25-01-2026, 07:29 PM
La nieve... La nieve no pesa, pero cuando Zhang lo deseaba, esta misma podía pesar más que los recuerdos. Tras una brisa helada que cambió el entorno con su presencia, aquellos copos blancos terminaban de arremolinarse sobre la nuca de aquella bestia, quien parecía más tranquila de lo esperado... Zhang era bueno con los animales; era algo que no entendía aún del todo, pero le había salvado el rabo muchas veces atrás.
El viejo mink soltó el aire que había estado conteniendo una vez terminó de materializarse. Sintió bajo sus piernas la piel rugosa del animal; ya no parecía molesto, ahora su cuerpo emanaba una sensación cálida y viva, una montaña de músculos que respiraba tranquila, depositando aquel sufrimiento sobre los viejos brazos de aquel médico errante.
—Hmmm... pronto estarás mejor —le dijo Zhang tranquilo, y antes de arrancarle el sufrimiento, le dio una pequeña caricia con su mano, intentando calmarle aún más.
—Hmmm... así me gusta, tranquilo —susurró Zhang. El T-Rex no se sacudió. Aceptó el peso del burro como si entendiera lo que estaba a punto de suceder. Zhang, con su oído atento, escuchó el cambio en el corazón de la bestia: ese tambor frenético había dado paso a un ritmo lento, como las olas de un mar tranquilo.
Pero el trabajo no estaba terminado. El collar seguía allí.
—Bueno, joven, vamos a quitarte esta cosa tan fea —murmuró el mink, acomodándose mejor sobre aquel gigantesco cuello. El burro posó su mano sobre la piedra caliente que "decoraba" el collar; su frío sonó al contacto con aquello, y de forma natural, comenzó a utilizar el poder de su Fruta. El frío bajó por su brazo y aquella escarcha cubrió el collar rápidamente; esperaba que se volviese más frágil.
—Fresco... ya casi —dijo, usando esa palabra que en su tierra significaba tanto "frío" como "tranquilidad".
Luego, usando la fuerza de sus brazos, finalmente sonó. ¡CRAC!
No necesitó fuerza bruta desmedida, solo necesitó golpear el punto adecuado. El sonido fue cristalino, como si el invierno mismo se hubiera partido en dos. Los fragmentos de hueso y piedra saltaron al aire, convertidos en los restos del mal del hombre y del sufrimiento de la bestia, que ahora inofensivos cayeron sobre la maleza.
El T-Rex se estremeció; una onda de satisfacción hizo que temblara todo su cuerpo, y entonces soltó un sonido que no fue un rugido de guerra. Era el sonido de alguien que respira aire limpio por primera vez en siglos. Zhang, agarrado al cuerpo del dinosaurio, sonrió alegre con todas sus fuerzas; era como un relincho contenido que intentaba salirse de su cuerpo. El viejo le dio un par de palmadas al dinosaurio, felicitándolo por escapar de aquellas fuerzas malignas.
—Eso es... grítale a todos que ya no tienes dueño —pensó el ermitaño en voz alta, observando cómo el monolito, allá abajo, se apagaba... Eso esperaba; esto no podía volver a suceder.
Cuando la "bestia" bajó la cabeza, el silencio regresó a Little Garden. El T-Rex giró su enorme cuello, y su ojo, por un instante, se fijó en el pequeño ser que aún estaba en su lomo. Zhang le devolvió la mirada con su único ojo bueno. No hicieron falta palabras. En el mundo de las bestias, el respeto era diferente al de los humanos.
—Vete. La selva te espera —le dijo Zhang, dándole una última palmada en la piel dura—. Y trata de no meterte en más líos... y no te comas a ningún amigo.
El dinosaurio, con pasos que hacían temblar la tierra, se dio la vuelta y se internó en la espesura. El viejo burro se dejó caer suavemente al suelo, aterrizando con un leve tropiezo... Y al retomar el equilibrio, golpeó el suelo con su pierna izquierda. Pum. Mientras soltaba un rebuzno al viento... Eso había salido muy bien.
—Hmmm... —resopló, mirando hacia donde la bestia había desaparecido.
Se ajustó el bolso de medicinas y sonrió. La selva respiraba tranquila de nuevo. Zhang comenzó a girar sobre ese mismo lugar, intentando entender en medio de qué sitio había terminado aquel día. Y el monolito, aunque apagado, aún se veía imponente. Zhang comenzó a acercarse a la piedra negra, y con la curiosidad innata que le caracterizaba, quería ver de qué se trataba con su propio ojo.
La vida parecía haber retornado al lugar, y no quería nada inesperado. Sus orejas se encontraban alertas a cualquier movimiento. Zhang se acercaría a aquella roca, intentando ver de qué se trataba, y de ser necesario acabaría con ella de una vez por todas... Pero era difícil acabar con algo con tanta historia; Bai acabaría con el burro si no la llevaba, ahora se encontraba en un dilema. Se quedó allí, a un par de metros del monolito, intentando encontrar la respuesta adecuada.
