21-01-2026, 09:47 PM
En una fracción de segundo, el hijo de Yohualli desapareció completamente de mi vista, antes de que pudiera siquiera posicionarme y adoptar una pose de pelea para preparar el ataque que pondría fin a este combate… Tal y como su padre, aquel luchador enmascarado y rápido era extremadamente ágil… Era difícil olvidar un estilo de pelea tan visual y extraordinario, uno en el que hacía uso de sus enormes alas y su fuego latente de Lunarian para abatir a todos sus oponentes. Era un estilo que, en definitiva, respetaba y, a parte iguales, odiaba desde todo mi corazón, hasta el punto de que mis dientes chirriaban de furia.
Grité, con todo mi ser por inercia, mientras orientaba mi cuerpo hacia mi izquierda, apuntando al lugar en el que se encontraba Quetzalli Jr, tras entrar de lleno en el rango de mi Kenbunshoku. Podía sentir su alma, su pura intención de finalizar esta contienda con un último ataque, ataque que sabía gracias a mi haki hacia donde iba dirigido y, en consecuencia, poder pararlo en seco al manifestar mi armadura espiritual en el sitio correspondiente.
Quise dar por sentado mi victoria cuando, todo el cansancio que tenía acumulado en esta gran batalla, me pasó factura, no pudiendo ser capaz de cubrirme con mi haki de armadura y, por consiguiente, recibiendo tal poderoso ataque que, como si pesara como una pluma, me mandó volando por los aires, una considerable distancia, hasta el punto de que mi cuerpo, debilitado, se estrelló de lleno contra uno de los edificios que delimitaban el puerto con el trayecto hacia la ciudadela. El impacto fue tal, que la fachada y gran parte del bloque contra el que me estampé se derrumbó, precipitándose tanto escombros como diversos objetos que pudiera haber en una vivienda. Ahora que me fijaba… ¿Me había estrellado contra la casa de Zen Flowers? ¿El mink oso pardo y narcotraficante psicópata de la banda? Ciertamente, no tenía ni idea, la cabeza me daba demasiadas vueltas, y la vida me pesaba un mundo como para detenerme ahora en esas pequeñeces.
Estando tumbado en el suelo, y con la espalda apoyado en el derruido edificio, era incapaz de mover un mísero músculo, notando como la respiración cada vez más, junto a mis párpados, me pesaban. Acaso, ¿había mordido el polvo? ¿El Macho había perdido en una batalla cuerpo a cuerpo? Mi corazón no quería aceptarlo pero, mi mente y mi propio cuerpo, sabía que así había sido. Quetzalli Jr, hijo de Yohualli, junto a ese dumitrufi porculero, había conseguido dejarme fuera de combate. Sólo podía observar como, el vencedor del combate, se acercaba hacia mi, con majestuosa aura, exigiendo respuestas, respuestas acerca de su padre y el rencor que le guardaba. Y es que, del amor al odio, había siempre un paso.
Quetzalli… Más conocido como Yohualli, antiguo capitán de los Piratas de la Santa Muerte, era un aguerrido luchador, que buscaba fama y, sobre todo, poder. Poder para demostrarle al mundo que era el más bravo luchador de lucha libre de todos los tiempos, naciendo así y gracias a su máscara la leyenda del Águila del Oro y la Plata. Yo, como su más fiel compañero de pelea y su vicecapitán, admiraba profundamente a Yohualli, teniendo multitud de combos con los que dejábamos rápidamente K.O. a cualquiera que se nos pusiera de por medio. Los dos éramos imbatibles, pero sabía de sobra el desbordante talento que Yohualli tenía, hasta el punto que quise que él fuera el futuro mejor luchador de todos los tiempos… Y aún con esas, al llegar a Skypiea…
Los pensamientos de mi cabeza y los sentimientos de mi corazón hacía que afloraran de mi cuerpo, como la sangre que se me escapaba de entre mis labios, todo mientras él hijo de Yohualli tenía unas palabras cargadas de hombría y honor, haciendo que una débil sonrisa se reflejara en mi rostro… Palabras que, por ahora, hice caso omiso.
Espeté, tanto palabras como sangre a partes iguales, parándome a coger una bocanada de aire para seguir hablando.
Confesé, apretando mis puños como nunca antes había hecho, al recordar aquel sentimiento tan amargo que llevaba residiendo en mi corazón durante tantas décadas.
Exclamé, pasando a mirar fijamente al rostro del que sería mi verdugo, haciendo otra pausa para respirar nuevamente.
Grité una última vez, intentando contener mis lágrimas cuando, al concentrarme en los celestes ojos de Quetzalli Jr, algo de desbordó dentro de mi, mientras escuchaba como dos voces del pasado hablándome, dos voces que sonaban como una antigua grabación de un dial. Dos voces que me instaban a quedarme con ellos, a vivir una vida llena de paz. La primera pertenecía a Yohualli y, la otra, sin lugar a dudas a… Metztli… La que fue la razón por la Yohualli abandonó su sueño y, sobre todo, la mujer que amé… Un ángel, en lo físico tanto en lo psicológico, pudiendo haber visto un lado de bondad tanto en el propio Yohualli como en una mole como yo. Una mera sonrisa suya era suficiente para dejarme completamente indefenso.
