[FIC][Entrenamiento] Sin tiempo para más, corré tiburoncin
#1
Día 36 de Verano, Año 17
Localización: Isla Karate, Interior del Dojo del Hasshoken. Pasada la medianoche.
La brisa nocturna soplaba con una frescura reconfortante, colándose por las puertas abiertas del sobrio dojo de madera y piedra para barrer el polvo acumulado durante la jornada. Atrás había quedado el ensordecedor ruido de la roca estallando y la tensión de las lecciones a vida o muerte; ahora, el ambiente vibraba, pero al ritmo relajado de una celebración improvisada. Sentada con las fornidas piernas cruzadas sobre un cojín que parecía ridículamente pequeño bajo su inmensa anatomía de tiburón tigre, Mizuki devoraba un enorme cuenco de estofado picante. Su frente magullada lucía un espeso parche de hierbas medicinales que la pequeña maestra le había aplicado hace un rato con tanta brusquedad marcial como innegable eficacia.

A su lado, Sira Matcha bebía té de un pequeño cuenco de porcelana humeante. Sin la sudadera rosa pastel, vistiendo solo su camiseta blanca deportiva, la joven pelirroja de la interminable trenza parecía aún más diminuta y frágil junto a los más de dos metros treinta de pura musculatura ocre atigrada. Sin embargo, Mizuki ya conocía perfectamente la bestia letal que habitaba en ese pequeño cuerpo.

-Para ser una mujer que hace temblar montañas enteras con las manos desnudas, tiene una habilidad excelente para la cocina y los emplastos curativos. Este estofado ardiente está devolviéndole la vida a mi pobre cerebro... aunque la charla es lo que más aprecio. Es bueno poder bajar la guardia y tener un momento normal después de tanta destrucción masiva.- pensó la mujer de escleróticas negras, relamiéndose los afilados colmillos mientras dejaba el cuenco vacío en el suelo de madera, haciendo tintinear suavemente los grilletes pulidos y sin cadenas de sus muñecas en un gesto de absoluta relajación.

-Sabes, gigantona... a veces todo esto resulta francamente agotador.- suspiró Sira de repente, rompiendo el silencio nocturno con un tono inusualmente plácido, revelando por completo esa faceta inocente y apacible que escondía bajo su frenesí de combate -Todos los que logran subir hasta esta ladera buscando los secretos del Hasshoken son exactamente iguales. Puros cabezas de músculo, hombres enormes y sudorosos con egos frágiles que solo quieren aprender a golpear más fuerte para presumir en sus barcos o destrozar tabernas.-

La pelirroja apoyó la mejilla en su pálida mano, mirando de reojo a la imponente gyojin mientras su flequillo con corte de sierra caía sobre sus ojos oscuros.

-Y luego llegas tú. Otra enorme cabeza de músculo dispuesta a reventarse el cráneo contra un pilar de piedra a la primera de cambio.- continuó la maestra, aunque una pequeña y genuina sonrisa de camaradería se dibujó en su rostro -Pero admito que es un alivio tener al fin a otra chica por aquí, aunque seas una bestia marina escandalosa que me levanta del suelo sin permiso. Al menos tú tienes una convicción real para querer destrozar escudos con tu frente.-

-¡Sha sha sha! ¡Le prometo que soy la cabeza de músculo más encantadora y educada que conocerá en su vida, señorita Matcha!- rió Mizuki a mandíbula batiente, sirviéndose un poco de licor de arroz de una jarra de barro -Además, nosotras las chicas del South Blue tenemos que apoyarnos. Si para honrar su dojo tengo que aprender a girar como un trompo asesino, que así sea. Hablando de eso... ¿cómo demonios se supone que mantenga la vibración constante si estoy dando vueltas por el aire? Siento que mi cerebro se va a convertir en una coctelera.-

La expresión de Sira volvió a encenderse con esa inconfundible chispa técnica, acercándose un poco más a su alumna.

