23-01-2026, 03:37 PM
¿Lo harían bien? Howard se veía bastante desesperado, aguantando la respiración en cuanto les oyó hablar de temas cotidianos, como si fueran amigos o compañeros de aventura de hace tiempo poniéndose al día. No les prestó mucha atención. Tampoco les interrumpió pues sabía que si lo hacía era probable que se apresuraran o cometieran algún error que pudiera ser fatal.
Fue solo cuando María se dirigió a él que volvió a prestarles atención, aquella muchacha se puso a recriminarle como si fuese su madre. Diciéndole que debería haber dicho lo del libro de su abuelo antes, y que ahora si estaba convencida en ayudarle, este ladeó la cabeza extrañado pues no entendía nada de lo que decía, como si su lenguaje fuera un dialecto demasiado complejo, del cual no había oído hablar en su vida. Pero pese a ello, se sentía encandilado por ella, no solía fijarse en las mujeres, pues se estaba más obsesionado por su causa que por ligar, pero en lugar de pasar de ella, como hubiese hecho de cualquiera simplemente sonrió y bajó la cabeza como aceptado la reprimenda. -Si mamá… -Dijo con un tono lento y pasota pero entrando en su juego, tratando de seguir la broma de la chica.
No obstante había algo que le llamó la atención. “Luciérnaga”, ¿por qué le había llamado así? Que el supiera no veía ninguna parte de su cuerpo que emitiera luz. Se miró a sí mismo confundido pero pensó que sería otro de los fortuitos desvaríos mentales de la loca que tenía en frente, pues era como lo de que todo esto era una banda de música. No obstante aquel buen rollo terminó con el primer martillazo en uno de los tambores por parte del gigante.
No hizo más falta que una sola nota para que sucediera la catástrofe. El sonido del timbal retumbó la sala circular. Las paredes retumbaron con la potencia y la fuerza de aquel golpe, pero no pasó nada en el altar. Fue en cambio una ráfaga de espinas la que voló en todas direcciones. No salieron de la nada, pues aquellos orificios que estaban repartidos por todas las paredes de la sala eran los causantes del funcionamiento de la trampa.
no eran demasiado letales de por sí, pero si muchas de ellas estaban cubiertas por un pringue negro que se adentraba en el torrente sanguíneo provocando escalofríos y convulsiones inmediatas. ¿Veneno? Sí, algunos de los extintos animales que habitaban en este lugar producían sustancias con estas propiedades y quienes construyeran este lugar, parecieron integrarla en sus mecanismos de defensa contra intrusos.
-Mierda… ¿¡Que coño!? -Howard arrancó una de estas espinas de un tamaño notorio para un humano pero casi imperceptibles para un gigante. Apretó sus dientes con furia mientras se puso en pie con furia, dejó el cúter sobre la bandeja y desenfundó su arma y apuntó específicamente a la chica. Su respiración era agitada y su cuerpo comenzaba a presentar los síntomas del veneno haciéndole no poder sostener la pistola con firmeza. -Se nos acaba el tiempo. -Volvió a mirar hacia la obertura sobre su cabeza, viendo como la luna cada vez estaba más cerca del centro de la misma. -De aquí no nos vamos hasta que hagamos esto correctamente, así que… ¿Qué tal se os da trabajar un poco de presión? -Se rió casi en un tono de burla, dejando atrás su fachada de buena persona, dejando más al descubierto su verdadera naturaleza.
Con su mano libre comenzó a quitarse su poncho, tirándolo al aire con efusividad, revelando su trabajado y bien definido torso. Pues no tenía la complexión que podría tener una rata de biblioteca. Pero lo que más destacaba, más que sus abdominales, eran sus tatuajes. Impresos en su piel en tinta roja, bastantes tentáculos envolvían el abdomen de Howard y de su cuello colgaba un collar cristalino, que emitía un leve brillo azul fluorescente. Sin duda era este accesorio lo que había percibido la semisirena a través de la ropa.
Finalmente se levantó el flequillo para apuntar mejor, revelando unos ojos verdes y penetrantes tras este. -Y no se os ocurra huir… o no dudaré en dispararos. Fallad de nuevo y primero me cargo a la loca inútil. -Dijo mira do directamente a esta, pues al menos su otro acompañante le servía para probar combinaciones en los instrumentos hasta dar con la combinación exacta. El aire se sintió más frío tras las hostilidades del cazador de tesoros, y la jungla se enmudeció expectante, ni un ave, ni un insecto, ni un animal. El verdadero concierto estaba a punto de comenzar.
