26-02-2026, 06:17 PM
El descenso por las entrañas de la montaña demostró ser para Kibai una auténtica prueba de paciencia y precisión. El mink avanzó paso a paso por el conducto, teniendo que arrastrarse en alguna que otra ocasión, mientras continuaba siguiendo la estela silenciosa de sus avispas exploradoras.
El aire, cada vez más saturado de azufre y el calor que emanaba de las grietas volcánicas debido a la cercanía a las chimeneas activas de Little Garden, hacía que el vapor humedeciese la tela de su camisa y que esta se le pegara al pelaje bajo el uniforme. Sin embargo, su atención no flaqueaba; sus sentidos estaban expandidos, rastreando el mínimo clic metálico o la vibración de un cable que delatara una trampa mecánica.
Al alcanzar la entrada de la cámara principal, el mink se detuvo ante el resplandor rojizo. Con un gesto imperceptible, las diez avispas de vanguardia regresaron a él, fundiéndose con el enjambre de setenta que ya cubría su espalda. La información era clara: diez objetivos bastante más grandes que los treinta que había masacrado antes en el claro de la selva, y uno mucho más grande que el resto. Aquel tenía que ser sin duda el Sujeto A-0.
Con la agilidad de todo un depredador, Kibai no usó el suelo. En lugar de eso, clavó sus garras en las tuberías de acero que recorrían el techo, desplazándose con una agilidad invertida, como una araña que ignora la gravedad. Se movió en silencio sobre los oficiales, examinado sus acciones y la distancia con el líder que los observaba con aburrimiento, así como tomando nota de las figuras humanas atrapadas en la jaula de metal, antes de posicionase exactamente en el centro del semicírculo que formaban.
Kibai respiró hondo antes de exhalar el aire de sus pulmones, y soltó el agarre. El tiempo pareció ralentizarse mientras caía desde las sombras. El acero de Raimei abandonó su vaina con un siseo que cortó el aire caliente y, antes de que el primer oficial pudiera reaccionar, el mink aterrizó en una explosión de movimiento.
Al aterrizar, Kibai hundió a Raimei directamente a través del casco que el simio acababa de ajustarse, atravesando la prenda y el cráneo antes de que pudiera parpadear. El simio ni siquiera hizo un solo ruido, con las extremidades extendidas temblando entre espasmos nerviosos. Sin extraer la espada, Kibai empleó la rigidez que aún tenía su víctima para lanzar una patada lateral con sus garras traseras, desgarrando la yugular del siguiente simio más cercano.
Los enemigos, tomados por sorpresa, reaccionaron despacio. Con su garra libre, el mink atrapó el brazo del simio que montaba el rifle, desgarrándole los tendones del codo y hundiendo sus uñas en su pecho hasta alcanzar el corazón.
Escuchando como sus otros oponentes ya lo rodeaban, Kibai pivotó sobre una sola pierna, usando la inercia para decapitar a un cuarto oponente con un tajo circular de Raimei. El resto se le echaron encima.
Esquivando una estocada de lanza, Kibai se deslizó bajo el brazo del atacante y le abrió el vientre de un solo tajo ascendente, interponiendo los cuerpos de los caídos con el resto, mientras echaba ojo hacia la zona donde se encontraba el Sujeto A-0. Sin embargo, tampoco podía distraerse en demasía, pues otros dos rivales, vestidos con capas de oficial (lo cual no hizo sino incrementar su furia), cargaron a la vez. El mink saltó sobre sus hombros, hundiendo las garras de sus pies en la base del cráneo de ambos, y dio un fuerte tirón hacia atrás, rompiendo sus espinas dorsales de manera simultánea.
El penúltimo, un ejemplar claramente más anciano, intentó una retirada táctica, puede que tratando de reunirse con su líder, pero Kibai le lazó un tajo con Raimei, atravesándole la pantorrilla, y lo remató de una rápida estocada, aunque la espada se quedó atorada en el hueso. Viendo su oportunidad, el último simio en pie se lanzó hacia él con un salto, buscando usar sus largos caninos para atrapar a su enemigo. Decidido a terminar con aquello de una vez, Kibai soltó a Raimei y atrapó al último por el rostro con su garra libre y estampó su cabeza contra la roca volcánica, antes de hundir sus propios colmillos en su carótida. La sangre, caliente y salada, le empapó la mitad inferior del rostro, así como el blanco de la camisa.
Kibai se puso en pie lentamente en mitad del círculo de cadáveres, arrancando la espada del cadáver dódne seguia clavada con un seco crujido de hueso. No intentó limpiarse; dejó que la sangre caliente de los simios empapara su pelaje y su ropa, convirtiéndose en una visión demoníaca bajo el resplandor rojo de la lava. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, pero su pulso era frío.
Apretó la empuñadura de Raimei y , adoptando una pose de guardia baja, colocó una mano detrás de su espalda. Sus ojos, ahora con las pupilas verticales totalmente dilatadas por la adrenalina, se clavaron directamente en los ojos del Sujeto A-0. El mink hinchó el pecho y soltó un rugido profundo, vibrante y gutural que sacudió las paredes de la cámara, mientras chispas de color azul comenzaban a recorrer su cuerpo. No era un desafío para ver quién era más fuerte; era el dictado de una sentencia de muerte.
