01-02-2026, 09:14 AM
El rastro de jazmín y aceite de armas se disipó al cruzar el umbral de las minas de la cresta norte, reemplazado por el olor pesado del salitre, la humedad estancada y el hierro oxidado. La oscuridad allí dentro era absoluta, una boca de lobo que habría detenido a cualquier escuadrón ordinario, pero para Kibai, el mundo simplemente cambió de color a un espectro de grises nítidos y vibraciones térmicas.
—Cuidado donde pisas —susurró Kibai, sujetando a Joss por el hombro antes de que su bota hiciera crujir una vagoneta podrida—. El eco aquí dentro es un delator.
Avanzaron por el túnel principal. El olfato del mink trabajaba a pleno rendimiento, filtrando el aire viciado. Garruk no era sutil; su rastro era una mezcla de sudor ácido y el rastro metálico de sus cadenas rozando la piedra. Pero Emerald... ella era el peligro real. Su rastro era intermitente, como si supiera exactamente dónde pisar para no dejar huella, moviéndose por las vigas de madera del techo o los salientes superiores.
—Se han separado —dijo Kibai, deteniéndose en una bifurcación donde las vías se dividían en tres direcciones—. El grupo grande con el Triguero ha bajado al nivel tres. Pero ella... ella se ha quedado atrás.
—Nos está cazando —concluyó Joss, desenfundando su sable con un movimiento lento—. Quiere que nos centremos en el ruido de Garruk para darnos caza en los túneles laterales.
Un destello metálico fue la única advertencia.
¡CLANG!
Kibai reaccionó por puro instinto, interponiendo a Raimei para desviar un proyectil que buscaba su garganta. No fue una bala, sino un cuchillo arrojadizo de acero oscuro. Antes de que pudieran localizar el origen, la risa de Emerald resonó, rebotando en las paredes de piedra y haciendo imposible determinar su posición exacta.
—Sois persistentes, lo admito —la voz de la mercenaria parecía venir de todas partes—. Pero las minas son el reino de los que saben moverse en las sombras. Y vuestro pequeño faro peludo brilla demasiado.
—¡Sal de ahí, cobarde! —gritó Joss, pero Kibai le hizo una señal para que guardara silencio.
Kibai cerró los ojos. Sus orejas rotaron de forma independiente, captando el sutil roce del cuero contra la piedra y el latido rítmico de un corazón humano a unos veinte metros por encima de ellos, en una galería de ventilación.
El mink se agachó, acumulando tensión en sus piernas. El Electro empezó a chisporrotear en sus almohadillas, iluminando brevemente las paredes con destellos azulados.
—Joss, cuando salte, corre hacia el túnel de la derecha. Garruk está intentando llegar a los montacargas del sector sur. Yo me encargaré de la pistolera.
—Kibai, no puedes...
—¡Vete! —rugió el mink.
Sin esperar respuesta, Kibai se impulsó hacia arriba con una fuerza explosiva. Sus garras se clavaron en la roca mientras ascendía por la pared vertical como si la gravedad no existiera. Emerald, sorprendida por la velocidad del asalto, disparó sus dos pistolas en un arco descendente. Las balas silbaron junto a las orejas de Kibai, pero él ya estaba sobre ella.
La mercenaria rodó hacia atrás en la estrecha pasarela de madera, guardando sus pistolas y desenvainando un par de dagas cortas. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de diversión y ferocidad.
—Parece que el gato tiene uñas —dijo, poniéndose en guardia—. Veamos si tu acero es tan rápido como tu nariz.
Abajo, Joss aprovechó la distracción para salir corriendo hacia las profundidades de la mina, siguiendo las instrucciones de su compañero. Kibai y Emerald quedaron solos en la penumbra de la galería superior, dos depredadores de diferentes mundos midiéndose bajo el goteo constante del agua filtrada.
—Tu técnica es buena —admitió Kibai, bajando el centro de gravedad mientras Raimei empezaba a zumbar con energía estática—. Pero cometiste un error: has dejado que un Mink te huela. Y una vez que tengo tu rastro, no hay sombra donde puedas esconderte.
