[Estilo Canon] Buto, la primer victoria.
#1
Dia 34 de Verano, Año 17



Los pasos lentos del castaño lo llevaron nuevamente hasta las puertas del Dojo Hasshoken. Adentro, los demás estudiantes se encontraban en el jardín entrenando sus habilidades, en la ya constante rutina para perfeccionar sus habilidades.

El sabor amargo de la derrota compartía el interior de Ryota con el del chicle que estaba mascando, pues acababa de ser presa de una batalla inigualada en la que sus técnicas fueron destruidas por el enemigo. ¿Cuánto más quedaba por entrenar? ¿Cuánto más debía continuar regresando allí con más preguntas que respuestas? “Mierda, claro que no.” Resolvió molesto tras mover su cabeza de lado a lado. No le beneficiaba en absoluto sentir esas dudas en su cabeza, solo debía confiar en el proceso de su entrenamiento y tarde o temprano ver los frutos del mismo. 

Sin interactuar con nadie, llego hasta la parte trasera del dojo, donde se encontraban los instrumentos de combate. Estatuas de madera con diferentes brazos que ayudaban al entrenamiento.

El sonido de los golpes comenzó a resonar por el ambiente, a medida que avanzaba. Una vez llegué, observo como su maestra Sira, se enfrentaba con gran maestría contra las estatuas. Sus movimientos eran rápidos, certeros y ágiles. El epitome de lo que Ryota aspiraba.

“Ah… volviste” exclamó la mujer, deteniendo su entrenamiento, para luego desviarse en dirección a él y hacer un ademán con la diestra. La seña indicaba que le lanzara la toalla a un costado de donde se encontraba.

“Sí, digamos que necesito más enseñanzas.” Respondió con descontento, tomando la toalla para acercarla a ella y ver cómo se secaba el sudor tras recibirla.

“Apuesto a que te dieron una paliza…” Sonrió burlona, recibiendo una expresión molesta por parte del castaño.

“Tranquilo tigre, es normal. Aquí muchos son artistas marciales y tú apenas estás tocando una pequeña fracción de eso.” Continúo divertida, terminando con su limpieza. “Entonces ¿viniste a continuar el entrenamiento donde lo abandonaste?”

“¿Abandonar? Claro que no, solo estaba dejando a mi cuerpo descansar, no es sano adentrarse en un enfrentamiento tras otro.” Claro que mentía, si fuera por él no habría vuelto allí ni aunque le pagasen, pero la maldita idea de volver a ser apaleado era algo que simplemente no lo dejaba en paz.

Con premura, la maestra Sira, caminó hasta Ryota, llevando sus manos a sus hombros, luego sus bíceps, deltoides, oblicuos, uno a uno los músculos del pirata fueron palmeados. “Espera, primero invítame a una cita.” Reaccionó el castaño con un tono jocoso, sin poder evitar reírse ante las cosquillas generadas por las manos de su maestra.

“Aunque seas un bueno para nada, has seguido entrenando lo básico, es perfecto. Te enseñaré una nueva técnica.” Dijo la maestra tras su análisis, confiada en que el hombre frente a ella pudiera con la tarea que estaba por encomendarle. Una nueva técnica sacada de la imaginación de cualquier artista marcial, algo caótico y descabellado pero que llevada a la práctica podría hacer diferencia en el combate.

“¿Una nueva técnica?”

“Sí, es lo que dije, pero no te la pondré fácil.” Elevo sus mejillas formando una amigable expresión. “Necesitarás hacerme un favor, así que primero ve a llevar esto.” Se acercó a él, sacando de sus vestiduras un papiro enrollado. “Necesito que lo lleves al dojo que está cruzando la montaña, allí pregunta por Yonoseke y di que vas en mi nombre. Ellos sabrán qué hacer.”

“Espera, ¿qué? ¿Cómo que ellos sabrán qué hacer? ¿Qué es esa clase de código? No espera, ¡oye!” Por más que peleó, la mujer lo dejó hablando solo mientras se alejaba a repartir clases a los demás estudiantes.

