04-03-2026, 09:02 PM
Su reacción instintiva fue fruncir el ceño, dibujar una mueca de contracción leve y casi entrañable igual a la de un niño curioso intentando apresar lo incomprensible pues, para la birkiniana, aquella frase —tan extensa, tan henchida de matices que escapaban a su entendimiento como la bruma marina en una noche en alta mar— se le antojaba un enigma cuya única certeza era su propio nombre.
Además, como si eso no fuera suficiente, la estaba señalando.
¿Con qué intención? ¿Se estaría burlando? ¿Desafío?
Bai ladeó ligeramente la cabeza, tranto de estudiarlo, de entenderlo y analizarlo, como si ese curioso ángulo de visión pudiera ofrecerle una clave suplementaria que solo los perros y ella parecían comprender.
No, se dijo entonces, tras un breve silencio; el timbre de su voz y la disposición de su cuerpo no remitían a la mofa. Al contrario. Había en él una dulce intensidad que no sabía clasificar del todo. ¿Confianza? ¿Altivez? ¿O quizás la inconsciencia luminosa de quien aún no ha aprendido a temer las consecuencias de sus propios impulsos? No estaba segura; pero habría jurado que parte de aquella vibración provenía de su juventud.
Ah, la juventud…, pensó perdiéndose en los avismos de su pasado. Reviviéndo, por un instante, ese territorio en que todo arde con mayor pureza porque todavía no ha sido corroído por la experiencia.
Bai sonrió, y en sus ojos chisporrotearon rescoldos de emociones antiguas, rebeldes y casi imprudentes, que el tiempo había obligado a replegarse bajo la égida del raciocinio. Entonces, una suave risa, muy corta, tan corta como un suspiro, surgió al recordar la embriaguez de sus propios comienzos, cuando cada gesto poseía la arrogancia inocente de lo irrepetible y, sin quererlo, entendió que en él —en aquel lunarian— esa embriaguez seguía intacta.
Con un gesto suave, Bai aprovecho y bajó la mano que hasta entonces había permanecido en suspenso sobre ella y dio un paso al frente, invitándolo a cruzar el umbral invisible de su espacio personal.
Ahora que lo observaba con mayor detenimiento, advirtió que no conservaba ya la redondez imprecisa de los rasgos infantiles. Su rostro estaba definido por líneas más firmes; la tez morena, tersa como seda bruñida al sol, se tensaba sobre una estructura de varonil angularidad.
Definitivamente no se parecía en nada a su compañero.
Bai abrió la boca para hablar, para preguntarle de nuevo por su nombre y, cuando apenas sus labrios se habían despegado, ocurrió algo extraño.
El joven volvió a hablarle y le indicó con un gesto que lo siguiera. Pero ella, privada aún del contexto que otorgara sentido a aquella invitación, permaneció inmóvil.
—Espera —dijo antes de que él pudiera avanzar demasiado. Después, estiró la mano y lo sujetó por la muñeca con firmeza contenida.
Impetuosa juventud…
—Bai —repitió, llevándose la mano al pecho para señalarse.
Después, con una lentitud languida, colocó esa misma mano sobre el pecho de él—. ¿Tú? —preguntó.
Bajo la yema de sus dedos percibió la tibieza de su piel morena, la suavidad y el pulso vivo que latía con la despreocupación de quien aún no ha sido derrotado por nada.
Una vez hecho aquello, sonrió y lo soltó.
Poco después, su mirada se desplazó hacia su propia espalda, hacia las alas pequeñas que la adornaban como un símbolo de su estirpe. Las agitó levemente, observando el movimiento con una mezcla de ironía y resignación, como si interrogara a su propia anatomía. Después, volvió a mirar al muchacho de níveo cabello. Y, tras cabilar un rato, comprendiendo que el joven se refería a lo mismo. Así que volvió a batirlas, apenas generando una ráfaga imperceptible que rozó el aire entre ambos.
No.
Ella no podía volar.
A lo sumo, impulsarse. ¿Le estaría preguntando por aquello?
Y aquella brisa sutil, casi romántica en su modestia, era la prueba silenciosa de sus límites.
Sin añadir nada más, Bai miró a las alas ajenas y le hizo un gesto con el mentón. Una insinuación para que le mostrara lo que significaba aquello. Sin embargo, para asegurarse de que ambos hablaban de lo mismo, tras ello, señaló de sus propias alas y negó con la cabeza.
Dió un pequeño salto, uno apenas perceptible, y en un acto de demostración, las plumas se agitaron; el aire se onduló; volvió pronto al suelo.
