23-01-2026, 09:19 PM
Calle principal del Reino de Roshwan
Iglesia de San Elmo, patrono de los navegantes.
Tarde nublada- Día 11, Invierno. Año 15.
Dravenia dio un paso más. No fue brusco, pero sí definitivo. Apoyó la mano derecha en el marco del confesionario, justo sobre la cabeza de la rubia, "Es una ventaja ser más alta", penso, encerrándola sin tocarla. El gesto era simple, pero elocuente: no ibas a irte sin que yo lo decidiera. "Antes debo saber su nombre..."
El momento se volvió más tenso, porque aunque no lo dijera en voz alta, le estaba agradando estar cerca de ella. El perfume dulce de la otra se mezclaba con el incienso de la iglesia, creando una mezcla que le resultaba extraña. Y adictiva. La miró. No como se mira a una sospechosa. Ni siquiera como se mira a una amenaza. La miró como quien intenta descifrar un idioma que no quiere aprender, pero que ya empezó a hablar sin darse cuenta.
Y entonces, esos labios. Llenos. Brillantes. Móviles. Se detuvo ahí, observando con detenimiento, mordiéndose el labio inferior propio sin querer aceptar ante si misma que estaba deseando morder los labios ajenos y castigar la insolencia de la rubia.
—No te llamas María —dijo al fin, con voz baja, sin apartar la mirada de su boca... sus labios. —Tampoco pareces ser una monja, no creo que sea tu trabajo... Pareces estar fuera de un estilo... Dedicado al altruismo.— Pausa.
—No con esa boca.— Se refería a esa manera tan retadora de dirigirse a otros.
Se odió porque su voz sonó un poco más grave de lo que debía, más baja, con más deseo. Pero más se odió por pensar en ella con otras intenciones, incluso teniendo en la cabeza pensamientos contrarios a un perspicaz sentido de entender porque estaba una chica tan rara en un lugar al que no parece pertenecer "'¿Acaso debía investigar?" Pensó
“¿Qué demonios te pasa?”, se dijo. “No es más que una provocadora. Una chica con un perfume atractivo.”
“¿Desde cuándo te tiemblan las manos por una sonrisa?”
“¿Desde cuándo te detienes a mirar piernas?”
Y lo estaba haciendo. Miraba el lado rasgado de la falda, la piel expuesta, la curva del muslo. No por análisis. Por deseo. Crudo. Injustificado. Inaceptable. ¿Dónde quedó su firmeza?
Recordó por qué había entrado a esa iglesia. No era por fe. Ni por redención. Era por silencio. Por un momento de pausa. Por un intento desesperado de no romperse. Había soñado con su padre la noche anterior, y su única mejor amiga estaba en una misión donde peligra a su vida.
Y ahora estaba ahí. Temblando. Por una mujer que sacaba la lengua como si fuera un juego. La vio hacerlo. Esa lengua rosada, descarada, asomando entre los labios como una burla. Y a pesar de pensar que era un gesto bastante maleducado, mucho más allá... Estaba deseando morderla, quizás así podría darle un castigo. Y esa idea... La de castigarla, de una extraña manera, a pesar de pervertida, le parecía provocadora. Tuvo que respirar hondo para alejar aquellos pensamientos.
Dravenia no se movió. Pero su mandíbula se tensó. Y su mano en el marco del confesionario se cerró en un puño.
—No estoy hablando de sacarte de esta iglesia —dijo, con voz más baja, más grave.—. Estoy hablando de sacarte de mi cabeza.
La miró a los ojos. Y por primera vez, no hubo juicio en su mirada.
—¿Tengo que pedirlo como un favor… para saber tu nombre?
No sonrió, no pretendía ser amable, no podía, no porque no quisiera, sino que en su ser la amabilidad era sinónimo de debilidad. No se movió. Porque algo en esa rubia —en su lengua, en su perfume, en su caos— la había desarmado y deseaba saber más...
