04-02-2026, 04:03 AM
(Última modificación: 04-02-2026, 04:16 AM por Shinju Kagayaku.)
Mientras Raida ascendía otros cincuenta metros con su presa, yo no daba crédito con lo que acababa de pasar. Ese bastardo cutre se creía que podía venir a suplantarme diciendo mis frases. ¿Cómo que "soy el final del camino"? ¡Pero si eso se lo acababa de decir yo! Carecía de clase y elegancia, y carecía de originalidad y estilo. Fruncí el ceño visiblemente molesto y rabioso, el color de mi piel parecía enrojecer, las venas de mi cráneo se apretaban y bombeaban con una fuerza insólita y la furia invadía cada poro de mi cuerpo.
Grité aquello deshaciendo aquella postura marcial y quedando parado de frente a él, frontalmente, con la espada sujeta por la zurda mientras el hombre-potro de su espalda comenzaba a soltar un sin fin de aspavientos verbales intentando intimidarme o provocarme, preso por mi mano de metal. Me encogí de hombros mirando al oni humeante — ¡Venga ya! — bufé dando una patada al suelo — ¡He hecho la entrada más épica que has visto en tu vida-uhm! — dije molesto, señalando con ambas manos lateralmente hacia atrás referenciando el momento de mi toma de contacto con ellos, girando un poco la cabeza mostrando una mueca de incredulidad — Ahí, entrando con un gran monstruo alado, con un grito que hiela la sangre y con todos los presentes huyendo ante mi llegada ¡y presentándome como el villano final de vuestra aventura! Tomo tierra despacio, libero mi poder con estilo y presencia y os ofrezco pelear o rendiros ¿y tú que has hecho? — le recriminé llevando los brazos ahora hacia delante, hacia él, estirándolos por completo y apuntando con mis yemas de los dedos en su dirección, sin soltar mi espada — ¡Abrazar a un jamelgo! Volar erráticamente haciendo estrategias a medias y robándome mis frases ¿¡Pero te quieres tomar esto en serio!? — la pregunta, aunque retórica, iba cargada de frustración y de indignación. ¿Cómo se atrevía a estropear un momento tan increíblemente épico y trabajado con su estupidez y su falta de cuidado y elegancia? ¡Parecían niños tratando de escribir una historieta en la que ellos molaban mucho e ignoraban lo demás! ¡No! ¡La narrativa de nuestras vidas la escribíamos en conjunto con los que compartían la escena del momento con nosotros! ¡¡Y en este caso ese compañero de narrativa era yo!! ¡Shinju Kagayaku el Shichibukai! Menuda perdida de esencia y de presencia... ¡ya no podía volver a hacer una aparición en escena! ¡¿Y cómo se le ocurría robarme mis frases en mi cara-uhm?! — ¡Se supone que estás entrando en la tierra de un Shichibukai para luchar con él a muerte y arrebatar su territorio! ¿¡¿NO?!? ¡PUES QUE SE NOTE, JODER! ¡Ponle algo de ganas y de estilo! ¡¡Y no me robes las frases!! ¡Sé creativo! — relajé los brazos y eché el rostro hacia delante, con una mueca desagradable en la mirada — ¡¡CRE-A-TI-VO!! — grité finalmente, resonando mi voz en el páramo que nos iba a servir de campo de batalla.
Me llevé los dedos pulgar e índice de la mano derecha hacia el puente del tabique nasal y cerré el ojo, respirando profundamente y calmándome, negando con la cabeza y zapateando impaciente con el pie izquierdo — Está bien Shinjito... está bien... no pasa nada... puedes hacerlo... sólo son aficionados, no puede afectarte... — me dije a mi mismo y moví los hombros en círculos para relajarme — Volvemos a empezar. Y cinco, seis, siete, ocho... — y soltando el agarre del tabique de mi nariz, giré mi cuello lentamente tres veces en el sentido contrario al de las agujas del reloj, exhalando el aire por la boca en un largo suspiro de meditación. Me quedé estático al terminar.
