02-02-2026, 07:15 PM
El sol de la mañana en el Reino Samba no era una bendición, sino un peso tangible que se desplomaba sobre el dosel arbóreo de la selva Anozama. La humedad era tan densa que el aire parecía tener que ser masticado en vez de respirado, saturado con el vapor que emanaba de la tierra negra. Hiiragi se encontraba en el centro de un pequeño claro que había convertido en su campamento improvisado, donde una lona de arpillera atada entre dos troncos servía como único refugio contra el rocío que nunca terminaba de evaporarse, y si terminaba en algún momento, ella no era capaz de darse cuenta.
La peliblanca se había despojado de su capa, quedando únicamente con su conjunto de ropa interior sencilla que permitía que su piel y su pelaje respiraran. El sudor perleaba su frente y descendía por su cuello, empapando el vello blanco que cubría sus hombros. A cada movimiento, sentía cómo la humedad pegajosa hacía que sus extremidades se sintieran más pesadas, como si el mismo bosque intentara ralentizarla. Sin embargo, al tensar los músculos de sus piernas, donde el pelaje blanco nacía sobre sus rodillas para descender por las mismas, Hiiragi solo sentía urgencia por moverse o más bien sentía hastío de quedarse quieta en aquel ambiente.
-Por todos los mares, el red-line y el grand line, la humedad es suficiente para matar a alguien en este punto y mi resistencia parece haber disminuido un quinto desde la última vez que pisé este fango.- murmuró para sí misma mientras ajustaba sus botas punteras. Se puso en posición de salida, con los dedos rozando el suelo húmedo.-No es suficiente. Nada de esto es suficiente todavía.- se quejó para sí misma, solo para ella pues nadie más se encontraba en ese lugar, al menos nadie que ella pudiera percibir.
En un estallido de energía, la Humink se lanzó hacia adelante. Su velocidad aumentó drásticamente en pocos segundos, convirtiéndose en una exhalación blanca que esquivaba raíces y troncos con una gracia salvaje. Al correr a esa velocidad, el viento generado por su propio movimiento se convirtió en su único alivio; una corriente de aire forzada que enfriaba el sudor en sus brazos y piernas, dándole una sensación efímera de ligereza. Pero en cuanto se detenía por una fracción de segundo, el calor volvía a golpearla como un muro.
Se propulsó contra el tronco de un árbol de caucho, usando la elasticidad de sus fibras para dar un salto de ocho metros que la llevó hacia una rama alta. En el aire, su cuerpo se contrajo y giró, lanzando una patada de hacha que impactó contra un saco de harpillera relleno de arena que ella misma había colgado previamente. El golpe resonó en el claro, pero Hiiragi aterrizó con un gesto de insatisfacción, sus orejas blancas pegadas a la nuca mientras veía aquel bolso que tanto le había costado subir a las alturas, apenas moviéndose un tercio de lo que ella hubiera considerado ideal.
-Todavía soy demasiado lenta en la transición del salto al impacto.- pensó, sintiendo un nudo de frustración en la boca del estómago. Sus ojos rubíes escanearon sus propias manos, las cuales temblaban ligeramente por el esfuerzo con el que latía constantemente su corazón, temblaban con cada pulsación que le daba la energía y fuerza para lograr aquellas proezas -Si un malhechor de los de antes me viera ahora, se reiría de mi técnica. La debilidad es una invitación a la cadena, y yo no voy a dejar que vuelvan a encadenarme por el simple hecho de no ser débil, si vuelvo a estar relacionada a una cadena seré yo quien la sujete y no al revés, nunca más.- Aquel pensamiento la transportó por un instante a los años de encierro, donde su falta de fuerza física la había dejado a merced de voluntades ajenas. Recordaba la vulnerabilidad de ser una mercancía, de cómo sus piernas no eran lo suficientemente rápidas para huir y sus brazos no tenían la potencia para golpear. Esa impotencia era un quimera espectral que la perseguía incluso ahora que era libre. La libertad sin fuerza era solo un permiso temporal, y Hiiragi no aceptaba términos temporales, no ahora que había saboreado los néctares de ser libre.
