17-02-2026, 07:46 PM
El fragor de la batalla no era un lenguaje que Bai deseara hablar.
Y aunque no podía decir "de este agua no beberé", si podía evitar el agrio olor del sudor mezclado con hierro, o el sonido sordo de la carne encontrándose con el hueso —en el mejor de los casos—, prefería escabullirse de aquello que para ella nada tenía de belleza o deseo.
Por eso, aquel día —uno de los pocos que pasaría en la isla— eligió huir de todo lo que oliera a contienda y refugiarse en la calma costa de la isla. Más exactamente, en el puerto.
En aquel pequeño rincón del mundo, el aire estaba cargado de salitre, mostrándose espeso y limpio al mismo tiempo pues, pues este se adhería a la piel y al cabello con una caricia húmeda pese a su fresco olor.
Frush, frush.
Las cuerdas de los barcos crujían de fondo al tensarse, añadiendo una nota a la sinfonía del lugar. A coro, las maderas gemían con el vaivén suave del agua, y el graznido de las gaviotas coronaba el viento como su fisicidad el cielo.
Mientras tanto, el sol gobernaba sin competencia alguna, pronunciando las sombras de aquellos pequeños animales a sus pies.
Sobre su cabeza, las aves describían círculos impacientes, esperando el descuido de algún pescador exhausto que regresara a casa con la red todavía viva.
Bai, quien se había sentado en una esquina discreta del muelle sobre un robusto barril vacío, disfrutaba de aquella paz apenas rota por los gritos de los estivadores.
Creck.
Su cuerpo se había inclinado ligeramente para poder ver bien lo que ocurría frente a ella. Y las tablas del barril, que ya en su momento habían protestado bajo su peso, amenazaron por un momento, pese a que después aceptaron su presencia con otro crujido resignado.
¿Qué estaba haciendo aquel hombre?
Con la espalda recta y las manos descansando sobre sus muslos, fijó la mirada en un punto del horizonte. Más exactamente, en una pequeña barca que regresaba lenta, cargando un modesto botín de doradas que destellaban como monedas relucientes bajo el sol.
Sin embargo, el espectáculo no estaba en los peces.
El verdadero drama era la batalla desigual entre el pescador y una única y obstinada gaviota.
El hombre agitaba los brazos, mascullaba improperios que ella no entendía y trataba de espantarla con una dignidad cada vez más erosionada; el ave, ágil y precisa, descendía en picados, rozando el botín con descaro y burlándose del viejo con graznidos que parecían carcajadas.
Era casi doloroso de ver.
La criatura era más rápida, más liviana y más decidida. El viejo no tenía posibilidad alguna de defender su tesoro por mucho que le fuera la vida en ello.
Bai inclinó ligeramente el rostro hacia el cielo, entrecerrando los ojos, meditando si intervenir o limitarse a observar cómo la naturaleza resolvía sus propios conflictos.
Fue entonces cuando una sombra inmensa se deslizó sobre el muelle; oscura y amplia como era, le pareció completamente reconocible. Además, las alas negras eran un símbolo claro de quién era, ¿no?
Bai sintió un impulso inmediato en el pecho.
¿Él?
Juraría haberlo dejado intercambiando golpes con uno de aquellos fanáticos del karate, en algún rincón polvoriento de la ciudad.
Y mientras juraba aquello, sus gemelos reaccionaron como resortes tensados, haciendo que se incorporara de un salto que hizo vibrar las tablas del puerto bajo sus pies.
—¡Aquí! —su voz sonó como un murmullo debido al quejido del barril.
Llevó la diestra a la frente, usándola de visera contra el sol que le fragmentaba la visión, y buscó la figura que creía haber visto descender.
—¡Dong!
La luz le arrancaba detalles importantes de quien creía conocer, fundía siluetas y volvía inciertas las distancias.
—¡Dong, aquí!
Alzó el brazo, agitándolo con decisión. La brisa marina le revolvió el cabello mientras avanzaba unos pasos, esquivando redes y cubos, convencida de haberlo encontrado.
Pero cuando estuvo lo bastante cerca como para distinguir los rasgos del recién llegado, la certeza se disolvió.
No era él.
Ni la forma del rostro. Ni la postura. Ni siquiera el tono moreno de su piel coincidía.
Bai se detuvo a escasa distancia, y la seguridad que había tensado su cuerpo se aflojó con la misma rapidez.
—Oh… —susurró, casi para sí misma, observándolo con una mezcla de desconcierto y leve vergüenza—. Tú no eres Dong.
Y tras parpadear desconcertada, se dio cuenta de lo que debía hacer.
—Lo siento —dijo, inclinándose en un intento por pedir perdón y que la entendieran—. Te confundí... —añadió murmurando, aun sabiendo que no la iba a entender.
—Bai —añadió al recuperar su postura al tiempo que se llevaba la zurda al pecho para indicar que se refería a ella.