-Ese es el verdadero y letal arte del Cabezazo Militar Giratorio.- explicó la joven, usando sus pequeñas manos para ilustrar la torsión en el aire -La fuerza centrífuga de tu masivo cuerpo girando multiplicará la penetración de la onda de choque, desgarrando todo a su paso. Pero si pierdes la concentración en la frecuencia por culpa del mareo, la vibración se dispersará por tu propio cuello y te romperás la columna vertebral al impactar. Tienes que convertir tu centro de gravedad en el ojo de un huracán: caos y velocidad absoluta por fuera, pero una calma vibratoria perfecta por dentro.-

-Entendido... ser el ojo del huracán. Suena aterradoramente poético y mortal.- asintió la oji-azul con los ojos brillando de emoción, chocando amistosamente su vaso de licor contra el pequeño cuenco de té de su maestra -¡Brindo por el caos, y por las cabezas de músculo con buen estilo! ¡Salud!-

---Cuartos de invitados del Dojo del Hasshoken. Noche profunda.---

La agradable velada de estofado picante y charlas de chicas llegó a su inevitable final cuando el cansancio acumulado de la jornada comenzó a pesar más que el propio cuerpo de la inmensa gyojin. Tras despedirse de la señorita Matcha con una reverencia mucho más suave y cuidadosa que de costumbre para no alterar el parche de hierbas medicinales en su frente, Mizuki se retiró hacia el modesto cuarto que la pequeña maestra pelirroja le había preparado. El suelo de madera crujía levemente bajo sus pesados pies descalzos, y el silencio nocturno de la montaña envolvió rápidamente el rústico dojo, dejando únicamente el susurro del viento cálido filtrándose por las rendijas de las paredes.

Al dejarse caer sobre el amplio futón que Sira había improvisado uniendo varios colchones normales para intentar acomodar sus más de dos metros treinta de altura, la mujer tiburón tigre soltó un suspiro largo, ronco y profundamente liberador. Se frotó los anchos hombros de escamas ocre atigradas, sintiendo cómo cada fibra muscular de su masiva anatomía palpitaba al unísono tras tantas horas de estrés mecánico. El tintineo de los pulidos grilletes sin cadenas en sus muñecas resonó en la oscuridad de la habitación, un sonido metálico y familiar que contrastaba con el calor febril que aún irradiaba su piel.

-Por todos los mares... si alguien me hubiera dicho hace unas semanas en Baterilla que mi cuerpo iba a soportar tanto castigo voluntario, me habría reído a carcajadas en su cara. Ha sido una locura tras otra desde que puse un pie en los dominios de esta montaña... Primero fue el estricto Batch Kalão, con su interminable orgullo verde y su obsesión absoluta por la postura y el centro de gravedad. Me hizo golpear el agua fría hasta que mis nudillos casi sangran para dominar el Uchimizu, y luego me convirtió en una mula de carga solo para que pudiera pulverizar esas cien tejas de arcilla de un solo golpe con el Hyakumaigawara seiken. Me enseñó a ser un cañón impecable, rígido y devastador... pero él mismo sabía que mi cráneo necesitaba su propio propósito.- pensó la oji-azul, acomodando su pesada cola a un costado del futón para no tensar la zona lumbar mientras miraba el techo de madera en la penumbra.

-Y ahora estoy aquí, en el sur, con la cabeza a punto de estallar pero vibrando de puro poder destructivo gracias a Sira. Esa pequeña bestia disfrazada de chica dulce y apacible me enseñó a convertir mis propios huesos en una onda de choque viva. El Cabezazo Militar... ignorar la resistencia física y destrozar cualquier escudo desde adentro. Ya no soy solo fuerza bruta chocando tontamente contra un muro, soy la frecuencia letal que lo derrumba. Y mañana... mañana me toca aprender a ser ese maldito "ojo del huracán" para dominar el Cabezazo Militar Giratorio. Dar vueltas en el aire a toda velocidad, mantener la vibración constante y multiplicar la fuerza centrífuga sin romperme la columna vertebral en el proceso. Sha sha sha... va a ser un desastre absurdamente doloroso y maravilloso al mismo tiempo.-

La sonrisa dentada de Mizuki se fue desvaneciendo lentamente en la oscuridad, reemplazada por una expresión de absoluta placidez. El dolor sordo en sus nudillos rojizos y en su frente inflamada comenzó a adormecerse, arrullado por el persistente y casi imperceptible zumbido de las rocas de la ladera sur. Con un último parpadeo pesado, sus agudos ojos de esclerótica negra se cerraron por completo, rindiéndose finalmente ante el agotamiento abrumador. La gigantesca y letal guerrera se sumió en un sueño profundo y reparador, lista para que el amanecer trajera consigo un nuevo día de caos, rotaciones vertiginosas y aprendizaje marcial.