Volvió a la carga, esta vez con más ferocidad. Corrió en círculos alrededor del campamento, saltando sobre troncos caídos y lanzando ráfagas de patadas laterales y circulares contra el aire pesado. Su estilo era puramente autodidacta, una mezcla de observación, instinto animal y la necesidad desesperada de convertir su cuerpo en un arma. No había maestros en su vida hasta aquel momento, solo la urgencia de no volver a ser una víctima. Cada patada que lanzaba era un intento de romper un eslabón invisible del pasado, cada paso que daba era para alejarse de aquel barco maldito, cada intento de puñetazo era una expresión de la frustración que había padecido por tanto tiempo que ya no importaba cuanto fuera en concreto, lo importante era que había ocurrido y que podría volver a pasar si ella se descuidaba o se confiaba como había hecho durante estos últimos años que tuvo de paz.
-¿Por qué me cuesta tanto mantener el equilibrio tras el tercer giro?.- se preguntó en voz alta, jadeando mientras el sudor le molestaba en los ojos, molesta por primera vez por sus rasgos animales pues el pelaje absorbía de mala manera el sudor, la humedad y no la refrescaba tanto como la piel sudada de los humanos. -Quizás es porque sigo confiando demasiado en mi agilidad y no lo suficiente en mi centro de gravedad. Si no puedo controlar mi propio peso, ¿cómo espero controlar una negociación con un enemigo armado? Tener una posición desventajosa siempre ha sido una posibilidad, en la negociaciones lo he podido manejar con mi encanto y servicialidad, pero no siempre ha funcionado y no siempre será la solución- Se tomó un breve respiro para beber agua de su cantimplora, sentada sobre una raíz sobresaliente. A pesar del cansancio, su mente tanto de comercial como ahora aventurera no descansaba. Había elegido este sector de Anozama no solo por su aislamiento, sino por su riqueza biológica. A unos metros de su lona, tenía ya preparadas dos jaulas de mimbre que ella misma había tejido. En una de ellas, un par de aves exóticas de plumaje iridiscente piaban con molestia; en la otra, varios roedores de cola larga, cuya carne era relativamente apreciada en los mercados de la zona media y baja de Samba, se removían inquietos.
También había recolectado una buena cantidad de "Frutas de Fuego", unas bayas picantes que crecían en las zonas más sombrías y húmedas del bosque y que eran muy cotizadas por los destiladores de licor locales. Hiiragi sabía que el entrenamiento no podía ser su única prioridad; cada día en el bosque debía ser rentable. La autonomía requería berries, y los animales y frutas que llevaría de regreso al próximo pueblo asegurarían que su estancia en el bosque no fuera un gasto, sino una inversión. Calculó mentalmente mientras se levantaba de nuevo. -Es un buen botín para un par de días de aislamiento, pero mi cuerpo sigue siendo la mayor inversión de alto riesgo si no logro estabilizar estas patadas de remolino y aprender a hacer algún truco nuevo que pueda sacarme de apuros en el futuro.-
Regresó al entrenamiento con una inercia renovada. Esta vez, se enfocó en los saltos largos. Se posicionó en un extremo del claro y, con una carrera explosiva, se lanzó hacia un banco de tierra al otro lado del arroyo casi seco. Voló los ocho metros con el cuerpo extendido, sintiendo cómo el viento silbaba en sus orejas, dándole esa frescura necesaria que evaporaba el sudor de su pelaje. Al aterrizar, giró sobre sí misma y lanzó una patada de barrido que levantó una nube de tierra y hojas muertas.
