09-02-2026, 10:28 PM
Roshwan es su alma mater.
Es la tierra que la vio crecer como miembro de la marina, el lugar que le brindó las herramientas necesarias para trabajar dentro del cuerpo al que tanto admira. La sonrisa que porta sobre su rostro al volver a sentir la fuerza del ambiente helado es enorme, por causa de los muchos recuerdos que tiene de este lugar. Bien habría podido ir a Baterilla a cursar sus estudios, pero el recuerdo del chico al que salvó hace años y envió hacia allí le hizo imposible pensar en pisar esa base. No quería encontrarlo, para no perturbar su paz ni su nueva vida.
Por eso mismo admira estas tierras; allí encontró a quien es, ahora mismo, su mejor amiga. Esta vez, había venido sola porque Dravenia estaba ocupada en otros asuntos de importancia en islas colindantes. Eventualmente, podrían encontrarse allí y harían lo que siempre habían planeado: ir a un buen restaurante a comer todo lo que les entrara en el estómago. Respira una buena cantidad de aire; al estar fuera de servicio, tiene la posibilidad de despojarse del feo uniforme de Marines. No es que le desagrade del todo, pero al ser un simple soldado, no puede llevar algo más personal.
Con guantes en mano, ropa de invierno y muchas ganas de recorrer tiendas, mira su entorno con la admiración que siempre le provoca ese lugar: la vibra positiva que corta la solemnidad helada del frío, a través de paredes coloridas y personas animadas, es algo que ella siempre ha admirado. El relicario que lleva consigo sigue colgado debajo de la ropa; las palabras no salen de su boca porque está ocupada admirando los locales, como si fuera un pequeño hurón curioso que se asoma por las ventanas de diferentes negocios.
Sí. Está demasiado feliz de volver a casa.
Está centrada en caminar por la calle y no piensa demasiado en las cosas que hay a su alrededor, hasta que una figura se interpone y la detiene.
—Hey... Espera... Se te cayó esto.
De más está decir que parpadea varias veces mientras observa el artículo que, supuestamente, se le había caído.
—¡Oh, por los dioses! ¡Es mi carnet de trabajo! La torpeza me persigue a todas partes, maldita sea.
El lamento nace con una voz llena de esa extraña torpeza que muestra, a pesar de no formar parte integral de su propia personalidad. No se trata de pensar solamente en que perdería un documento importante, sino en las implicaciones que trae el gestionar nuevamente todos y cada uno de los pasos a dar para sacar otra licencia. El solo pensarlo le da una flojera terrible. Suspira, con la pesadez digna de quien sabe que pudo haber perdido algo la mar de importante: su tiempo para flojear.
—Hmmm... ¡Muchas gracias! —Ahora sí, observa con cuidado al caballero que se había tomado la molestia de levantar sus documentos del suelo—. Me salvaste de llevar unas dos semanas enteras entre papeleos solo para coseguir esta bendita credencial. En serio, te debo una muy grande.
Y es en ese momento que se da cuenta: ¿por qué todas las personas que ha conocido hasta ahora son más altas que ella? ¡Vamos! Tampoco es tan bajita como para sentirse así, pero... Este sujeto de cabello rubio sí se ve gigante. ¿Cuánto es que medirá? ¿Metro noventa, más o menos?
Es una indiscreción preguntar, por lo que se guardaría las muchas dudas que surgen en su mente.
—... ¿Cuál es su nombre, estimado caballero rescatista de credenciales?
Es la tierra que la vio crecer como miembro de la marina, el lugar que le brindó las herramientas necesarias para trabajar dentro del cuerpo al que tanto admira. La sonrisa que porta sobre su rostro al volver a sentir la fuerza del ambiente helado es enorme, por causa de los muchos recuerdos que tiene de este lugar. Bien habría podido ir a Baterilla a cursar sus estudios, pero el recuerdo del chico al que salvó hace años y envió hacia allí le hizo imposible pensar en pisar esa base. No quería encontrarlo, para no perturbar su paz ni su nueva vida.
Por eso mismo admira estas tierras; allí encontró a quien es, ahora mismo, su mejor amiga. Esta vez, había venido sola porque Dravenia estaba ocupada en otros asuntos de importancia en islas colindantes. Eventualmente, podrían encontrarse allí y harían lo que siempre habían planeado: ir a un buen restaurante a comer todo lo que les entrara en el estómago. Respira una buena cantidad de aire; al estar fuera de servicio, tiene la posibilidad de despojarse del feo uniforme de Marines. No es que le desagrade del todo, pero al ser un simple soldado, no puede llevar algo más personal.
Con guantes en mano, ropa de invierno y muchas ganas de recorrer tiendas, mira su entorno con la admiración que siempre le provoca ese lugar: la vibra positiva que corta la solemnidad helada del frío, a través de paredes coloridas y personas animadas, es algo que ella siempre ha admirado. El relicario que lleva consigo sigue colgado debajo de la ropa; las palabras no salen de su boca porque está ocupada admirando los locales, como si fuera un pequeño hurón curioso que se asoma por las ventanas de diferentes negocios.
Sí. Está demasiado feliz de volver a casa.
Está centrada en caminar por la calle y no piensa demasiado en las cosas que hay a su alrededor, hasta que una figura se interpone y la detiene.
—Hey... Espera... Se te cayó esto.
De más está decir que parpadea varias veces mientras observa el artículo que, supuestamente, se le había caído.
—¡Oh, por los dioses! ¡Es mi carnet de trabajo! La torpeza me persigue a todas partes, maldita sea.
El lamento nace con una voz llena de esa extraña torpeza que muestra, a pesar de no formar parte integral de su propia personalidad. No se trata de pensar solamente en que perdería un documento importante, sino en las implicaciones que trae el gestionar nuevamente todos y cada uno de los pasos a dar para sacar otra licencia. El solo pensarlo le da una flojera terrible. Suspira, con la pesadez digna de quien sabe que pudo haber perdido algo la mar de importante: su tiempo para flojear.
—Hmmm... ¡Muchas gracias! —Ahora sí, observa con cuidado al caballero que se había tomado la molestia de levantar sus documentos del suelo—. Me salvaste de llevar unas dos semanas enteras entre papeleos solo para coseguir esta bendita credencial. En serio, te debo una muy grande.
Y es en ese momento que se da cuenta: ¿por qué todas las personas que ha conocido hasta ahora son más altas que ella? ¡Vamos! Tampoco es tan bajita como para sentirse así, pero... Este sujeto de cabello rubio sí se ve gigante. ¿Cuánto es que medirá? ¿Metro noventa, más o menos?
Es una indiscreción preguntar, por lo que se guardaría las muchas dudas que surgen en su mente.
—... ¿Cuál es su nombre, estimado caballero rescatista de credenciales?