Sin tener opción para negarse, Ryota terminó encaminándose hasta la salida del dojo, aunque allí fue abordado por su maestra. Quien, en un rápido movimiento, digno de los maestros shaolin más astutos, le colocó dos grilletes en los pies, que arrastraban dos esferas de acero. “¡Espera! ¿Qué put$#W$ es esto?” Agito los puños molesto tratando de agarrarla, sin poder siquiera llegar a rozarla por su increíble agilidad.

“Estás entrenando, es para tu entrenamiento tonto haha, ¡esfuérzate y no vuelvas hasta completar lo que te pedí!” Respondió ella actuando con severidad mientras le daba la espalda. Gesto que ocultaba la enorme sonrisa de burla a espaldas del aprendiz.

Sin decir una palabra más, Ryota se vio obligado a arrastrar aquellos pesados grilletes durante todo el trayecto. Era una tarea ardua y extenuante; de no cargar con esas esferas de acero, probablemente habría llegado al dojo sin mayor dificultad. Sin embargo, el peso adicional transformaba cada paso en un esfuerzo, una carga que se hacía sentir en músculos y pulmones por igual. “A este paso no llegaré nunca…” Pensaba sin poder comenzar a correr. Aunque en ese momento tuvo una idea, en vez de tomar el camino largo y cómodo, lo mejor sería enfrentarse al bosque para ir de largo. De esa forma cortaría camino por el bosque, haciendo una recta hacia el dolo a donde su maestra lo envió.

Y así fue como lo hizo, se adentró al bosque, cargando las dos esferas de acero con un diámetro de 80 centímetros sobre sus hombros. La cadena era lo suficientemente larga, así que hizo un poco más cómodo el recorrido.

O por lo menos eso era lo que Ryota esperaba. Aunque apenas adentrarse unos cuantos metros en el bosque, pudo notar que estaba lleno de diferentes relieves, los cuales en ocasiones le ponían muy difícil poder avanzar. Aun así, persevero con la esperanza de que fuera la forma más fácil de recorrer el camino. Sintiendo cada paso como si fuera Atlas el titán que carga a su espalda el mundo. Quizás era una exageración, pero esa imagen mental le ayuda a continuar.

Cuando por fin llegó a la cima de la montaña boscosa, se tomó un pequeño descanso para observar el paisaje. Estaba a mitad de camino, pero sin lugar a dudas fue una mejor idea que la de seguir el camino ortodoxo, ya que de esa manera hubiera tenido que recorrer el doble de distancia. “Aunque fue realmente pesado traer estas cosas aquí.” Se recostó sobre las esferas, dejando que la agradable brisa moviera sus cabellos.

Tras un buen descanso, los pies de Ryota volvieron a ponerse en marcha. Esta vez descendía, y la caminata resultaba más llevadera, se dejaba deslizar por las pendientes cubiertas de pasto, utilizando los distintos árboles como freno improvisado. Así avanzó hasta alcanzar un terreno más llano, donde el impulso desapareció y tuvo que retomar un ritmo más pausado, lastrado nuevamente por el peso.

Avanzados algunos metros por la espesura del bosque. Los sentidos del castaño consiguieron escuchar el rugido de una bestia. De inmediato, soltó las esferas de acero en sus hombros para que cayeran al suelo y colocarse en guardia.

Ryota sabía que enfrentarse a un rey de la montaña arrastrando dos esferas de acero era una completa estupidez. No, aun si no estaba arrastrando ese peso, era una completa estupidez. “Mierda, porque a mí, no pensé en las…” Se quejó en su interior, cuando a lo lejos, a unos seis metros de distancia vio el pelaje marrón de un oso de la montaña acercándose. “Las hermosas criaturas del bosque…” Sus ojos brillaron ante lo bonito que era el animal.

Claro que el oso en cuestión, no tuvo la misma imagen del castaño, de inmediato lo identifico como un peligro, lanzándose en dirección a él e iniciando el enfrentamiento.

Ryota jamás agrediría a un lindo animalito del bosque. Ni siquiera si este intentaba matarlo, el cual era exactamente el caso.

