30-01-2026, 12:46 AM
En mitad del caos, cuando el instinto de supervivencia toma el mando, el mundo se reduce a una sucesión de impulsos ciegos que obligan al cuerpo a ignorar sus propios límites. Por eso resulta tan sencillo acabar en un paraje extraño tras huir de una marabunta de fósiles megalíticos hacia lo que uno percibe como un refugio.
Bai no es una excepción. Al contrario pues, en ese instante, es la viva ejemplificación.
Y es que, tras plantar cara a la estampida, terminó alejándose del estruendo tan rápido como sus largas y firmes piernas se lo permitían hasta desembocar en un paraje nuevo. Un sitio tan verde y vívido que, ante sus ojos deformados, la explosión de amarillos cálidos y rojos de las frutas se aplanaba en una escala monótona de verdes apagados y marrones turbios.
Quizás, si la selva hubiera conservado su amplitud natural, el paisaje no se habría sentido como una mancha cromática uniforme; pero allí, la falta de contraste robaba a lo salvaje su señal de advertencia.
Tal vez, por esa falta de peligrosidad, resultó que pronto la adrenalina que recorría su cuerpo se retiró y, el zumbar de sus oídos juntl al galope del corazón, se fundieron en la inquietante quietud de la zona.
Fue entonces cuando se permitió bajar la guardia, apoyar las manos sobre los muslos y toser. Toser hasta sentir cómo el aire se abría paso a empeñones en unos pulmones medio asfixiados con una tos, terca e insistente que, al final, no tardó demasiado en transformarse en el espasmo amargo de una náusea fallida.
Un hilo de saliva corrió por la comisura de sus labios y, en acto reflejo, se lo limpió con un brazo pegajoso de sudor, saboreando el rastro salino de su propia secreción.
—Mierda —masculló, alzando la vista.
Estaba rodeada de una vegetación tan densa que el espacio, aunque amplio, que se le antojaba opresivo.
—Joder —jadeó de nuevo.
Ni una brizna de aire movía las jugosas frutas que colgaban, vibrantes y ajenas, a unos quince metros, sobre su cabeza. Se irguió con esfuerzo, sintiendo que el pecho le estallaba y, entonces, el hambre reclamó su lugar. No era un buen momento para la ansiedad, pero la punzada física exigía atención.
Uno.
Dos.
Tres.
Tras tres espasmos gástricos casi seguidos hicieron falta para que decidiera que, antes de dar un paso más, debía escucharse a sí misma.
Con la mano sobre el estómago y el rugido de sus tripas por bandera, Bai decidió buscar en su zurrón algo de comer. Pero al hacerlo, para su asombro, en medio de las manchas terrosas que eran los frutos de la selva, descubrió que quizás había algo más que llevarse a la boca.
Además, así se ahorraría previsiones por si las moscas.
Entrecerró entonces los ojos, calculando cuánta distancia habría hasta ellos y, a su vez forzó a su mente — a esa biblioteca que archivaba datos con mecanicismo— a rescatar algún fragmento de conocimiento perdido; aquellas formas le recordaban a la Fruta de la Belleza Interior y a su hermana, la Fruta del Príncipe. Incluso creyó recordar que eran comunes en Little Garden, pero ante aquella caótica variedad de formas que se burlaba de su visión, se sintió incapaz de discernir cuál era cuál, o si incluso alguna de ellas era realmente una de esas.
Y en ello estaba, diseccionando la fruta con la mirada desde la distancia, cuando de repente Bai fue sorprendida por un sonido que parecía brotar de todas partes y de ninguna a la vez; un crujido amortiguado por la densidad de la selva.
—¡Lan! —exclamó gratamente sorprendida —Pensé que estaba sola...
Mientras hablaba trató de dirigirse hacia su compañera, pero el aire pareció oponer resistencia. ¿Era eso acaso posible? Varias hebras de un verde irreal, lianas furtibas que colgaban de los cielos, se le adhirieron a su piel desnuda logrando que el contacto le provocara un sobresalto eléctrico que le recorrió el brazo y le erizó el vello de la nuca.