El viento mañanero soplaba con una frescura cortante, barriendo la neblina nocturna que se aferraba a la escarpada ladera sur y colándose entre las ramas de los bonsáis milenarios con un susurro constante. A esa hora temprana, el mundo parecía suspendido en una quietud casi sagrada. Mientras el rústico dojo del Hasshoken aún descansaba en la penumbra del crepúsculo, los primeros y tímidos rayos del sol veraniego ya comenzaban a golpear la lejana y colosal cima de la Gran Montaña Central. La roca desnuda de las alturas se teñía de un dorado brillante y esperanzador, creando un contraste majestuoso con las sombras frías que todavía cubrían las edificaciones más bajas. Era una imagen de una paz absoluta, una postal imponente que invitaba a la contemplación, rota únicamente y de forma ocasional por los ecos lejanos de gritos marciales y golpes secos contra la madera; el inconfundible sonido de otros dojos a mayor altitud que, haciendo honor a su rigurosa disciplina, habían comenzado su actividad física incluso antes de que el cielo clareara del todo.

En el interior del sobrio comedor de madera, Mizuki devoraba un abundante desayuno a base de arroz, pescado asado y una sopa de miso lo suficientemente espesa como para revivir a un muerto. La enorme mujer tiburón tigre masticaba con lentitud, saboreando el calor de la comida mientras su mente trabajaba a toda máquina. El parche de hierbas en su frente había reducido considerablemente la inflamación del día anterior, pero el verdadero reto de esa mañana no residía en el dolor físico, sino en la concentración absoluta.

-El ojo del huracán... girar a toda velocidad por fuera, pero mantener la vibración de la onda de choque estable por dentro. Si dejo que el mareo altere mi frecuencia antes del impacto, la fuerza centrífuga me romperá el cuello contra el acero en lugar de destruir el objetivo. Tengo que anclar mi mente de la misma forma que el maestro Batch Kalão me enseñó a anclar mis pies, pero esta vez... en el aire.- pensaba la oji-azul, cerrando sus agudos ojos de esclerótica negra por unos segundos para visualizar el movimiento rotatorio perfecto, acompasando su respiración con el sutil zumbido que ya era parte natural de la ladera sur.

Justo cuando el sol finalmente se asomó por encima de las formaciones rocosas orientales, bañando el patio del dojo con su luz cálida y marcando el final del desayuno, Sira Matcha se puso de pie. La pequeña maestra pelirroja volvía a vestir su engañosa sudadera rosa pastel, con su interminable trenza meciéndose suavemente con la brisa que entraba por las ventanas. A pesar de su apariencia de inocencia pura, su voz resonó con la autoridad de un general curtido en batalla cuando se dirigió a la media docena de estudiantes humanos de complexión robusta que compartían la sala en silencio.

-¡Muy bien, cabezas de músculo, se acabó el descanso y la paz visual!- exclamó Sira, dando una palmada seca que hizo eco en las paredes de madera -Quiero que vayan al patio de entrenamiento y preparen los postes móviles. Cuelguen los pesados escudos de acero y ajusten los contrapesos de las cuerdas para que oscilen de forma rápida y errática. Nuestra invitada va a intentar el Cabezazo Militar Giratorio hoy, y si los blancos se quedan quietos o son demasiado fáciles de predecir, no aprenderá absolutamente nada de la fuerza centrífuga. ¡Muévanse, antes de que decida usarlos a ustedes como blancos de prueba vivos para sus vibraciones!-

Los fornidos estudiantes palidecieron levemente ante la amenaza nada velada de su adorable maestra, asintieron con marcado nerviosismo y salieron disparados hacia el exterior para cumplir las órdenes antes de que su sangre comenzara a hervir.

Mizuki apuró el último sorbo de su cuenco, lo dejó sobre la mesa y se puso de pie, haciendo que su masiva estatura de más de dos metros treinta eclipsara la luz dorada de la mañana. El tintineo de los pulidos grilletes sin cadenas de sus muñecas anunció su inminente preparación para la brutal jornada.