Las zarpas surcaron el aire con violencia, dirigidas directamente contra la integridad del joven de ojos ambarinos, quien respondió como pudo, eludiendo los ataques y arrastrando las esferas con el máximo esfuerzo para no perder el equilibrio. Debía pensar rápido, encontrar una forma en la cual poder ganar la pelea sin la necesidad de lastimar a la criatura.

Fue en ese momento cuando recordó la forma en la que había detenido a su mejor amigo Honoy, otro oso marrón que conoció en esa misma isla varios meses atrás. En esa ocasión se enfrentó al animal que sobrepasaba su tamaño con música y en esta ocasión haría exactamente eso.

Los labios de Ryota comenzaron a moverse mientras eludía y bloqueaba los golpes con esfuerzo. La canción escogida era la misma canción de cuna que le cantó a Honoy y con la que lo descolocó tanto que ganó tiempo para envolverlo en una cuerda.

Una lástima que en ese preciso momento no tuviera una cuerda a la mano, pero al menos tenías las cadenas de sus grilletes. Con ellos, tras eludir uno de los zarpazos, rodeo al animal, saltando encima de él y envolviendo sus grilletes contra el animal para buscar drenar su energía poco a poco. “¡Kug!” Se quejó cuando el oso, impactó su espalda contra uno de los árboles cercanos, llegando a darle un poderoso impacto. “¡Niño malo!” Respondió iracundo, apretando aún con más fuerza su agarre.

Poco a poco, el animal terminó por cansarse, hasta caer rendido en el suelo. Las agitadas respiraciones de Ryota no se hicieron esperar cuando por fin volvió a respirar, ya que mantuvo la respiración para no soltar su agarre y poder controlar a la criatura. Su cuerpo por fin cayó de encima de la bestia a un costado, respirando con dificultad ya tendido en el pasto. “Amigo, lo siento, pero fue la única forma para que no me mataras… solo un abrazo cariñoso.” Comentó alegre, sabiendo que su compañero de sparring se encontraba vivo, pero lo bastante mareado para abandonar todas sus intenciones de lucha.

Y de pronto, el bramido de otros dos osos retumbó en la montaña. De inmediato, el castaño reaccionó y se incorporó del suelo, girando hacia la dirección de donde provenía el sonido. Bastó una sola mirada para encontrarse con los oseznos más adorables, tiernos y rechonchos que alguien hubiera visto jamás. “¡Qué bonitoooosss!” Gritó al mismo tiempo en que se lanzaba a por ellos, para abrazarlos y achucharlos. Los pequeños oseznos no tardaron en verlo como un compañero de juegos y comenzaron a mordisquearlo y subirse encima suyo para tumbarlo al suelo.

Las intenciones de Ryota eran inofensivas, por lo que los pequeños animales no tardaron en darle su amistad. Obviando claro el estado de la madre, la cual gruñó un poco cuando reaccionó a lo que estaba ocurriendo.

“Entiendo… son tus hijos, solo tratabas de protegerlos… disculpa, no quería asustarte y menos lastimarte.” Tras darse cuenta de la situación, Ryota empujó a los pequeños osos hacia la madre, en un gesto para tranquilizarse y hacerle ver que no tenía malas intenciones con ellos.

La osa resoplo, aparentemente indignada, pero sin mostrarse violenta. Razón por la cual Ryota sonrió y los pequeños cachorros que parecían entender poco o nada de la situación, continuaron mordisqueando al oji ambarino. “Kekekeke esperen, esperen, harán que su madre me mate kekekeke” Sus propias risas le hicieron olvidar su misión en primera instancia, jugando un poco más con los cachorros hasta que por fin, la madre se levantó del todo y parecía emprender la retirada.

“Bien, yo también debo seguir con lo mío.” Se levantó del suelo, se sacudió el polvo de la ropa y tomó las dos esferas de acero para volver a colocárselas sobre los hombros.” Fue un placer, amigos, crezcan sanos y fuertes y nada de ir por allí matando humanos ¿eh?” Rio con gran entusiasmo, viendo cómo sus compañeros de juego se apartaban a la distancia siguiendo torpemente los pasos de su madre.