El aire, cada vez más saturado de azufre y el calor que emanaba de las grietas volcánicas debido a la cercanía a las chimeneas activas de Little Garden, hacía que el vapor humedeciese la tela de su camisa y que esta se le pegara al pelaje bajo el uniforme. Sin embargo, su atención no flaqueaba; sus sentidos estaban expandidos, rastreando el mínimo clic metálico o la vibración de un cable que delatara una trampa mecánica.
Al alcanzar la entrada de la cámara principal, el mink se detuvo ante el resplandor rojizo. Con un gesto imperceptible, las diez avispas de vanguardia regresaron a él, fundiéndose con el enjambre de setenta que ya cubría su espalda. La información era clara: diez objetivos bastante más grandes que los treinta que había masacrado antes en el claro de la selva, y uno mucho más grande que el resto. Aquel tenía que ser sin duda el Sujeto A-0.
Con la agilidad de todo un depredador, Kibai no usó el suelo. En lugar de eso, clavó sus garras en las tuberías de acero que recorrían el techo, desplazándose con una agilidad invertida, como una araña que ignora la gravedad. Se movió en silencio sobre los oficiales, examinado sus acciones y la distancia con el líder que los observaba con aburrimiento, así como tomando nota de las figuras humanas atrapadas en la jaula de metal, antes de posicionase exactamente en el centro del semicírculo que formaban.
Kibai respiró hondo antes de exhalar el aire de sus pulmones, y soltó el agarre. El tiempo pareció ralentizarse mientras caía desde las sombras. El acero de Raimei abandonó su vaina con un siseo que cortó el aire caliente y, antes de que el primer oficial pudiera reaccionar, el mink aterrizó en una explosión de movimiento.
Al aterrizar, Kibai hundió a Raimei directamente a través del casco que el simio acababa de ajustarse, atravesando la prenda y el cráneo antes de que pudiera parpadear. El simio ni siquiera hizo un solo ruido, con las extremidades extendidas temblando entre espasmos nerviosos. Sin extraer la espada, Kibai empleó la rigidez que aún tenía su víctima para lanzar una patada lateral con sus garras traseras, desgarrando la yugular del siguiente simio más cercano.
Los enemigos, tomados por sorpresa, reaccionaron despacio. Con su garra libre, el mink atrapó el brazo del simio que montaba el rifle, desgarrándole los tendones del codo y hundiendo sus uñas en su pecho hasta alcanzar el corazón.
Escuchando como sus otros oponentes ya lo rodeaban, Kibai pivotó sobre una sola pierna, usando la inercia para decapitar a un cuarto oponente con un tajo circular de Raimei. El resto se le echaron encima.
Esquivando una estocada de lanza, Kibai se deslizó bajo el brazo del atacante y le abrió el vientre de un solo tajo ascendente, interponiendo los cuerpos de los caídos con el resto, mientras echaba ojo hacia la zona donde se encontraba el Sujeto A-0. Sin embargo, tampoco podía distraerse en demasía, pues otros dos rivales, vestidos con capas de oficial (lo cual no hizo sino incrementar su furia), cargaron a la vez. El mink saltó sobre sus hombros, hundiendo las garras de sus pies en la base del cráneo de ambos, y dio un fuerte tirón hacia atrás, rompiendo sus espinas dorsales de manera simultánea.
El penúltimo, un ejemplar claramente más anciano, intentó una retirada táctica, puede que tratando de reunirse con su líder, pero Kibai le lazó un tajo con Raimei, atravesándole la pantorrilla, y lo remató de una rápida estocada, aunque la espada se quedó atorada en el hueso. Viendo su oportunidad, el último simio en pie se lanzó hacia él con un salto, buscando usar sus largos caninos para atrapar a su enemigo. Decidido a terminar con aquello de una vez, Kibai soltó a Raimei y atrapó al último por el rostro con su garra libre y estampó su cabeza contra la roca volcánica, antes de hundir sus propios colmillos en su carótida. La sangre, caliente y salada, le empapó la mitad inferior del rostro, así como el blanco de la camisa.
Kibai se puso en pie lentamente en mitad del círculo de cadáveres, arrancando la espada del cadáver dódne seguia clavada con un seco crujido de hueso. No intentó limpiarse; dejó que la sangre caliente de los simios empapara su pelaje y su ropa, convirtiéndose en una visión demoníaca bajo el resplandor rojo de la lava. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, pero su pulso era frío.
Apretó la empuñadura de Raimei y , adoptando una pose de guardia baja, colocó una mano detrás de su espalda. Sus ojos, ahora con las pupilas verticales totalmente dilatadas por la adrenalina, se clavaron directamente en los ojos del Sujeto A-0. El mink hinchó el pecho y soltó un rugido profundo, vibrante y gutural que sacudió las paredes de la cámara, mientras chispas de color azul comenzaban a recorrer su cuerpo. No era un desafío para ver quién era más fuerte; era el dictado de una sentencia de muerte.
La Caja de Pandora
Contenido Oculto
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