-¡Sha sha sha! Escudos de acero en movimiento errático para empezar el día... suena exactamente como el desayuno de los campeones, señorita Matcha.- sonrió la gyojin, mostrando sus afilados colmillos con una mezcla de emoción y peligro desbordante -¡Deme solo un minuto para estirar esta pesada cola mía y le prometo que saldré a hacer volar esos escudos en mil pedazos!-

El patio de tierra batida se había transformado en un caótico campo de péndulos letales. Del robusto entramado de madera que los fornidos estudiantes habían ensamblado a toda prisa, colgaban gruesas cuerdas que sostenían pesados escudos de acero. Los contrapesos estaban ajustados de forma deliberadamente irregular, haciendo que los pedazos de metal oscilaran con trayectorias impredecibles, cruzándose entre sí con un zumbido cortante que amenazaba con golpear a cualquiera que se atreviera a caminar por el medio.

Sira Matcha se paró al borde del circuito, con las manos en los bolsillos de su sudadera rosa pastel y la mirada afilada fija en la mujer tiburón tigre.

-Escúchame bien, gigantona.- ordenó la pelirroja, alzando la voz por encima del crujido de las cuerdas -Si intentas aplicar la vibración y destrozar el acero en tu primer giro, te garantizo que la fuerza centrífuga combinada con un blanco móvil te partirá el cuello en dos. Hoy no quiero cráteres ni explosiones. Quiero que saltes, gires en el aire y simplemente toques el centro de los escudos con tu frente. Encuentra el ritmo del caos antes de intentar dominarlo.-

Mizuki asintió con seriedad, frotándose suavemente el parche de hierbas en su frente. Se plantó frente al circuito, separó sus anchas piernas ocre y clavó la mirada en los impredecibles destellos del acero bajo el sol naciente.

-Tocar, no destruir. Suena absurdamente fácil para alguien que ayer pulverizó un monolito, pero... dar vueltas en el aire con este cuerpo masivo es otra historia. Si no pego mi cola a la cintura, el peso extra me sacará de eje. Tengo que encontrar el ojo del huracán, ese centro de calma absoluta mientras el mundo da vueltas a mi alrededor.- razonó la oji-azul, apretando los dientes y flexionando las rodillas.

Con un impulso que levantó una nube de polvo, Mizuki saltó. En el aire, contrajo sus músculos y usó la fuerza de su cadera para iniciar una rotación veloz. El mundo se convirtió en un borrón de colores: el cielo azul, la tierra marrón, los rostros pálidos de los estudiantes y los destellos plateados de los escudos. El mareo intentó apoderarse de ella al instante, pero forzó a sus ojos de esclerótica negra a enfocarse solo en el objetivo más cercano. Extendió el cuello milimétricamente. ¡Clink! Su frente apenas rozó la superficie de un escudo antes de que la gravedad la devolviera al suelo. Aterrizó pesadamente, tambaleándose un par de pasos hacia atrás mientras el tintineo desordenado de sus grilletes delataba su falta de equilibrio.

-¡Sha sha sha... wow! ¡Eso marea muchísimo más de lo que parece, señorita Matcha!- exclamó, sacudiendo la cabeza para espantar la bruma, pero sin perder la enorme sonrisa dentada.

Durante la siguiente hora, la escena se repitió decenas de veces. Saltos, giros bruscos y aterrizajes torpes. Sin embargo, la formidable capacidad de adaptación de la gyojin comenzó a dar frutos. Poco a poco, el mareo dejó de desorientarla. Su cerebro atigrado se acostumbró a la rotación vertiginosa, aislando el caos externo y permitiéndole calcular la trayectoria errática de los blancos. Los roces (¡Clink! ¡Clink!) se volvieron constantes y precisos.

Sintiéndose finalmente dueña de su propio eje rotatorio, Mizuki decidió que era hora de subir la apuesta. En su siguiente salto, no solo buscó tocar. Inhaló profundamente, intentando invocar el zumbido vibratorio en su pecho mientras giraba a máxima velocidad hacia un escudo que venía directo hacia ella.

El impacto sonó como un campanazo brutal. ¡BOONG! El pesado escudo de acero salió disparado hacia atrás, tensando la cuerda hasta el límite y haciendo crujir el marco de madera. Mizuki aterrizó de pie, esta vez con una firmeza impecable, anclando su pesada cola en la tierra. Estaba intacta. No se había roto el cuello ni la columna, pero al palpar su frente, frunció el ceño.

