24-01-2026, 08:28 PM
Desde aquella altura, lo poco que el ojo cansado de Zhang lograba distinguir era aún más desalentador de lo esperado. Aquellas tierras perdidas emanaban el aroma inconfundible de la muerte; abajo, los pequeños dinosaurios se alejaban asustados, dispersos por el poder del invierno que el mink había invocado. Allí imperaba la ley del más fuerte, y Zhang, en su fuero interno, solo esperaba estar a la altura de la circunstancia y de aquella bestia que sufría.
El aire allá arriba era diferente, más húmedo pero paradójicamente menos asfixiante que en el suelo. Odiaba sentirse pequeño, y todo en ese lugar parecía gigantesco frente a su vista limitada. El viento traía ahora un aroma picante, una mezcla de azufre volcánico y ceniza que le recordaba al viejo burro que Little Garden no era solo un jardín prehistórico, sino una caldera a punto de estallar.
Zhang se encontraba flotando sobre su propia nube de nieve, observando a la bestia con su único ojo bueno, esforzándose por detallar al máximo aquella aventura inesperada. Sus tripas resonaron, no de hambre, sino por esa corazonada visceral que le decía que él, un simple médico errante, debía servir de alivio para aquella criatura salvaje.
No era un monstruo. Después de tantos años y tantas islas, el viejo burro había aprendido a respetar sus instintos: aquel dinosaurio no olía a maldad, ni siquiera a la ferocidad natural de un depredador. Olía a miedo, a dolor agudo y a esa resignación antigua de quien se ha convertido en esclavo de una piedra que no pidió cargar.
El T-Rex sacudía la cabeza con violencia, golpeándose contra la nada, intentando acabar a golpes con esas fuerzas que, a veces, no somos capaces de controlar. Lo que le atormentaba la vida estaba atado a su cuello, pulsando con un ritmo maligno. Y si la vida le había llevado a cruzarse en su camino, era porque debía ayudarle.
—Hmmm... La vida a veces es tan cruda, mijo —murmuró Zhang, dejando que el tic de su pierna izquierda golpeara el aire vacío. Pum...
El collar. Esa gargantilla tosca de huesos y piedra negra pulsaba... igual que el monolito agrietado, o al menos eso le dictaba su oído. Las orejas de Zhang, siempre atentas, captaban sonidos extraños, vibraciones que otros ignoraban. Y aunque aquel burro no era el mayor observador del mundo... al menos no tenía una soga invisible en su cuello. Observó al dinosaurio con profunda tristeza; claramente, no era el animal más afortunado del jardín.
—Pobre... te han puesto una carga que no deberías llevar —susurró el burro, sintiendo una punzada de empatía bajo sus propias cicatrices. Él sabía muy bien lo que era cargar con pesos ajenos, y los de aquel rey destronado parecían una condena injusta.
Zhang apretó los dientes con fuerza, observando lo que ocurría ante sus ojos. Aún incrédulo por la magnitud del caos, entendía que el mundo tenía fuerzas que él todavía no lograba comprender del todo. El dinosaurio emitía una energía errática, peligrosa, que había hecho desaparecer a los curiosos más imprudentes.
Aún en el aire, Zhang comenzó a buscar algo dentro de su bolso de cuero desgastado. Sus dedos, hábiles por la práctica, se movieron entre el caos de frascos y vendas hasta encontrar lo que buscaba: la Flor del Sueño Profundo. Un atado de flores secas de un verde pálido que su compañera Lan solía cultivar en el barco; recordaba que a veces esas hierbas le daban risa, pero invariablemente terminaban dándole un sueño pesado y reparador. No bastaría para dormir a una bestia de veinte toneladas, claro que no, pero tal vez serviría para nublarle el dolor lo suficiente como para acercarse.
—Escúchame, jovencito —la voz de Zhang salió suave y tranquila como siempre, proyectando esa calma de abuelo que desarma a las bestias—. Sé que te duele. Esa piedra te nubla las ideas y te hace ver enemigos donde solo hay un viejo burro volador.
A medida que hablaba, intentó cortar distancia, descendiendo lentamente. Sabía que era arriesgado, que un coletazo podría acabar con él, pero Zhang confiaba en la fluidez de su akuma y en la experiencia que dan los años... Algo inerte en su pecho le empujaba a ayudar, a sanar, incluso a las bestias más horribles, que a menudo merecían más piedad que algunos humanos.
Su cuerpo, si es que en ese momento se podía llamar así, comenzó a deshacerse. Zhang se convirtió por completo en elemento, y por un momento su pelaje gris y su túnica se dividieron en miles de copos de nieve brillante que volaban a gran velocidad hacia la bestia. Zhang había adoptado su forma Logia, mezclándose con el viento y el frío, convirtiéndose en una ventisca dirigida que pronto chocaría con la realidad ardiente del dinosaurio.
Zhang voló hacia aquel gigante y llegó hasta su lomo, sorteando la mandíbula letal. Al hacer contacto, el frío de su ser siseó contra la piel caliente. Intentó aferrarse a la nuca del animal, justo detrás de la placa ósea, como si se tratase de domar a un caballo resabiado; no estaba allí para lastimarlo, sino para liberarlo.
