Bones observó a la chica con el ojo clínico que había afinado en los peores lugares posibles. No era solo una luchadora más: en ella veía una salida, una oportunidad concreta para liberarse de las deudas que lo mantenían encadenado al inframundo. Su cuerpo, duro y definido, era el resultado de años de trabajo intenso, de golpes recibidos y devueltos, de una disciplina que no se improvisa. Aquella complexión no pertenecía a una novata; le recordaba más bien a un veterano gato callejero, alguien que había sobrevivido demasiado tiempo como para no saber morder cuando era necesario.
Al médico brujo no se le escapaban esos detalles. Sabía exactamente a quién ofrecerle oportunidades y a quién no, especialmente cuando se trataba de peleas cruentas en celdas sin nombre, donde el error más pequeño se pagaba con sangre. Después de todo, fue en un lugar como ese donde se había ganado su posición como doctor personal de aquel mafioso. No por talento académico, sino por saber coser carne rota bajo presión y guardar silencio cuando convenía.
—Soy médico brujo —dijo con tranquilidad—, aunque puedo jurarle que hago mi trabajo a la perfección.
El resto de la conversación con Montana fluyó con una naturalidad incómoda. Las cláusulas y los acuerdos de la lucha de Maki se establecieron sin rodeos: porcentajes, condiciones, silencios obligatorios. Nada que no pudiera resolverse con un apretón de manos y miradas cargadas de segundas intenciones. Antes de dirigirse a los vestidores, Bones fue el primero en abandonar la sala.
Al salir, un extraño déjà vu lo asaltó sin previo aviso. Por momentos, el rostro de Maki se superponía con el de alguien más, alguien de su pasado que su mente se negaba a enfocar del todo. La sensación fue breve, pero persistente, como un eco que se resiste a desaparecer.
Mientras avanzaba por el pasillo, aún atrapado en esos recuerdos difusos, sintió de pronto unas manos posarse sobre su hombro. Reaccionó al instante. Su cuerpo se movió antes que su mente: giró, bloqueó y adoptó una postura defensiva que dejaba claro que no estaba tan oxidado como aparentaba. La acción confirmó lo que había dicho antes: su participación en aquel torneo no era solo una formalidad, y su aspiración a convertirse en médico oficial del circuito no era un delirio. Aun así, quedó en una posición incómoda, atrapado entre la fuerza de Maki y el estrecho margen que tenía para maniobrar.
—Vaya —dijo, sin perder la calma pese a la presión del agarre—, al parecer eres tú la que no entiende cómo funciona todo en el bajo mundo, Maki.
Ella era rápida, mucho más de lo que había anticipado. Sin embargo, en ese momento Bones no tenía ninguna intención de escalar el conflicto. No allí.
—Aquí todo tiene un precio que sí o sí se tiene que pagar —continuó—. Todos están en deuda con alguien. Yo no soy la excepción, y necesito saldar la mía.
Al decirlo, la imagen de una chica de su pasado cruzó su mente. Una sonrisa borrosa, atrapada entre recuerdos incompletos y emociones mal enterradas. No sabía por qué ese déjà vu insistía en aparecer al mirar a Maki, pero le resultaba inquietante.
El moreno giró la cabeza, invitándola a mirar el coliseo improvisado que se abría ante ellos. Gritos, apuestas, el olor metálico de la sangre mezclado con sudor y euforia. Aquello era el verdadero corazón del lugar.
—¿Acaso te he mentido sobre este lugar? —preguntó—. Te traje a un sitio que sabía que te agradaría conocer. Un paraíso para quienes viven de esto. Ahora bien, si te sientes estafada con lo que te prometí a cambio de apostar unos cuantos dólares a tu favor para que llegues a la final —admitió sin vergüenza— todavía estás a tiempo de no pelear y volver a robar cafés calientes a chicas desprevenidas en la calle.