El viejo mink soltó el aire que había estado conteniendo una vez terminó de materializarse. Sintió bajo sus piernas la piel rugosa del animal; ya no parecía molesto, ahora su cuerpo emanaba una sensación cálida y viva, una montaña de músculos que respiraba tranquila, depositando aquel sufrimiento sobre los viejos brazos de aquel médico errante.
—Hmmm... pronto estarás mejor —le dijo Zhang tranquilo, y antes de arrancarle el sufrimiento, le dio una pequeña caricia con su mano, intentando calmarle aún más.
—Hmmm... así me gusta, tranquilo —susurró Zhang. El T-Rex no se sacudió. Aceptó el peso del burro como si entendiera lo que estaba a punto de suceder. Zhang, con su oído atento, escuchó el cambio en el corazón de la bestia: ese tambor frenético había dado paso a un ritmo lento, como las olas de un mar tranquilo.
Pero el trabajo no estaba terminado. El collar seguía allí.
—Bueno, joven, vamos a quitarte esta cosa tan fea —murmuró el mink, acomodándose mejor sobre aquel gigantesco cuello. El burro posó su mano sobre la piedra caliente que "decoraba" el collar; su frío sonó al contacto con aquello, y de forma natural, comenzó a utilizar el poder de su Fruta. El frío bajó por su brazo y aquella escarcha cubrió el collar rápidamente; esperaba que se volviese más frágil.
—Fresco... ya casi —dijo, usando esa palabra que en su tierra significaba tanto "frío" como "tranquilidad".
Luego, usando la fuerza de sus brazos, finalmente sonó. ¡CRAC!
No necesitó fuerza bruta desmedida, solo necesitó golpear el punto adecuado. El sonido fue cristalino, como si el invierno mismo se hubiera partido en dos. Los fragmentos de hueso y piedra saltaron al aire, convertidos en los restos del mal del hombre y del sufrimiento de la bestia, que ahora inofensivos cayeron sobre la maleza.
El T-Rex se estremeció; una onda de satisfacción hizo que temblara todo su cuerpo, y entonces soltó un sonido que no fue un rugido de guerra. Era el sonido de alguien que respira aire limpio por primera vez en siglos. Zhang, agarrado al cuerpo del dinosaurio, sonrió alegre con todas sus fuerzas; era como un relincho contenido que intentaba salirse de su cuerpo. El viejo le dio un par de palmadas al dinosaurio, felicitándolo por escapar de aquellas fuerzas malignas.
—Eso es... grítale a todos que ya no tienes dueño —pensó el ermitaño en voz alta, observando cómo el monolito, allá abajo, se apagaba... Eso esperaba; esto no podía volver a suceder.
Cuando la "bestia" bajó la cabeza, el silencio regresó a Little Garden. El T-Rex giró su enorme cuello, y su ojo, por un instante, se fijó en el pequeño ser que aún estaba en su lomo. Zhang le devolvió la mirada con su único ojo bueno. No hicieron falta palabras. En el mundo de las bestias, el respeto era diferente al de los humanos.
—Vete. La selva te espera —le dijo Zhang, dándole una última palmada en la piel dura—. Y trata de no meterte en más líos... y no te comas a ningún amigo.
El dinosaurio, con pasos que hacían temblar la tierra, se dio la vuelta y se internó en la espesura. El viejo burro se dejó caer suavemente al suelo, aterrizando con un leve tropiezo... Y al retomar el equilibrio, golpeó el suelo con su pierna izquierda. Pum. Mientras soltaba un rebuzno al viento... Eso había salido muy bien.
—Hmmm... —resopló, mirando hacia donde la bestia había desaparecido.
Se ajustó el bolso de medicinas y sonrió. La selva respiraba tranquila de nuevo. Zhang comenzó a girar sobre ese mismo lugar, intentando entender en medio de qué sitio había terminado aquel día. Y el monolito, aunque apagado, aún se veía imponente. Zhang comenzó a acercarse a la piedra negra, y con la curiosidad innata que le caracterizaba, quería ver de qué se trataba con su propio ojo.
La vida parecía haber retornado al lugar, y no quería nada inesperado. Sus orejas se encontraban alertas a cualquier movimiento. Zhang se acercaría a aquella roca, intentando ver de qué se trataba, y de ser necesario acabaría con ella de una vez por todas... Pero era difícil acabar con algo con tanta historia; Bai acabaría con el burro si no la llevaba, ahora se encontraba en un dilema. Se quedó allí, a un par de metros del monolito, intentando encontrar la respuesta adecuada.
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Técnicas
Akuma
Gasto
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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