Tras un breve silencio, el joven de cabellos castaños continuó la marcha. Aún le quedaba terminar de descender la montaña y, si aquella zona era territorio de osos, debía procurar ocultar su presencia para que no lo percibieran como un cazador.

Su misión era llegar hasta el dojo cruzando esa montaña y entregar el papiro que su maestra le dio. Sintiendo enorme curiosidad en ese momento por ver de qué se trataba. ¿Quizás Sira por fin se había hecho un novio? ¿Otro maestro de artes marciales para continuar la tradición?

La mente de Ryota volaba en suposiciones, sin dejar de prestar atención a su entorno y recorrido.
Con el paso del tiempo, las esferas de peso sobre sus hombros comenzaron a parecerle un poco más livianas. No era como si de la nada el peso se hubiera reducido, pareció más que sus músculos comenzaban a distribuir inconscientemente el peso, para permitirle una mejor manera de avance. “Bueno, por algo es una maestra… me imagino que supo que esto ocurriría.” Con un paso más apurado, comenzando a deslizarse entre los árboles, sintiendo el fluir de sus movimientos. “Al menos no me puso a pintar el Dojo como a algunos tontos…” Recordó a los pobres cretinos que había convencido para que hicieran sus tareas del dojo, prometiéndoles que aprenderían una increíble técnica si levantaban y bajaban la brocha de pintura con el flujo preciso. “Kekeke, es su culpa por ser tan ingenuos.” Las risas no tardaron en aparecer, sin que él supiera que, esta vez, era quien estaba siendo manipulado para que su entrenamiento se desarrollara de la mejor manera.

De esa manera y manteniendo un paso más rápido, pudo alcanzar el final del bosque. Sus ojos se levantaron alegres al ver cómo la última hilera de árboles dejaba filtrar la luz del sol.

Ryota entonces sintió que estaba un poco más cerca de su destino, por fin había atravesado el bosque, solo con ligeros contratiempos. De un impresionante salto, aun con las esferas sobre sus hombros, el castaño salió del bosque y llegó hasta el camino que abandonó una hora antes.

En este, pudo ver más adelante su destino. Y en el camino, un riachuelo para los viajeros. Tomar un buen trago de agua fresca no sonaba mal. Por lo que se desplazó hacia el bebedero en donde se encontraban dos niños que tiraban de un buey con bultos de arroz. “Hey mini bros.” Comentó con serenidad, tirando las bolas de acero al suelo para agacharse y tomar en sus manos agua del riachuelo natural.

“Ahhhhhhh” Disfruto la refrescante y fría sensación de descender por su garganta. Era increíble cómo los locales encontraron la manera de crear varios canales del río para tener agua en sus cultivos y caminos de la isla.

“Señor, ¿Por qué carga esas esferas? ¿es usted un convicto?”

“No bro, estoy entrenando.”

“Waos, ¿en serio son bolas de acero de verdad?”

El pequeño de cabellos despeinados, noragi negro y diferentes parches cocidos en su ropa, se acercó a la esfera para tratar de empujarla. “Es muy pesada…” Comento lo obvio, mientras su amigo, de vestiduras similares, trataba de ayudarlo. “Es cierto, ¿cómo aprendió a cargar cosas tan pesadas?” Preguntaron ambos, casi al unísono.

“Kekeke niños, en algún momento necesitarán ser fuertes. Porque hay muchas hermosas señoritas con cuerpos voluminosos.” Tomo las dos esferas y las levanto sobre sus hombros, con aparente facilidad (aunque le costó un chingo, pero lucho para verse cool ante los pequeños) “Por eso, siempre que terminen de trabajar, dediquen sus cuerpos a entrenar, así algún día serán tan fuertes como yo.” Y sin más, continuó su camino a un trote constante, sintiéndose un poco más honorable.

Claro que solo les había dicho mentiras, pues jamás necesito levantar malditas esferas de acero sólido para salir con chicas, pero ¿quién era él para no actuar como un buen ejemplo frente a los niños?

“La verdad, tu hermana gorda sí es linda Kintaro.” Comento uno de los pequeños con sus mejillas sonrosadas. A partir de ahora iba a entrenar hasta poder levantarla en sus brazos.

