05-02-2026, 07:20 PM
Kibai entró en el claro con la guardia alta, aunque el chasquido de las ramas bajo sus pies y un sobevuelo de sus avispas fue suficiente para que el festín de los animales carroñeros terminara abruptamente. Una nube de aves de cuello desplumado y reptiles menores se dispersó en un aleteo frenético, dejando tras de sí el eco de sus chillidos de protesta. El mink entercerró los ojos, observando los seis cuerpos inertes con una mueca de indignación, no por la muerte en sí, sino por la falta de dignidad en el escenario.
—Tché... —bufó, ajustándose las hombreras de la capa de Marine—. Mira esto, Moja. No los mataron y ya está. Los dejaron aquí, maniatados, para que la isla hiciera el trabajo sucio. Es una forma eficiente de borrar rastro: si los devoran los carroñeros, no hay huellas, no hay pruebas, no hay ni siquiera huesos que enterrar. Alguien quería que estos tipos desaparecieran sin dejar preguntas atrás.
Caminó entre los restos con paso firme, ignorando el olor a sangre vieja que empezaba a estancarse en el aire húmedo. Se detuvo frente a la mujer y el hombre que parecían estar en mejores condiciones, si es que a ese estado de agonía se le podía llamar "mejor", y envainó a Raimei. Agachándose, extendió las garras aún cubiertas de sangre de simio para cortar las ligaduras que los anclaban al suelo. Sin mediar palabra, tomó a la mujer y a uno de los hombres por la cintura, levantándolos para cargarlos, uno en cada hombro, como si fueran sacos de harina de la bodega del Royal Quiver.
Se giró hacia Moja, cuya expresión reflejaba la misma duda que bailaba en el aire: ¿a quién demonios estaban rescatando realmente?
— Mira, compañero, son cazadores furtivos, en la base se encargarán de identificarlos y procesarlos. Si son piratas, pasarán de esta jungla a una celda de piedra, que es básicamente lo mismo pero con menos mosquitos.
Kibai hizo una breve pausa, echando un vistazo al hombre que colgaba de su hombro izquierdo antes de soltar una risilla seca.
Y si resultan ser simples civiles... bueno, ya sabes cómo son estos "Minks inferiores". No tienen garras, ni pelaje, ni sentido común para no dejarse atrapar por unos monos. No podemos dejarlos aquí para que se mueran de un resfriado antes de que la isla los mastique.
A pesar de hacer una broma caracterísitica del humor de los Minks, esa distinción casi arrogante sobre los humanos sin pelaje, Kibai sabía perfectamente que su sentido del deber como Marine tenía la costumbre de ganarle siempre la partida.
Antes de emprender el camino, Kibai se acercó al triceratops. La bestia lo observaba con un ojo del tamaño de un plato, pesada y expectante. El Mink estiró una mano libre y acarició con brevedad la placa ósea de su frente, sintiendo la textura rugosa y cálida de la criatura. Aquel ser, por alguna razón que aún desconocía, había mostrado más lealtad y fidelidad que muchos de los hombres que había conocido en los lugares dónde había estado.
—Tú también has hecho suficiente por hoy, grandullón. —murmuró—. Síguenos si quieres, pero creo que tendrás que quedarte en la isla. El barco no podrá cargar con tu peso y el del hipopótamo de Bertram, por desgracia.
Con un gesto de cabeza hacia Moja, Kibai comenzó a desandar el camino, abriéndose paso entre la vegetación con la determinación de quien tiene un barco que proteger y un guiso que terminar. La expedición de caza había terminado; ahora empezaba el verdadero trabajo de inteligencia.
—Vamos, Moja, esto ya apesta demasiado a simio, necesito lavarme la sangre!
—Tché... —bufó, ajustándose las hombreras de la capa de Marine—. Mira esto, Moja. No los mataron y ya está. Los dejaron aquí, maniatados, para que la isla hiciera el trabajo sucio. Es una forma eficiente de borrar rastro: si los devoran los carroñeros, no hay huellas, no hay pruebas, no hay ni siquiera huesos que enterrar. Alguien quería que estos tipos desaparecieran sin dejar preguntas atrás.
Caminó entre los restos con paso firme, ignorando el olor a sangre vieja que empezaba a estancarse en el aire húmedo. Se detuvo frente a la mujer y el hombre que parecían estar en mejores condiciones, si es que a ese estado de agonía se le podía llamar "mejor", y envainó a Raimei. Agachándose, extendió las garras aún cubiertas de sangre de simio para cortar las ligaduras que los anclaban al suelo. Sin mediar palabra, tomó a la mujer y a uno de los hombres por la cintura, levantándolos para cargarlos, uno en cada hombro, como si fueran sacos de harina de la bodega del Royal Quiver.
Se giró hacia Moja, cuya expresión reflejaba la misma duda que bailaba en el aire: ¿a quién demonios estaban rescatando realmente?
— Mira, compañero, son cazadores furtivos, en la base se encargarán de identificarlos y procesarlos. Si son piratas, pasarán de esta jungla a una celda de piedra, que es básicamente lo mismo pero con menos mosquitos.
Kibai hizo una breve pausa, echando un vistazo al hombre que colgaba de su hombro izquierdo antes de soltar una risilla seca.
Y si resultan ser simples civiles... bueno, ya sabes cómo son estos "Minks inferiores". No tienen garras, ni pelaje, ni sentido común para no dejarse atrapar por unos monos. No podemos dejarlos aquí para que se mueran de un resfriado antes de que la isla los mastique.
A pesar de hacer una broma caracterísitica del humor de los Minks, esa distinción casi arrogante sobre los humanos sin pelaje, Kibai sabía perfectamente que su sentido del deber como Marine tenía la costumbre de ganarle siempre la partida.
Antes de emprender el camino, Kibai se acercó al triceratops. La bestia lo observaba con un ojo del tamaño de un plato, pesada y expectante. El Mink estiró una mano libre y acarició con brevedad la placa ósea de su frente, sintiendo la textura rugosa y cálida de la criatura. Aquel ser, por alguna razón que aún desconocía, había mostrado más lealtad y fidelidad que muchos de los hombres que había conocido en los lugares dónde había estado.
—Tú también has hecho suficiente por hoy, grandullón. —murmuró—. Síguenos si quieres, pero creo que tendrás que quedarte en la isla. El barco no podrá cargar con tu peso y el del hipopótamo de Bertram, por desgracia.
Con un gesto de cabeza hacia Moja, Kibai comenzó a desandar el camino, abriéndose paso entre la vegetación con la determinación de quien tiene un barco que proteger y un guiso que terminar. La expedición de caza había terminado; ahora empezaba el verdadero trabajo de inteligencia.
—Vamos, Moja, esto ya apesta demasiado a simio, necesito lavarme la sangre!
La Caja de Pandora