Volví a abrir el ojo con fiereza y un gesto duro renovado, serio y altivo, volviendo a adoptar la misma pose que tenía anteriormente, retando en duelo físico a Ashura de nuevo. Las partículas de metal del Daikozui giraban entorno a nosotros mezclando aquel color negro fruto de mi habilidad, con el color blanco fruto de la suya, y todo sembrándose con una conjunción de delgados y aleatorios rayos púrpuras que sacudían el área sin tronar. Mi pupila danzaba por su cuerpo, su cara, su expresión, sus hombros, los brazos, las manos... aquellas dos espadas, la posición de sus piernas y el rastro de humo que él dejaba — ¡Vas a conocer la catástrofe-uhm! — y me lancé a por él con un salto a ras de tierra preparando mi nodachi para arremeter contra él con un barrido manteniendo el Busoshoku preparado en mi filo y mi mano contraria.
Golpeé con el arma de izquierda a derecha, de forma horizontal y paralela al suelo, clavando los pies en este para afianzar mi postura y repetir el mismo movimiento en espejo, de derecha a izquierda asestando un segundo corte. Al terminar la trayectoria de este, agarré la nodachi con ambas manos y la alcé por encima de mi cabeza poniendo la hoja en paralelo con mi espalda y con el filo apuntando a los edificios más allá de esta, la punta hacia el suelo y el pomo al cielo, y en esa posición flexioné las rodillas describiendo un arco perfecto con mis arcos y haciendo descender la espada complemente en plano en un movimiento vertical que dejó el filo en paralelo con el suelo.
Desde esa postura, y con los relámpagos púrpuras surcándonos, alcé mi mirada de un solo ojo inquisidor hacia él y llevé mi mano derecha para sostener las telas de su pecho a tiempo que retrocedía el brazo izquierdo para apuntalar con el arma portada por este el costillar de mi enemigo, ensartándolo y saltando hacia atrás igual de raso que antes con respecto al suelo, aterrizando a un metro de él con la espada tras de mi sujeta solo por la mano izquierda — ¡Hagegege! ¡Muéstrame ese demonio! — le ordené, ya de nuevo completamente sumergido en el combate y preparado para la batalla. Dispuesto a darle el mejor enfrentamiento... no, su último enfrentamiento.
— ¡Deja de robar mis frases! —
Grité aquello deshaciendo aquella postura marcial y quedando parado de frente a él, frontalmente, con la espada sujeta por la zurda mientras el hombre-potro de su espalda comenzaba a soltar un sin fin de aspavientos verbales intentando intimidarme o provocarme, preso por mi mano de metal. Me encogí de hombros mirando al oni humeante — ¡Venga ya! — bufé dando una patada al suelo — ¡He hecho la entrada más épica que has visto en tu vida-uhm! — dije molesto, señalando con ambas manos lateralmente hacia atrás referenciando el momento de mi toma de contacto con ellos, girando un poco la cabeza mostrando una mueca de incredulidad — Ahí, entrando con un gran monstruo alado, con un grito que hiela la sangre y con todos los presentes huyendo ante mi llegada ¡y presentándome como el villano final de vuestra aventura! Tomo tierra despacio, libero mi poder con estilo y presencia y os ofrezco pelear o rendiros ¿y tú que has hecho? — le recriminé llevando los brazos ahora hacia delante, hacia él, estirándolos por completo y apuntando con mis yemas de los dedos en su dirección, sin soltar mi espada — ¡Abrazar a un jamelgo! Volar erráticamente haciendo estrategias a medias y robándome mis frases ¿¡Pero te quieres tomar esto en serio!? — la pregunta, aunque retórica, iba cargada de frustración y de indignación. ¿Cómo se atrevía a estropear un momento tan increíblemente épico y trabajado con su estupidez y su falta de cuidado y elegancia? ¡Parecían niños tratando de escribir una historieta en la que ellos molaban mucho e ignoraban lo demás! ¡No! ¡La narrativa de nuestras vidas la escribíamos en conjunto con los que compartían la escena del momento con nosotros! ¡¡Y en este caso ese compañero de narrativa era yo!! ¡Shinju Kagayaku el Shichibukai! Menuda perdida de esencia y de presencia... ¡ya no podía volver a hacer una aparición en escena! ¡¿Y cómo se le ocurría robarme mis frases en mi cara-uhm?! — ¡Se supone que estás entrando en la tierra de un Shichibukai para luchar con él a muerte y arrebatar su territorio! ¿¡¿NO?!? ¡PUES QUE SE NOTE, JODER! ¡Ponle algo de ganas y de estilo! ¡¡Y no me robes las frases!! ¡Sé creativo! — relajé los brazos y eché el rostro hacia delante, con una mueca desagradable en la mirada — ¡¡CRE-A-TI-VO!! — grité finalmente, resonando mi voz en el páramo que nos iba a servir de campo de batalla.
