10-02-2026, 10:22 PM
Kibai avanzaba con el peso de los cuerpos sobre los hombros, sintiendo cómo el calor de los heridos se filtraba a través de su pelaje, un recordatorio húmedo y débil de que la vida todavía se aferraba a esos "minks inferiores".
A su lado, Moja mantenía la guardia, pero ambos sabían que la verdadera amenaza, aquellos piratas Pepperoni que habían sembrado el caos, se había disipado como el humo entre la maleza.
—Se han ido, compañero—murmuró Kibai, rompiendo la quietud cuando el olor a salitre empezó a imponerse sobre el de la descomposición—. Los culpables de esto, las pruebas, los motivos... Todo se lo ha tragado el barro. Al final, solo nos queda la carga y las preguntas que estos cuatro puedan responder cuando despierten.
Cuando el grupo alcanzó el límite donde la selva cedía ante la costa, el triceratops se detuvo en seco. Sus patas, como columnas de piedra, se hundieron por última vez en la tierra blanda del bosque. Kibai se giró, ajustando el peso de los dos humanos sobre su espalda, y cruzó una última mirada con el coloso. El dinosaurio había cumplido una deuda que seguramente solo él entendía. Con un giro lento y pesado, la criatura se hundió de nuevo en el follaje, desapareciendo como un fantasma de otra era.
Al llegar a la pasarela, el olor del guiso que había dejado preparado horas antes lo recibió como una bofetada de realidad doméstica. Era un contraste casi insultante: el aroma del coco y el mar frente al hedor de la masacre que traían pegado a la piel. Los marines de guardia acudieron rápido, bajando a los heridos con cuidado mientras el médico de la división empezaba a dar órdenes a gritos.
Kibai bajó a los heridos a la bodega y se quedó en la cubierta, sacudiéndose el pelaje para librarse del polvo y la sangre seca de mono. Se estiró, sintiendo cómo sus huesos recuperaban su sitio tras la tensión del combate y el rescate. Aquel día de invierno no figuraría en los grandes anales de la Marina. No habría ascensos ni medallas por limpiar una jungla de simios o por rescatar a unos cazadores que probablemente habían buscado su propia ruina.
Al llegar al Royal Quiver, el mink se quitó las ropas, entrando al agua hasta las rodillas, y se empezó a echar cazos de agua marina por la cabeza, frotándose vigorosamente el pelaje con arena para quitarse culaquier rastro de sangre que pudiese quedarle encima. Cuando ya solo pudo oler a sal, se dio por satisfecho, regresando a la orilla.
—Eh, Moja —dijo Kibai, señalando con la cabeza hacia el agua mientras el sol empezaba a caer, tiñendo el Grand Line de un rojo sangriento—, ve a lavarte. Si vas a sentarte a mi mesa, no quiero que huelas a mono muerto. Todavía queda revuelto de cangrejo, y pienso tirarte yo mismo al mar si te queda una mísera gota de sangre encima.
Con un último vistazo a la línea verde y oscura de Little Garden, Kibai se arrodilló ante el fuego y echó un puñado de sal a la olla. Quizás aquel sería el mejor guiso que habría tomado en mucho tiempo.
A su lado, Moja mantenía la guardia, pero ambos sabían que la verdadera amenaza, aquellos piratas Pepperoni que habían sembrado el caos, se había disipado como el humo entre la maleza.
—Se han ido, compañero—murmuró Kibai, rompiendo la quietud cuando el olor a salitre empezó a imponerse sobre el de la descomposición—. Los culpables de esto, las pruebas, los motivos... Todo se lo ha tragado el barro. Al final, solo nos queda la carga y las preguntas que estos cuatro puedan responder cuando despierten.
Cuando el grupo alcanzó el límite donde la selva cedía ante la costa, el triceratops se detuvo en seco. Sus patas, como columnas de piedra, se hundieron por última vez en la tierra blanda del bosque. Kibai se giró, ajustando el peso de los dos humanos sobre su espalda, y cruzó una última mirada con el coloso. El dinosaurio había cumplido una deuda que seguramente solo él entendía. Con un giro lento y pesado, la criatura se hundió de nuevo en el follaje, desapareciendo como un fantasma de otra era.
Al llegar a la pasarela, el olor del guiso que había dejado preparado horas antes lo recibió como una bofetada de realidad doméstica. Era un contraste casi insultante: el aroma del coco y el mar frente al hedor de la masacre que traían pegado a la piel. Los marines de guardia acudieron rápido, bajando a los heridos con cuidado mientras el médico de la división empezaba a dar órdenes a gritos.
Kibai bajó a los heridos a la bodega y se quedó en la cubierta, sacudiéndose el pelaje para librarse del polvo y la sangre seca de mono. Se estiró, sintiendo cómo sus huesos recuperaban su sitio tras la tensión del combate y el rescate. Aquel día de invierno no figuraría en los grandes anales de la Marina. No habría ascensos ni medallas por limpiar una jungla de simios o por rescatar a unos cazadores que probablemente habían buscado su propia ruina.
Al llegar al Royal Quiver, el mink se quitó las ropas, entrando al agua hasta las rodillas, y se empezó a echar cazos de agua marina por la cabeza, frotándose vigorosamente el pelaje con arena para quitarse culaquier rastro de sangre que pudiese quedarle encima. Cuando ya solo pudo oler a sal, se dio por satisfecho, regresando a la orilla.
—Eh, Moja —dijo Kibai, señalando con la cabeza hacia el agua mientras el sol empezaba a caer, tiñendo el Grand Line de un rojo sangriento—, ve a lavarte. Si vas a sentarte a mi mesa, no quiero que huelas a mono muerto. Todavía queda revuelto de cangrejo, y pienso tirarte yo mismo al mar si te queda una mísera gota de sangre encima.
Con un último vistazo a la línea verde y oscura de Little Garden, Kibai se arrodilló ante el fuego y echó un puñado de sal a la olla. Quizás aquel sería el mejor guiso que habría tomado en mucho tiempo.