Ryota no tardó en llegar a la entrada del dojo. El lugar se alzaba imponente, resguardado por un enorme portón de doble hoja que, a simple vista, superaba los cinco metros de altura y alcanzaba casi seis de ancho. La madera, probablemente roble macizo, reforzaba aquella sensación de solidez ancestral. Sobre las puertas, dos demonios tallados en madera enmarcaban el kanji de cazadores, observando desde las alturas como silenciosos guardianes que quitaban el aliento a todos aquellos que osaban observarlos.

“Waw… estos Bros en serio se toman las primeras impresiones muy a pecho...” Exclamó Ryota, tocando la puerta con su diestra, tras dejar las esferas de acero en el suelo. “¿Hooola? ¿Hay alguien allí?” Pregunto en voz alta, centrando su agudo sentido del oído para tratar de escuchar algo al otro lado de la puerta.

Sin embargo, no escuchó respuesta alguna. La enorme puerta comenzó a abrirse hacia adentro, y el sonido metálico de las bisagras mal aceitadas vibró en el ambiente, rompiendo el silencio.

Ante él se reveló un vasto patio interior y en el, una plataforma de aproximadamente cincuenta por cincuenta metros, cubierta de genuina piedra caliza, que separaba la entrada del imponente dojo de madera.

“¿Hola?” Preguntó Ryota, adentrándose con pasos lentos debido al peso extra, hasta que se subió sobre la superficie de piedra. El sonido de las esferas de acero contra la piedra, llenó el lugar, hasta que de repente diferentes hombres vestidos con karategis negros, salieron del interior del dojo, todos ellos con aspectos intimidantes, cicatrices, cortes de pelo estilo punks y una actitud que gritaba delincuentes por todas partes.

“¡¿Quién eres y qué quieres bakayaro?!” Gritó quien parecía ser su líder. Un hombre de tez morena, mohicano de color rubio, músculos entrenados y una uwagi (chaqueta de karate) sin mangas, que mostraba sus músculos.

“Hey bro, ammm, soy Ryota del dojo Hasshoken, me envía mi maestra y…” Sin siquiera poder terminar sus palabras, unos veinte hombres saltaron hacia la arena desplazándose a gran velocidad sobre el hombre de cabellos castaños. Este apenas pudo ver a los diez primeros, pero el número lo sobrepasaba tanto, que sintió los golpes avanzando su defensa e impactando sobre su piel. “Kiiikk… esperen… ¡¿Por qué me están atacando?!” El recuerdo del gay de closet llegó a su cabeza antes de que el hombre moreno le respondiera.

“Este es el Dojin Shin Kae Karate, somos cazadores de Dojos y el hecho de que vinieras hasta aquí por orden de tu maestra, significa que vienes por nuestro título.” Respondió con autoridad.

“¿Espera qué?” Ryota no podía creerlo, la desgraciada de Sira le mintió para enviarlo allí a ¿tener un combate por el título de ese dojo? Sabía que era una mujer con un fuerte instinto para la batalla, pero jamás imaginó que lo engañara para… “Vale, entiendo, esto es un maldito entrenamiento…” Dedujo levantando su guardia y reponiéndose a los ataques anteriores.

“¡Les advierto que esto les dolerá más a ustedes de lo que me dolerá a mí!” Amenazó con ira en su mirada, mientras su cuerpo comenzó a mutar a una macabra forma alejada del camino natural. El pirata pasó de ser un ser humano normal, a convertirse en un híbrido completo entre hombre y arácnido. Un ente de 2,7 m de estatura, cuatro ojos, colmillos, seis brazos, abdomen arácnido en la zona del trasero y una espalda erguida que reflejaba su aumento de fuerza.

Sin embargo, por alguna razón no podía parar de temblar, sus ahora cuatro ojos vibraban molestos, buscando valor donde no existía para hacer frente a los malditos bastardos que buscaban su cabeza.

