07-02-2026, 10:38 PM
Si Bai hubiera sido capaz de contener el ímpetu intrínseco a su naturaleza, quizás habría advertido que su excesivo entusiasmo se asemejaba más a un vendaval que a un cálido gesto; una fuerza que se cernía sobre la menuda presencia del extraño con una intensidad asfixiante y casi depredadora. Pero, para la desgracia de Varo, ella estaba tan entregada a la embriaguez de aquel hallazgo que le resultó imposible reconocer cómo el pequeño ser se sentía, abrumado, bajo el peso de su atención.
Sin embargo, hubo un detalle que logró filtrarse a través de su excitación: la galantería con la que el mink manejó su sombrero. Fue una pequeña liturgia de etiqueta —una danza de cortesía inesperada— que prendió inconscientemente en la birkiniana una chispa de coquetería hasta entonces sepultada por su imposibilidad de comunicación.
O al menos así lo sintió ella.
Pues, en un sutil despliege de feminidad, sus alas, aquellas vastas extensiones de algodón, se agitaron apenas expandiéndose un milímetro antes de volver a recogerse al mismo tiempo que una magnética sonrisa aparecía ligeramente curvada para suavizar sus facciones.
Mas poco duró aquella esencia en el ambiente.
Y es que, la chispa que apenas un segundo atrás había empezado a prenderse, se extinguió con la violencia de una vela sofocada por un soplo gélido debido a la explicación de Varo —a esa confesión de soledad — cayendo sobre la birkiniana como un manto de ceniza.
—No, yo nunca… —Logró articular poco antes de que esas mismas palabras se marchitaran en sus labios con la fragilidad de una flor estival ante el primer aliento del invierno.
Después, rápido, se interrumpió a sí misma buscando escuchar al mink. Y quizás habría sido mejor que la conversación no hubiera avanzado más allá ese momento. Porque, en cuanto Bai comprendió que la soledad de hurón era un reflejo exacto de su propia orfandad, una fuerte de pesadumbre empezó a desbordar dentro de su pecho.
—Lo lamento mucho… —dijo al tiempo que sentía cómo esa punzada de empatía palpitaba en su garganta.
Entonces, decidió hacer una pausa para que ambos pudieran respirar.
—¿Yo? —preguntó mientras lo veía recoger lo que ella había tirado —Soy de Ohara.
En ese momento Bai trató de agacharse para ayudarlo a recoger el desaste pero, para cuando reaccionó, Varo ya se había adelantado.
—Oh, eso… eso es una larga historia —comentó mientras lo observaba soplar la mazorca—. Pero podría decirse que todo fue gracias a un felino amigo mío.
Bai estaba casi segura de que cualquier otro habría dado la historia por terminada en ese punto. Sin embargo, ella —que se había vuelto parca en palabras a la fuerza y que poseía una honestidad sin espacio para la mentira, salvo cuando mediaban errores lógicos o creencias falsas— decidió explicar un poco más aquella vivencia inusual.
—Él me bendijo con su presencia y me presentó a unos amigos suyos en Sorbet, quienes, a su vez, se ofrecieron a llevarme de isla en isla si, a cambio, me unía a ellos.
Y aunque la piratería nunca ha despertado mi interés académico, y los objetivos de mis compañeros me resultan a menudo ajenos, acepté. Porque, al fin y al cabo, necesitaba, por encima de todo, conocer qué había más allá de ese mar.
Cuando terminó su breve explicación, se dio cuenta de que él no había esperado nada de ella. Había actuado, simplemente. Mostrando que el desorden provocado no le había supuesto ningún fastidio real.
Fue entonces cuando Varo habló de enseñar.
De palabras.
De poder comunicarse con el mundo.
Sus ojos vibraron con fuerza y sus alas se estiraron como nunca antes lo habían hecho.
¿De verdad iba a poder comunicarse con los demás?
Bai tragó saliva, intentando no reaccionar, tratando de no ilusionarse en exceso. Se limitó a escuchar, a encajar sonidos que, de algún modo, empezaban a tener sentido. Después, asintió apenas por pura inercia, hasta que —en un gesto que la pilló por sorpresa— el mink alzó un poco la voz y pronunció aquella última palabra con un cuidado que la invitaba a repetirla.
—Li… —empezó, sin demasiada dificultad. La primera parte no suponía un problema. La segunda sílaba, en cambio, lo fue—.
…vo.
El sonido fricativo unido al bilabial se le antojó exageradamente complicado en ese primer intento.
—Li… —volvió a intentarlo— …v’ro.
Usó los dientes para forzar el sonido, pero sintió de inmediato que lo que decía no tenía nada que ver con lo que él había pronunciado.