Sabía que sonaba cruel, pero en los barrios bajos los tratos nunca se sellan con palabras limpias. Justo entonces, los tambores comenzaron a retumbar, llamando a los nuevos contendientes. El ruido atravesó el aire como un aviso inevitable.
El momento había llegado.
Todo dependía de Maki.
—¿Y bien? —dijo finalmente—. Es tu decisión si aceptas las condiciones.
Al médico brujo no se le escapaban esos detalles. Sabía exactamente a quién ofrecerle oportunidades y a quién no, especialmente cuando se trataba de peleas cruentas en celdas sin nombre, donde el error más pequeño se pagaba con sangre. Después de todo, fue en un lugar como ese donde se había ganado su posición como doctor personal de aquel mafioso. No por talento académico, sino por saber coser carne rota bajo presión y guardar silencio cuando convenía.
—Soy médico brujo —dijo con tranquilidad—, aunque puedo jurarle que hago mi trabajo a la perfección.
El resto de la conversación con Montana fluyó con una naturalidad incómoda. Las cláusulas y los acuerdos de la lucha de Maki se establecieron sin rodeos: porcentajes, condiciones, silencios obligatorios. Nada que no pudiera resolverse con un apretón de manos y miradas cargadas de segundas intenciones. Antes de dirigirse a los vestidores, Bones fue el primero en abandonar la sala.
Al salir, un extraño déjà vu lo asaltó sin previo aviso. Por momentos, el rostro de Maki se superponía con el de alguien más, alguien de su pasado que su mente se negaba a enfocar del todo. La sensación fue breve, pero persistente, como un eco que se resiste a desaparecer.
Mientras avanzaba por el pasillo, aún atrapado en esos recuerdos difusos, sintió de pronto unas manos posarse sobre su hombro. Reaccionó al instante. Su cuerpo se movió antes que su mente: giró, bloqueó y adoptó una postura defensiva que dejaba claro que no estaba tan oxidado como aparentaba. La acción confirmó lo que había dicho antes: su participación en aquel torneo no era solo una formalidad, y su aspiración a convertirse en médico oficial del circuito no era un delirio. Aun así, quedó en una posición incómoda, atrapado entre la fuerza de Maki y el estrecho margen que tenía para maniobrar.
—Vaya —dijo, sin perder la calma pese a la presión del agarre—, al parecer eres tú la que no entiende cómo funciona todo en el bajo mundo, Maki.
Ella era rápida, mucho más de lo que había anticipado. Sin embargo, en ese momento Bones no tenía ninguna intención de escalar el conflicto. No allí.
—Aquí todo tiene un precio que sí o sí se tiene que pagar —continuó—. Todos están en deuda con alguien. Yo no soy la excepción, y necesito saldar la mía.
Al decirlo, la imagen de una chica de su pasado cruzó su mente. Una sonrisa borrosa, atrapada entre recuerdos incompletos y emociones mal enterradas. No sabía por qué ese déjà vu insistía en aparecer al mirar a Maki, pero le resultaba inquietante.
El moreno giró la cabeza, invitándola a mirar el coliseo improvisado que se abría ante ellos. Gritos, apuestas, el olor metálico de la sangre mezclado con sudor y euforia. Aquello era el verdadero corazón del lugar.
—¿Acaso te he mentido sobre este lugar? —preguntó—. Te traje a un sitio que sabía que te agradaría conocer. Un paraíso para quienes viven de esto. Ahora bien, si te sientes estafada con lo que te prometí a cambio de apostar unos cuantos dólares a tu favor para que llegues a la final —admitió sin vergüenza— todavía estás a tiempo de no pelear y volver a robar cafés calientes a chicas desprevenidas en la calle.
Sabía que sonaba cruel, pero en los barrios bajos los tratos nunca se sellan con palabras limpias. Justo entonces, los tambores comenzaron a retumbar, llamando a los nuevos contendientes. El ruido atravesó el aire como un aviso inevitable.
El momento había llegado.
Todo dependía de Maki.
—¿Y bien? —dijo finalmente—. Es tu decisión si aceptas las condiciones.