“¡Ataquen a ese usuario!” Los veinte hombres gritaron, sin imaginar que, antes de que sus golpes alcanzaran a la bestia, esta se lanzaría de cabeza contra ellos mientras comenzaba a girar como si de un tornado se tratara, arrasando todo a su paso. “¡Buto Kaiten!” Su cuerpo y las bolas de acero atadas a sus pies golpeaban sin distinción alguna, enviando a los enemigos por los aires, repelidos como simples insectos que pretendían herir a un animal descomunal.

La diferencia de fuerzas fue demostrada cuando los miembros del Dojin Shin Kae Karate quedaron sobre el suelo, lamentando el dolor de sus cuerpos.

“¡N…n..no! ¡E…e..es! ¡Mi..ii mi inten…cion pe…pelear!” Su voz se hizo escuchar al finalizar la técnica del estilo Hasshoken. Luego se incorporó con firmeza, manteniendo la mirada fija en el artista marcial del mohicano.

Aquel hombre desprendía un aura distinta a la de los demás. El castaño aún no tenía noción de lo que realmente era el Haki, ni entendía o conocía el concepto de un aura, pero su cuerpo sí lo comprendía, pues podía sentir cómo el instinto de miedo que florecía en su interior le pedía alejarse de ese sujeto.

“Bien, bien, así que un usuario… No está mal, pero debo advertirte que no tendré misericordia alguna contigo.” La amenaza no estaba mal fundamentada. Bastó con un salto, para que el artista marcial se posicionara a escasos cuatro metros en línea recta del arácnido. “Iré con todo chico, pero antes de matarte, recuerda mi nombre,  Motumbo Yonoseke” Al término de sus vocablos, Motumbo se disparó en línea recta impactando de lleno contra el estómago del hombre araña.

“¡KUG!” El golpe fue tan fuerte, que la transformación del zoan se perdió en un instante, obligándolo a resentirse escasos segundos del golpe y dejar su guardia abierta para recibir un segundo impacto. Esta vez, un gancho de izquierda cortó el aire, impactando en su rostro y desviando su mirada con violencia.

Los ojos de Ryota quedaron atónitos ante la velocidad del contrincante. Ya lo había tenido que tolerar cuando peleo contra Morrys, pero no volvería a sentir esa maldita impotencia al no ver venir los impactos de un enemigo. “¡A darle átomos!” El grito de la técnica no impidió que Yonoseke recibiera una repentina y violenta respuesta en forma de gancho sobre su rostro.

El impacto, muy distinto al de cualquier otro ataque, quebró las defensas del moreno. La sangre brotó de su boca mientras su cuerpo se tambaleaba, y por primera vez fue él quien comenzó a debatirse entre la conciencia y la inconsciencia. “¡¿Quieres bailar?!” Sin darle un respiro, Ryota lanzó un segundo ataque. Otro golpe veloz, un jab de derecha que impactó de lleno en el rostro del enemigo. El sonoro choque le permitió al pirata tomar distancia, retrocediendo cinco metros hasta colocarse en una posición más segura, desde la cual pudiera reaccionar al siguiente movimiento de su contrincante.

“YIAYIAYIAYIAYIA ¡Eso es! ¡Esto sí es una pelea!” La mirada de Yonoseke se emocionó al recuperar el conocimiento, el castigo pesaba en su cuerpo, pero su adrenalina lo mantenía de pie al igual que su fuerza.

“Maldito bastardo… eres muy rudo Bro” Elogió Ryota con otra sonrisa, limpiándose la sangre que le corría desde la nariz.

Era el momento, todo o nada. Ambos arremetieron casi al mismo tiempo, enzarzándose en una sucesión brutal de ataques donde cada golpe recibido era devuelto con otro aún más feroz. Puño tras puño, sus cuerpos resistían y contraatacaban, atravesando las defensas del contrario. El intercambio no solo los sorprendía, sino también los alentaba en el fragor de la batalla, como si el dolor fuese combustible que sus cuerpos usaban para continuar.

Al inicio, el combate se mantuvo igualado. Sin embargo, poco a poco la balanza comenzó a inclinarse a favor de Yonoseke. Su dominio técnico era evidente; poseía un repertorio más amplio y violento, mientras que Ryota, aunque versátil, resultaba más limitado en cuanto a su número de movimientos.

