Presente Absoluto / T9 - Social Piratismo
#17
Ugo Xabecs

La sorpresa me golpeó con la misma fuerza que el silencio que siguió a mis ataques, un silencio pesado, insolente, casi burlón, porque después de descargar una cadena de cortes que habrían hecho retroceder a un acorazado entero, la Vicealmirante Karl apenas mostró algo más que un leve cambio en su respiración. Sentí cómo se me tensaban los músculos del antebrazo al aferrar con más fuerza el sable que porto desde que decidí que la historia también podía escribirse a filo de acero, y con la zurda extendida la señalé sin titubeos, apuntando directo a ese cuerpo gigantesco de oni alado que se alzaba frente a mí como una blasfemia viviente del Gobierno Mundial. -¡RÍNDETE, MALDITO PÁJARO CON ALAS! ¡EL SOCIAL PIRATISMO TE APLACARÁ CON FUERZA Y NO PODRÉIS HACER NADA!- Rugí, no solo para intimidarla, sino para recordarme a mí mismo quién demonios era yo en medio de ese caos. En ese instante expandí mi haki de observación hasta 15 metros, dejando que mi mente se abriera como una red invisible que capturaba intenciones, impulsos y microdecisiones; sentí su presencia como un bloque de hierro ardiente, una voluntad afilada y algo loca, sin miedo, sin duda, avanzando con la certeza mecánica de quien cree servir a un orden inevitable. El viento sacudía mi traje militar verde, las botas hundiéndose ligeramente en el terreno castigado por el combate, y el sudor corría por mi piel morena mezclándose con polvo y rabia, mientras la verruga en mi frente palpitaba como si también quisiera opinar sobre la situación. Noté el peso simbólico del sable, ese que según yo perteneció al viejo Saimon Volivar, y aunque nadie haya confirmado jamás su historia, en ese momento sentí que cada isla liberada por manos anónimas me observaba, exigiéndome coherencia. Karl no atacó de inmediato, y ese detalle me erizó la piel; su calma era un arma, un mensaje claro de que me estaba midiendo, diseccionando, buscando el ángulo exacto para aplastarme. Yo, en cambio, sonreí con los dientes apretados, porque entendí algo esencial: si mis golpes no habían bastado, entonces no era cuestión de fuerza, sino de convicción, y de eso, maldita sea, yo iba peligrosamente bien armado.

Naikodelast Madur

Lo cierto es que la caída fue tan aparatosa como humillante, una de esas que no solo te quiebran el cuerpo sino que te dan una bofetada directa al ego, y todavía siento el ardor en la cara al recordar cómo calculé mal la distancia, cómo mis botas no encontraron la tabla esperada y el mundo se inclinó de golpe hasta que mi cara besó la orilla con una violencia absurda. El impacto me sacó el aire de los pulmones y me llenó la boca de arena y sal, y durante un segundo eterno solo pude escuchar el rugido del mar mezclado con mi propia respiración rota, consciente de que había caído de bruces frente a un rival que ni siquiera había conseguido identificar. Ese fue el golpe más duro: no el dolor físico que me subía por el cuello y los hombros, ni el latigazo en la espalda, sino la sensación de haber quedado como un idiota, como un pirata torpe en un escenario que exigía grandeza. Apreté los dientes bajo mi bigote espeso y prominente, saboreando la rabia junto con la sangre, y me obligué a incorporarme, sintiendo el agua helada por las rodillas mientras el oleaje golpeaba mis muslos con una insistencia casi burlona. Mi mano fue directa al revólver Patria, mi fierro rojo de tambor corto, pesado y confiable, y al desenfundarlo sentí ese viejo consuelo metálico que me recordaba que, mientras tuviera balas, todavía había palabras que podía decirle al mundo. Expandí mi aura con esfuerzo unos treinta metros, dejando que se filtrara entre el ruido del mar, buscando una presencia, una intención hostil, algo que delatara a mi rival en medio de esa playa caótica, porque odiaba pelear contra sombras, odiaba no saber a quién estaba a punto de dispararle. El orgullo herido se transformó en combustible, en una presión caliente detrás del esternón, y cuando por fin logré mantenerme erguido, con el cuerpo empapado y temblando, levanté el arma y grité con toda la rabia acumulada. -¡PAGARÁS LO QUE ME HICISTE, MALVADO CAPITALISTA!-. No sabía exactamente dónde estaba, pero sabía por qué peleaba, y en ese instante entendí que esa caída no era el final de nada, sino el recordatorio brutal de que incluso desde el barro, un pirata armado y furioso sigue siendo una amenaza.

Emil Liano Zapara

Mientras Fuguwu se entretenía haciendo a saber que cosa, yo sentí que quedarme allí era firmar una sentencia lenta. Lo que estuviera haciendo en ese momento no era lo que me preocupaba, sino lo que podría llegar a hacerme. Me incorporé con esfuerzo, dejando que el traje de rayas se me pegara al cuerpo empapado, la corbata roja flotando torpe y ridícula contra mi pecho azul, mientras el salitre me picaba en la piel como un recordatorio de que el mar siempre ha sido más honesto que la tierra. No dije nada, porque no había palabras que mejoraran la urgencia, y porque sabía que mi rival estaba demasiado concentrado en hacer otras cosas como para entender la magnitud de lo que se nos venía encima. Caminé unos pasos tambaleantes y luego, sin dramatismos innecesarios, me lancé al agua. El impacto fue frío y reconfortante a la vez, un abrazo brutal que me devolvió la claridad; el mar es mi territorio, mi lenguaje materno, y en cuanto me sumergí sentí cómo la ansiedad se diluía, reemplazada por un cálculo rápido y preciso. Nadé con brazadas largas y potentes, usando los puños no para golpear sino para cortar el agua, dejando que mis piernas hicieran el resto, orientándome por corrientes, sombras y vibraciones que otros jamás notarían. Mi mente estaba fija en encontrar a alguno de mis dos compañeros, no importaba cuál primero, porque ambos representaban algo más que ayuda: eran continuidad, eran la posibilidad de que el Social Piratismo no quedara varado en una playa olvidada. Mientras avanzaba, pensé en lo irónico que resultaba huir nadando cuando siempre había sido yo el encargado de llevarnos a nuevas islas, de trazar rutas y promesas; pero esto no era una huida cobarde, era una maniobra necesaria, una retirada estratégica dictada por la responsabilidad. Cada burbuja que escapaba de mi boca llevaba consigo una mezcla de preocupación y determinación, y aunque no sabía exactamente a cuánta distancia estaban mis compañeros, confiaba en que el mar, viejo cómplice, me guiaría. Detrás quedaba aquel marine en mi antiguo barco, y delante solo había agua, pero en ese azul infinito encontré algo parecido a la fe: la certeza de que todavía no era el final.

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RE: Presente Absoluto / T9 - Social Piratismo - por Kenzo D. Fujiwara - 25-01-2026, 03:58 AM

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