15-02-2026, 09:03 AM
El médico brujo pudo notar aquella dulzura en la voz de la chica. Incluso percibió, en la manera en que el cuerpo ajeno reaccionaba, que se veía algo acongojada por unos segundos; tal vez aquella actuación que había desplegado de buenas a primeras no era tan infalible como pensó en un principio. Aun así, al escuchar las palabras de Elara, también sintió una calidez en el pecho, como un abrazo verbal de alguien que parecía capaz de ver a través de sus caretas, aunque de una forma conciliadora.
Al recibir aquel halago hacia su persona, Bones terminó por sonreír con honestidad. Era alguien a quien le gustaban los cumplidos, y su pecho se infló de manera casi natural mientras miraba a la chica con renovada vitalidad.
—¿A que sí, verdad? Espero poder llevar el orgullo de mi familia por todos los mares; es lo que mi “Grann” hubiera querido.
Lo dijo sin darse cuenta de que había pronunciado aquel sobrenombre cariñoso que usaba para referirse a su abuela. En ese momento, la felicidad le impidió siquiera notarlo.
Era extraño. Aquella chica de cabellos rojizos lo hacía sentir tranquilo y liviano, como si aún conservara una parte de la alegría que le habían arrebatado años atrás. Sus brillantes ojos verdosos parecían intensificarse cuando el sol se reflejaba en ellos, y una sonrisa se dibujó en los labios de Bones cuando sus miradas se cruzaron.
De pronto, la voz de alerta de la joven lo hizo reaccionar. Un mal paso sobre una piedra lo llevó a perder el equilibrio, y se apresuró a sostenerse de ella, aprovechando que su mano libre ya se encontraba en dirección a su cuerpo. La tomó por la cintura para evitar que cayera al suelo.
—¡Cuidado!
Fue lo último que alcanzó a decir antes de que ambos cuerpos quedaran unidos en una cercanía sorprendente. Normalmente, Bones habría esperado a que la skypean recuperara el equilibrio para soltarla con caballerosidad. No obstante, algo en ese instante hizo que sus ojos se encontraran con los de ella, permaneciendo abrazados, sintiendo el dulce aroma de su cabello, lo que lo tomó por sorpresa y desconcierto.
—Seguramente eso se lo dirías a cualquier albañil de pechos grandes —dijo con un tono claramente bromista, aunque aún sorprendido y ligeramente avergonzado por la proximidad.
Había algo que le impedía dar por terminado el abrazo. Sentía el cálido cuerpo de Elara contra el suyo; era hermosa, especial de una manera única entre todas las mujeres que habían pasado frente a él en las islas que había recorrido a lo largo del océano.
—Elara…
Pronunció su nombre con una dulzura apenas perceptible, sin intención de decir nada más en concreto, solo de saborear aquel instante en el que sus rostros estaban tan cerca. Lamentablemente, fue uno de los albañiles a quienes la skypean observaba minutos antes quien lo sacó del trance.
—¡Necesitamos dos bolsas más de concreto!
La voz del hombre hizo que el médico brujo se apartara de golpe de la pelirroja. El sonrojo en el puente de su nariz se volvió más evidente, y carraspeó antes de desviar la mirada.
—Creo que será mejor ir a dejar cuanto antes los sacos donde te han indicado —dijo Bones, aún con el corazón acelerado por lo que acababa de ocurrir.
Al recibir aquel halago hacia su persona, Bones terminó por sonreír con honestidad. Era alguien a quien le gustaban los cumplidos, y su pecho se infló de manera casi natural mientras miraba a la chica con renovada vitalidad.
—¿A que sí, verdad? Espero poder llevar el orgullo de mi familia por todos los mares; es lo que mi “Grann” hubiera querido.
Lo dijo sin darse cuenta de que había pronunciado aquel sobrenombre cariñoso que usaba para referirse a su abuela. En ese momento, la felicidad le impidió siquiera notarlo.
Era extraño. Aquella chica de cabellos rojizos lo hacía sentir tranquilo y liviano, como si aún conservara una parte de la alegría que le habían arrebatado años atrás. Sus brillantes ojos verdosos parecían intensificarse cuando el sol se reflejaba en ellos, y una sonrisa se dibujó en los labios de Bones cuando sus miradas se cruzaron.
De pronto, la voz de alerta de la joven lo hizo reaccionar. Un mal paso sobre una piedra lo llevó a perder el equilibrio, y se apresuró a sostenerse de ella, aprovechando que su mano libre ya se encontraba en dirección a su cuerpo. La tomó por la cintura para evitar que cayera al suelo.
—¡Cuidado!
Fue lo último que alcanzó a decir antes de que ambos cuerpos quedaran unidos en una cercanía sorprendente. Normalmente, Bones habría esperado a que la skypean recuperara el equilibrio para soltarla con caballerosidad. No obstante, algo en ese instante hizo que sus ojos se encontraran con los de ella, permaneciendo abrazados, sintiendo el dulce aroma de su cabello, lo que lo tomó por sorpresa y desconcierto.
—Seguramente eso se lo dirías a cualquier albañil de pechos grandes —dijo con un tono claramente bromista, aunque aún sorprendido y ligeramente avergonzado por la proximidad.
Había algo que le impedía dar por terminado el abrazo. Sentía el cálido cuerpo de Elara contra el suyo; era hermosa, especial de una manera única entre todas las mujeres que habían pasado frente a él en las islas que había recorrido a lo largo del océano.
—Elara…
Pronunció su nombre con una dulzura apenas perceptible, sin intención de decir nada más en concreto, solo de saborear aquel instante en el que sus rostros estaban tan cerca. Lamentablemente, fue uno de los albañiles a quienes la skypean observaba minutos antes quien lo sacó del trance.
—¡Necesitamos dos bolsas más de concreto!
La voz del hombre hizo que el médico brujo se apartara de golpe de la pelirroja. El sonrojo en el puente de su nariz se volvió más evidente, y carraspeó antes de desviar la mirada.
—Creo que será mejor ir a dejar cuanto antes los sacos donde te han indicado —dijo Bones, aún con el corazón acelerado por lo que acababa de ocurrir.