Fue solo cuando María se dirigió a él que volvió a prestarles atención, aquella muchacha se puso a recriminarle como si fuese su madre. Diciéndole que debería haber dicho lo del libro de su abuelo antes, y que ahora si estaba convencida en ayudarle, este ladeó la cabeza extrañado pues no entendía nada de lo que decía, como si su lenguaje fuera un dialecto demasiado complejo, del cual no había oído hablar en su vida. Pero pese a ello, se sentía encandilado por ella, no solía fijarse en las mujeres, pues se estaba más obsesionado por su causa que por ligar, pero en lugar de pasar de ella, como hubiese hecho de cualquiera simplemente sonrió y bajó la cabeza como aceptado la reprimenda. -Si mamá… -Dijo con un tono lento y pasota pero entrando en su juego, tratando de seguir la broma de la chica.
No obstante había algo que le llamó la atención. “Luciérnaga”, ¿por qué le había llamado así? Que el supiera no veía ninguna parte de su cuerpo que emitiera luz. Se miró a sí mismo confundido pero pensó que sería otro de los fortuitos desvaríos mentales de la loca que tenía en frente, pues era como lo de que todo esto era una banda de música. No obstante aquel buen rollo terminó con el primer martillazo en uno de los tambores por parte del gigante.
KELVIN SMASH
No hizo más falta que una sola nota para que sucediera la catástrofe. El sonido del timbal retumbó la sala circular. Las paredes retumbaron con la potencia y la fuerza de aquel golpe, pero no pasó nada en el altar. Fue en cambio una ráfaga de espinas la que voló en todas direcciones. No salieron de la nada, pues aquellos orificios que estaban repartidos por todas las paredes de la sala eran los causantes del funcionamiento de la trampa.
no eran demasiado letales de por sí, pero si muchas de ellas estaban cubiertas por un pringue negro que se adentraba en el torrente sanguíneo provocando escalofríos y convulsiones inmediatas. ¿Veneno? Sí, algunos de los extintos animales que habitaban en este lugar producían sustancias con estas propiedades y quienes construyeran este lugar, parecieron integrarla en sus mecanismos de defensa contra intrusos.
-Mierda… ¿¡Que coño!? -Howard arrancó una de estas espinas de un tamaño notorio para un humano pero casi imperceptibles para un gigante. Apretó sus dientes con furia mientras se puso en pie con furia, dejó el cúter sobre la bandeja y desenfundó su arma y apuntó específicamente a la chica. Su respiración era agitada y su cuerpo comenzaba a presentar los síntomas del veneno haciéndole no poder sostener la pistola con firmeza. -Se nos acaba el tiempo. -Volvió a mirar hacia la obertura sobre su cabeza, viendo como la luna cada vez estaba más cerca del centro de la misma. -De aquí no nos vamos hasta que hagamos esto correctamente, así que… ¿Qué tal se os da trabajar un poco de presión? -Se rió casi en un tono de burla, dejando atrás su fachada de buena persona, dejando más al descubierto su verdadera naturaleza.
Con su mano libre comenzó a quitarse su poncho, tirándolo al aire con efusividad, revelando su trabajado y bien definido torso. Pues no tenía la complexión que podría tener una rata de biblioteca. Pero lo que más destacaba, más que sus abdominales, eran sus tatuajes. Impresos en su piel en tinta roja, bastantes tentáculos envolvían el abdomen de Howard y de su cuello colgaba un collar cristalino, que emitía un leve brillo azul fluorescente. Sin duda era este accesorio lo que había percibido la semisirena a través de la ropa.
Finalmente se levantó el flequillo para apuntar mejor, revelando unos ojos verdes y penetrantes tras este. -Y no se os ocurra huir… o no dudaré en dispararos. Fallad de nuevo y primero me cargo a la loca inútil. -Dijo mira do directamente a esta, pues al menos su otro acompañante le servía para probar combinaciones en los instrumentos hasta dar con la combinación exacta. El aire se sintió más frío tras las hostilidades del cazador de tesoros, y la jungla se enmudeció expectante, ni un ave, ni un insecto, ni un animal. El verdadero concierto estaba a punto de comenzar.
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