11-02-2026, 07:01 PM
El barco atracó con un crujido grave y la pasarela descendió lentamente bajo el peso de las cadenas. El sol de medio día brillaba y el aroma salado del mar se pegaba a la piel. Entre los marineros que bajaban cargando cajas y cuerdas, una figura destacó sin proponérselo.
El hombre que descendía parecía ocupar más espacio del que su cuerpo realmente tomaba. Alto, ancho de hombros, espalda recta como una lanza clavada en vertical, con un andar firme y pesado. El sol arrancaba destellos rojizos de los tatuajes que recorrían sus brazos y su torso. No vestía uniforme, pero había algo inconfundiblemente militar en la forma en que sostenía el cuello, en cómo mantenía las manos libres, en la manera en que sus ojos dorados recorrían el muelle... Como... Un soldado sin bandera, que, visible aún sin bandera, seguía siendo un soldado.
Algunos estibadores le cedieron paso sin mirarlo demasiado. No inspiraba miedo, sino ese respeto incómodo que obliga a enderezar la espalda. Su rostro, atractivo y severo, tenía ese aire de quien habla poco y observa demasiado, sin sonrisas y mucho menos interés.
Hasta que cierto sonido interrumpió el aire. Su cabeza giró lo suficiente para detectarla, y estando tan cerca sus ojos dorados se clavaron directamente en su figura femenina. Primero, examinándola, como si su mente estuviera comprobando en segundos si era una amenaza… o alguien que necesitaba protección.
Pero notó las alas desordenadas, la túnica manchada, el flequillo ligeramente torcido, los ojos enormes y ese rubor entre los pómulos.
No era el tipo de “enemigo” que esperaba nadie, así que se acercó, de forma lenta y tranquila, más relajado que antes.
La muchacha no llegó a caer, una mano grande, cálida y firme la sostuvo por la cintura antes de que tocara el suelo, de tal forma que se veía como si estuviese sosteniendo algo frágil. Kaizer frunció levemente el ceño, observando su postura inestable, sus alas agitadas, el temblor evidente en sus piernas. Sus dedos tardaron un segundo más de lo necesario en soltarla, asegurándose de que realmente estuviera en pie... Por si fuera a desmayarse.
No es que supiese mucho de mujeres pero esta le parecía alarmantemente impredecible.
— Vas a lastimarte si caminas sin mirar… aru na.
Su voz tenía esa aspereza natural que hacía que incluso una advertencia sonara como una orden, sin pizca de burla ni condescendencia, más bien, era como una preocupación dicha de forma seca, una manera muy torpe de esconderla.
Retiró la mano casi de inmediato, como si el contacto le resultara incómodo, pero la realidad es que no sabía exactamente cómo tratar a alaguien después de ayudarlo. Desvió la mirada hacia el puerto, carraspeó apenas y acomodó la correa de su bolsa al hombro.
— Kaizer — dijo al fin, directo, sin adornos —Me asignaron a esta isla aru na...
Tras una pequeña pausa, sus ojos volvieron a ella, más suaves de lo que pretendía.
— ¿Eres mi compañera?
El sol le encendía destellos rojizos en el cabello rubio y, de cerca, Elara podría notar que, pese a toda esa solidez intimidante… las puntas de sus orejas estaban ligeramente rojas también.
El hombre que descendía parecía ocupar más espacio del que su cuerpo realmente tomaba. Alto, ancho de hombros, espalda recta como una lanza clavada en vertical, con un andar firme y pesado. El sol arrancaba destellos rojizos de los tatuajes que recorrían sus brazos y su torso. No vestía uniforme, pero había algo inconfundiblemente militar en la forma en que sostenía el cuello, en cómo mantenía las manos libres, en la manera en que sus ojos dorados recorrían el muelle... Como... Un soldado sin bandera, que, visible aún sin bandera, seguía siendo un soldado.
Algunos estibadores le cedieron paso sin mirarlo demasiado. No inspiraba miedo, sino ese respeto incómodo que obliga a enderezar la espalda. Su rostro, atractivo y severo, tenía ese aire de quien habla poco y observa demasiado, sin sonrisas y mucho menos interés.
Hasta que cierto sonido interrumpió el aire. Su cabeza giró lo suficiente para detectarla, y estando tan cerca sus ojos dorados se clavaron directamente en su figura femenina. Primero, examinándola, como si su mente estuviera comprobando en segundos si era una amenaza… o alguien que necesitaba protección.
Pero notó las alas desordenadas, la túnica manchada, el flequillo ligeramente torcido, los ojos enormes y ese rubor entre los pómulos.
No era el tipo de “enemigo” que esperaba nadie, así que se acercó, de forma lenta y tranquila, más relajado que antes.
La muchacha no llegó a caer, una mano grande, cálida y firme la sostuvo por la cintura antes de que tocara el suelo, de tal forma que se veía como si estuviese sosteniendo algo frágil. Kaizer frunció levemente el ceño, observando su postura inestable, sus alas agitadas, el temblor evidente en sus piernas. Sus dedos tardaron un segundo más de lo necesario en soltarla, asegurándose de que realmente estuviera en pie... Por si fuera a desmayarse.
No es que supiese mucho de mujeres pero esta le parecía alarmantemente impredecible.
— Vas a lastimarte si caminas sin mirar… aru na.
Su voz tenía esa aspereza natural que hacía que incluso una advertencia sonara como una orden, sin pizca de burla ni condescendencia, más bien, era como una preocupación dicha de forma seca, una manera muy torpe de esconderla.
Retiró la mano casi de inmediato, como si el contacto le resultara incómodo, pero la realidad es que no sabía exactamente cómo tratar a alaguien después de ayudarlo. Desvió la mirada hacia el puerto, carraspeó apenas y acomodó la correa de su bolsa al hombro.
— Kaizer — dijo al fin, directo, sin adornos —Me asignaron a esta isla aru na...
Tras una pequeña pausa, sus ojos volvieron a ella, más suaves de lo que pretendía.
— ¿Eres mi compañera?
El sol le encendía destellos rojizos en el cabello rubio y, de cerca, Elara podría notar que, pese a toda esa solidez intimidante… las puntas de sus orejas estaban ligeramente rojas también.