Metztli era pura bondad, algo que se oponía completamente a mí espíritu incesante de lucha, algo que me dejaba más que claro que, equiparándome a la belleza de Yohualli, nunca tuve ninguna oportunidad con ella. Era algo que sabía y, aún así, el dolor fue lo suficientemente grande como para romperme el corazón en miles de pedazos hasta el punto de que, aunque tanto Yohualli como Metztli me insistieron en vivir con ellos, como su preciado amigo yo, traicionado por ellos, decidí alejarme por completo de, las dos personas, que más había amado en mi vida. Y es que, mirando a los ojos de Quetzalli Jr. ahora me daba de cuenta de que, no eran ellos quiénes me habían traicionado, sino yo mismo. Sólo me había llevado unas pocas de décadas en percatarme de mi estupidez.
Las lágrimas salían sin cesar de mis cansados y agotados ojos, todo mientras permanecía callado y pensativo frente al hijo de Yohualli.
Ya que todo este tiempo había estado equivocado, necesitaba enmendar mi error. Si durante estas décadas, mi confianza en Yohualli se había esfumado, ahora debía volver a creer en el Águila del Oro y la Plata más que nunca.
Sentía como mis fuerzas ya se apagaban y como mis párpados al fin cedían pero, aún así, no quería dejar de mirar aquellos dos luceros que se posaban ante mi.
Exhalé, por última vez, cerrando mis ojos por completo hasta fundirse todo en negro, mientras esbozaba una débil sonrisa, esperando que pudiera reunirme, al fin, junto a Yohualli y Metztli, para poder pedirles perdón y, sobre todo, para poder proteger desde el hogar de la Santa Muerte a su retoño. Aunque era el fin del macho, lo cierto era que me sentía más vivo que nunca.
- ¡¡YOHUALLIIII!!-
Grité, con todo mi ser por inercia, mientras orientaba mi cuerpo hacia mi izquierda, apuntando al lugar en el que se encontraba Quetzalli Jr, tras entrar de lleno en el rango de mi Kenbunshoku. Podía sentir su alma, su pura intención de finalizar esta contienda con un último ataque, ataque que sabía gracias a mi haki hacia donde iba dirigido y, en consecuencia, poder pararlo en seco al manifestar mi armadura espiritual en el sitio correspondiente.
- ¡¡MASURU MASURU ESTÁS ACAB-!!-
Quise dar por sentado mi victoria cuando, todo el cansancio que tenía acumulado en esta gran batalla, me pasó factura, no pudiendo ser capaz de cubrirme con mi haki de armadura y, por consiguiente, recibiendo tal poderoso ataque que, como si pesara como una pluma, me mandó volando por los aires, una considerable distancia, hasta el punto de que mi cuerpo, debilitado, se estrelló de lleno contra uno de los edificios que delimitaban el puerto con el trayecto hacia la ciudadela. El impacto fue tal, que la fachada y gran parte del bloque contra el que me estampé se derrumbó, precipitándose tanto escombros como diversos objetos que pudiera haber en una vivienda. Ahora que me fijaba… ¿Me había estrellado contra la casa de Zen Flowers? ¿El mink oso pardo y narcotraficante psicópata de la banda? Ciertamente, no tenía ni idea, la cabeza me daba demasiadas vueltas, y la vida me pesaba un mundo como para detenerme ahora en esas pequeñeces.
Estando tumbado en el suelo, y con la espalda apoyado en el derruido edificio, era incapaz de mover un mísero músculo, notando como la respiración cada vez más, junto a mis párpados, me pesaban. Acaso, ¿había mordido el polvo? ¿El Macho había perdido en una batalla cuerpo a cuerpo? Mi corazón no quería aceptarlo pero, mi mente y mi propio cuerpo, sabía que así había sido. Quetzalli Jr, hijo de Yohualli, junto a ese dumitrufi porculero, había conseguido dejarme fuera de combate. Sólo podía observar como, el vencedor del combate, se acercaba hacia mi, con majestuosa aura, exigiendo respuestas, respuestas acerca de su padre y el rencor que le guardaba. Y es que, del amor al odio, había siempre un paso.
Quetzalli… Más conocido como Yohualli, antiguo capitán de los Piratas de la Santa Muerte, era un aguerrido luchador, que buscaba fama y, sobre todo, poder. Poder para demostrarle al mundo que era el más bravo luchador de lucha libre de todos los tiempos, naciendo así y gracias a su máscara la leyenda del Águila del Oro y la Plata. Yo, como su más fiel compañero de pelea y su vicecapitán, admiraba profundamente a Yohualli, teniendo multitud de combos con los que dejábamos rápidamente K.O. a cualquiera que se nos pusiera de por medio. Los dos éramos imbatibles, pero sabía de sobra el desbordante talento que Yohualli tenía, hasta el punto que quise que él fuera el futuro mejor luchador de todos los tiempos… Y aún con esas, al llegar a Skypiea…
Los pensamientos de mi cabeza y los sentimientos de mi corazón hacía que afloraran de mi cuerpo, como la sangre que se me escapaba de entre mis labios, todo mientras él hijo de Yohualli tenía unas palabras cargadas de hombría y honor, haciendo que una débil sonrisa se reflejara en mi rostro… Palabras que, por ahora, hice caso omiso.
