25-01-2026, 05:04 AM
(Última modificación: 25-01-2026, 05:04 AM por Voz Seductora.)
Inimaginable sería el término a la hora de esperar lo acontecido en esta parte de Rocky Port. Algo que, a priori, simplemente iba a ser una incursión más de los temerarios Mushoku, se había convertido en un intercambio de golpes y acciones que hacían que los cimientos de lo establecido se tambaleasen con cada impacto, que cada verdad se viera comprometida y que cada revelación sacudiese el momento. El destino trenzó los hilos de dos grandes guerreros, que compartían el inicio de uno con el final de otro, y cuya historia había estado siempre relacionada sin saberlo. Así, Quetzalli conoció un poco más de la verdad de su pasado y gracias a su minúsculo amigo Korg, este pudo poner un clavo nuevo sobre la escalera que construía su propio camino hacia la cima... o hacia donde fuera a ser deparado. Todo en este lugar rezumaba la epicidad que sólo perciben aquellos que saben que han sido tocados por un dedo de la fortuna.
El cuerpo de Ugama yacía en el suelo de Hachinosu, con el pecho humeante por el último impacto de Quetzalli mientras este se equipaba con la indumentaria de su rival y Korg hurgaba buscando beneficios, mientras hordas de piratas que habían observado en la distancia el transcurso y la resolución de este combate. Estaban petrificados, ya que conocían perfectamente la fuerza de Ugama y su forma de actuar y estaban seguros con su aparición que los problemas en la isla iban a terminar en ese instante. Estaban completamente seguros y confiados en la fuerza del Segundo al Mando de los Piratas Mittsuami, pero había perdido. Había sido derrotado por esos dos chiquillo - aun con la cara que tenía Korg - y a ojos de los más lejanos y dado el tamaño del tontatta, había sido derrotado por el luchador alado. El silencio se apoderó de ellos, y el caos pasó a ser la calma, sólo siendo interrumpido por el estruendo de dos cuerpos cayendo al suelo, algunos metros en la distancia. Al lado opuesto también separado de ellos, el cuerpo de Artur yacía, bajo algunas piedras y sólo era visible su brazo y parte de su cabeza.
Algunos huyeron, corrieron para replegarse en la calavera de la isla, presos ante la impresión de ver derribado a aquel coloso al que consideraban invencible, y otros simplemente permanecieron allí, perplejos, en silencio, observando la situación... y los que permanecieron presentes, lanzaron sus armas al suelo y se rindieron.
~Una hora después~
El ruido de la gente hablando y del caos organizado en la ciudad era evidente. Una parte de las hordas pertenecientes a los piratas Mittsuami se había replegado en la base central, la calavera de la isla, y otra parte se había rendido ante la aparición de los Mushoku y su demostración bélica sin parangón. Estaban rodeando los cuerpos de los que habían venido a imponer su fuerza, pero no de forma hostil, si no como el ejército que camina contigo, que permanece a tu lado, y que lucha junto a ti: Los Mushoku habían ganado un ejército y habían puesto de su parte a aproximadamente el treinta por ciento de las tropas restantes en este punto del conflicto.
Durante esta hora, nuestros protagonistas habían podido descansar, recuperarse, reunirse, asimilar lo aprendido y volverse más fuertes y desde luego habían terminado de granjearse la confianza y apoyo de aquellos maleantes: Hombres y mujeres que veían innecesario morir contra alguien que era capaz de derrotar a miembros del alto mando de Shinju. Hombres y mujeres que veían la oportunidad de unirse a ellos para, con esperanza de ayudar en su conquista traer consigo la oportunidad de un futuro mejor bajo otra bandera.
Y precisamente por esa determinación, por ese vuelco de la situación en la que optaron por bajar las armas y unirse al bando que consideraban con la oportunidad de vencer, fue realmente extraño lo que sucedió a continuación.
El cielo se ensombreció por completo durante cinco segundos. Una gigantesca mole de oscuridad privó la luz sobre la tierra y las costas del Rocky Port y los lugares aledaños, ocultando el sol sin piedad, y para cuando este volvió a brillar, los soldados y maleantes que desertaban de los Piratas Mittsuami comenzaron a mirar al cielo aterrados, encogidos y temblorosos. Una fuerte explosión de viento sacudió el lugar, siguiendo aquella sombra un par de segundos tarde, alzando el polvo y la tierra presentes y trayendo consigo un mal presagio, junto con el zumbido seco de un aleteo, pero tan tosco y ensordecedor que era imposible pensar que hubiera algo con la fuerza suficiente para batir sus alas de tal forma.
Los soldados comenzaron a dispersarse y a huir en todas direcciones, buscando salir del lugar.
Sabían que él había llegado.
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