17-03-2026, 12:13 AM
Venimos de este post.
Recordad que debéis postear con el código ["personaje=3367"] (sin las comillas, claro), con el fin de preservar vuestras estadísticas tal y como se encontraban al iniciar el evento. Es obligatorio poner bien el código (limitaos a copiar y pegar, quitar las comillas y ponerlo al principio de vuestro post). No colocar el código será motivo de descalificación.
El viento empezaba a arreciar a medida que los varios navíos procedentes de Baterilla empezaban a ver la isla de Kutsukku aproximarse por el horizonte, como una pequeña y humeante protuberancia, su silueta recortada en fuerte contraste con el cielo rojizo y progresivamente más nublado tras la misma. Habían pasado varias horas desde que todos ellos se hiciesen a la mar desde el puerto de Baterilla con un destino que no hacía sino volverse más incierto por momentos. Desde el aviso anunciado por la megafonía del ferry del New Era, sin embargo, no habían parecido surgir más contratiempos, y todo parecía indicar que, con un poco de suerte, saldrían nuevamente con rumbo, ahora sí, al New Era Joy Park, una vez el ferry hiciese las reparaciones correspondientes.
El sol parecía a punto de terminar ya de ocultarse, los salpicones de luz carmesí intensificándose por el cielo y tiñéndolo de un rojo casi cegador. Las nubes seguían acumulándose sobre los cielos del South Blue, y el aire cobraba una frialdad que parecía augurar una noche particularmente gélida para aquellas latitudes. A medida que se acercaban a la industrial y siempre inquietante Kutsukku, de entre las aguas y la creciente niebla sobresalían más y más rocas y peñascos, como si la misma naturaleza hubiese puesto impedimentos para que nadie se acercase más de la cuenta a aquel agujero de humo y corrupción. Allí no había un enorme faro resplandeciente como el de Baterilla, sino que los navíos debían confiar en las habilidades de sus navegantes para salir airosos. El ferry, y todos los barcos que navegaban a su estela, a duras penas lograron esquivar algunas de las rocas que emergían de las aguas. Resultaba sobrecogedor preguntarse cuántos barcos habrían podido dar con su fin en cualquiera de aquellas amenazantes rocas en noches de tormenta, y cuántos de ellos yacían justo debajo de nuestros protagonistas, a cientos de metros de profundidad, en aquellos mismos instantes, ahora convertidos en hogar para peces y quién sabe qué otras criaturas del abismo. Poco a poco, las siluetas recortadas de la isla se volvían más evidentes, incluso en el denso y perpetuo smog que parecía cubrir Kutsukku; enormes chimeneas humeantes, edificios industriales y monstruosos, puertos rodeados de mastodónticas embarcaciones efectuando sus reparaciones. Todo carecía de cualquier tipo de refinamiento, de gusto por lo estético; la industria y el acero prevalecían por encima de cualquier otra cuestión, a cualquier precio. Pese a todo, las aguas parecían lo suficientemente mansas como para que unas dotes de navegación simplemente competentes llevasen a todos a aquel puerto sanos y salvos; en apenas unos minutos, desembarcarían en las sucias aguas de Kutsukku.
Sin embargo, en aquellos mares, la confianza ciega había hundido más barcos que cualquiera de aquellos peñascos. El oleaje, manso aún, parecía invitar a la procesión de barcos a atracar en Kutsukku. El sol terminó de ocultarse tras el horizonte, produciendo uno de aquellos legendarios destellos verdes que solo algunos marineros habían jurado ver en los confines de los mares del mundo. Los últimos rayos se desvanecieron, y el cielo comenzó a oscurecerse una vez más, abriendo camino a la velada en que se jugarían los destinos de todos aquellos que habían zarpado para cumplir con sus sueños y enfrentarse al mundo. Al mismo tiempo, una oscura silueta, oculta hasta entonces por la bruma, se volvió visible sobre la húmeda superficie de la roca más cercana a los cuatro barcos, justo en el instante en que todos se encontraban a una distancia similar de la misma. Nadie tuvo tiempo de reaccionar, y de poco hubiera servido. Los tripulantes de aquellos barcos dirigidos a Kutsukku pudieron oír como un gran trueno, pese a que no hubo antes ningún relámpago que lo precediese, y el aire mismo pareció estremecerse por un instante. Resultaba difícil de explicar, pero para ellos se sintió como si el mundo colapsase sobre sí mismo. En una suerte de onda expansiva que contaba con su epicentro en aquella misma roca junto a la cual navegaban, delgadas chispas negras y carmesíes parecieron extenderse por los aires, reptando por las aguas y llegando hasta los mismos barcos. Para los allí presentes, fue como si el mundo mismo se precipitase hacia el vacío por un instante, como si todos hubiesen caído repentinamente por un agujero en mitad del océano, como si un viento huracanado hubiese surgido de la nada, y a la nada los condujese.
Los tripulantes del ferry, del Buda, del Tempestad y del barco de la Marina, todos por igual, sintieron una enorme presión, y resultaba difícil decir si era física o psicológica, o, incluso, ambas. Igual de difícil no sucumbir. Fuera lo que fuera aquello, parecía emanar de una presencia titánica, como si algo o alguien impusiese la soberanía de su propio ser a la existencia de todo lo demás en aquel mar. Incluso aquellos que contaban, en su interior, con la voluntad que solo los auténticos reyes podían aspirar a poseer, parecían destinados a sucumbir bajo el peso imparable de aquella onda, aquella voluntad colosal que se manifestaba para aplastar el espíritu de todos. Uno tras otro, todos sintieron el espíritu del conquistador, aquel temido fenómeno que solo se encarnaba, según decían, en uno de entre un millón.