- SOY UGAMA, AQUEL QUE ALGUNA VEZ FUE LA DUPLA PERFECTA DE TU PADRE, YOHUALLI-DAPE-
-Espeté, tanto palabras como sangre a partes iguales, parándome a coger una bocanada de aire para seguir hablando.
- PRESTA ATENCIÓN , HIJO DE YOHUALLI… TU PADRE Y YO ÍBAMOS A COMERNOS EL MUNDO… HASTA QUE EL MUY COBARDE DECIDIÓ ABANDONAR SU VIDA, SU SUEÑO, Y TRAICIONÁNDONOS A TODOS… Y SOBRE TODO A MI-DAPE-
-Confesé, apretando mis puños como nunca antes había hecho, al recordar aquel sentimiento tan amargo que llevaba residiendo en mi corazón durante tantas décadas.
- ¡PARA MI SUERTE, EL CAPI SHINJU FUE CAPAZ DE VER MI POTENCIAL, DÁNDOME LIBERTAD PARA ARRASAR CON TODO A MI PASO… Y PODER ASÍ LLEGAR A SER EL MEJOR LUCHADOR DE TODOS LOS TIEMPOS-DAPE!-
-Exclamé, pasando a mirar fijamente al rostro del que sería mi verdugo, haciendo otra pausa para respirar nuevamente.
- ¡TU PADRE ERA UN BUENO PARA NADA!-
-Grité una última vez, intentando contener mis lágrimas cuando, al concentrarme en los celestes ojos de Quetzalli Jr, algo de desbordó dentro de mi, mientras escuchaba como dos voces del pasado hablándome, dos voces que sonaban como una antigua grabación de un dial. Dos voces que me instaban a quedarme con ellos, a vivir una vida llena de paz. La primera pertenecía a Yohualli y, la otra, sin lugar a dudas a… Metztli… La que fue la razón por la Yohualli abandonó su sueño y, sobre todo, la mujer que amé… Un ángel, en lo físico tanto en lo psicológico, pudiendo haber visto un lado de bondad tanto en el propio Yohualli como en una mole como yo. Una mera sonrisa suya era suficiente para dejarme completamente indefenso.
Metztli era pura bondad, algo que se oponía completamente a mí espíritu incesante de lucha, algo que me dejaba más que claro que, equiparándome a la belleza de Yohualli, nunca tuve ninguna oportunidad con ella. Era algo que sabía y, aún así, el dolor fue lo suficientemente grande como para romperme el corazón en miles de pedazos hasta el punto de que, aunque tanto Yohualli como Metztli me insistieron en vivir con ellos, como su preciado amigo yo, traicionado por ellos, decidí alejarme por completo de, las dos personas, que más había amado en mi vida. Y es que, mirando a los ojos de Quetzalli Jr. ahora me daba de cuenta de que, no eran ellos quiénes me habían traicionado, sino yo mismo. Sólo me había llevado unas pocas de décadas en percatarme de mi estupidez.
Las lágrimas salían sin cesar de mis cansados y agotados ojos, todo mientras permanecía callado y pensativo frente al hijo de Yohualli.
- MUCHACHO… NECESITO QUE HAGAS ALGO… COMO MI ÚLTIMA VOLUNTAD-DAPE.-
-Ya que todo este tiempo había estado equivocado, necesitaba enmendar mi error. Si durante estas décadas, mi confianza en Yohualli se había esfumado, ahora debía volver a creer en el Águila del Oro y la Plata más que nunca.
- QUETZALLI JR… SÓLO NECESITO QUE LLEVES EL NOMBRE DEL ÁGUILA DEL ORO Y LA PLATA A LO MÁS ALTO DEL MUNDO… HAZLES SABER A TODOS DE QUE PASTA ESTÁ HECHA EL HIJO DE YOHUALLI Y METZTLI-DAPE-
-Sentía como mis fuerzas ya se apagaban y como mis párpados al fin cedían pero, aún así, no quería dejar de mirar aquellos dos luceros que se posaban ante mi.
- SÍ… ERES LA VIVA IMAGEN DE TU MADRE-DAPE-
-Exhalé, por última vez, cerrando mis ojos por completo hasta fundirse todo en negro, mientras esbozaba una débil sonrisa, esperando que pudiera reunirme, al fin, junto a Yohualli y Metztli, para poder pedirles perdón y, sobre todo, para poder proteger desde el hogar de la Santa Muerte a su retoño. Aunque era el fin del macho, lo cierto era que me sentía más vivo que nunca.
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