—¿Qué es esto? —susurró, deteniéndose en seco.
Y luego giró sobre sí misma con lentitud, olvidándose por un instante del hambre que le atenazaba el estómago e incluso de la presencia de Lan.
Estaba atrapada en una arquitectura fractal donde las lianas, pese a mezclarse con otros colores, se entrelazaban formando hermosas simetrías geométricas y lazos perfectos que desafiaban el caos natural de la isla. Una belleza geométrica que, para la erudita, era como un imán.
—Uh —dijo, saliendo del ensimismamiento al escuchar de nuevo ruido que creyó provenir de Lan —Perdona, es que... me parece bellisimo —, comentó mientras bajaba la mirada hacia la liana que todavía rozaba su antebrazo.
—Jamás pensé que algo tan plano pudiera ser así de bonito —añadió mientras las palpaba con dos dedos disfrutando de su textura y sorprendiéndose de su fresca temperatura.
Y, a continuación, la siguió con la mirada hasta percatarse de que incluso abrazaban las ramas.
Las abrazaban...
Su estómago rugió de nuevo y, sin querer, sus ojos se abalanzaron sobre una rama gruesa hasta encontrsr el punto donde el fruto colgaba, pesado y tenso, sostenido por un entramado de fibras que no parecían dispuestas a romperse sin protestar.
—Hmmm —murmuró masticando una idea tan tentadora como absurda mientras se acercaba a la rama hasta quedar justo bajo ella.
Después, envolvió entre sus manos las fibras de las lianas que pasaban sobre la rama del fruto y comenzó a tirar; primero calculó la resistencia con pequeños tirones: la rama apenas cedió. Aplicó una fuerza más bruta, sintiendo cómo la madera se balanceaba y se doblaba bajo su peso. El fruto se bamboleó, pero se resistió a caer, aferrado a su tallo con una terquedad admiranle.
—Interesante... —volvió a murmurar mientras soltaba la liana y la observaba restallar hacia su posición original con un siseo.
Se llevó la mano al mentón, analizando la estructura sin dejar de mirar a lo alto al tiempo que su estómago apremiaba.
Ahí fue cuando se decidio.
Pues, en lugar de tirar a ciegas, tomó las lianas y las anudó entre sí a la altura de su estómago, creando un punto de anclaje firme. Enredó su brazo derecho y empezó a tirar poco a poco, permitiendo que la planta se adaptara a la presión que ejercía birkiniana. Espero un momento, aún manteniendo la presión y, cuando la vió acomodarse, continuó bajando la rama milímetro a milímetro hasta que, de pronto, el silencio se desgarró con un crack seco.
—Ahora —masculló.
Se hizo a un lado lo justo para que el proyectil vegetal no le aplastara el cráneo. Tiró de nuevo. El crujido se intensificó en lenta agonía y se partió dejando expuestas las fibras que, al final, no resistieron más y fueron vencidas.
A Bai le hubiera gustado ser rápida y evitar así que la fruta golpeara el suelo pero... con un sonido duro y seco rebotó al tiempo que la madera lo golpeaba. Y entonces, plac. Unos restos de liama y savia resbalaron por la rama y cayeron sobre su cabeza, manchándola de un rastro pegajoso.
Se pasó la mano por el cabello, limpiando como pudo aquel rastro de selva y habló.
—Ya me quedo yo con esa —le dijo a Lan, acercándose hacia el botín.
Luego, bajó la mirada para sacudirse la suciedad y tomó la fruta con delicadeza. La observó un instante, rotándola para verla bien y, al final, clavó sus uñas en ella y separar la piel de la carne.
—Perdona... Es que tengo mucha hambre — comentó tomando parte de la carne jugosa y llevándosela a la boca. —Ahora te bajo una para ti —añadió dándosela para que se la aguantara.
