21-01-2026, 11:22 PM
Dravenia no se movió cuando la rubia salió. Solo la observó. No como quien admira, sino como quien evalúa una amenaza. O eso se repetía a sí misma. La luz de la iglesia se filtraba por los vitrales, tiñendo de rojo y azul las piernas desnudas de la muchacha. El contraste con la túnica rasgada, con la botella aún en su mano, con esa sonrisa torcida que no pedía perdón, sino espacio… era insoportable. Y fascinante.
Rubia. Coletas teñidas. Ojos celestes. Maquillaje corrido. Piel clara. Cuerpo ágil. Voz arrastrada por el alcohol. Todo en ella era ruido. Todo en ella era exceso. Todo en ella era exactamente lo que Dravenia no se permitía mirar. Y sin embargo, lo hacía.
—Ajá… —murmuró, como si la palabra pudiera contener el temblor que no se le notaba, pero que sentía en la base del estómago.
La rubia hablaba como si nada. Como si no acabara de invadir un espacio sagrado. Como si no acabara de escuchar una confesión que no le pertenecía. Como si no supiera lo fácil que sería para Dravenia empujarla contra el altar y arrestarla por desacato, por robo, por insolencia. Pero no lo hizo. No podía.
—¿Y tú qué crees que es esto? —preguntó, sin moverse—. ¿Un juego? ¿Una taberna? ¿Un escenario para tus poses?
La miró de arriba abajo. Disimulando el deseo. Con hambre. Hambre de entender por qué esa mujer, con su perfume y su descaro, le hacía rabiar ¿Qué estaba pasándole?
—No me gusta que me interrumpan. No me gusta que me miren así. Y no me gusta que me tiemblen las manos por alguien como tú.
Se acercó un paso. Solo uno. Pero fue suficiente para que el aire entre ambas se volviera denso.
—Dime tu nombre. No porque me importe. Sino porque si vas a quedarte en mi cabeza, necesito saber cómo llamarte cuando te saque de ahí.
No sonrió. No se movió. No se fue. Porque algo en esa rubia —en su caos, en su descaro, en su piel— la había desarmado. Y Dravenia no huía de lo que no entendía. Lo enfrentaba. Aunque le costara la calma. Aunque le costara el alma.
Rubia. Coletas teñidas. Ojos celestes. Maquillaje corrido. Piel clara. Cuerpo ágil. Voz arrastrada por el alcohol. Todo en ella era ruido. Todo en ella era exceso. Todo en ella era exactamente lo que Dravenia no se permitía mirar. Y sin embargo, lo hacía.
—Ajá… —murmuró, como si la palabra pudiera contener el temblor que no se le notaba, pero que sentía en la base del estómago.
La rubia hablaba como si nada. Como si no acabara de invadir un espacio sagrado. Como si no acabara de escuchar una confesión que no le pertenecía. Como si no supiera lo fácil que sería para Dravenia empujarla contra el altar y arrestarla por desacato, por robo, por insolencia. Pero no lo hizo. No podía.
—¿Y tú qué crees que es esto? —preguntó, sin moverse—. ¿Un juego? ¿Una taberna? ¿Un escenario para tus poses?
La miró de arriba abajo. Disimulando el deseo. Con hambre. Hambre de entender por qué esa mujer, con su perfume y su descaro, le hacía rabiar ¿Qué estaba pasándole?
—No me gusta que me interrumpan. No me gusta que me miren así. Y no me gusta que me tiemblen las manos por alguien como tú.
Se acercó un paso. Solo uno. Pero fue suficiente para que el aire entre ambas se volviera denso.
—Dime tu nombre. No porque me importe. Sino porque si vas a quedarte en mi cabeza, necesito saber cómo llamarte cuando te saque de ahí.
No sonrió. No se movió. No se fue. Porque algo en esa rubia —en su caos, en su descaro, en su piel— la había desarmado. Y Dravenia no huía de lo que no entendía. Lo enfrentaba. Aunque le costara la calma. Aunque le costara el alma.
