14-03-2026, 06:05 PM
Entrar en la taberna no fue un asunto sencillo. La mayoría de los lugares que Bai visitaba estaban concebidos para seres de escala mucho más modesta, como la de los humanos que, a su parecer, era de constitución frágil y pequeña, o la de los tonattas que apenas alcanzaban el medio metro y parecían deslizarse por el mundo sin encontrar obstáculo alguno gracias a su tamaño.
No como ella.
Pues, Bai era, en comparación, una torre magnánima de bronce vivo, obligada a inclinar la cabeza y a replegar sus alas con cuidado cada vez que cruzaba el umbral de un espacio público, como si su propio cuerpo fuese siempre demasiado grande para los contornos del mundo en el que se había obcecado en vivir.
Aun así, siempre había agradables sorpresas. Y esta era una de esas. Pues, cuando finalmente consiguió atravesar la puerta, ante ella se abrió una taberna acogedora, rebosante de feligreses devotos del culto a la cebada; entre mesas apretadas y cuerpos inclinados sobre jarras espumosas, el aire estaba impregnado de una mezcla densa de comida caliente, alcohol derramado y grasa chisporroteante que perfumaba el ambiente con una intensidad casi doméstica.
—Vaya... —murmuró al ver el espacioso lugar y sentir cómo aquella amalgama producía una sensación extraña: algo entre la hospitalidad y vértigo.
—¿Hm? —añadió Bai al advertir cómo Heras señalaba hacia un hombre de gran nariz y generosa panza que ocupaba una de las mesas cercanas.
Mas no hizo falta añadir mucho más por su parte.
Y es que, antes de que pudiera siquiera formular otra pregunta, el lunarian ya la estaba arrastrando hacia el sujeto señalado con una naturalidad que a Bai le resultó tan abrupta como inevitable.
—Buenos días… —murmuró cuando por fin se detuvieron frente a él.
Acompañó el saludo con una leve inclinación de cabeza y, acto seguido —tal como había hecho con Heras— se llevó la mano al pecho antes de presentarse con sencillez.
—Bai.
Quizá por el ruido espeso que llenaba la taberna, o quizá porque no había hablado lo bastante alto, entre los tres se abrió un breve silencio. Una grieta que parecía estirarse más de lo debido, dilatándose en la percepción hasta parecer más largo de lo que realmente es.
En realidad, apenas habían sido unos segundos.
—Scaterix —dijo de pronto el hombre, rompiendo la pausa con entusiasmo—. Llama tú a mí Scaterix.
Bai no pudo evitar reír con suavidad por la respuesta tan mal formulada.
Aún así, en su risa no se percibió burla alguna, sino una diversión ligera y agradecida; la forma de hablar de aquel pelirrojo resultaba peculiar. Desde un acento completamente extranjero que arrastraba las sílabas y tropezaba con las conjugaciones como si las palabras aún no le pertenecieran del todo hasta su entonación achispada.
Pero algo era algo.
Y, en cualquier caso, siempre era mejor aquello que volver a quedar atrapada en el silencio.
—Curioso nombre, Scaterix —respondió con sincero interés—. ¿De dónde viene su nombre? He leído muchos libros y puedo asegurarle que jamás había oído uno igual.
La pregunta, como era de esperar, abrió la puerta a una pequeña incursión en la vida del rechoncho pelirrojo. Conversación que Bai escuchó con atención, intercalando alguna observación aquí y allá, hasta que, pasado un rato, Scaterix levantó una mano con una sonrisa ladeada.
—No creo que el bueno de Heras te haya traído para que hablemos de mí…
Bai meditó sobre aquello durante un instante. Luego giró la mirada hacia el lunarian moreno.
—Cierto —admitió finalmente, encogiéndose de hombros con una calma despreocupada—. Supongo que fueron sus buenas intenciones.
De nuevo hizo una breve pausa antes de continuar.
—Confundí a su amigo con un compañero mío. Él también es un lunarian y… desde lejos pensé que era él viniendo a buscarme.
No como ella.
Pues, Bai era, en comparación, una torre magnánima de bronce vivo, obligada a inclinar la cabeza y a replegar sus alas con cuidado cada vez que cruzaba el umbral de un espacio público, como si su propio cuerpo fuese siempre demasiado grande para los contornos del mundo en el que se había obcecado en vivir.
Aun así, siempre había agradables sorpresas. Y esta era una de esas. Pues, cuando finalmente consiguió atravesar la puerta, ante ella se abrió una taberna acogedora, rebosante de feligreses devotos del culto a la cebada; entre mesas apretadas y cuerpos inclinados sobre jarras espumosas, el aire estaba impregnado de una mezcla densa de comida caliente, alcohol derramado y grasa chisporroteante que perfumaba el ambiente con una intensidad casi doméstica.
—Vaya... —murmuró al ver el espacioso lugar y sentir cómo aquella amalgama producía una sensación extraña: algo entre la hospitalidad y vértigo.
—¿Hm? —añadió Bai al advertir cómo Heras señalaba hacia un hombre de gran nariz y generosa panza que ocupaba una de las mesas cercanas.
Mas no hizo falta añadir mucho más por su parte.
Y es que, antes de que pudiera siquiera formular otra pregunta, el lunarian ya la estaba arrastrando hacia el sujeto señalado con una naturalidad que a Bai le resultó tan abrupta como inevitable.
—Buenos días… —murmuró cuando por fin se detuvieron frente a él.
Acompañó el saludo con una leve inclinación de cabeza y, acto seguido —tal como había hecho con Heras— se llevó la mano al pecho antes de presentarse con sencillez.
—Bai.
Quizá por el ruido espeso que llenaba la taberna, o quizá porque no había hablado lo bastante alto, entre los tres se abrió un breve silencio. Una grieta que parecía estirarse más de lo debido, dilatándose en la percepción hasta parecer más largo de lo que realmente es.
En realidad, apenas habían sido unos segundos.
—Scaterix —dijo de pronto el hombre, rompiendo la pausa con entusiasmo—. Llama tú a mí Scaterix.
Bai no pudo evitar reír con suavidad por la respuesta tan mal formulada.
Aún así, en su risa no se percibió burla alguna, sino una diversión ligera y agradecida; la forma de hablar de aquel pelirrojo resultaba peculiar. Desde un acento completamente extranjero que arrastraba las sílabas y tropezaba con las conjugaciones como si las palabras aún no le pertenecieran del todo hasta su entonación achispada.
Pero algo era algo.
Y, en cualquier caso, siempre era mejor aquello que volver a quedar atrapada en el silencio.
—Curioso nombre, Scaterix —respondió con sincero interés—. ¿De dónde viene su nombre? He leído muchos libros y puedo asegurarle que jamás había oído uno igual.
La pregunta, como era de esperar, abrió la puerta a una pequeña incursión en la vida del rechoncho pelirrojo. Conversación que Bai escuchó con atención, intercalando alguna observación aquí y allá, hasta que, pasado un rato, Scaterix levantó una mano con una sonrisa ladeada.
—No creo que el bueno de Heras te haya traído para que hablemos de mí…
Bai meditó sobre aquello durante un instante. Luego giró la mirada hacia el lunarian moreno.
—Cierto —admitió finalmente, encogiéndose de hombros con una calma despreocupada—. Supongo que fueron sus buenas intenciones.
De nuevo hizo una breve pausa antes de continuar.
—Confundí a su amigo con un compañero mío. Él también es un lunarian y… desde lejos pensé que era él viniendo a buscarme.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
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Vicios