“Mierda… si esto continua asi voy a perder…” Penso el de ojos ambarinos, sin perder de vista a su oponente. Necesitaba a como de lugar, quitarse esos malditos grilletes… pero ¿Cómo? Fue entonces cuando recordó algo que lo hizo sentir estúpido. En ningún momento abrió el pergamino y fue su maestra quien le dijo que lo hiciera en el primer momento en que llegara a ese dojo.

En un intento desesperado, Ryota decidió apostar el resultado del combate, de tener razón quizás ganaría y de no tenerla, solo aceleraría su derrota. Sin miedo, llevó la mano al bolsillo y sacó el pergamino. Lo abrió con torpeza, liberando no solo la llave, sino también las indicaciones de una técnica. Apenas alcanzó a echar un vistazo cuando el impacto de su oponente lo golpeó de lleno, lanzándolo dos metros en dirección contraria.

Aun así, en ese breve instante, logró distinguir la silueta de los dibujos, la forma precisa del movimiento. Y lo entendió. Comprendió exactamente qué había querido su maestra al ponerle dos malditas esferas de acero encima.

La llave fue usada y los pies del pirata al fin fueron liberados.

Yonoseke arremetió nuevamente para tratar de alcanzarlo, sin embargo, la velocidad de Ryota sin los grilletes volvió a la normalidad y esquivó el impacto con un poderoso salto.

La vista del cazador de dojos se elevó, viendo cómo Ryota giró en el aire para invertir su cuerpo y caer abruptamente en su dirección. “¡BUTO!” Las dos cabezas impactaron y los ojos del rubio se tornaron blancos, el impacto consiguió restar lo último en el tanque de Motumbo y dejarlo en el suelo, vivo, pero inconsciente.

“¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!”

Un grito feroz brotó desde lo más profundo de Ryota. Nunca antes había querido ganar con tanta intensidad; nunca antes se había esforzado de aquella manera. Había entrenado sin descanso, una y otra vez, enfrentándose a oponentes más fuertes que le recordaron, con brutal honestidad, que aún no era suficiente.
Y ahora, por primera vez desde que llegó a la isla, sentía que había avanzado un paso más hacia su maldito destino. “¡Si carajooooooooo!” Expreso con enorme felicidad, sintiendo que había sacado el número mayor en la ruleta.

Su apuesta, aunque arriesgada, le permitió llevarse el combate. Quizás solo fue una técnica aún sin pulir, pero haber tenido los conocimientos del Hasshoken y el entrenamiento previo en el recorrido hasta allí. Le otorgaron la capacidad de entender una técnica tan simple como efectiva, aquella por la que comúnmente, todos los artistas marciales de ese estilo iniciaban.

Sin cruzar palabra alguna con los miembros del Dojin Shin Kae Karate, el nacido en baterilla salió del dojo victorioso, llevando consigo el pergamino entregado por su maestra y caminando sin prisa alguna.
Los niños lo vieron pasar lleno de moretones y heridas, sorprendidos por presenciar a un verdadero artista marcial que daba todo de sí para alcanzar la perfección. “Cuando sea grande, quiero ser como él”, dijo el menor de los dos. “¿Entonces si me dejaras levantar a tu hermana?” Comento el otro.

Ryota llegó victorioso al dojo Hashokken, quizás orinaría rojo algunos días. Sin embargo, se paró victorioso frente a Sira entregándole el pergamino.

“¿Pudiste entenderlo? ¿Lo que necesitabas?” La chica tomó de nuevo el pergamino para guardarlo en sus vestiduras. Ambos se encontraban adentro del dojo, sobre el suelo de madera, uno frente al otro.

“Creo que sí. ¿Una pelea, no? Eso necesitaba.”

“Exacto, tienes un gran potencial para hacerte más fuerte, Ryota, pero necesitas el hambre para llegar al lugar que anhelas. Quizás tu sueño sea vivir sin trabajar, pero en la vida, los únicos que realmente llegan a ser libres, son los seres fuertes. Y debes tener el hambre para convertirte en uno de ellos.” Una genuina sonrisa se dibujó en los labios de la mujer de cabellos brillantes, para luego dar un pat pat sobre la cabeza del castaño.