-Logré golpearlo con fuerza real y mi cuerpo resistió la torsión sin problemas... pero fui solo un martillo dando vueltas. En el momento en que me concentré en el impacto giratorio, perdí el control de la respiración y la vibración interna se esfumó por completo. El acero ni siquiera tembló por dentro, solo lo empujé con pura fuerza bruta.- se lamentó internamente, resoplando con frustración.

Sira Matcha aplaudió un par de veces de forma lenta y sarcástica, caminando hacia ella.
-Felicidades, bestia marina. Has logrado dar un cabezazo normal dando vueltas sin decapitarte a ti misma.- sentenció la pequeña maestra, aunque sus ojos oscuros mostraban un genuino reconocimiento por el avance físico -El ritmo y la inercia ya son tuyos. Ahora, el verdadero infierno comienza: tienes que lograr meter el Hasshoken dentro de ese giro sin perder la cabeza.-

El sol veraniego escalaba sin piedad hacia el cénit, calentando la tierra batida del patio hasta convertirla en un horno polvoriento. El sonido constante de los pesados escudos de acero cortando el viento como péndulos desquiciados se mezclaba con la respiración ronca y agitada de la inmensa mujer tiburón tigre. El sudor empapaba la camisa negra de Mizuki, haciendo que la tela se adhiriera a su masiva musculatura ocre atigrada. Había perdido la cuenta de cuántas veces se había lanzado al aire en la última hora. Sus saltos y rotaciones ya eran fluidos, su equilibrio en el aire era impecable, pero el verdadero objetivo —la letal onda de choque— seguía escabulléndose de su frente en el momento crítico.
Con un gruñido gutural, la gyojin se impulsó una vez más. Contrajo sus fornidas piernas y su pesada cola para iniciar el giro, cerrando sus agudos ojos azules de esclerótica negra. Inhaló profundamente, forzando a su diafragma a generar ese zumbido interno que Sira le había enseñado. Lo sintió nacer en su pecho, subir por su cuello... pero en cuanto la fuerza centrífuga de sus más de dos metros treinta de masa corporal entró en acción, el caos físico la traicionó.
-¡Maldita sea, no se queda en mi cabeza! La velocidad del giro está arrastrando la vibración hacia afuera... Siento cómo el zumbido se escapa por mis hombros, baja por mis brazos y termina disipándose en la punta de mi cola antes de que mi frente siquiera toque el maldito acero. Es como intentar sostener agua entre los dedos mientras vas a toda velocidad en un bote.- pensó Mizuki con profunda frustración, abriendo los ojos justo antes del impacto.
¡CLANG! Su cráneo chocó violentamente contra uno de los escudos móviles. El golpe fue brutalmente fuerte por el puro peso y la inercia, aboyando la superficie metálica con un estruendo ensordecedor que hizo tintinear frenéticamente los pulidos grilletes de sus muñecas, pero no hubo onda de choque. No hubo destrucción molecular. Aterrizó pesadamente, frotándose la frente inflamada y soltando un bufido de vapor por la nariz.
-Estás sangrando energía por todos lados, gigantona.- la voz tajante de Sira Matcha cortó el aire polvoriento. La pequeña maestra pelirroja caminó entre los péndulos oscilantes con una facilidad pasmosa, esquivando el acero letal sin siquiera mirar. Se detuvo frente a Mizuki, con los brazos cruzados sobre su sudadera rosa pastel y el ceño fruncido. -La física básica te está ganando. La fuerza centrífuga empuja la masa hacia el exterior. Si dejas tus extremidades sueltas, tu zumbido viaja hacia ellas y abandona tu centro. Eres una batidora rota esparciendo la masa por toda la cocina.-
Mizuki parpadeó, asimilando la cruda y acertada metáfora culinaria de su fiera instructora.
-¡Sha sha sha! ¡Tiene toda la razón, señorita Matcha! Cuando giro rápido, mis brazos y mi cola intentan separarse de mi cuerpo por puro instinto para mantener el balance, y la maldita vibración se va con ellos.- admitió la mujer de escleróticas negras, apretando sus rojizos nudillos y adoptando una postura más rígida -Entonces... si el giro expulsa la energía, tengo que convertirme en un bloque absoluto. Nada de extremidades sueltas. Tengo que apretar todo hacia adentro hasta que la única salida para la presión sea la punta de mi cabeza.-
-Exacto. Tienes que ser el ojo del huracán, no los escombros volando a su alrededor.- sentenció Sira, una sonrisa afilada y llena de anticipación asomando en su rostro inocente -Pega esos brazos a tu torso. Enrosca esa pesada cola atigrada alrededor de tu cintura como si fuera un cinturón de acero. Compacta tu inmensidad. Haz que el zumbido no tenga adónde escapar más que hacia el blanco. Si lo logras, el acero se convertirá en papel mojado.-
Mizuki asintió con una determinación ardiente. La frustración se evaporó, reemplazada por la adrenalina del reto final. Respiró hondo, llevando sus enormes manos hacia sus costados y tensando su cola atigrada hasta envolverla firmemente alrededor de su propio vientre, convirtiendo su gigantesca silueta en un proyectil sólido y denso.
-¡Muy bien, pedazos de chatarra oscilante! ¡Vamos a ver si pueden soportar la presión del fondo del mar!- rugió Mizuki, fijando su mirada depredadora en el escudo más grande y pesado del circuito, lista para el salto definitivo.

