06-03-2026, 02:44 PM
La oscuridad de la cueva no era absoluta para Luna. Sus pupilas, adaptadas a la penumbra gracias a su herencia mink, se dilataron rápidamente, permitiéndole distinguir las aristas de las rocas y el goteo constante de agua que resbalaba por las estalactitas. El aire dentro de la gruta era gélido y olía a tierra mojada. Con la daga firmemente sujeta en su mano derecha y moviéndose con la ligereza de un depredador, la joven marine se internó tras el rastro de luz de la antorcha que portaban los tres hombres.
Sin embargo, a pesar de sus sentidos aguzados, Luna cometió el error de subestimar la experiencia de aquellos "campesinos".
Justo cuando la joven cruzaba un estrecho paso natural que servía de umbral hacia una cámara más amplia, el silencio se rompió con un chasquido seco. No fue un grito, sino el sonido de una cuerda de cáñamo tensada liberándose. Antes de que pudiera reaccionar, un enorme tronco de madera de sándalo, pesado y tachonado con refuerzos de metal, osciló violentamente desde un lateral oculto en las sombras del techo.
El impacto fue brutal. El tronco golpeó el hombro y el costado de Luna con la fuerza de un martillo de guerra. El golpe la levantó del suelo, enviándola a volar varios metros hasta que su espalda impactó contra la pared rugosa de la cueva. El estruendo del choque resonó en toda la galería, y Luna cayó al suelo, mientras el aire escapaba de sus pulmones en un quejido sordo. El dolor era un incendio en su costado, y por un momento, la visión de sus ojos felinos se llenó de chispas blancas.
—Te lo dije, Hanzo. El cuervo no era un cuervo común —dijo una voz áspera que resonó con autoridad.
Tres sombras se proyectaron sobre ella. Los hombres ya no estaban de espaldas; la esperaban en un semicírculo perfecto, bloqueando cualquier salida. La antorcha, clavada ahora en una grieta de la pared, iluminaba sus rostros curtidos, que ahora mostraban una severidad implacable. Los tres habían desenvainado sus machetes cortos, y el acero brillaba con un reflejo anaranjado y peligroso.
El líder, el hombre de la barba corta, dio un paso al frente y apuntó con la punta de su arma hacia el cuello de Luna. Sus ojos eran como dos trozos de pedernal.
—Has sido persistente, lo reconozco —gruñó el hombre—. Nos seguiste desde los arrozales, cambiaste de piel en el aire y pensaste que el silencio de la cueva te protegería. Pero en esta isla, aprendemos a escuchar el latido del corazón de los que nos acechan antes de que den el primer paso.
No solo la habían detectado, sino que la habían estado observando mientras ella creía ser la cazadora. Los otros dos hombres intercambiaron una mirada rápida, manteniendo sus armas en guardia.
—Es una mink —observó el más joven del grupo, señalando con un gesto de cabeza los rasgos distintivos de la joven—. Y lleva el uniforme de la Marina. ¿Qué hace una recluta espiando en las sombras en lugar de patrullar las calles?
—Quizás trata de hacerse la valiente, Akio —respondió el tercer hombre, cuya voz era un siseo desconfiado—. O tal vez es solo una niña que juega a ser soldado y ha terminado metiendo la nariz donde no debe.
El líder, Hanzo, no apartó la vista de Luna. La presión del machete cerca de su garganta era una advertencia silenciosa de que cualquier movimiento falso sería el último.
—Habla ahora, joven mink —ordenó Hanzo con una frialdad que helaba la sangre—. ¿Quién eres y por qué nos sigues? Si buscas a las chicas desaparecidas, vamos a tener que dejarte aquí, encadenada a estas piedras, mientras terminamos lo que hemos empezado.
Luna, todavía recuperando el aliento y con el costado palpitando de dolor, se dio cuenta de que aquellos hombres no eran delincuentes comunes; eran guerreros. La misión de rescate acababa de volverse una lucha por su propia supervivencia.
Sin embargo, a pesar de sus sentidos aguzados, Luna cometió el error de subestimar la experiencia de aquellos "campesinos".
Justo cuando la joven cruzaba un estrecho paso natural que servía de umbral hacia una cámara más amplia, el silencio se rompió con un chasquido seco. No fue un grito, sino el sonido de una cuerda de cáñamo tensada liberándose. Antes de que pudiera reaccionar, un enorme tronco de madera de sándalo, pesado y tachonado con refuerzos de metal, osciló violentamente desde un lateral oculto en las sombras del techo.
El impacto fue brutal. El tronco golpeó el hombro y el costado de Luna con la fuerza de un martillo de guerra. El golpe la levantó del suelo, enviándola a volar varios metros hasta que su espalda impactó contra la pared rugosa de la cueva. El estruendo del choque resonó en toda la galería, y Luna cayó al suelo, mientras el aire escapaba de sus pulmones en un quejido sordo. El dolor era un incendio en su costado, y por un momento, la visión de sus ojos felinos se llenó de chispas blancas.
—Te lo dije, Hanzo. El cuervo no era un cuervo común —dijo una voz áspera que resonó con autoridad.
Tres sombras se proyectaron sobre ella. Los hombres ya no estaban de espaldas; la esperaban en un semicírculo perfecto, bloqueando cualquier salida. La antorcha, clavada ahora en una grieta de la pared, iluminaba sus rostros curtidos, que ahora mostraban una severidad implacable. Los tres habían desenvainado sus machetes cortos, y el acero brillaba con un reflejo anaranjado y peligroso.
El líder, el hombre de la barba corta, dio un paso al frente y apuntó con la punta de su arma hacia el cuello de Luna. Sus ojos eran como dos trozos de pedernal.
—Has sido persistente, lo reconozco —gruñó el hombre—. Nos seguiste desde los arrozales, cambiaste de piel en el aire y pensaste que el silencio de la cueva te protegería. Pero en esta isla, aprendemos a escuchar el latido del corazón de los que nos acechan antes de que den el primer paso.
No solo la habían detectado, sino que la habían estado observando mientras ella creía ser la cazadora. Los otros dos hombres intercambiaron una mirada rápida, manteniendo sus armas en guardia.
—Es una mink —observó el más joven del grupo, señalando con un gesto de cabeza los rasgos distintivos de la joven—. Y lleva el uniforme de la Marina. ¿Qué hace una recluta espiando en las sombras en lugar de patrullar las calles?
—Quizás trata de hacerse la valiente, Akio —respondió el tercer hombre, cuya voz era un siseo desconfiado—. O tal vez es solo una niña que juega a ser soldado y ha terminado metiendo la nariz donde no debe.
El líder, Hanzo, no apartó la vista de Luna. La presión del machete cerca de su garganta era una advertencia silenciosa de que cualquier movimiento falso sería el último.
—Habla ahora, joven mink —ordenó Hanzo con una frialdad que helaba la sangre—. ¿Quién eres y por qué nos sigues? Si buscas a las chicas desaparecidas, vamos a tener que dejarte aquí, encadenada a estas piedras, mientras terminamos lo que hemos empezado.
Luna, todavía recuperando el aliento y con el costado palpitando de dolor, se dio cuenta de que aquellos hombres no eran delincuentes comunes; eran guerreros. La misión de rescate acababa de volverse una lucha por su propia supervivencia.
La Caja de Pandora