—¿Podrías repetirla? Hay algo que se me escapa —le pidió—. Y, si no es mucho pedir, ¿podrías enseñarme también a dar las gracias? Últimamente he tomado la costumbre de inclinarme para eso y… —hizo un gesto vago con el hombro— me está empezando a doler la espalda de tanto hacerlo.
Sin embargo, hubo un detalle que logró filtrarse a través de su excitación: la galantería con la que el mink manejó su sombrero. Fue una pequeña liturgia de etiqueta —una danza de cortesía inesperada— que prendió inconscientemente en la birkiniana una chispa de coquetería hasta entonces sepultada por su imposibilidad de comunicación.
O al menos así lo sintió ella.
Pues, en un sutil despliege de feminidad, sus alas, aquellas vastas extensiones de algodón, se agitaron apenas expandiéndose un milímetro antes de volver a recogerse al mismo tiempo que una magnética sonrisa aparecía ligeramente curvada para suavizar sus facciones.
Mas poco duró aquella esencia en el ambiente.
Y es que, la chispa que apenas un segundo atrás había empezado a prenderse, se extinguió con la violencia de una vela sofocada por un soplo gélido debido a la explicación de Varo —a esa confesión de soledad — cayendo sobre la birkiniana como un manto de ceniza.
—No, yo nunca… —Logró articular poco antes de que esas mismas palabras se marchitaran en sus labios con la fragilidad de una flor estival ante el primer aliento del invierno.
Después, rápido, se interrumpió a sí misma buscando escuchar al mink. Y quizás habría sido mejor que la conversación no hubiera avanzado más allá ese momento. Porque, en cuanto Bai comprendió que la soledad de hurón era un reflejo exacto de su propia orfandad, una fuerte de pesadumbre empezó a desbordar dentro de su pecho.
—Lo lamento mucho… —dijo al tiempo que sentía cómo esa punzada de empatía palpitaba en su garganta.
Entonces, decidió hacer una pausa para que ambos pudieran respirar.
—¿Yo? —preguntó mientras lo veía recoger lo que ella había tirado —Soy de Ohara.
En ese momento Bai trató de agacharse para ayudarlo a recoger el desaste pero, para cuando reaccionó, Varo ya se había adelantado.
—Oh, eso… eso es una larga historia —comentó mientras lo observaba soplar la mazorca—. Pero podría decirse que todo fue gracias a un felino amigo mío.
Bai estaba casi segura de que cualquier otro habría dado la historia por terminada en ese punto. Sin embargo, ella —que se había vuelto parca en palabras a la fuerza y que poseía una honestidad sin espacio para la mentira, salvo cuando mediaban errores lógicos o creencias falsas— decidió explicar un poco más aquella vivencia inusual.
—Él me bendijo con su presencia y me presentó a unos amigos suyos en Sorbet, quienes, a su vez, se ofrecieron a llevarme de isla en isla si, a cambio, me unía a ellos.
Y aunque la piratería nunca ha despertado mi interés académico, y los objetivos de mis compañeros me resultan a menudo ajenos, acepté. Porque, al fin y al cabo, necesitaba, por encima de todo, conocer qué había más allá de ese mar.
Cuando terminó su breve explicación, se dio cuenta de que él no había esperado nada de ella. Había actuado, simplemente. Mostrando que el desorden provocado no le había supuesto ningún fastidio real.
Fue entonces cuando Varo habló de enseñar.
De palabras.
De poder comunicarse con el mundo.
Sus ojos vibraron con fuerza y sus alas se estiraron como nunca antes lo habían hecho.
¿De verdad iba a poder comunicarse con los demás?
Bai tragó saliva, intentando no reaccionar, tratando de no ilusionarse en exceso. Se limitó a escuchar, a encajar sonidos que, de algún modo, empezaban a tener sentido. Después, asintió apenas por pura inercia, hasta que —en un gesto que la pilló por sorpresa— el mink alzó un poco la voz y pronunció aquella última palabra con un cuidado que la invitaba a repetirla.
—Li… —empezó, sin demasiada dificultad. La primera parte no suponía un problema. La segunda sílaba, en cambio, lo fue—.
…vo.
El sonido fricativo unido al bilabial se le antojó exageradamente complicado en ese primer intento.
—Li… —volvió a intentarlo— …v’ro.
Usó los dientes para forzar el sonido, pero sintió de inmediato que lo que decía no tenía nada que ver con lo que él había pronunciado.
—¿Podrías repetirla? Hay algo que se me escapa —le pidió—. Y, si no es mucho pedir, ¿podrías enseñarme también a dar las gracias? Últimamente he tomado la costumbre de inclinarme para eso y… —hizo un gesto vago con el hombro— me está empezando a doler la espalda de tanto hacerlo.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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