Acuerdos de Otoño [ Pasado Social | Kibai | +18 ]
#20
El amanecer en la Isla Kárate llegó con una cálida caricia de luz dorada y polvorienta que se filtraba a través del dosel de plumas negras más denso y suave que Kibai hubiera conocido jamás. Durante unos segundos, el Mink permaneció inmóvil, atrapado en ese limbo entre el sueño y la vigilia notando el agradable peso de la cabeza de Asherah contra él. El aire en la cima de la montaña era fresco, una brisa pura que bajaba de las nubes, pero él no sentía frío. Estaba envuelto en el calor residual de la Lunarian, refugiado bajo el arco de sus alas como si el mundo exterior hubiera dejado de existir.

Poco a poco, sus ojos verdes se abrieron, las pupilas contrayéndose para procesar la claridad del nuevo día. Lo primero que vio fue la textura de la piel de ella, morena como la teca bajo la luz del sol naciente, y el brillo apagado del colgante que descansaba sobre su pecho, un testigo silencioso de la tormenta que ambos habían desatado.

Kibai se incorporó sobre un codo, con una lentitud casi ceremonial para no romper el sueño de la Lunarian. La observó con un mimo que rara vez se permitía mostrar. Conteniendo el aliento, a medida que recorría su cuerpo con la mirada, fue consciente de las marcas de la noche anterior. Una serie de leves marcas rojizas adornaban la piel de Asherah allí dónde sus propios colmillos y garras habían dejado su huella la curva de la clavícula, la parte posterior del cuello, ambas caderas...; estigmas del furor, sellos de una pasión que había ignorado las leyes de la anatomía y la lógica.

El mink pasó las yemas de sus dedos por esas marcas con una suavidad extrema, en un gesto de disculpa y reconocimiento al mismo tiempo.

“Más vale que no le hayas hecho daño”, pensó su voz interna, despojada por una vez de su habitual cinismo. El Mink se sintió extrañamente humilde ante la entrega de la mujer de cuatro metros que ahora dormía plácidamente a su lado.

Incapaz de contener el afecto que le desbordaba el pecho, Kibai se inclinó y depositó un beso sereno y prolongado en la frente de Asherah. Luego, comenzó un recorrido pausado por su cuerpo. No buscaba la urgencia del sexo, ni la violencia del deseo que los había consumido bajo las estrellas. Sus besos eran ahora tibios, salpicados de pequeños lametazos juguetones con su lengua áspera, dirigidos a las zonas más sensibles: detrás de las orejas, en la base de la garganta y a lo largo de las costillas.

Lo hacía para hacerle cosquillas, para sentir el estremecimiento de su piel reaccionando al contacto y para disfrutar de la forma en que ella, incluso dormida, buscaba su calor. Sin embargo, a medida que sus manos recorrían la extensión de los muslos de ella y sus labios encontraban el pulso acelerado en su cuello, Kibai advirtió que el juego estaba cambiando de naturaleza. El cuerpo de Asherah, tan sabio y receptivo como la noche anterior, empezaba a responder, a medida que sus ojos se abrían. Un suspiro bajo escapó de los labios de la Lunarian, y sus alas se agitaron apenas, rozando la hierba con un sonido de seda.

— Buenos días, señorita. — dijo mientras su lengua trazaba cículos alrededor de su ombligo, jugueteando con la piel que se erizaba a su contacto. — Has dormido bien?

Aquella pregunta era mucho más profunda que simplemente saber si la joven había dormido o no. La mirada culpable que Kibai dirigía hacia las marcas de sus garras en el cuerpo de Asherah hablaba por sí sola.

Ante la mirada de la Lunarina, sonrió para sí mismo, sintiendo que el deseo volvía a reclamar su espacio en su abdomen. Se dispuso a tumbarse de nuevo sobre ella, a dejarse perder una vez más en la inmensidad de sus formas y en la profundidad de sus ojos antes de que el sol terminara de subir al cenit. Estaba a punto de sellar ese reencuentro con un beso definitivo cuando, de repente, la realidad lo golpeó con la fuerza de un naufragio.

Un sonido estridente, rítmico y desesperadamente familiar rompió la magia de la mañana.

Puru-puru-puru-puru...

El sonido provenía de su capa de Marine, que aún descansaba sobre la raíz del árbol milenario. Kibai se quedó petrificado, con el rostro a escasos centímetros del de Asherah. El contraste entre el aroma de la mujer y el sonido metálico del caracol de comunicaciones era casi doloroso. Durante un segundo, dejó caer su cabeza entre los pechos de la joven, considerando seriamente la posibilidad de ignorar la llamada, de dejar que el mundo se moviese a su ritmo mientras él permanecía en aquella cima.

Pero el deber, esa cadena invisible que llevaba forjando desde que la Marina lo rescató, tiró de él con una firmeza que no conocía la piedad.