-Mejor. Mucho mejor.- admitió con una sonrisa atrevida, aunque su corazón seguía bombeando con una violencia que podía sentir en las sienes. -Pero un marine como Dashrath se reiría de este esfuerzo. Él busca ser el más fuerte del mundo, mientras que yo solo busco ser lo suficientemente fuerte para que el mundo me deje en paz… Me pregunto ¿Qué estará haciendo Dashrath? Espero que siga en buen contacto con su padre, mentor o lo que sea ese viejo con el que se manda cartas.- Ella no buscaba la gloria, buscaba la auto preservación. La insatisfacción con su fuerza actual era el combustible que la mantenía moviéndose bajo el sol tan encantador pero fuerte de Samba. Sabía que su cuerpo tenía límites, que su estatura de metro setenta y su fisionomía de conejo no la convertirían en una gigante de la guerra, pero se negaba a aceptar que eso significara ser débil, especialmente después de ver que un individuo como el excéntrico Lázaro era capaz de portar armas y luchar con ellas con competencia suficiente para dejarles mella pequeñas por la dureza de los impactos pero evitar daños mayores con la técnica suficientemente pulida.
Continuó golpeando y saltando hasta que el sol alcanzó su cenit y las sombras desaparecieron bajo sus pies. Sus músculos ardían y su piel estaba cubierta de una capa de polvo y sudor, pero se sentía más conectada con su propio cuerpo que al despertar. Realizó una última serie de patadas frontales, imaginando que cada golpe alejaba un poco más los recuerdos del barco y los grilletes.
-La próxima vez que alguien intente ponerme la mano encima, no se encontrará con una niña asustada, sino con una ráfaga de viento blanco que sabe exactamente dónde golpear… bueno aún no sé dónde golpear pero será una ráfaga de dolor que no podrá olvidar.- sentenció mientras regresaba a su campamento para preparar su magra comida y revisar sus capturas.
Hiiragi Kamikiri seguía siendo su propia maestra y su propia crítica más feroz. El bosque de Anozama era testigo de su lucha interna, una danza de sudor, saltos y patadas que buscaba, por encima de todo, que el control de su vida nunca volviera a escaparse de entre sus dedos. Con las jaulas llenas y los músculos agotados, la peliblanca se dispuso a pasar su última noche de retiro, sabiendo que al regresar a la ciudad, no solo llevaría mercancía para vender, sino una voluntad un poco más templada que al partir.
La peliblanca se había despojado de su capa, quedando únicamente con su conjunto de ropa interior sencilla que permitía que su piel y su pelaje respiraran. El sudor perleaba su frente y descendía por su cuello, empapando el vello blanco que cubría sus hombros. A cada movimiento, sentía cómo la humedad pegajosa hacía que sus extremidades se sintieran más pesadas, como si el mismo bosque intentara ralentizarla. Sin embargo, al tensar los músculos de sus piernas, donde el pelaje blanco nacía sobre sus rodillas para descender por las mismas, Hiiragi solo sentía urgencia por moverse o más bien sentía hastío de quedarse quieta en aquel ambiente.
-Por todos los mares, el red-line y el grand line, la humedad es suficiente para matar a alguien en este punto y mi resistencia parece haber disminuido un quinto desde la última vez que pisé este fango.- murmuró para sí misma mientras ajustaba sus botas punteras. Se puso en posición de salida, con los dedos rozando el suelo húmedo.-No es suficiente. Nada de esto es suficiente todavía.- se quejó para sí misma, solo para ella pues nadie más se encontraba en ese lugar, al menos nadie que ella pudiera percibir.
En un estallido de energía, la Humink se lanzó hacia adelante. Su velocidad aumentó drásticamente en pocos segundos, convirtiéndose en una exhalación blanca que esquivaba raíces y troncos con una gracia salvaje. Al correr a esa velocidad, el viento generado por su propio movimiento se convirtió en su único alivio; una corriente de aire forzada que enfriaba el sudor en sus brazos y piernas, dándole una sensación efímera de ligereza. Pero en cuanto se detenía por una fracción de segundo, el calor volvía a golpearla como un muro.