El calor del mediodía caía a plomo sobre el patio de tierra batida, pero la inmensa mujer tiburón tigre ya no sentía la temperatura exterior. Envuelta sobre sí misma, con sus masivos brazos pegados a las costillas y su pesada cola atigrada enroscada firmemente alrededor de su cintura como un cinturón de acero, Mizuki se había convertido en un monolito de tensión pura. Fijó sus agudos ojos azules de esclerótica negra en el péndulo central: un escudo de acero grueso y abollado que oscilaba hacia ella con una inercia letal.

-El ojo del huracán. Nada escapa. Toda la presión hacia el centro... hacia mi frente. ¡Ahora!- rugió en su mente la gyojin, contrayendo las fornidas piernas y disparándose hacia el aire como un misil ocre.

En el vértice de su salto, inició la rotación. El mundo volvió a desdibujarse en un torbellino vertiginoso, pero esta vez, Mizuki no permitió que la fuerza centrífuga dispersara su energía. Apretó los dientes, conteniendo la respiración, y sintió cómo el zumbido sordo del Hasshoken, atrapado en su núcleo, subía furiosamente por su cuello hasta concentrarse en su placa ósea frontal. Era una presión agónica, un taladro invisible a punto de estallar.

El escudo se cruzó en su trayectoria rotatoria. El impacto fue milimétrico.

¡BAAANG!

El sonido no fue el crujido de metal desgarrándose desde adentro que Mizuki esperaba. Fue una detonación sorda, como el disparo de un cañón de asedio. En lugar de pulverizarse o abollarse profundamente, el macizo escudo de acero fue arrancado de cuajo de sus gruesas cuerdas de cáñamo. El pesado metal salió despedido por los aires a una velocidad absurda, cruzando todo el patio de entrenamiento hasta estrellarse violentamente contra el muro perimetral de piedra, incrustándose a medias en la roca y levantando una nube de polvo y escombros.

Mizuki completó su giro y aterrizó con una agilidad sorprendente, anclando sus pies descalzos en la tierra batida. El tintineo de sus grilletes pulidos y sin cadenas resonó en el silencio repentino que se apoderó del dojo. La gyojin parpadeó, completamente desconcertada, mirando su frente intacta y luego el escudo incrustado a treinta metros de distancia.

-¿Pero qué demonios...? La vibración estaba ahí, la sentí perfectamente concentrada. El golpe fue impecable, la rotación fue exacta... pero el metal no estalló por dentro. Lo mandé a volar como si fuera una simple pelota de trapo. Eso no tiene sentido, la onda de choque debió atravesarlo...- pensó la oji-azul, rascándose la cabeza con una de sus enormes manos, genuinamente confundida.

Desde el borde del circuito, el sonido de unos aplausos lentos y deliberadamente rítmicos rompió el silencio. Sira Matcha caminaba hacia ella, con una sonrisa afilada y sumamente satisfecha dibujada en su rostro de apariencia inocente.

