28-01-2026, 02:41 PM
En los primeros instantes, no había sido capaz de discernir qué estaba ocurriendo. En un principio, por el temor a que aquella mujer enorme que se encontraba frente a mi resultase ser un nuevo enemigo. Más tarde, por la fascinación que desde siempre me ha envuelto cuando encuentro gente con la que poder debatir acerca de historia o leyendas, o al menos gente a la que le interese. Escuché con atención las palabras de la mujer, la cual se mostraba desconcertada en un principio. Me resultó llamativo el hecho de que alguien que me doblaba la altura pudiese dar esa sensación de fragilidad. No era por su aspecto, ni mucho menos; la mujer parecía ser una guerrera fuerte y temible. Sin embargo, había algo en ella que la hacía parecer desubicada, como si algo en la situación la tuviese por completo desconcertada.
Su voz pareció estar a punto de quebrarse. Entonces, se inclinó hacia mi, o más bien hacia mi libro y comenzó a hablar. Comentaba acerca del libro. Cada vez estaba más cerca. Mi cuerpo se volvió a tensar, no por el miedo a un ataque, pues ya había descartado que aquello fuese a acabar así, sino por aquella invasión de mi espacio vital. Nunca me había agradado que alguien se pegase a mi. El contacto físico era algo que prefería esquivar. Sin embargo, mantuve mi postura para que ella pudiera revisar aquel volumen. Y entonces, al atender de nuevo a sus palabras, fue cuando se destapó ante mi lo extraño que había oculto en aquella situación. No podía entender lo que ponía en el libro. ¿Acaso desconocía la lengua que se hablaba a lo largo y ancho de los mares? Debía ser eso, pues alguien que no fuese capaz de leer no tendría esa fascinación por un libro. Además, parecía conocerlo.
«Tratado histórico de la era antigua», así decía llamarse para ella aquel volumen de «Leyendas del viejo mundo». Parecía que el libro que ella conocía estaba escrito en dos idiomas. Oí con atención sus siguientes palabras. Unas palabras que me hicieron correr las emociones por dentro. Por un lado, la emoción de poder compartir tiempo con alguien que venía de un mundo tan distinto, alguien que pudiese darme relatos de primera mano sobre otros reinos. Había muchas cosas que me gustaría preguntarle; ¿Eran ciertas las leyendas sobre las islas del cielo? ¿Acaso había existido alguna vez el palacio rubí? ¿Y la isla de la noche? Un sinfín de cuestiones que no atinaron a salir, pues había otra sensación que inundó mi cuerpo. Aquella mujer no podría comunicarse con nadie. Yo nunca había coincidido con otra persona que supiese hablar esa lengua desde los ancianos de mi pueblo natal. Debía ser terrible vagar por el mundo sin poder entenderte con nadie. Algo así como ser presa, como estar encerrada en tu propio cuerpo, en tu propia mente.
No me atreví a cortar su discurso, pues no sabía cuanto tiempo habría pasado desde la ultima vez que pudo dar su opinión sobre algo. Bueno, dar su opinión y que la entendiese alguien. Me sentí identificado a que ella también se viese limitada a leer una y otra vez las mismas obras, pues desde que habíamos salido de Samba, no había conseguido nuevos ejemplares para mi colección. Por suerte para mi, con los años había podido reunir una buena cantidad de ellos, que ahora podía llevar a todas partes a bordo del Crimson.
Me dijo su nombre, Bai. Y se inclinó hacia mi, hasta posar sus labios sobre mi mejilla. Un gesto que usaban en muchas culturas para relacionarse, para dejar a un lado las barreras del desconocimiento y poner el primer ladrillo de una amistad. No pude evitar estremecerme. Tan solo un instante. Más por la extrañeza al contacto físico que por temor. Se alejó de mi. Mis dedos se dirigieron a mi mejilla, no se bien si fue para borrar el rastro del contacto o para retenerlo, pues apenas recordaba el tacto de un gesto de afecto.
—El placer es todo mío —correspondí a su saludo agarrando el ala de mi sombrero e inclinando la cabeza en señal de respeto— Yo me llamo Varo. Yo me llamo Varo —repetí en la lengua común, como última comprobación para ver que no la entendía—. Ya veo. Entonces no puedes hablar la lengua común. Debe ser difícil navegar por estos mares sin poder comunicarte con nadie. Yo... también sé lo que es sentirse solo.
Llevé una mano a mi pecho para sentir mi colgante. Lo apreté ligeramente.
—Tal vez yo pueda ayudarte en algo. Cuéntame. ¿De dónde vienes? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Me agaché para revisar la comida. Tomé una de las mazorcas, soplé con cuidado para quitar las briznas de polvo y ceniza que la habían cubierto. En ocasiones, basta con adecentar la superficie para evadir un problema. Y tal vez eso estaba intentando hacer con mis preguntas. Había pensado que con un poco de conversación, aquella mujer vería resueltos sus problemas. Sin embargo, eso no atacaba la raíz. Si solo manteníamos un rato de charla, cuando cada uno retomase su camino su situación no sería para nada distinta. Seguiría teniendo los mismos problemas para conseguir cualquier cosa, para hacerse entender. Tal vez para una guerrera bastase con eso pero... No, ni siquiera el más bravo de los guerreros podría sobrevivir sin hablar con nadie. ¿Pero qué podía hacer yo? No era ningún maestro; nunca había tenido ningún alumno. Bien es cierto, que nadie se había parado a escucharme mucho a lo largo de mi vida.
—Tal vez yo... —comencé, levantando mi rodilla del suelo— Podría intentar enseñarte algo. Algunas palabras o frases que te sean de ayuda. Algo como carne, o tal vez maíz —dije señalando la comida a la vez que decía sus nombres en la lengua común—. Lo importante es tener las necesidades cubiertas, ¿verdad?