Se propulsó contra el tronco de un árbol de caucho, usando la elasticidad de sus fibras para dar un salto de ocho metros que la llevó hacia una rama alta. En el aire, su cuerpo se contrajo y giró, lanzando una patada de hacha que impactó contra un saco de harpillera relleno de arena que ella misma había colgado previamente. El golpe resonó en el claro, pero Hiiragi aterrizó con un gesto de insatisfacción, sus orejas blancas pegadas a la nuca mientras veía aquel bolso que tanto le había costado subir a las alturas, apenas moviéndose un tercio de lo que ella hubiera considerado ideal.
-Todavía soy demasiado lenta en la transición del salto al impacto.- pensó, sintiendo un nudo de frustración en la boca del estómago. Sus ojos rubíes escanearon sus propias manos, las cuales temblaban ligeramente por el esfuerzo con el que latía constantemente su corazón, temblaban con cada pulsación que le daba la energía y fuerza para lograr aquellas proezas -Si un malhechor de los de antes me viera ahora, se reiría de mi técnica. La debilidad es una invitación a la cadena, y yo no voy a dejar que vuelvan a encadenarme por el simple hecho de no ser débil, si vuelvo a estar relacionada a una cadena seré yo quien la sujete y no al revés, nunca más.- Aquel pensamiento la transportó por un instante a los años de encierro, donde su falta de fuerza física la había dejado a merced de voluntades ajenas. Recordaba la vulnerabilidad de ser una mercancía, de cómo sus piernas no eran lo suficientemente rápidas para huir y sus brazos no tenían la potencia para golpear. Esa impotencia era un quimera espectral que la perseguía incluso ahora que era libre. La libertad sin fuerza era solo un permiso temporal, y Hiiragi no aceptaba términos temporales, no ahora que había saboreado los néctares de ser libre.
Volvió a la carga, esta vez con más ferocidad. Corrió en círculos alrededor del campamento, saltando sobre troncos caídos y lanzando ráfagas de patadas laterales y circulares contra el aire pesado. Su estilo era puramente autodidacta, una mezcla de observación, instinto animal y la necesidad desesperada de convertir su cuerpo en un arma. No había maestros en su vida hasta aquel momento, solo la urgencia de no volver a ser una víctima. Cada patada que lanzaba era un intento de romper un eslabón invisible del pasado, cada paso que daba era para alejarse de aquel barco maldito, cada intento de puñetazo era una expresión de la frustración que había padecido por tanto tiempo que ya no importaba cuanto fuera en concreto, lo importante era que había ocurrido y que podría volver a pasar si ella se descuidaba o se confiaba como había hecho durante estos últimos años que tuvo de paz.
-¿Por qué me cuesta tanto mantener el equilibrio tras el tercer giro?.- se preguntó en voz alta, jadeando mientras el sudor le molestaba en los ojos, molesta por primera vez por sus rasgos animales pues el pelaje absorbía de mala manera el sudor, la humedad y no la refrescaba tanto como la piel sudada de los humanos. -Quizás es porque sigo confiando demasiado en mi agilidad y no lo suficiente en mi centro de gravedad. Si no puedo controlar mi propio peso, ¿cómo espero controlar una negociación con un enemigo armado? Tener una posición desventajosa siempre ha sido una posibilidad, en la negociaciones lo he podido manejar con mi encanto y servicialidad, pero no siempre ha funcionado y no siempre será la solución- Se tomó un breve respiro para beber agua de su cantimplora, sentada sobre una raíz sobresaliente. A pesar del cansancio, su mente tanto de comercial como ahora aventurera no descansaba. Había elegido este sector de Anozama no solo por su aislamiento, sino por su riqueza biológica. A unos metros de su lona, tenía ya preparadas dos jaulas de mimbre que ella misma había tejido. En una de ellas, un par de aves exóticas de plumaje iridiscente piaban con molestia; en la otra, varios roedores de cola larga, cuya carne era relativamente apreciada en los mercados de la zona media y baja de Samba, se removían inquietos.