Y dicho esto se fue hasta otra rama de frutos más pequeños, una que estaba a unos escasos dos metros de su compañera donde, de una sola sentada, caerían dos.
Bai no es una excepción. Al contrario pues, en ese instante, es la viva ejemplificación.
Y es que, tras plantar cara a la estampida, terminó alejándose del estruendo tan rápido como sus largas y firmes piernas se lo permitían hasta desembocar en un paraje nuevo. Un sitio tan verde y vívido que, ante sus ojos deformados, la explosión de amarillos cálidos y rojos de las frutas se aplanaba en una escala monótona de verdes apagados y marrones turbios.
Quizás, si la selva hubiera conservado su amplitud natural, el paisaje no se habría sentido como una mancha cromática uniforme; pero allí, la falta de contraste robaba a lo salvaje su señal de advertencia.
Tal vez, por esa falta de peligrosidad, resultó que pronto la adrenalina que recorría su cuerpo se retiró y, el zumbar de sus oídos juntl al galope del corazón, se fundieron en la inquietante quietud de la zona.
Fue entonces cuando se permitió bajar la guardia, apoyar las manos sobre los muslos y toser. Toser hasta sentir cómo el aire se abría paso a empeñones en unos pulmones medio asfixiados con una tos, terca e insistente que, al final, no tardó demasiado en transformarse en el espasmo amargo de una náusea fallida.
Un hilo de saliva corrió por la comisura de sus labios y, en acto reflejo, se lo limpió con un brazo pegajoso de sudor, saboreando el rastro salino de su propia secreción.
—Mierda —masculló, alzando la vista.
Estaba rodeada de una vegetación tan densa que el espacio, aunque amplio, que se le antojaba opresivo.
—Joder —jadeó de nuevo.
Ni una brizna de aire movía las jugosas frutas que colgaban, vibrantes y ajenas, a unos quince metros, sobre su cabeza. Se irguió con esfuerzo, sintiendo que el pecho le estallaba y, entonces, el hambre reclamó su lugar. No era un buen momento para la ansiedad, pero la punzada física exigía atención.
Uno.
Dos.
Tres.
Tras tres espasmos gástricos casi seguidos hicieron falta para que decidiera que, antes de dar un paso más, debía escucharse a sí misma.
Con la mano sobre el estómago y el rugido de sus tripas por bandera, Bai decidió buscar en su zurrón algo de comer. Pero al hacerlo, para su asombro, en medio de las manchas terrosas que eran los frutos de la selva, descubrió que quizás había algo más que llevarse a la boca.
Además, así se ahorraría previsiones por si las moscas.
Entrecerró entonces los ojos, calculando cuánta distancia habría hasta ellos y, a su vez forzó a su mente — a esa biblioteca que archivaba datos con mecanicismo— a rescatar algún fragmento de conocimiento perdido; aquellas formas le recordaban a la Fruta de la Belleza Interior y a su hermana, la Fruta del Príncipe. Incluso creyó recordar que eran comunes en Little Garden, pero ante aquella caótica variedad de formas que se burlaba de su visión, se sintió incapaz de discernir cuál era cuál, o si incluso alguna de ellas era realmente una de esas.
Y en ello estaba, diseccionando la fruta con la mirada desde la distancia, cuando de repente Bai fue sorprendida por un sonido que parecía brotar de todas partes y de ninguna a la vez; un crujido amortiguado por la densidad de la selva.
—¡Lan! —exclamó gratamente sorprendida —Pensé que estaba sola...
Mientras hablaba trató de dirigirse hacia su compañera, pero el aire pareció oponer resistencia. ¿Era eso acaso posible? Varias hebras de un verde irreal, lianas furtibas que colgaban de los cielos, se le adhirieron a su piel desnuda logrando que el contacto le provocara un sobresalto eléctrico que le recorrió el brazo y le erizó el vello de la nuca.
—¿Qué es esto? —susurró, deteniéndose en seco.