Una idea atravesó mi mente de manera fugaz.
—¡Ya lo tengo! Ya sé cuál debe ser la primera palabra que aprendas —alcé el volumen que aún tenía bajo mi brazo y hablé lento y marcando las sílabas—. Libro.
Nunca imaginé que aquella nueva isla me fuese a traer un nuevo propósito.
Su voz pareció estar a punto de quebrarse. Entonces, se inclinó hacia mi, o más bien hacia mi libro y comenzó a hablar. Comentaba acerca del libro. Cada vez estaba más cerca. Mi cuerpo se volvió a tensar, no por el miedo a un ataque, pues ya había descartado que aquello fuese a acabar así, sino por aquella invasión de mi espacio vital. Nunca me había agradado que alguien se pegase a mi. El contacto físico era algo que prefería esquivar. Sin embargo, mantuve mi postura para que ella pudiera revisar aquel volumen. Y entonces, al atender de nuevo a sus palabras, fue cuando se destapó ante mi lo extraño que había oculto en aquella situación. No podía entender lo que ponía en el libro. ¿Acaso desconocía la lengua que se hablaba a lo largo y ancho de los mares? Debía ser eso, pues alguien que no fuese capaz de leer no tendría esa fascinación por un libro. Además, parecía conocerlo.
«Tratado histórico de la era antigua», así decía llamarse para ella aquel volumen de «Leyendas del viejo mundo». Parecía que el libro que ella conocía estaba escrito en dos idiomas. Oí con atención sus siguientes palabras. Unas palabras que me hicieron correr las emociones por dentro. Por un lado, la emoción de poder compartir tiempo con alguien que venía de un mundo tan distinto, alguien que pudiese darme relatos de primera mano sobre otros reinos. Había muchas cosas que me gustaría preguntarle; ¿Eran ciertas las leyendas sobre las islas del cielo? ¿Acaso había existido alguna vez el palacio rubí? ¿Y la isla de la noche? Un sinfín de cuestiones que no atinaron a salir, pues había otra sensación que inundó mi cuerpo. Aquella mujer no podría comunicarse con nadie. Yo nunca había coincidido con otra persona que supiese hablar esa lengua desde los ancianos de mi pueblo natal. Debía ser terrible vagar por el mundo sin poder entenderte con nadie. Algo así como ser presa, como estar encerrada en tu propio cuerpo, en tu propia mente.
No me atreví a cortar su discurso, pues no sabía cuanto tiempo habría pasado desde la ultima vez que pudo dar su opinión sobre algo. Bueno, dar su opinión y que la entendiese alguien. Me sentí identificado a que ella también se viese limitada a leer una y otra vez las mismas obras, pues desde que habíamos salido de Samba, no había conseguido nuevos ejemplares para mi colección. Por suerte para mi, con los años había podido reunir una buena cantidad de ellos, que ahora podía llevar a todas partes a bordo del Crimson.
Me dijo su nombre, Bai. Y se inclinó hacia mi, hasta posar sus labios sobre mi mejilla. Un gesto que usaban en muchas culturas para relacionarse, para dejar a un lado las barreras del desconocimiento y poner el primer ladrillo de una amistad. No pude evitar estremecerme. Tan solo un instante. Más por la extrañeza al contacto físico que por temor. Se alejó de mi. Mis dedos se dirigieron a mi mejilla, no se bien si fue para borrar el rastro del contacto o para retenerlo, pues apenas recordaba el tacto de un gesto de afecto.
—El placer es todo mío —correspondí a su saludo agarrando el ala de mi sombrero e inclinando la cabeza en señal de respeto— Yo me llamo Varo. Yo me llamo Varo —repetí en la lengua común, como última comprobación para ver que no la entendía—. Ya veo. Entonces no puedes hablar la lengua común. Debe ser difícil navegar por estos mares sin poder comunicarte con nadie. Yo... también sé lo que es sentirse solo.
Llevé una mano a mi pecho para sentir mi colgante. Lo apreté ligeramente.
—Tal vez yo pueda ayudarte en algo. Cuéntame. ¿De dónde vienes? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Me agaché para revisar la comida. Tomé una de las mazorcas, soplé con cuidado para quitar las briznas de polvo y ceniza que la habían cubierto. En ocasiones, basta con adecentar la superficie para evadir un problema. Y tal vez eso estaba intentando hacer con mis preguntas. Había pensado que con un poco de conversación, aquella mujer vería resueltos sus problemas. Sin embargo, eso no atacaba la raíz. Si solo manteníamos un rato de charla, cuando cada uno retomase su camino su situación no sería para nada distinta. Seguiría teniendo los mismos problemas para conseguir cualquier cosa, para hacerse entender. Tal vez para una guerrera bastase con eso pero... No, ni siquiera el más bravo de los guerreros podría sobrevivir sin hablar con nadie. ¿Pero qué podía hacer yo? No era ningún maestro; nunca había tenido ningún alumno. Bien es cierto, que nadie se había parado a escucharme mucho a lo largo de mi vida.
—Tal vez yo... —comencé, levantando mi rodilla del suelo— Podría intentar enseñarte algo. Algunas palabras o frases que te sean de ayuda. Algo como carne, o tal vez maíz —dije señalando la comida a la vez que decía sus nombres en la lengua común—. Lo importante es tener las necesidades cubiertas, ¿verdad?
Una idea atravesó mi mente de manera fugaz.
—¡Ya lo tengo! Ya sé cuál debe ser la primera palabra que aprendas —alcé el volumen que aún tenía bajo mi brazo y hablé lento y marcando las sílabas—. Libro.
Nunca imaginé que aquella nueva isla me fuese a traer un nuevo propósito.
