[T3, P.A.] La isla que se negaba a morir
#9


Parecía como si el polvo, la arena y aquellos animales despotricando giraran formando un gran tornado, arrastrándome con ellos; mi sentido de la orientación quedó deshecho, mi rostro se ensanchó en una sonrisa que se convirtió en carcajada cuando el estruendo por fin terminó de pasar. —¡HUHUHYAAHUHYAHUHYA! — “Así son las cosas fuera de casa”, deduje, apoyándome en la corteza de un árbol mirando hacia mis pies descalzos y llenos de tierra. No podía parar de reír.
Una lágrima salió de mi ojo derecho, dándome cuenta de que estaba sola en medio de la jungla y aún corriendo tratando de sobrevivir.

Respiré hondo disipando la carcajada lentamente, sujetándome el estómago tratando de componer un rostro serio, poniendo una sonrisa en la comisura de mis labios. Mi rostro entonces adquirió un seño  peculiar “Que bien se siente estar vivo”.
Todo mi instinto floreció y me encantaba, pero debía ser más consciente. 
Tomé el cuenco que colgaba de mi cintura con la hierba y con la punta de los dedos comencé a colocarla en la pipa, enderezando mi espalda y por fin respirando.
—Paciencia en la forja, veamos... un barco, una estampida, niebla, el aire huele a lluvia y se avecina una tormenta.
Enfoqué mis sentidos, mis pupilas se abrieron, tratando de captar más luz.
Calenté el cuenco metálico con un dedo y di algunas caladas; el humo comenzó a diluirse en el aire nuevamente. Miré hacia arriba, cerrando por un segundo los ojos. Parece que el mar estaba hacia el este, pero no podía decirlo con toda certeza.

El dosel era tan frondoso que el sol poco se filtraba. Solté una calada grande, el silencio de aquel lugar ensordecía; podía escuchar pequeñas patitas, cosas arrastrándose y sonidos entre los arbustos. Sin saberlo, ya estaba caminando, mis objetivos eran claros; debía encontrar a las chicas.
Pero algo me daba mala espina.

Traté de pisar lo más suave y silencioso que pude, cuando sonó: —PEREPEREPEREPERE —casi reverberando contra las enormes hojas verdosas y gruesas, bajé los ojos hacia el den den mushi en el bolsillo de la piel mientras aún andaba, todo mi cuerpo estaba tenso.
La voz de Zhang salió del otro lado. Sonreí de oreja a oreja entonces, pero no emití la carcajada de siempre —Me alegro saber que están bien y que estás con Alana, antes no hubo respuesta —dije, con la voz más calma que pude, —Estoy bien, me separé de las chicas, también las estoy buscando, les encargo a Han —dije, demasiado escueto, demasiado sin tiempo, un nudo comenzó a formarse en mi estomago —Cuidense, maestro. Nos vemos en el barco.

Colgué y tras dar unos pasos más, levanté algunas lianas que colgaban frente a mí, escuchando la voz de Bai. Siempre fue un placer ver a aquella mujer.
—¡Bai! —me apresuré hacia ella dando algunos brinquitos cual gacela sobre las raices que hacian de tapete en el suelo; —¡Estábamos muy cerca! —le dije, mientras que veía las lianas a su alrededor y luego la observaba a ella, sonriéndole y soltando una pequeña risita, mi corazón respiró por un momento —Huhuhyah
—Concuerdo contigo, querida.

“Parece que está bien”, al llegar a su lado, di un pequeño golpecito con mi planta del pie en el suelo, observando lo que ella veía. Mis ojos brillaron, y me relamí los labios arrugando las cejas hacia arriba.
—Se ven tan jugosas… —Aquella algo llegó a mi mente entonces, una fotografía en un libro; —Si no mal recuerdo, una de estas tiene que ser la Fruta del Príncipe, la otra, la de la Belleza Interior. —comenté, lo suficientemente alto como para que Bai me escuchara, pero, la Birkaniana se había puesto manos a la obra, y como ella, no podía quedarme quieta pues solo una rápida mirada bastó para verlos.
Tuve que voltear la cabeza dos veces e inclinarme un poco, di pasos largos con las puntas de mis pies, flexionando hasta avanzar casi a cuatro patas, para llegar al borde del abismo, un abismo en el que habían huevos.

El hueco era enorme —¿Puedes ver esto desde donde estás? —me puse en cuclillas mientras levantaba la voz para que ella fuera capaz de escucharme.
Cinco huevos amarillentos con pigmentación en manchas negras y amarillentas. Eran grandes y pesados.
—Aquí hay huevos… no es figurativo el comentario —dije, mientras soltaba otra calada de humo y señalaba hacia el enorme agujero con los huevos en él, casi soltando una risita.
Me senté en mis talones y extendí las manos suavemente para tocar los huevos, sintiendo la estructura calcárea en la yema de mis dedos, suavecita y calentita al tacto. —HUHUHYAHUHYA
—Estamos en la casa de alguien, Bai.

Off
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RE: [T3, P.A.] La isla que se negaba a morir - por Lan Caihe - 31-01-2026, 03:19 AM

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