Y luego giró sobre sí misma con lentitud, olvidándose por un instante del hambre que le atenazaba el estómago e incluso de la presencia de Lan.
Estaba atrapada en una arquitectura fractal donde las lianas, pese a mezclarse con otros colores, se entrelazaban formando hermosas simetrías geométricas y lazos perfectos que desafiaban el caos natural de la isla. Una belleza geométrica que, para la erudita, era como un imán.
—Uh —dijo, saliendo del ensimismamiento al escuchar de nuevo ruido que creyó provenir de Lan —Perdona, es que... me parece bellisimo —, comentó mientras bajaba la mirada hacia la liana que todavía rozaba su antebrazo.
—Jamás pensé que algo tan plano pudiera ser así de bonito —añadió mientras las palpaba con dos dedos disfrutando de su textura y sorprendiéndose de su fresca temperatura.
Y, a continuación, la siguió con la mirada hasta percatarse de que incluso abrazaban las ramas.
Las abrazaban...
Su estómago rugió de nuevo y, sin querer, sus ojos se abalanzaron sobre una rama gruesa hasta encontrsr el punto donde el fruto colgaba, pesado y tenso, sostenido por un entramado de fibras que no parecían dispuestas a romperse sin protestar.
—Hmmm —murmuró masticando una idea tan tentadora como absurda mientras se acercaba a la rama hasta quedar justo bajo ella.
Después, envolvió entre sus manos las fibras de las lianas que pasaban sobre la rama del fruto y comenzó a tirar; primero calculó la resistencia con pequeños tirones: la rama apenas cedió. Aplicó una fuerza más bruta, sintiendo cómo la madera se balanceaba y se doblaba bajo su peso. El fruto se bamboleó, pero se resistió a caer, aferrado a su tallo con una terquedad admiranle.
—Interesante... —volvió a murmurar mientras soltaba la liana y la observaba restallar hacia su posición original con un siseo.
Se llevó la mano al mentón, analizando la estructura sin dejar de mirar a lo alto al tiempo que su estómago apremiaba.
Ahí fue cuando se decidio.
Pues, en lugar de tirar a ciegas, tomó las lianas y las anudó entre sí a la altura de su estómago, creando un punto de anclaje firme. Enredó su brazo derecho y empezó a tirar poco a poco, permitiendo que la planta se adaptara a la presión que ejercía birkiniana. Espero un momento, aún manteniendo la presión y, cuando la vió acomodarse, continuó bajando la rama milímetro a milímetro hasta que, de pronto, el silencio se desgarró con un crack seco.
—Ahora —masculló.
Se hizo a un lado lo justo para que el proyectil vegetal no le aplastara el cráneo. Tiró de nuevo. El crujido se intensificó en lenta agonía y se partió dejando expuestas las fibras que, al final, no resistieron más y fueron vencidas.
A Bai le hubiera gustado ser rápida y evitar así que la fruta golpeara el suelo pero... con un sonido duro y seco rebotó al tiempo que la madera lo golpeaba. Y entonces, plac. Unos restos de liama y savia resbalaron por la rama y cayeron sobre su cabeza, manchándola de un rastro pegajoso.
Se pasó la mano por el cabello, limpiando como pudo aquel rastro de selva y habló.
—Ya me quedo yo con esa —le dijo a Lan, acercándose hacia el botín.
Luego, bajó la mirada para sacudirse la suciedad y tomó la fruta con delicadeza. La observó un instante, rotándola para verla bien y, al final, clavó sus uñas en ella y separar la piel de la carne.
—Perdona... Es que tengo mucha hambre — comentó tomando parte de la carne jugosa y llevándosela a la boca. —Ahora te bajo una para ti —añadió dándosela para que se la aguantara.
Y dicho esto se fue hasta otra rama de frutos más pequeños, una que estaba a unos escasos dos metros de su compañera donde, de una sola sentada, caerían dos.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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