando en ese ferry? —se preguntó en voz alta—. ¡Rubiales! ¿Todavía estamos de camino a los Cábos Gemelos?
Echó un vistazo a la brújula y podía jurar que, cuando salieron, el norte se hallaba en una dirección distinta.
«Ojalá supiera navegar —pensó mientras cerraba la brújula y se la guardaba en el bolsillo del pantalón—. Así, quizá, sabría qué mierda significa eso»
Acarició a Ford, que descansaba en su regazo, con la mano izquierda, y con la derecha se mantuvo aferrado a la soga. Estaba sentado en la barandilla del barco, cerca del mástil, y miraba a proa tras haberse terminado el penúltimo cigarrillo. El chaleco blanco reglamentario había desaparecido en algún momento entre la salida de Baterilla y su localización actual, sumergiéndose en la niebla que rodeaba Kutsukku. Francamente, Enji desconocía la ubicación de su prenda. Se la había quitado en uno de esos extraños lapsus donde su cuerpo se desprendía de la ropa sin consultarle antes. Al menos tuvo la delicadeza de guardar el Den Den Mushi y la brújula en su pantalón antes de desechar el chaleco.
El lazo azul seguía atado en su cuello, solo que mucho más holgado y caía como una corbata sobre su pecho.
La atmósfera se tornó extraña. Ford lo notó. Respiraba intranquilo y no ronroneaba ni cerraba los ojos. Estaba tenso, preparado para reaccionar a la primera de cambio y ponerse a salvo. Eso estaba bien. Lo había entrenado para poder cuidarse solo cuando las cosas se complicaban.
—Ojalá tener un instinto tan afilado —murmuró.
Las siluetas aparecían alrededor del barco en una taimada procesión. Rocas enormes que asomaban su corona fuera del agua y los saludaban al pasar. Un saludo irónico, pensó. Uno que los mantenía atentos. Cualquiera de aquellos peñascos podía reventar fácilmente el casco y mandarlos a pique en un abrir y cerrar de ojos. Un parpadeo, una mala maniobra, y adiós.
La oscuridad abrazó el navío y Ford crispó los vellos del lomo antes de bajarse de su falda de un salto. El temeroso gato corrió a esconderse dentro en el momento que un surco, un río de luz verde, apareció en el cielo. Enji se bajó del barandal y caminó por la cubierta mirando hacia arriba, admirándolo. Era un espectáculo hermoso.
Llegó a la proa cuando el show de lúces naturales se terminó y la noche, tras despedirlo, logró instalarse por completo.
—Estamos tan cerca —masculló, sujetando la barandilla con una mano y rascándose el cuello con la otra. Un pensamiento fugaz articulado por accidente en voz alta—. Quizá podría saltar…
«¿Qué es eso?»
Lo percibió apenas y por el rabillo del ojo. Era una silueta diferente, una que se levantaba ligeramente por encima de las otras. Todas las líneas de pensamiento se cerraron de golpe, y una sola permaneció.
«¿Una… foca…?»
Inconscientemente, Enji ya tenía una pierna fuera de la manga de su pantalón y se disponía a quitar la otra cuando lo sintió.
De pronto, estaba preso.
La cortina cayó frente a sus ojos y todo se convirtió en un manto negro, vasto, opaco, vacío de vida o propósito. Una presión venció sus hombros, sus rodillas, todo. El impacto fue distinto a todo lo que había vivido y experimentado hasta ahora. Lo sintió en sus entrañas, pero no era dolor. Eso, sea lo que fuese, avasalló su esencia misma y la desbordó. De alguna forma, la copa de vidrio rellena de vino que eran su cuerpo y alma sintió la violenta intromisión de un extraño. Algo distinto saturó su alma y decantó su conciencia al fondo de la copa, convertida en una borra turbia.
El suelo bajo sus pies simplemente desapareció. La noche lo envolvió por completo. Cayó primero de rodillas, con la mirada al frente pero perdida en algún punto imaginario: ya no podía enfocar la realidad. Aflojó el agarre a las pretinas de su pantalón a medio quitar y sus brazos cayeron, inertes, a cada lado del cuerpo.
«Mierda», fue su último pensamiento. Después, su mente se terminó de apagar y Enji cayó hacia atrás sobre la cubierta. El blanco cabello desparramado sobre los tablones de madera, un pantalón que sólo se aferraba a una de sus piernas, un par de guantes cubriéndole hasta los antebrazos y la gorra marine, impoluta, pero caída unos centímetros más allá.
Los boxers, elegidos para la ocasión, eran del mismo tono azúl oscuro de su lazo.
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