25-01-2026, 11:30 PM
La escuché decir unas palabras raras salir de esa boquita tan bonita que tiene, palabras que no había escuchado antes, no formaban parte de mi conocimiento, las monjas no hablan de eso, ni se nombraban en los rezos, “novia” era un concepto nuevo en este lugar viejo de creencias que son de miles de años, supongo. El espacio se sentía más grande ahora que me separé de ella, podía caminar tranquilamente por la iglesia, quería respirar sin sentir su aroma ni presencia tan encima, lo justo como para tomar distancia sin que se notara que estaba huyendo del todo, porque pensé que la muchacha quería pelea.
Avancé con mis tacones que hacían eco con los pasos dentro de la iglesia, dirigiéndome hacia la mesa que estaba llena de decoraciones con esas piedras de lujo, pulidas que brillaban incluso bajo las sombras, estaban ordenadas por tamaño, y tenían forma de jarrones altos, flacos. Cada uno de ellos significaba algo, tenian un nombre, pero no sabía si eso era verdad y ni siquiera es que conozca de qué trata la religión de esta iglesia, no tenía idea de nada, pero la muchacha no tiene por qué saberlo. Es mejor que se crea todo lo que le diga.
Mientras caminaba, la túnica toda rasgada rozaba mis piernas y el aire frío del ambiente me las enfriaba, agradeciendo esa exquisita corriente de aire para calmar la tensión. De repente me detuve, porque la pelirroja volvió a cruzarse en mi camino, y fue imposible no sorprenderme “¿Miau?” Pensé, soltando una sonrisa que no fue consciente, fue una reacción incrédula y de diversión ante su insistencia. La observé con atención, notando como su postura era diferente.
—Muchacha, estás justo por donde quería pasar, pero tu… disculpa, me parece que es… linda— dije señalando con la mirada apenas el espacio que ocupada. Iba a decir “prudente”, pero la palabra “linda” se me formo en la mente, estaba ahí, lista para salir. —Sí, linda… No es una palabra que usara seguido para describir a alguien con actitudes tan extrañas, que hace no mucho, antes me había acorralado. Pero… no me incomodas, para nada.— Continué, mi voz fue suave, menos defensiva. —Estaba a gusto escuchando tu… Miau lo que sea que fuese lo que me estabas contando sobre tu… nova… digo n-noia…— Me trabé con la palabra, la intenté repetir, pero no me salía para nada bien, no encajaba en mi boca. Y abandoné el intento —Eso nunca lo había escuchando antes… Miau. Si no estas por amor, ¿qué necesitas, pequeña… Miau?—
Mis ojos recorrieron cada rasgo de su rostro con más calma que antes. Sus lineas suaves, la expresión sin arrugas, su seriedad, no importaba su altura si se notaba que era más joven que yo. —¿Cuantos años tienes, pequeña muchacha? Miau—.La vi ahí parada, con una expresión menos severa. Luego me quedé pensando de que si tal vez… si le respondo a sus preguntas no vaya a pasar nada, tal vez esto no tenga que convertirse en un conflicto.
—Miau. No olvidaré tu nombre si me vienes a visitar todos los días… pero… Sí… me quiero ir. Es lo que quiero, me gustaría tomar mis cosas y dejar todo porque… debo volver a mi hogar— Le confesé con un tono de voz bajo. Sin embargo no tenía ninguna pertenencia que recordara importante, lo importante eran mis guantes, lo demás, como la ropa, la comida no era algo que me tenía que preocupar, porque la iglesia me lo daba. Resoplé mi cabello rubio que suele estar chascón frente a mi cara, el mechón me estaba molestando un ojo y cuando le tiré el vientecito se movió muy poco, se fue arriba y volvió a caer, rebelde como siempre. La vista no se me despejó.