-Una ejecución mecánicamente perfecta, gigantona. Lograste contener la vibración en tu núcleo durante todo el giro.- la felicitó la pequeña maestra pelirroja, deteniéndose a los pies de la inmensa gyojin -Sin embargo, notaste que a tu obra de arte le faltó el final explosivo, ¿verdad?-

-¡Sha sha sha! ¡Sí, señorita Matcha! ¡Fue un buen vuelo, pero yo quería ver ese pedazo de chatarra desintegrarse! ¿Qué hice mal? ¡Le juro que apreté todo mi cuerpo!- preguntó Mizuki, inclinándose hacia adelante con ansias de aprender.

-No hiciste nada mal. Simplemente caíste en mi pequeña trampa.- reveló Sira con un tono peligrosamente divertido, arreglándose el flequillo con corte de sierra -Omití intencionalmente un pequeño y letal detalle sobre el Cabezazo Militar Giratorio. Cuando combinas la rotación a alta velocidad con la vibración, no solo generas daño interno... generas una fuerza de empuje monumental, un retroceso direccional que solo se manifiesta cuando la técnica está bien ejecutada. Lo que acaba de pasar es que la fuerza de empuje mandó a volar al escudo una fracción de segundo antes de que la vibración tuviera tiempo de viajar a través del acero para destruirlo.-

Los ojos de Mizuki se abrieron de par en par, asimilando la endiablada complejidad del asunto.

-Esa es la última capa de esta técnica.- continuó la joven de la sudadera rosa pastel, señalando con su dedo pálido la frente magullada de la gyojin -Debes sincronizar la frecuencia. Tienes que lograr que el pico de la onda de choque molecular ocurra en el microsegundo exacto del impacto, antes de que la fuerza cinética del empuje aleje a tu objetivo. Si lo logras, el enemigo no solo saldrá volando, sino que sus huesos y su armadura estallarán mientras está en el aire. Es el caos definitivo.-

La frustración inicial de Mizuki se evaporó instantáneamente, reemplazada por una carcajada ruidosa y feroz que hizo eco en toda la ladera sur.

-¡Sha sha sha! ¡Usted es una pequeña bestia tramposa y brillante, maestra! ¡Una capa más de dificultad justo cuando creía tenerlo!- exclamó la enorme mujer ocre, haciendo chocar sus puños enguantados en polvo -¡Pues ponga a sus muchachos a colgar más escudos! ¡Me niego a irme de esta montaña hasta que logre hacer estallar uno de esos pedazos de metal antes de que toque el muro!-

El sol comenzaba su lento descenso hacia el oeste, tiñendo el cielo de un naranja intenso, pero en el patio del dojo, la temperatura seguía en su punto de ebullición. Los fornidos estudiantes acababan de colgar un nuevo y macizo escudo de acero, mirándose de reojo con una mezcla de terror y fascinación. En el centro del circuito, Mizuki respiraba con una calma antinatural. Había asimilado la última y tramposa lección de su pequeña maestra. Ya no se trataba solo de ser el ojo del huracán o de contener la energía; ahora era una cuestión de relojería letal. Tenía que inyectar el veneno vibratorio en el acero una milésima de segundo antes de que la monstruosa fuerza física de su giro lo mandara a volar.

-Concentración absoluta. No puedo dejar que el ansia de golpear me gane. Primero la onda, luego el empuje. Como si mi frente fuera una aguja hueca inyectando presión pura antes de detonar. ¡Un, dos, tres... ahora!-

Con una explosión de polvo bajo sus pies descalzos, la gigantesca mujer tiburón tigre se lanzó al aire. Pegó sus fornidos brazos al torso y enroscó su pesada cola atigrada como un cinturón de acero, convirtiéndose nuevamente en un proyectil sólido. El zumbido sordo del Hasshoken nació en su núcleo, pero esta vez, Mizuki no lo dejó estancarse en su frente; lo mantuvo pulsando, esperando el gatillo perfecto.

La rotación vertiginosa la encontró de cara al pesado escudo oscilante. El impacto ocurrió en un parpadeo, pero para Mizuki, el tiempo pareció congelarse. Su cráneo conectó con el metal. En ese microsegundo, liberó toda la frecuencia vibratoria acumulada de golpe, sintiendo cómo atravesaba la densidad del acero, y justo una fracción de segundo después, dejó que la inercia centrífuga de sus más de dos metros treinta hiciera el resto.