Y aunque no podía decir "de este agua no beberé", si podía evitar el agrio olor del sudor mezclado con hierro, o el sonido sordo de la carne encontrándose con el hueso —en el mejor de los casos—, prefería escabullirse de aquello que para ella nada tenía de belleza o deseo.
Por eso, aquel día —uno de los pocos que pasaría en la isla— eligió huir de todo lo que oliera a contienda y refugiarse en la calma costa de la isla. Más exactamente, en el puerto.
En aquel pequeño rincón del mundo, el aire estaba cargado de salitre, mostrándose espeso y limpio al mismo tiempo pues, pues este se adhería a la piel y al cabello con una caricia húmeda pese a su fresco olor.
Frush, frush.
Las cuerdas de los barcos crujían de fondo al tensarse, añadiendo una nota a la sinfonía del lugar. A coro, las maderas gemían con el vaivén suave del agua, y el graznido de las gaviotas coronaba el viento como su fisicidad el cielo.
Mientras tanto, el sol gobernaba sin competencia alguna, pronunciando las sombras de aquellos pequeños animales a sus pies.
Sobre su cabeza, las aves describían círculos impacientes, esperando el descuido de algún pescador exhausto que regresara a casa con la red todavía viva.
Bai, quien se había sentado en una esquina discreta del muelle sobre un robusto barril vacío, disfrutaba de aquella paz apenas rota por los gritos de los estivadores.
Creck.
Su cuerpo se había inclinado ligeramente para poder ver bien lo que ocurría frente a ella. Y las tablas del barril, que ya en su momento habían protestado bajo su peso, amenazaron por un momento, pese a que después aceptaron su presencia con otro crujido resignado.
¿Qué estaba haciendo aquel hombre?
Con la espalda recta y las manos descansando sobre sus muslos, fijó la mirada en un punto del horizonte. Más exactamente, en una pequeña barca que regresaba lenta, cargando un modesto botín de doradas que destellaban como monedas relucientes bajo el sol.
Sin embargo, el espectáculo no estaba en los peces.
El verdadero drama era la batalla desigual entre el pescador y una única y obstinada gaviota.
El hombre agitaba los brazos, mascullaba improperios que ella no entendía y trataba de espantarla con una dignidad cada vez más erosionada; el ave, ágil y precisa, descendía en picados, rozando el botín con descaro y burlándose del viejo con graznidos que parecían carcajadas.
Era casi doloroso de ver.
La criatura era más rápida, más liviana y más decidida. El viejo no tenía posibilidad alguna de defender su tesoro por mucho que le fuera la vida en ello.
Bai inclinó ligeramente el rostro hacia el cielo, entrecerrando los ojos, meditando si intervenir o limitarse a observar cómo la naturaleza resolvía sus propios conflictos.
Fue entonces cuando una sombra inmensa se deslizó sobre el muelle; oscura y amplia como era, le pareció completamente reconocible. Además, las alas negras eran un símbolo claro de quién era, ¿no?
Bai sintió un impulso inmediato en el pecho.
¿Él?
Juraría haberlo dejado intercambiando golpes con uno de aquellos fanáticos del karate, en algún rincón polvoriento de la ciudad.
Y mientras juraba aquello, sus gemelos reaccionaron como resortes tensados, haciendo que se incorporara de un salto que hizo vibrar las tablas del puerto bajo sus pies.
—¡Aquí! —su voz sonó como un murmullo debido al quejido del barril.
Llevó la diestra a la frente, usándola de visera contra el sol que le fragmentaba la visión, y buscó la figura que creía haber visto descender.
—¡Dong!
La luz le arrancaba detalles importantes de quien creía conocer, fundía siluetas y volvía inciertas las distancias.
—¡Dong, aquí!
Alzó el brazo, agitándolo con decisión. La brisa marina le revolvió el cabello mientras avanzaba unos pasos, esquivando redes y cubos, convencida de haberlo encontrado.
Pero cuando estuvo lo bastante cerca como para distinguir los rasgos del recién llegado, la certeza se disolvió.
No era él.
Ni la forma del rostro. Ni la postura. Ni siquiera el tono moreno de su piel coincidía.
Bai se detuvo a escasa distancia, y la seguridad que había tensado su cuerpo se aflojó con la misma rapidez.
—Oh… —susurró, casi para sí misma, observándolo con una mezcla de desconcierto y leve vergüenza—. Tú no eres Dong.
Y tras parpadear desconcertada, se dio cuenta de lo que debía hacer.
—Lo siento —dijo, inclinándose en un intento por pedir perdón y que la entendieran—. Te confundí... —añadió murmurando, aun sabiendo que no la iba a entender.
—Bai —añadió al recuperar su postura al tiempo que se llevaba la zurda al pecho para indicar que se refería a ella.
Karmas que van siempre con Bai
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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