25-02-2026, 10:04 AM
El humo salía torcido debido al viento. Aquel viento del río lo lleva hacia el este y Kazan lo sigue con la vista un momento antes de que algo más lo interrumpa en aquella especie de obnubilación. Dos décadas de arena enseñan a leer la masa antes de verla, a sentir lo que hay en su alrededor. No es la vista lo que avisa primero, es el suelo, los pequeños temblores que preceden a todo. Una vibración distinta a la suya propia llega a través de los tablones, ritmo más largo entre impactos, pasos que hablan de piernas mucho más largas. Kazan desplaza el peso sobre el pie derecho y orienta el cuerpo hacia donde viene aquellos temblores. La entrada del patio queda en su campo de visión.
"...veinte metros. Mínimo."
El cálculo es automático y natural. El tipo de estimación que se hace sin pensarlo después de años calibrando cuánta distancia necesitaba para sobrevivir lo que venía. El gigante que aparece por la calle del río lleva el arma cruzada a la espalda, la cabeza del arma sobresaliendo por encima de su propio cráneo. Joven, bastante mas joven que el. Los hombros todavía no han aprendido a distribuir el cansancio de la forma en que lo hacen los viejos y la barba no ha salido de un rostro lampiño.
Kazan no se mueve. Permanece apoyado contra la pared este del callejón, a unos ocho metros del grupo de bailarines más cercano. El kanaboo descansa sobre su hombro izquierdo. Deja que el otro gigante lo vea. O no lo vea. Ambas reacciones dicen algo. El chico saca una petaca. Toma un trago."Whisky." Kazan da una calada larga. El humo sale por la comisura derecha, despacio, mientras estudia la postura del otro, no era normal encontrarse a otro gigante y no era normal para Kazan mirar hacia arriba. Los pies del contrario y la dirección de la mirada, indican lo evidente. Está observando el patio, a los bailarines, con algo en la cara que Kazan reconoce sin necesidad de ponerle nombre. Es la misma expresión que él tuvo la primera vez que vio a alguien celebrar sin que nadie se lo ordenara. Incomodidad moral. Rabia contenida que todavía no sabe dónde apoyarse. Los que trabajan para el sistema no sienten eso. Sienten derecho y oportunidad.
Toca los cuernos con su mano derecha, con dos dedos, la base del cuerno izquierdo. Se separa de la pared. Cuatro pasos hacia el norte, unos seis metros de zancada, deteniéndose cuando queda a unos diez metros del otro gigante. Las marcas que sus pies dejan en los tablones son más profundas ahora, el peso distribuido en posición estable. Orienta el cuerpo hacia el otro por completo, hombro derecho levemente adelantado. El kanaboo pasa del hombro izquierdo a descansar vertical en la mano derecha, remate metálico contra el suelo con un golpe sordo que los tablones absorben con dificultad.
-Por las profundidades... ese trago lo llevas encima desde cuánto tiempo.- No es saludo, exactamente. Tampoco acusación. Es la forma en que Kazan abre una puerta: empujándola con algo concreto, algo que el otro pueda responder o ignorar. "Dos gigantes en el barrio más pobre de Samba." El sonido de los pies descalzos sobre el tablado llena el espacio entre ellos. Ese ritmo sin letra que lo dice todo. Los bailarines apenas los miran ya. La presencia de un gigante en este barrio dejó de ser novedad en cuatro días. "Eso sí que es diferente." La pipa humea entre sus dedos. La primera calada desde que el otro apareció ya se está enfriando.
"...veinte metros. Mínimo."
El cálculo es automático y natural. El tipo de estimación que se hace sin pensarlo después de años calibrando cuánta distancia necesitaba para sobrevivir lo que venía. El gigante que aparece por la calle del río lleva el arma cruzada a la espalda, la cabeza del arma sobresaliendo por encima de su propio cráneo. Joven, bastante mas joven que el. Los hombros todavía no han aprendido a distribuir el cansancio de la forma en que lo hacen los viejos y la barba no ha salido de un rostro lampiño.
Kazan no se mueve. Permanece apoyado contra la pared este del callejón, a unos ocho metros del grupo de bailarines más cercano. El kanaboo descansa sobre su hombro izquierdo. Deja que el otro gigante lo vea. O no lo vea. Ambas reacciones dicen algo. El chico saca una petaca. Toma un trago."Whisky." Kazan da una calada larga. El humo sale por la comisura derecha, despacio, mientras estudia la postura del otro, no era normal encontrarse a otro gigante y no era normal para Kazan mirar hacia arriba. Los pies del contrario y la dirección de la mirada, indican lo evidente. Está observando el patio, a los bailarines, con algo en la cara que Kazan reconoce sin necesidad de ponerle nombre. Es la misma expresión que él tuvo la primera vez que vio a alguien celebrar sin que nadie se lo ordenara. Incomodidad moral. Rabia contenida que todavía no sabe dónde apoyarse. Los que trabajan para el sistema no sienten eso. Sienten derecho y oportunidad.
Toca los cuernos con su mano derecha, con dos dedos, la base del cuerno izquierdo. Se separa de la pared. Cuatro pasos hacia el norte, unos seis metros de zancada, deteniéndose cuando queda a unos diez metros del otro gigante. Las marcas que sus pies dejan en los tablones son más profundas ahora, el peso distribuido en posición estable. Orienta el cuerpo hacia el otro por completo, hombro derecho levemente adelantado. El kanaboo pasa del hombro izquierdo a descansar vertical en la mano derecha, remate metálico contra el suelo con un golpe sordo que los tablones absorben con dificultad.
-Por las profundidades... ese trago lo llevas encima desde cuánto tiempo.- No es saludo, exactamente. Tampoco acusación. Es la forma en que Kazan abre una puerta: empujándola con algo concreto, algo que el otro pueda responder o ignorar. "Dos gigantes en el barrio más pobre de Samba." El sonido de los pies descalzos sobre el tablado llena el espacio entre ellos. Ese ritmo sin letra que lo dice todo. Los bailarines apenas los miran ya. La presencia de un gigante en este barrio dejó de ser novedad en cuatro días. "Eso sí que es diferente." La pipa humea entre sus dedos. La primera calada desde que el otro apareció ya se está enfriando.