El sonido fue espeluznante. No fue un simple golpe metálico; fue un chillido agónico seguido de un trueno. ¡SHRIII-BOOOOM!

El macizo escudo de acero fue arrancado de las cuerdas por la brutal fuerza de empuje, pero no voló intacto como la vez anterior. Apenas a tres metros de haber iniciado su trayectoria por los aires, la vibración interna alcanzó su punto crítico. El metal se deformó grotescamente sobre sí mismo, desgarrándose desde el núcleo con un estallido sordo, lloviendo fragmentos de metralla retorcida sobre la tierra batida del patio mucho antes de siquiera acercarse al muro perimetral.

Mizuki aterrizó con una gracia pesada, anclando sus piernas y haciendo tintinear victoriosamente los pulidos grilletes sin cadenas de sus muñecas. Parpadeó, mirando la lluvia de metal con la boca entreabierta, genuinamente pasmada por la absoluta devastación que acababa de generar.

Sira Matcha, que había estado observando desde el borde con los brazos cruzados y su habitual sonrisa de superioridad, dejó caer su fachada por completo. Los grandes ojos oscuros de la pequeña pelirroja se abrieron de par en par, y sus labios formaron una perfecta "O" de asombro. Jamás, en toda su vida como instructora, había visto a una "cabeza de músculo" asimilar la sincronización milimétrica del Cabezazo Militar Giratorio en tan pocos intentos. Era una monstruosidad biomecánica.

-Por todos los santos cielos... lo lograste.- murmuró Sira, casi para sí misma, antes de sacudir la cabeza, arreglarse el flequillo con corte de sierra y caminar hacia la gyojin, recuperando a duras penas su compostura autoritaria -Tienes un talento absolutamente aterrador para la destrucción, gigantona. Esa sincronización fue... impecable.-

La sorpresa de Mizuki se transformó en una carcajada tan ruidosa y vibrante que hizo temblar las hojas de los bonsáis cercanos.

-¡Sha sha sha! ¡Lo vi! ¡Lo sentí! ¡Esa maldita chatarra estalló desde adentro mientras salía volando!- exclamó la oji-azul, rebosante de adrenalina. Esta vez, recordando la advertencia de la noche anterior, contuvo el impulso de levantar a su maestra por los aires y, en su lugar, se inclinó en una reverencia profunda, formal y cargada de un respeto absoluto -¡No tengo palabras para agradecerle, señorita Matcha! Ha convertido mi cráneo denso y terco en el arma más letal de todo mi arsenal. Su paciencia, sus trampas y su genialidad son inigualables.-

La joven de la sudadera rosa pastel sonrió de medio lado, cruzando los brazos nuevamente, claramente complacida por el respeto de aquella bestia marina.

-Más te vale no ir por ahí diciendo que mi entrenamiento fue suave, Mizuki. Si alguien te pregunta, diles que el Hasshoken te rompió los huesos y te hizo llorar.- bromeó Sira con esa chispa competitiva en los ojos -Supongo que ahora que eres un cañón giratorio, finalmente te irás de mi montaña, ¿no?-

Mizuki asintió, irguiéndose y caminando hacia el rincón del patio donde descansaba su gigantesco estuche de contrabajo y su mochila. Se colgó el pesado equipaje a la espalda, ajustando las gruesas correas de cuero sobre sus escamas ocre.

-Así es, mi tiempo aquí se ha agotado. Esta isla forjó mis colmillos, pero tengo asuntos importantes esperándome en el mar.- respondió la gyojin, con una mirada teñida de nostalgia pero también de una feroz determinación -Debo regresar de inmediato a la isla Baterilla. Mis amigos me están esperando, y ya he estado ausente demasiado tiempo. Hay promesas que cumplir y gente a la que proteger, y ahora... estoy más que lista para hacerlo a cabezazo limpio si hace falta.-

-Entonces no pierdas más tiempo.- le despidió Sira Matcha, levantando una mano pálida a modo de saludo mientras el viento del atardecer mecía su interminable trenza -Ve a Baterilla, gigantona. Y si te encuentras con algún oficial de la Marina o algún pirata engreído con un escudo demasiado grueso... hazlos vibrar hasta que se arrepientan de haber nacido.-
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[FIC][Entrenamiento] Sin tiempo para más, corré tiburoncin - por Mizuki - 05-03-2026, 12:05 AM

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