Kibai se apartó de Asherah con un gesto de frustración evidente, gateando sobre el kimono extendido hasta alcanzar su capa. Extrajo el pequeño Den Den Mushi de bolsillo, que vibraba con una insistencia casi histérica. Al descolgar, la cara del caracol adoptó instantáneamente las facciones rígidas, los ojos azules y el cabello rubio del Contramaestre Stroud.

— ¡Kibai! ¡¿Se puede saber dónde demonios te has metido?! —La voz de Stroud retumbó en la pequeña concha, resonando en la cima silenciosa como un disparo—. He revisado el registro del Royal Quiver tres veces. No has pasado la noche a bordo. ¿Acaso crees que este festival es una licencia para abandonar tu puesto y tus responsabilidades? ¡Moja ya está abordo, vamos con el tiempo justo para llegar a Samba antes de la partida del convoy al Grand Line, y tú no apareces por ningún lado!

Kibai sintió que la sangre se le enfriaba de golpe. Miró a Asherah, que se había girado sobre un costado, acentuando más si cabe su figura de reloj de arena, observándolo calma, dejando oscilar levemente el colgante entre sus pechos. La incomodidad se instaló en sus hombros, haciéndole encogerse un poco. Allí estaba él, el "depredador" de la noche anterior, siendo regañado como un recluta novato frente a la mujer que acababa de poseer en la cima del mundo.

— Contramaestre... le ruego disculpe que no me haya presentado... — respondió Kibai, tratando de recuperar su voz de oficial, aunque le resultó difícil con el pelaje aún revuelto y el torso desnudo—. Tuve... contratiempos en la montaña. El terreno resultó ser más... accidentado de lo previsto y la visibilidad al bajar se complicó.

— ¡No me vengas con excusas de explorador, Kibai! — rugió Stroud desde el otro lado—. Si no estás en la pasarela del barco en menos de treinta minutos, te juro por los tres Almirantes que tu próximo ascenso será para limpiar las letrinas de Impel Down. ¡Mueve el rabo, ahora mismo!

Ga-cha.

La comunicación se cortó, dejando un silencio tenso en el aire.

Kibai se quedó mirando el caracol en su mano, sintiendo que el peso de la responsabilidad caía sobre él como una losa de granito. Se giró hacia Asherah, que se había incorporado parcialmente, dejando que sus alas se plegaran con esa elegancia que a él le resultaba tan inalcanzable.

— Lo siento, Asherah... — murmuró, y por primera vez en toda la relación, no había humor en su voz, solo una disculpa sincera—. El deber tiene una forma muy poco oportuna de recordar que existo. Mi barco zarpa en breve y mi oficial superior no parece muy inclinado a la comprensión romántica.

Empezó a vestirse con una rapidez mecánica, una eficiencia aprendida en mil mañanas de cuartel. Se puso los pantalones, ajustó el cinturón de Raimei a su cintura y, finalmente, se echó la capa de oficial sobre los hombros, desechando la camisa que había quedado inutilizable tras haber roto los botones al arrancarsela la noche anterior. El contraste era absoluto: hace unos minutos era un animal libre bajo el sol; ahora, volvía a ser una pieza en el engranaje de la justicia mundial.

Se acercó a ella una última vez, ya uniformado, al menos parcialmente, y le tomó la mano. La diferencia de tamaño volvía a ser evidente, pero esta vez no había tensión, solo una promesa silenciosa.

— Estaré a bordo enseguida... pero no creas que esto termina con una bronca de un contramaestre — dijo, recuperando un ápice de esa chispa traviesa en los ojos.

Con un rápido gesto, se agachó al lado de los jirones de la blusa de la joven, y usando su garra, recortó con suavidad el encaje de una de las mitades. La prenda era tan grande que el pañuelo resultante encajaba a la perfección en su bolsillo de la camisa.

— Deberías conseguir un Den Den Mushi como este. Así me sería mucho más fácil localizarte. Además, son faciles de mantener, comen solo lechuga y beben agua. Pero si vas a ir a Samba, aunque no lo tengas, me las arreglaré para encontrarte. Siempre que lleves el collar puesto, podré localizarte. Es todo un tema, ¿verdad?

Le dio un último beso, rápido y urgente, antes de girarse y dirigirse hacia el borde de la cima y contemplar el horizonte. Tenía una carrera de veinte minutos por delante y una explicación que inventar, pero mientras empezaba a planear como descender por la pared de roca, Kibai supo que ninguna reprimenda de la Marina podría borrar lo que se había forjado en lo alto de la Isla Kárate.

Girándose una última vez, sonrió hacia la joven.

— Te prometo que te voy a encontrar, Asherah. Aún no lo has visto todo de mí. 

Con aquellas últimas palabras, el mink se dejó caer desde la cima, sujetándose solamente brevemente a la pared para amortiguar la caída, antes de aterrizar a nivel del suelo y emprender la carrera en dirección al puerto con una enorme sonrisa en el rostro.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: Acuerdos de Otoño [ Pasado Social | Kibai | +18 ] - por Kibai - 12-03-2026, 02:44 AM

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