30-01-2026, 12:39 AM
No puede hacer más que alzar la ceja ante su reacción, expectante al siguiente paso.
Ha iniciado bien, ¿por qué negarlo? No ha retrocedido el hombre, y por lo mismo la sinvergüenza ha curvado su boca en menos de un pestañeo. Divertido de ver hubiese sido el que se alejase, pero la cercanía solo vuelve el encuentro más entretenido. Podría acortar más la distancia, reducirla hasta volverla cero… La tentación está, solo para un mordisco darle y saborearlo. ¿Por qué no intentarlo?
Obviamente no lo hace, ni lo hará. Hay algo más importante sucediendo, ¿no? Del rostro ajeno su mirada se ha desviado, centrándose en la tela que tan particular se mueve por sí sola… o que parece hacerlo. Curiosa mantiene la mirada, hasta que el pequeño responsable presencia hace. Entonces, la sonrisa se ensancha.
—Demasiado tierno para alguien de tu tipo, si me preguntas —Porque está claro que el hombre no lo haría. Además, llamando a la sinceridad, ¿desde cuándo Yuqi esperaba la pregunta para ofrecer su opinión? —Pero es curioso que sea tan lindo —Genuina suena su sorpresa, al igual que lo parece la leve sorpresa en su perezosa mirada. —Porque tienes unos gustos de mierda.
¿Qué tipo de loco andaba tan campante exhibiendo su cuerpo en pleno frío? Uno que fracturas no poseía, eso seguro. No juzgaba la piel a la vista (¿quién era ella para eso?), sino el escenario… y para ella, el mismo agradable a su cuerpo no le resultaba. Tiritaba, pese a que hacía el vano intento de disimularlo, y la olla que a la distancia alzada se le presentaba como la perfecta fuente de calor.
—¿Qué hace alguien de la Marina por aquí? ¿Cuidando que no se roben el arroz del pueblo? —Un par de pasos hacia atrás, una leve risa; eso es lo que da, antes de que su mirada se dirija al objeto protagonista de toda la escena. —Cualquiera podría hacerlo —Cualquiera como ella, a quien le picaban las manos por colocarlas encima—¿O simplemente perdiendo el tiempo?
Como lo hacían tantos de su facción. No le sorprendería.
Nada tardan sus ojos en volver a la silueta del hombre y delinearla sin algún signo de disimulo. Por el rostro se pasea, luego por su pecho; la curva de sus labios advierte un nuevo acercamiento. Por el paso retrocedido, ahora da dos, ¿o son tres? No vale la pena contarlos cuando el vapor de su aliento se combina con el ajeno.
Imprudente, atrevida.
—Quizá hay algo que no estás viendo, soldado —Suave lo susurra, cada vez más inclinada. Acercarse al oído ajeno es lo que busca, solo para depositar una nueva oración: —Mira más de cerca —Una invitación a algo más íntimo es lo que parece cuando borra la distancia entre ambos cuerpos y la tela de su vestido siente el pecho desnudo. —¿No se mueve muy rara esa olla?
Desequilibrada, al ojo atento. Pero, ¿quién lo está? La algarabía nubla la mirada de todos, desvía la atención de las sogas que vibran de forma extraña. La fémina puede escuchar a lo lejos un crujido que no debe existir. Y tú, Enji, ¿Qué puedes ver? Ignora la calidez del momento y observa atentamente: uno de los nudos cediendo de golpe y la olla inclinándose hacia un costado. Calor emana la olla, ahora también peligro.
Un grito, dos, tres… Todos se unen cuando el contenido se agita violento, la gente más cercana amenazada está, pero el miedo les prohíbe a sus pies retirarse. Así, la cuenta regresiva empieza, más veloz que nunca.
No pienses, querido marine. Solo actúa.
Muévete.
Ha iniciado bien, ¿por qué negarlo? No ha retrocedido el hombre, y por lo mismo la sinvergüenza ha curvado su boca en menos de un pestañeo. Divertido de ver hubiese sido el que se alejase, pero la cercanía solo vuelve el encuentro más entretenido. Podría acortar más la distancia, reducirla hasta volverla cero… La tentación está, solo para un mordisco darle y saborearlo. ¿Por qué no intentarlo?
Obviamente no lo hace, ni lo hará. Hay algo más importante sucediendo, ¿no? Del rostro ajeno su mirada se ha desviado, centrándose en la tela que tan particular se mueve por sí sola… o que parece hacerlo. Curiosa mantiene la mirada, hasta que el pequeño responsable presencia hace. Entonces, la sonrisa se ensancha.
—Demasiado tierno para alguien de tu tipo, si me preguntas —Porque está claro que el hombre no lo haría. Además, llamando a la sinceridad, ¿desde cuándo Yuqi esperaba la pregunta para ofrecer su opinión? —Pero es curioso que sea tan lindo —Genuina suena su sorpresa, al igual que lo parece la leve sorpresa en su perezosa mirada. —Porque tienes unos gustos de mierda.
¿Qué tipo de loco andaba tan campante exhibiendo su cuerpo en pleno frío? Uno que fracturas no poseía, eso seguro. No juzgaba la piel a la vista (¿quién era ella para eso?), sino el escenario… y para ella, el mismo agradable a su cuerpo no le resultaba. Tiritaba, pese a que hacía el vano intento de disimularlo, y la olla que a la distancia alzada se le presentaba como la perfecta fuente de calor.
—¿Qué hace alguien de la Marina por aquí? ¿Cuidando que no se roben el arroz del pueblo? —Un par de pasos hacia atrás, una leve risa; eso es lo que da, antes de que su mirada se dirija al objeto protagonista de toda la escena. —Cualquiera podría hacerlo —Cualquiera como ella, a quien le picaban las manos por colocarlas encima—¿O simplemente perdiendo el tiempo?
Como lo hacían tantos de su facción. No le sorprendería.
Nada tardan sus ojos en volver a la silueta del hombre y delinearla sin algún signo de disimulo. Por el rostro se pasea, luego por su pecho; la curva de sus labios advierte un nuevo acercamiento. Por el paso retrocedido, ahora da dos, ¿o son tres? No vale la pena contarlos cuando el vapor de su aliento se combina con el ajeno.
Imprudente, atrevida.
—Quizá hay algo que no estás viendo, soldado —Suave lo susurra, cada vez más inclinada. Acercarse al oído ajeno es lo que busca, solo para depositar una nueva oración: —Mira más de cerca —Una invitación a algo más íntimo es lo que parece cuando borra la distancia entre ambos cuerpos y la tela de su vestido siente el pecho desnudo. —¿No se mueve muy rara esa olla?
Desequilibrada, al ojo atento. Pero, ¿quién lo está? La algarabía nubla la mirada de todos, desvía la atención de las sogas que vibran de forma extraña. La fémina puede escuchar a lo lejos un crujido que no debe existir. Y tú, Enji, ¿Qué puedes ver? Ignora la calidez del momento y observa atentamente: uno de los nudos cediendo de golpe y la olla inclinándose hacia un costado. Calor emana la olla, ahora también peligro.
Un grito, dos, tres… Todos se unen cuando el contenido se agita violento, la gente más cercana amenazada está, pero el miedo les prohíbe a sus pies retirarse. Así, la cuenta regresiva empieza, más veloz que nunca.
No pienses, querido marine. Solo actúa.
Muévete.