—No puedo —finalizó acompañando a las palabras con un gesto con las manos.
Bajó la mirada, señaló hacia sus propios pies y luego el horizonte.
—¿A dónde quieres ir?
Además, como si eso no fuera suficiente, la estaba señalando.
¿Con qué intención? ¿Se estaría burlando? ¿Desafío?
Bai ladeó ligeramente la cabeza, tranto de estudiarlo, de entenderlo y analizarlo, como si ese curioso ángulo de visión pudiera ofrecerle una clave suplementaria que solo los perros y ella parecían comprender.
No, se dijo entonces, tras un breve silencio; el timbre de su voz y la disposición de su cuerpo no remitían a la mofa. Al contrario. Había en él una dulce intensidad que no sabía clasificar del todo. ¿Confianza? ¿Altivez? ¿O quizás la inconsciencia luminosa de quien aún no ha aprendido a temer las consecuencias de sus propios impulsos? No estaba segura; pero habría jurado que parte de aquella vibración provenía de su juventud.
Ah, la juventud…, pensó perdiéndose en los avismos de su pasado. Reviviéndo, por un instante, ese territorio en que todo arde con mayor pureza porque todavía no ha sido corroído por la experiencia.
Bai sonrió, y en sus ojos chisporrotearon rescoldos de emociones antiguas, rebeldes y casi imprudentes, que el tiempo había obligado a replegarse bajo la égida del raciocinio. Entonces, una suave risa, muy corta, tan corta como un suspiro, surgió al recordar la embriaguez de sus propios comienzos, cuando cada gesto poseía la arrogancia inocente de lo irrepetible y, sin quererlo, entendió que en él —en aquel lunarian— esa embriaguez seguía intacta.
Con un gesto suave, Bai aprovecho y bajó la mano que hasta entonces había permanecido en suspenso sobre ella y dio un paso al frente, invitándolo a cruzar el umbral invisible de su espacio personal.
Ahora que lo observaba con mayor detenimiento, advirtió que no conservaba ya la redondez imprecisa de los rasgos infantiles. Su rostro estaba definido por líneas más firmes; la tez morena, tersa como seda bruñida al sol, se tensaba sobre una estructura de varonil angularidad.
Definitivamente no se parecía en nada a su compañero.
Bai abrió la boca para hablar, para preguntarle de nuevo por su nombre y, cuando apenas sus labrios se habían despegado, ocurrió algo extraño.
El joven volvió a hablarle y le indicó con un gesto que lo siguiera. Pero ella, privada aún del contexto que otorgara sentido a aquella invitación, permaneció inmóvil.
—Espera —dijo antes de que él pudiera avanzar demasiado. Después, estiró la mano y lo sujetó por la muñeca con firmeza contenida.
Impetuosa juventud…
—Bai —repitió, llevándose la mano al pecho para señalarse.
Después, con una lentitud languida, colocó esa misma mano sobre el pecho de él—. ¿Tú? —preguntó.
Bajo la yema de sus dedos percibió la tibieza de su piel morena, la suavidad y el pulso vivo que latía con la despreocupación de quien aún no ha sido derrotado por nada.
Una vez hecho aquello, sonrió y lo soltó.
Poco después, su mirada se desplazó hacia su propia espalda, hacia las alas pequeñas que la adornaban como un símbolo de su estirpe. Las agitó levemente, observando el movimiento con una mezcla de ironía y resignación, como si interrogara a su propia anatomía. Después, volvió a mirar al muchacho de níveo cabello. Y, tras cabilar un rato, comprendiendo que el joven se refería a lo mismo. Así que volvió a batirlas, apenas generando una ráfaga imperceptible que rozó el aire entre ambos.
No.
Ella no podía volar.
A lo sumo, impulsarse. ¿Le estaría preguntando por aquello?
Y aquella brisa sutil, casi romántica en su modestia, era la prueba silenciosa de sus límites.
Sin añadir nada más, Bai miró a las alas ajenas y le hizo un gesto con el mentón. Una insinuación para que le mostrara lo que significaba aquello. Sin embargo, para asegurarse de que ambos hablaban de lo mismo, tras ello, señaló de sus propias alas y negó con la cabeza.
Dió un pequeño salto, uno apenas perceptible, y en un acto de demostración, las plumas se agitaron; el aire se onduló; volvió pronto al suelo.
—No puedo —finalizó acompañando a las palabras con un gesto con las manos.
Bajó la mirada, señaló hacia sus propios pies y luego el horizonte.
—¿A dónde quieres ir?
Bai Mudan
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