Me llevé los dedos pulgar e índice de la mano derecha hacia el puente del tabique nasal y cerré el ojo, respirando profundamente y calmándome, negando con la cabeza y zapateando impaciente con el pie izquierdo — Está bien Shinjito... está bien... no pasa nada... puedes hacerlo... sólo son aficionados, no puede afectarte... — me dije a mi mismo y moví los hombros en círculos para relajarme — Volvemos a empezar. Y cinco, seis, siete, ocho... — y soltando el agarre del tabique de mi nariz, giré mi cuello lentamente tres veces en el sentido contrario al de las agujas del reloj, exhalando el aire por la boca en un largo suspiro de meditación. Me quedé estático al terminar.
Volví a abrir el ojo con fiereza y un gesto duro renovado, serio y altivo, volviendo a adoptar la misma pose que tenía anteriormente, retando en duelo físico a Ashura de nuevo. Las partículas de metal del Daikozui giraban entorno a nosotros mezclando aquel color negro fruto de mi habilidad, con el color blanco fruto de la suya, y todo sembrándose con una conjunción de delgados y aleatorios rayos púrpuras que sacudían el área sin tronar. Mi pupila danzaba por su cuerpo, su cara, su expresión, sus hombros, los brazos, las manos... aquellas dos espadas, la posición de sus piernas y el rastro de humo que él dejaba — ¡Vas a conocer la catástrofe-uhm! — y me lancé a por él con un salto a ras de tierra preparando mi nodachi para arremeter contra él con un barrido manteniendo el Busoshoku preparado en mi filo y mi mano contraria.
Golpeé con el arma de izquierda a derecha, de forma horizontal y paralela al suelo, clavando los pies en este para afianzar mi postura y repetir el mismo movimiento en espejo, de derecha a izquierda asestando un segundo corte. Al terminar la trayectoria de este, agarré la nodachi con ambas manos y la alcé por encima de mi cabeza poniendo la hoja en paralelo con mi espalda y con el filo apuntando a los edificios más allá de esta, la punta hacia el suelo y el pomo al cielo, y en esa posición flexioné las rodillas describiendo un arco perfecto con mis arcos y haciendo descender la espada complemente en plano en un movimiento vertical que dejó el filo en paralelo con el suelo.
Desde esa postura, y con los relámpagos púrpuras surcándonos, alcé mi mirada de un solo ojo inquisidor hacia él y llevé mi mano derecha para sostener las telas de su pecho a tiempo que retrocedía el brazo izquierdo para apuntalar con el arma portada por este el costillar de mi enemigo, ensartándolo y saltando hacia atrás igual de raso que antes con respecto al suelo, aterrizando a un metro de él con la espada tras de mi sujeta solo por la mano izquierda — ¡Hagegege! ¡Muéstrame ese demonio! — le ordené, ya de nuevo completamente sumergido en el combate y preparado para la batalla. Dispuesto a darle el mejor enfrentamiento... no, su último enfrentamiento.
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