18-02-2026, 08:44 PM
cambio de pista para comer de chill
Ambos, mink y Lunarian se tomaron su tiempo, disfrutando de la suave música del festival, que había cambiado a un ritmo más tranquilo, apropiado para acompañar a los comensales sin opacar las conversaciones ni obligarles a forzar la voz por encima de los intrumentos.
Cuando Kibai le preguntó a la joven de dónde era, y esta mencionó el reino de Sorbet, el mink esbozó una ligera sonrisa. Conocía Sorbet, aunque sus pasos nunca lo habían llevado allí, una isla tropical bastante apacible y agradable para vivir. Bastante diferente al inhospito Reino de Roshwan a dónde habían enviado a Kibai para formarse y curtirse como Marine, con sus tormentas de nieve y sus bandas criminales.
La comerciante clavó sus ojos de nuevo en él, mientras se reajustaba la ropa, lo cual hizo que el colgante se balancease arriba y abajo encima del encaje que cubría su amplio escote, en un movimiento que a Kibai se le antojó demasiado casual para no ser impostado.
Haciendo cículos por el borde del cuenco de madera, la joven inclinó perezosamente la cabeza hacia el mink, mientras su voz se dulcificaba más si cabe.
— Mi nombre es Asherah.
No añadió más, ni apellidos, ni más datos.
Asintiendo ante su interlocutora, Kibai soltó una sincera risa ante la referencia a lo que había hecho en el puesto de comida.
— Asherah, es un nombre precioso. Y que conste — añadió con un fingido tono orgulloso — que no solamente tengo un buen olfato. Mi... gente tambien vemos bastante bien. Muy bien de hecho, especialmente en la oscuridad.
Llevando la mano hacia el vaso de agua que ella le había servido, Kibai se lo llevó a los labios, sin dejar de mirarla a los ojos.
— Si esta comida se prolonga, creo que podrás comprobarlo.
El mink agradeció la breve pausa que le tomó beber agua por un doble motivo: en primer lugar, porque no queria monopolizar aquella conversación (ya que, sinceramente, tenía mucha más curiosidad por la joven que tenía delante que la que creía que ella pudiese tener en él); y en segundo lugar, porque eso le daba tiempo a su vocecilla interna a gritarle dos o tres veces por la elección de sus palabras.
Dejando el vaso en la mesa, Kibai señaló la cima de la montaña, más allá de los últimas pagodas de los templos y los dojos más antiguos.
— Honestamente? Mi idea cuando salí de nuestro barco hoy era tratar de llegar ahí arriba, a la cima. Desde siempre he adorado escalar, y además, después de tanto tiempo encerrado en un barco, necesitaba respirar, estar a mi aire, encontrar un buen lugar alto en el que estar solo por un rato. Creí que si conseguía llegar hasta el pináculo de la montaña, las vistas serían merecedoras del esfuerzo de llegar hasta ahí. Al menos eso pensaba...
El mink luchó fervientemente contra el impulso de cerrar la boca, pero consideró que a estas alturas ya no merecía la pena.
— Pero cuando pasé por esta plaza, capté algo extraño. Algo que no había percibido nunca antes. Y ese algo me llevó bueno... a ti.
Si su vocecilla hubiese estado armada, ahora mismo Kibai estaría delante del pelotón de fusilamiento. Llevándose una mano al rostro, el mink dejó caer la cabeza contra ella.
— Pensarás que estoy loco, seguro... Lo siento si esto te ha incomodado, es solo que... soy demasiado curioso para mi propio bien.
Por suerte, la mujer a la que habían pedido la comida llegó en aquel momento, salvando a Kibai de seguir hablando. Provista de un pequeño carro de madera dividida en varias secciones repletas de humeantes ollas, recogió ambos cuencos para llenarlos hasta arriba del burbujeante líquido. Cuando el mink lo tuvo delante y la bocanada de vapor envolvió su rostro, supo al instante que no se había equivocado. La combinación de las verduras salteadas antes de ser añadidas al caldo producía aquel ligerísimo pero vital sabor tostado. La carne, abundamentemente sazonada con pimienta, hierbas y miel, estaba cortada en trozos lo bastante pequeños para poder engullirlos de un bocado. Todo envuelto en un líquido entre rojo y marrón oscuro que indicaba la buena cantidad de horas que aquella olla había albergado todo en su interior.
— Ah, es cierto. — dijo la mujer. — Y esto es de parte de la casa. Al fin y al cabo, de no ser por ti, querido, toda la docena de panes se habría echado a perder.
Con un golpe seco, dejó una consistente hogaza de pan en medio de la mesa, junto a la jarra de agua y un cuchillo de sierra sin punta.
— Disfrutad de la comida. Espero veros por la noche para los fuegos artificales! Volveremos a estar abiertos!
Tras agracederle el gesto con una inclinación de cabeza, Kibai esbozó una sonrisa incómoda hacia Asherah.
— Vale, lo admito, mi sentido del olfato puede que si sea útil...
Echando mano a la hogaza, Kibai cogió el pequeño cuchillo y cortó dos amplios trozos circulares, dejando uno junto al cuenco de Asherah. Acto seguido, sumergió su cuchara en el cuenco, removió un par de veces para mezclar bien todo el contenido y se la llevó a la boca.
El mink tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no sonreír de oreja a oreja como siempre que tenía la oprtunidad de probar algo tan delicioso como aquello. No se había equivocado en su percepción inicial, el sabor de aquel estofado era delicioso. No obstante, su mente de cocinero comenzó a trabajar a toda velocidad.
"Aún así, creo que puedo mejorarlo. Quizas añadiendo canela a las verduras en el salteado. O braseando la carne en vez de sellarla. Y si flambeo todo antes de triturar...KIBAI, GATO ESTUPIDO VUELVE A LA REALIDAD"
Carraspeando levemente, el mink dirigió su mirada de nuevo a Asherah, que lo observaba, expectante. Subitamente inspirado, Kibai bajó de nuevo la cuchara hacia su cuenco, hundiendola de nuevo en el guiso. Soplando levemente para evitar que la temperatura fuese excesiva y no permitiese apreciar el sabor, extendió la cuchara hacia la Lunarian, en una cortés invitación a que lo probase, mientras que su voz se suavizó en un ronroneo grave.
— Como has dicho, la resposabilidad es mía. Así que queda a tu juicio si merezco un castigo... o un premio.