Una vez posicionado en la nuca, Zhang comenzó a retomar su forma física, solidificando la nieve en carne y pelaje, mientras apretaba con todas sus fuerzas las piernas alrededor del cuello del paciente, preparándose para la cirugía más bruta de su vida: arrancar aquel collar con sus propias manos.
El aire allá arriba era diferente, más húmedo pero paradójicamente menos asfixiante que en el suelo. Odiaba sentirse pequeño, y todo en ese lugar parecía gigantesco frente a su vista limitada. El viento traía ahora un aroma picante, una mezcla de azufre volcánico y ceniza que le recordaba al viejo burro que Little Garden no era solo un jardín prehistórico, sino una caldera a punto de estallar.
Zhang se encontraba flotando sobre su propia nube de nieve, observando a la bestia con su único ojo bueno, esforzándose por detallar al máximo aquella aventura inesperada. Sus tripas resonaron, no de hambre, sino por esa corazonada visceral que le decía que él, un simple médico errante, debía servir de alivio para aquella criatura salvaje.
No era un monstruo. Después de tantos años y tantas islas, el viejo burro había aprendido a respetar sus instintos: aquel dinosaurio no olía a maldad, ni siquiera a la ferocidad natural de un depredador. Olía a miedo, a dolor agudo y a esa resignación antigua de quien se ha convertido en esclavo de una piedra que no pidió cargar.
El T-Rex sacudía la cabeza con violencia, golpeándose contra la nada, intentando acabar a golpes con esas fuerzas que, a veces, no somos capaces de controlar. Lo que le atormentaba la vida estaba atado a su cuello, pulsando con un ritmo maligno. Y si la vida le había llevado a cruzarse en su camino, era porque debía ayudarle.
—Hmmm... La vida a veces es tan cruda, mijo —murmuró Zhang, dejando que el tic de su pierna izquierda golpeara el aire vacío. Pum...
El collar. Esa gargantilla tosca de huesos y piedra negra pulsaba... igual que el monolito agrietado, o al menos eso le dictaba su oído. Las orejas de Zhang, siempre atentas, captaban sonidos extraños, vibraciones que otros ignoraban. Y aunque aquel burro no era el mayor observador del mundo... al menos no tenía una soga invisible en su cuello. Observó al dinosaurio con profunda tristeza; claramente, no era el animal más afortunado del jardín.
—Pobre... te han puesto una carga que no deberías llevar —susurró el burro, sintiendo una punzada de empatía bajo sus propias cicatrices. Él sabía muy bien lo que era cargar con pesos ajenos, y los de aquel rey destronado parecían una condena injusta.
Zhang apretó los dientes con fuerza, observando lo que ocurría ante sus ojos. Aún incrédulo por la magnitud del caos, entendía que el mundo tenía fuerzas que él todavía no lograba comprender del todo. El dinosaurio emitía una energía errática, peligrosa, que había hecho desaparecer a los curiosos más imprudentes.
Aún en el aire, Zhang comenzó a buscar algo dentro de su bolso de cuero desgastado. Sus dedos, hábiles por la práctica, se movieron entre el caos de frascos y vendas hasta encontrar lo que buscaba: la Flor del Sueño Profundo. Un atado de flores secas de un verde pálido que su compañera Lan solía cultivar en el barco; recordaba que a veces esas hierbas le daban risa, pero invariablemente terminaban dándole un sueño pesado y reparador. No bastaría para dormir a una bestia de veinte toneladas, claro que no, pero tal vez serviría para nublarle el dolor lo suficiente como para acercarse.
—Escúchame, jovencito —la voz de Zhang salió suave y tranquila como siempre, proyectando esa calma de abuelo que desarma a las bestias—. Sé que te duele. Esa piedra te nubla las ideas y te hace ver enemigos donde solo hay un viejo burro volador.
A medida que hablaba, intentó cortar distancia, descendiendo lentamente. Sabía que era arriesgado, que un coletazo podría acabar con él, pero Zhang confiaba en la fluidez de su akuma y en la experiencia que dan los años... Algo inerte en su pecho le empujaba a ayudar, a sanar, incluso a las bestias más horribles, que a menudo merecían más piedad que algunos humanos.
Su cuerpo, si es que en ese momento se podía llamar así, comenzó a deshacerse. Zhang se convirtió por completo en elemento, y por un momento su pelaje gris y su túnica se dividieron en miles de copos de nieve brillante que volaban a gran velocidad hacia la bestia. Zhang había adoptado su forma Logia, mezclándose con el viento y el frío, convirtiéndose en una ventisca dirigida que pronto chocaría con la realidad ardiente del dinosaurio.
Zhang voló hacia aquel gigante y llegó hasta su lomo, sorteando la mandíbula letal. Al hacer contacto, el frío de su ser siseó contra la piel caliente. Intentó aferrarse a la nuca del animal, justo detrás de la placa ósea, como si se tratase de domar a un caballo resabiado; no estaba allí para lastimarlo, sino para liberarlo.
Una vez posicionado en la nuca, Zhang comenzó a retomar su forma física, solidificando la nieve en carne y pelaje, mientras apretaba con todas sus fuerzas las piernas alrededor del cuello del paciente, preparándose para la cirugía más bruta de su vida: arrancar aquel collar con sus propias manos.
Off
Técnicas
Akuma
Gasto
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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?Nv.19 — Logia Yuki Yuki