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El viento empezaba a arreciar a medida que los varios navíos procedentes de Baterilla empezaban a ver la isla de Kutsukku aproximarse por el horizonte, como una pequeña y humeante protuberancia, su silueta recortada en fuerte contraste con el cielo rojizo y progresivamente más nublado tras la misma. Habían pasado varias horas desde que todos ellos se hiciesen a la mar desde el puerto de Baterilla con un destino que no hacía sino volverse más incierto por momentos. Desde el aviso anunciado por la megafonía del ferry del New Era, sin embargo, no habían parecido surgir más contratiempos, y todo parecía indicar que, con un poco de suerte, saldrían nuevamente con rumbo, ahora sí, al New Era Joy Park, una vez el ferry hiciese las reparaciones correspondientes.
El sol parecía a punto de terminar ya de ocultarse, los salpicones de luz carmesí intensificándose por el cielo y tiñéndolo de un rojo casi cegador. Las nubes seguían acumulándose sobre los cielos del South Blue, y el aire cobraba una frialdad que parecía augurar una noche particularmente gélida para aquellas latitudes. A medida que se acercaban a la industrial y siempre inquietante Kutsukku, de entre las aguas y la creciente niebla sobresalían más y más rocas y peñascos, como si la misma naturaleza hubiese puesto impedimentos para que nadie se acercase más de la cuenta a aquel agujero de humo y corrupción. Allí no había un enorme faro resplandeciente como el de Baterilla, sino que los navíos debían confiar en las habilidades de sus navegantes para salir airosos. El ferry, y todos los barcos que navegaban a su estela, a duras penas lograron esquivar algunas de las rocas que emergían de las aguas. Resultaba sobrecogedor preguntarse cuántos barcos habrían podido dar con su fin en cualquiera de aquellas amenazantes rocas en noches de tormenta, y cuántos de ellos yacían justo debajo de nuestros protagonistas, a cientos de metros de profundidad, en aquellos mismos instantes, ahora convertidos en hogar para peces y quién sabe qué otras criaturas del abismo. Poco a poco, las siluetas recortadas de la isla se volvían más evidentes, incluso en el denso y perpetuo smog que parecía cubrir Kutsukku; enormes chimeneas humeantes, edificios industriales y monstruosos, puertos rodeados de mastodónticas embarcaciones efectuando sus reparaciones. Todo carecía de cualquier tipo de refinamiento, de gusto por lo estético; la industria y el acero prevalecían por encima de cualquier otra cuestión, a cualquier precio. Pese a todo, las aguas parecían lo suficientemente mansas como para que unas dotes de navegación simplemente competentes llevasen a todos a aquel puerto sanos y salvos; en apenas unos minutos, desembarcarían en las sucias aguas de Kutsukku.
Sin embargo, en aquellos mares, la confianza ciega había hundido más barcos que cualquiera de aquellos peñascos. El oleaje, manso aún, parecía invitar a la procesión de barcos a atracar en Kutsukku. El sol terminó de ocultarse tras el horizonte, produciendo uno de aquellos legendarios destellos verdes que solo algunos marineros habían jurado ver en los confines de los mares del mundo. Los últimos rayos se desvanecieron, y el cielo comenzó a oscurecerse una vez más, abriendo camino a la velada en que se jugarían los destinos de todos aquellos que habían zarpado para cumplir con sus sueños y enfrentarse al mundo. Al mismo tiempo, una oscura silueta, oculta hasta entonces por la bruma, se volvió visible sobre la húmeda superficie de la roca más cercana a los cuatro barcos, justo en el instante en que todos se encontraban a una distancia similar de la misma. Nadie tuvo tiempo de reaccionar, y de poco hubiera servido. Los tripulantes de aquellos barcos dirigidos a Kutsukku pudieron oír como un gran trueno, pese a que no hubo antes ningún relámpago que lo precediese, y el aire mismo pareció estremecerse por un instante. Resultaba difícil de explicar, pero para ellos se sintió como si el mundo colapsase sobre sí mismo. En una suerte de onda expansiva que contaba con su epicentro en aquella misma roca junto a la cual navegaban, delgadas chispas negras y carmesíes parecieron extenderse por los aires, reptando por las aguas y llegando hasta los mismos barcos. Para los allí presentes, fue como si el mundo mismo se precipitase hacia el vacío por un instante, como si todos hubiesen caído repentinamente por un agujero en mitad del océano, como si un viento huracanado hubiese surgido de la nada, y a la nada los condujese.
Los tripulantes del ferry, del Buda, del Tempestad y del barco de la Marina, todos por igual, sintieron una enorme presión, y resultaba difícil decir si era física o psicológica, o, incluso, ambas. Igual de difícil no sucumbir. Fuera lo que fuera aquello, parecía emanar de una presencia titánica, como si algo o alguien impusiese la soberanía de su propio ser a la existencia de todo lo demás en aquel mar. Incluso aquellos que contaban, en su interior, con la voluntad que solo los auténticos reyes podían aspirar a poseer, parecían destinados a sucumbir bajo el peso imparable de aquella onda, aquella voluntad colosal que se manifestaba para aplastar el espíritu de todos. Uno tras otro, todos sintieron el espíritu del conquistador, aquel temido fenómeno que solo se encarnaba, según decían, en uno de entre un millón.
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