05-02-2026, 03:16 AM
Que mierda de noche.
Me dolía todo; tal vez “todo” se quedaba corto. Cada músculo protestaba al menor movimiento, como si mi cuerpo hubiera decidido recordarme, uno por uno, todos los excesos de la noche anterior. Sentía el peso en los huesos, en la cabeza, en el pecho, una mezcla de cansancio y resaca que me hacía respirar despacio.
Por fin el sol comenzaba a calentar. Su luz caía de manera casi cruel, demasiado clara, demasiado honesta, revelándolo todo sin compasión. Pasar la noche cerca de la orilla no había sido una buena idea, mucho menos en ese estado: tan ebrio, tan molesto, con la cabeza llena de pensamientos que no se callaban. La humedad, el frío y el murmullo constante del mar solo habían empeorado la situación, aferrándose a mi cuerpo durante horas, como si la noche se hubiera empeñado en castigarme por no haber sabido cuándo detenerme.
Supongo que esos ya eran tres.
Tres contra uno pera una batalla muy injusta.
Solo abrí los ojos, cansado, maldiciendo en silencio y volví a cerrarlos en un quejido. Cuando volví a abrirlos fue por una voz ¿Una sirena? No, sonaba a alguien más, mucho peor. Su sombra cubrió el sol sobre mi y me moví con pereza, sentándome sobre la arena. —¿Qué mierda quieres…Jin? ¿me entiendes?— Inicié a hablar, pero mi voz salió ronca, áspera, como si me hubiera pasado la noche tragando arena. Tardé un segundo en darme cuenta de lo mal que tenía la garganta; no recordaba bien en qué momento la había destrozado, solo sentía ese ardor persistente que hacía que cada palabra pesara más de la cuenta. Me levanté despacio y lo miré, con una expresión de agotamiento tan evidente que ya ni siquiera me avergonzaba. No tenía fuerzas para enojarme, no así. Había dormido tan mal que apenas podía mantenerme erguido, como si el cuerpo estuviera a punto de rendirse en cualquier momento.
Me estiré con cuidado, sintiendo cómo las articulaciones crujían en protesta. Con el mismo gesto automático de siempre, me até el cabello, intentando poner algo de orden donde claramente no lo había, y luego acomodé los lentes sobre el puente de mi nariz, buscando un mínimo de estabilidad en ese ritual tan conocido. Del saco saqué una pequeña botella de perfume; el vidrio estaba frío entre mis dedos. Me apliqué un poco en el cuello y las muñecas, respirando hondo después, con la esperanza inútil de esconder el olor a alcohol que aún se me aferraba a la piel, como un recordatorio incómodo de la noche que prefería no repasar. —A ver… camina. Vamos a ver que quiere tu… “papaíto” — Esperé a que se moviera para seguirlo a cierta distancia, acomodándome el traje, sin mirar al hombre. — Puta madre, Jin, te dije que tenía la situación bajo control… ¿Qué carajo es un papaíto?...— No pude evitar comenzar a murmurar cosas, frases sueltas que apenas tenían sentido incluso para mí. Era lo más comprensible en ese estado: la cabeza aún nublada, la lengua pesada, los pensamientos atropellándose unos a otros sin orden ni filtro. Al principio sonaban como quejas vagas, casi suspiros, pero poco a poco iban tomando forma.
Sentía cómo empezaba a retomar algo de fuerza, lentamente, como un motor viejo volviendo a encender. El fastidio se instalaba de nuevo en mi pecho, firme, reconocible, desplazando ese estado de shock torpe y silencioso en el que había estado atrapado. Ya no me sentía tan vacío ni tan desconectado; la molestia me devolvía cierta lucidez, una especie de ancla. Seguía cansado, claro, pero al menos ahora podía pensar, reaccionar, volver a ser consciente de lo mucho que me incomodaba todo aquello.
Me dolía todo; tal vez “todo” se quedaba corto. Cada músculo protestaba al menor movimiento, como si mi cuerpo hubiera decidido recordarme, uno por uno, todos los excesos de la noche anterior. Sentía el peso en los huesos, en la cabeza, en el pecho, una mezcla de cansancio y resaca que me hacía respirar despacio.
Por fin el sol comenzaba a calentar. Su luz caía de manera casi cruel, demasiado clara, demasiado honesta, revelándolo todo sin compasión. Pasar la noche cerca de la orilla no había sido una buena idea, mucho menos en ese estado: tan ebrio, tan molesto, con la cabeza llena de pensamientos que no se callaban. La humedad, el frío y el murmullo constante del mar solo habían empeorado la situación, aferrándose a mi cuerpo durante horas, como si la noche se hubiera empeñado en castigarme por no haber sabido cuándo detenerme.
Supongo que esos ya eran tres.
Tres contra uno pera una batalla muy injusta.
Solo abrí los ojos, cansado, maldiciendo en silencio y volví a cerrarlos en un quejido. Cuando volví a abrirlos fue por una voz ¿Una sirena? No, sonaba a alguien más, mucho peor. Su sombra cubrió el sol sobre mi y me moví con pereza, sentándome sobre la arena. —¿Qué mierda quieres…Jin? ¿me entiendes?— Inicié a hablar, pero mi voz salió ronca, áspera, como si me hubiera pasado la noche tragando arena. Tardé un segundo en darme cuenta de lo mal que tenía la garganta; no recordaba bien en qué momento la había destrozado, solo sentía ese ardor persistente que hacía que cada palabra pesara más de la cuenta. Me levanté despacio y lo miré, con una expresión de agotamiento tan evidente que ya ni siquiera me avergonzaba. No tenía fuerzas para enojarme, no así. Había dormido tan mal que apenas podía mantenerme erguido, como si el cuerpo estuviera a punto de rendirse en cualquier momento.
Me estiré con cuidado, sintiendo cómo las articulaciones crujían en protesta. Con el mismo gesto automático de siempre, me até el cabello, intentando poner algo de orden donde claramente no lo había, y luego acomodé los lentes sobre el puente de mi nariz, buscando un mínimo de estabilidad en ese ritual tan conocido. Del saco saqué una pequeña botella de perfume; el vidrio estaba frío entre mis dedos. Me apliqué un poco en el cuello y las muñecas, respirando hondo después, con la esperanza inútil de esconder el olor a alcohol que aún se me aferraba a la piel, como un recordatorio incómodo de la noche que prefería no repasar. —A ver… camina. Vamos a ver que quiere tu… “papaíto” — Esperé a que se moviera para seguirlo a cierta distancia, acomodándome el traje, sin mirar al hombre. — Puta madre, Jin, te dije que tenía la situación bajo control… ¿Qué carajo es un papaíto?...— No pude evitar comenzar a murmurar cosas, frases sueltas que apenas tenían sentido incluso para mí. Era lo más comprensible en ese estado: la cabeza aún nublada, la lengua pesada, los pensamientos atropellándose unos a otros sin orden ni filtro. Al principio sonaban como quejas vagas, casi suspiros, pero poco a poco iban tomando forma.
Sentía cómo empezaba a retomar algo de fuerza, lentamente, como un motor viejo volviendo a encender. El fastidio se instalaba de nuevo en mi pecho, firme, reconocible, desplazando ese estado de shock torpe y silencioso en el que había estado atrapado. Ya no me sentía tan vacío ni tan desconectado; la molestia me devolvía cierta lucidez, una especie de ancla. Seguía cansado, claro, pero al menos ahora podía pensar, reaccionar, volver a ser consciente de lo mucho que me incomodaba todo aquello.

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