07-02-2026, 11:59 AM
Al principio, Bai no quiso meterse por el angosto túnel que el mink acababa de descubrir. No porque le diera miedo, sino porque dudaba de poder pasar; era húmedo y estrecho para su cuerpo, un poco bajo para las alturas a las que ella acostumbraba y, sobre todo, herrumbroso.
—Hmmm —murmuró pensativa mientras lo observaba desde su posición—. No creo que…
Las palabras murieron en sus labios, pues, antes de que terminara, su intrépido compañero —al menos intrépido para su edad— ya se había adelantado. Y ella, no queriendo abandonarlo, lo único que pudo hacer fue suspirar con pesadez. Después, con una pequeña sonrisa por la imprudencia, mientras negaba con la cabeza, aleteó con sus blancas alas como si les pidiera perdón por lo que iba a hacer y, con un gesto tan poco natural para ella como para cualquier ave, las replegó tanto sobre sí que incluso le molestó.
Eso bastaría para poder pasar con relativa holgura.
Copas gibosas como lunas llenas se asomaban de tanto en cuando entre la frondosidad del paraje. Todas, por fortuna, de un verde opaco que los ojos de Bai sí podían captar. Sin embargo, para el resto de mortales, o al menos para quienes no sufrían de su enfermedad, estas eran bastamente tapadas por la amalgama de colores que los demás árboles imponían en el lugar.
—Zhang —lo llamó, señalando en dirección a una arboleda de lo más similar entre ella, una zona donde los árboles apenas se distinguían por el tipo de corteza—. Allí.
Y es que, entre ellos, había un par cuya piel grisáceamente blanquecina le había llamado la atención; con la libreta abierta frente a Zhang, Bai le señaló la imagen de un boceto de un árbol. Una representación que, pese a lo pequeño, se veía un vigoroso y robusto árbol. Nada de troncos que parecieran flexibles o enfermos.
—Creo que es este —comentó, señalando unas anotaciones que estaban en su lengua.
Entonces recordó algo más: todavía guardaba algunas hojas viejas del dibujo original en un lenguaje que ella no entendía y, quizás, Zhang sí. Así que, presta, sin esperar siquiera a que el pobre burro viera algo, empezó a pasar las hojas hasta ir a dar con un pliego grapado de varios dibujos firmados por un desconocido artista llamado Endika. Y, en medio de aquel pliego, entre bosquejos de hojas y frutas ambarinas, se podía ver exactamente lo mismo que en el que Bai le señaló, solo que más grande, detallado, pulido y realista, además de las descripciones en lenguaje común.
—Si le hacemos un pequeño corte… —añadió entonces, dándole el libro para que lo sostuviera y así poder rebuscar entre sus cosas la pequeña navaja que había llevado con ella a la excursión—. Podremos saber si es lo que venimos a buscar.
—Hmmm —murmuró pensativa mientras lo observaba desde su posición—. No creo que…
Las palabras murieron en sus labios, pues, antes de que terminara, su intrépido compañero —al menos intrépido para su edad— ya se había adelantado. Y ella, no queriendo abandonarlo, lo único que pudo hacer fue suspirar con pesadez. Después, con una pequeña sonrisa por la imprudencia, mientras negaba con la cabeza, aleteó con sus blancas alas como si les pidiera perdón por lo que iba a hacer y, con un gesto tan poco natural para ella como para cualquier ave, las replegó tanto sobre sí que incluso le molestó.
Eso bastaría para poder pasar con relativa holgura.
Copas gibosas como lunas llenas se asomaban de tanto en cuando entre la frondosidad del paraje. Todas, por fortuna, de un verde opaco que los ojos de Bai sí podían captar. Sin embargo, para el resto de mortales, o al menos para quienes no sufrían de su enfermedad, estas eran bastamente tapadas por la amalgama de colores que los demás árboles imponían en el lugar.
—Zhang —lo llamó, señalando en dirección a una arboleda de lo más similar entre ella, una zona donde los árboles apenas se distinguían por el tipo de corteza—. Allí.
Y es que, entre ellos, había un par cuya piel grisáceamente blanquecina le había llamado la atención; con la libreta abierta frente a Zhang, Bai le señaló la imagen de un boceto de un árbol. Una representación que, pese a lo pequeño, se veía un vigoroso y robusto árbol. Nada de troncos que parecieran flexibles o enfermos.
—Creo que es este —comentó, señalando unas anotaciones que estaban en su lengua.
Entonces recordó algo más: todavía guardaba algunas hojas viejas del dibujo original en un lenguaje que ella no entendía y, quizás, Zhang sí. Así que, presta, sin esperar siquiera a que el pobre burro viera algo, empezó a pasar las hojas hasta ir a dar con un pliego grapado de varios dibujos firmados por un desconocido artista llamado Endika. Y, en medio de aquel pliego, entre bosquejos de hojas y frutas ambarinas, se podía ver exactamente lo mismo que en el que Bai le señaló, solo que más grande, detallado, pulido y realista, además de las descripciones en lenguaje común.
—Si le hacemos un pequeño corte… —añadió entonces, dándole el libro para que lo sostuviera y así poder rebuscar entre sus cosas la pequeña navaja que había llevado con ella a la excursión—. Podremos saber si es lo que venimos a buscar.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