“Gracias, maestra.”

Ryota agachó su cabeza, posando ambas manos frente a él en señal de respeto. Quien se levantó tarde en cada sesión de entrenamiento, el que prefería evitar entrenar, ahora agradecía a su mentora, por haberle dado la oportunidad para alcanzar el secreto de los puños que rompen defensas.

Las puertas del Dojo Hasshoken se cerraron a la espalda del castaño con un sonido seco y definitivo, dando fin a una aventura llena de artimañas, empeño, fatiga y la extraña satisfacción de haber obtenido una victoria honesta. Le gustaría decir que fue un combate contundente, sin embargo, el lánguido cuerpo se encarga de desmentirlo.

Cada músculo dolorido le recuerda que no fue sencillo, que ha tenido que esforzarse, que el peso sobre su cuerpo no ha sido una broma, incluso la derrota pudo haberse cernido sobre él. Y, aún así, superó sus propias expectativas ejecutando movimientos que jamás creyó aprender y dominar, sobrepasando sus límites hasta el punto de sentirse ligero y en sintonía consigo mismo.

El combate no fue fácil, pero logró sobreponerse y vencer. ¿Qué más queda además de la experiencia obtenida? El deseo de un merecido descanso que terminará por ser ínfimo al recordar que no puede descansar tanto como quiere o lo merece, no, allá afuera, en algún lugar del mar, un estridente grupo de cuatro personas se encuentra disfrutando de las bondades de un crucero con la finalidad de converger en una isla que, de solo pensar el nombre, le hace estremecer.

Baterilla.

¡Su tierra natal! Aquella paradisíaca isla pesquera que le hizo probar el trabajo duro por primera vez; en donde su madre, padre y hermanos le esperarían con una amplia sonrisa de no ser porque terminó escapando de las garras del matricidio. ¿Por qué arriesgarse? ¿Por qué no elegir otra isla en la que encontrarse? ¿Por qué no les dijo que navegasen hasta Isla Karate para disfrutar más tiempo del espléndido lugar que les hizo combatir osos y disfrutar festivales?

Por qué Isla Karate no podría llevarlos a su verdadero objetivo: El Grand Line.

Una sonrisa acaricia el rostro del navegante cuando se aleja completamente del dojo, cada paso es extenuante, aunque eso queda relegado en alguna parte irrelevante de sus sentidos cuando piensa en el Den Den Mushi que seguramente estará sonando en el lugar en el que se hospeda.

¿Estarán desesperados por indicaciones? ¿Lo extrañarán tanto como para llorar su nombre? ¿Estarán listos para escuchar sus más alocadas aventuras? ¿Le pedirán que les enseñe su nuevo estilo de combate? ¿Sus nuevas habilidades? Una risa escapa imaginando a sus compañeros en escenarios de improbable realismo.

Lleva una de sus manos al cabello y lo peina hacia atrás; con cada paso se siente más liviano. Sabe que debe partir pronto o tendrá problemas si llega tarde al encuentro predestinado.
La mirada fría de un pelinegro que ataca antes de preguntar; la expresión molesta de una amazona que saluda primero con los puños y después con fuertes y cálidos abrazos; la aniñada sonrisa de un rubio de larga melena, siempre dispuesto a lanzarle un “¿me entiendes?”; y el gesto del último compañero que ha decidido unirse al estridente grupo que ahora porta el nombre de Hanu Mahana.

Todos ellos lo esperan.

Y Ryota los espera ver a todos y cada uno de ellos. No le pueden fallar, así como él no les puede fallar a ellos. Claro, después de un largo baño, su respectivo festejo y una buena siesta; al menos hasta que el den den mushi vuelva a sonar con gritos y palabras combinadas a través del pequeño caracol.

La verdadera aventura, está a punto de comenzar.

Entrenamiento Hasshoken
[Imagen: ELRAliP.png]


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[Estilo Canon] Buto, la primer victoria. - por Ryota Miyamoto - 04-03-2026, 08:29 AM

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