También había recolectado una buena cantidad de "Frutas de Fuego", unas bayas picantes que crecían en las zonas más sombrías y húmedas del bosque y que eran muy cotizadas por los destiladores de licor locales. Hiiragi sabía que el entrenamiento no podía ser su única prioridad; cada día en el bosque debía ser rentable. La autonomía requería berries, y los animales y frutas que llevaría de regreso al próximo pueblo asegurarían que su estancia en el bosque no fuera un gasto, sino una inversión. Calculó mentalmente mientras se levantaba de nuevo. -Es un buen botín para un par de días de aislamiento, pero mi cuerpo sigue siendo la mayor inversión de alto riesgo si no logro estabilizar estas patadas de remolino y aprender a hacer algún truco nuevo que pueda sacarme de apuros en el futuro.-
Regresó al entrenamiento con una inercia renovada. Esta vez, se enfocó en los saltos largos. Se posicionó en un extremo del claro y, con una carrera explosiva, se lanzó hacia un banco de tierra al otro lado del arroyo casi seco. Voló los ocho metros con el cuerpo extendido, sintiendo cómo el viento silbaba en sus orejas, dándole esa frescura necesaria que evaporaba el sudor de su pelaje. Al aterrizar, giró sobre sí misma y lanzó una patada de barrido que levantó una nube de tierra y hojas muertas.
-Mejor. Mucho mejor.- admitió con una sonrisa atrevida, aunque su corazón seguía bombeando con una violencia que podía sentir en las sienes. -Pero un marine como Dashrath se reiría de este esfuerzo. Él busca ser el más fuerte del mundo, mientras que yo solo busco ser lo suficientemente fuerte para que el mundo me deje en paz… Me pregunto ¿Qué estará haciendo Dashrath? Espero que siga en buen contacto con su padre, mentor o lo que sea ese viejo con el que se manda cartas.- Ella no buscaba la gloria, buscaba la auto preservación. La insatisfacción con su fuerza actual era el combustible que la mantenía moviéndose bajo el sol tan encantador pero fuerte de Samba. Sabía que su cuerpo tenía límites, que su estatura de metro setenta y su fisionomía de conejo no la convertirían en una gigante de la guerra, pero se negaba a aceptar que eso significara ser débil, especialmente después de ver que un individuo como el excéntrico Lázaro era capaz de portar armas y luchar con ellas con competencia suficiente para dejarles mella pequeñas por la dureza de los impactos pero evitar daños mayores con la técnica suficientemente pulida.
Continuó golpeando y saltando hasta que el sol alcanzó su cenit y las sombras desaparecieron bajo sus pies. Sus músculos ardían y su piel estaba cubierta de una capa de polvo y sudor, pero se sentía más conectada con su propio cuerpo que al despertar. Realizó una última serie de patadas frontales, imaginando que cada golpe alejaba un poco más los recuerdos del barco y los grilletes.
-La próxima vez que alguien intente ponerme la mano encima, no se encontrará con una niña asustada, sino con una ráfaga de viento blanco que sabe exactamente dónde golpear… bueno aún no sé dónde golpear pero será una ráfaga de dolor que no podrá olvidar.- sentenció mientras regresaba a su campamento para preparar su magra comida y revisar sus capturas.
Hiiragi Kamikiri seguía siendo su propia maestra y su propia crítica más feroz. El bosque de Anozama era testigo de su lucha interna, una danza de sudor, saltos y patadas que buscaba, por encima de todo, que el control de su vida nunca volviera a escaparse de entre sus dedos. Con las jaulas llenas y los músculos agotados, la peliblanca se dispuso a pasar su última noche de retiro, sabiendo que al regresar a la ciudad, no solo llevaría mercancía para vender, sino una voluntad un poco más templada que al partir.
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