20-01-2026, 04:14 AM
Al cabo de dos días desde su incidente en los almacenes, Kibai aún no había tenido noticias de que se hubiesen tomado medidas contra el teniente Vane. Por suerte, Fitto había aparecido al cabo de unas cuantas horas, cuando los soldados se habían cansado de buscarle por todos los recodos del alamcén mientras el Tontatta aguardaba tranquilamente escondido sobre una viga. Kibai volvía de su patrulla diaria cuando uno de los oficiales le comunicó que al día siguiente el Triguero sería trasladado para su internamiento definitivo, cosa que alegró sobremanera al mink, al recibir al menos una buena noticia. Tras algo de insistencia, consiguió que lo asignasen a la escolta que trasladaría al criminal hasta su destino definitivo.
La mañana del traslado de Garruk el Triguero amaneció con un aroma a tormenta inminente. El cielo sobre Roshwan se había teñido de un gris plomizo, y el viento soplaba con una saña que hacía crujir los mástiles de los barcos en el puerto. En el patio central de la base, un carruaje de transporte blindado, reforzado con planchas de acero y barrotes de gran grosor, esperaba con las puertas abiertas a su ocupante. La marina no había reparado en gastos para asegurar que el Triguero llegase a su destino.
Kibai se ajustó la vaina de Raimei al cinturón con un semblante sombrío. A su lado, Joss revisaba su fusil estándar con una expresión inusualmente seria. El grupo de escolta estaba compuesto por doce marines, bajo el mando del sargento de guardia.
—"Bien muchachos, ya sabéis lo que hay, mantened los ojos abiertos." —ordenó el sargento—. "Este bastardo todavía tiene amigos con deudas de gratitud y bolsillos llenos de su oro. No quiero sorpresas hasta que ese pedazo de escoria esté en el barco prisión."
Garruk fue sacado de las celdas encadenado de pies y manos. Al pasar frente a Kibai, el gigante se detuvo. Sus ojos pequeños y astutos brillaron con un odio visceral.
—¿Crees que esto se ha acabado, gatito? —susurró con una voz que parecía el crujir de piedras—. Solo me habéis dado un descanso.
Kibai no parpadeó mientras le sostenía la mirada. Sus orejas se plegaron levemente sobre su cabezacomo único signo de respuesta.
—Sube al carro, Garruk. Tu siguiente descanso será en una celda sin ventanas. No querrás llegar tarde...
El convoy se puso en marcha. Kibai y Joss flanqueaban el carro cada uno por un lado con otros dos marines, mientras el resto de la patrulla se distribuía delante y detrás. El camino hacia el puerto secundario, donde esperaba el barco prisión de la Marina, cruzaba un desfiladero estrecho de altas paredes de granito. Era una ruta lógica por seguridad, pero Kibai sentía una que algo no iba del todo bien. Haciendo un gesto a uno de sus compañeros del otro lado del carro, cambió posiciones con él para acercarse a Joss.
—Oye, compañero—murmuró Kibai, bajando el tono de voz para que el Triguero, que lo mieraba con una expresión de socarronería, no los oyese—. Hay algo aquí que no me gusta. Esto está demasiado silencioso.
—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó Joss, aferrando el arma.
—Un poco de tranquilidad está bien. Esto, esto es demasiado.
Justo cuando el carruaje blindado alcanzó el punto más estrecho del paso, un silbido agudo rasgó el aire. Un sonido que Kibai reconoció al instante, ayudado también por el súbito aroma a pólvora que le invadió. No era un pájaro. Era el sonido de una mecha encendida.
—CUIDADO! —rugió el mink.
¡BOOM!
Una explosión masiva de dinamita, colocada estratégicamente en la cima de la pared rocosa, hizo que una lluvia de escombros cayera sobre la vanguardia. El estallido principal obligó a los marines a detener el convoy para evitar la mayor parte del derrumbe pero aquello había sido una mera distracción. Al mismo tiempo, una segunda carga, oculta bajo la nieve del camino, detonó justo debajo de los ejes del carruaje.
El pesado vehículo saltó por los aires, volcando de costado con un estruendo metálico que hizo eco en todo el cañón. Los caballos relincharon de terror y el humo negro de la pólvora cegó a los escoltas.
—¡Posiciones defensivas! —gritó el sargento, pero su voz fue ahogada por una descarga de fusilería.
Desde los salientes de las rocas, una veintena de hombres armados, algunos de los cuales Kibai reconoció de su ataque al alamcén como los restos de la banda del Triguero, junto con otros cuantos que no conocía, abrieron fuego. Los marines se replegaron a trompicones, buscando cobertura tras las rocas o el carro volcado.
Kibai saltó detrás de una roca justo antes de que una bala le atravesara un lateral de la capa. Sus ojos se dilataron, buscando entre el humo. Fue entonces cuando la vio.
En lo alto de una roca prominente, una mujer de cabello verde corto y ojos del mismo color observaba el caos con una calma aterradora. Vestía un uniforme de cuero ajustado y portaba dos pistolas de cañón largo con filigranas de plata.
—Vaya, vaya —dijo la atacante. Curiosamente, su voz clara y melodiosa se escuchaba perfectametne incluso sobre el estruendo del combate—. Así que ese es el famoso Mink que detuvo al Triguero. No te voy a mentir, esperaba a alguien... más grande.
Kibai arrugó el entrecejo, extrañado. A su alrededor, los marines ya se posicionaban. Joss, arrastrándose para no perder la cobertura, se parapetó cerca de Kibai.
— Conozco a esta mujer. Su nombre es Emerald. Es una mercenaria, y no de las baratas. Nuestro amigo ha debido decidir tirar la casa por la ventana con tal de salvar el pellejo — le dijo Joss al mink mientras comprobaba su monición.
Emerald no esperó respuesta. Saltó desde la roca, girando en el aire. En pleno descenso, sus pistolas escupieron fuego. Cada disparo fue un prodigio de precisión: inutilizó las cerraduras de las cadenas de Garruk que aún colgaban del carro y abatió a dos marines que intentaban reagruparse cerca de la puerta trasera.
—¡Emerald! —rugió Garruk, emergiendo de los restos del carruaje, ensangrentado pero libre—. ¡Has tardado demasiado!
—Menos quejas y más correr, Triguero. No me pagas lo suficiente como para aguantar tus berrinches. Agradece que te estoy sacando de aquí —respondió ella, recargando sus armas con un movimiento de muñecas tan rápido que Kibai apenas pudo seguirlo con la vista.
El mink no pudo aguantar más y cargó hacia ella, desenvainando a Raimei.
—¡Tú! ¡Detente!
Emerald le dedicó una sonrisa gélida. Levantó una de sus pistolas y disparó tres veces. Kibai saltó a un lado, esquivando dos de los proyecyiles e interpuso el filo de la espada ante el tercero, desviándolo contra la pared rocosa, aunque sintió el impacto de la energía cinética en su brazo.
—Eres rápido, marine, te lo concedo. —dijo Emerald mientras enfundaba una de las armas y sacaba una esfera de cerámica provista de una mecha corta. Con un solo gesto, arrancó una lluvia de chispas con el cañón de su otra pistola y lanzó la granada a los pies de Kibai—. Pero hoy no eres mi objetivo.
Cuando la granada impactó, una gran cortina de humo negro y denso envolvió al mink. Cuando Kibai logró disiparlo con un tajo de viento de su espada, el lugar estaba desierto. Los mercenarios habían usado cuerdas y poleas preparadas de antemano para izar a Garruk por la pared del desfiladero.
—¡Se lo llevan! —gritó Joss, que tenía un rasguño en la frente pero seguía en pie.
Los marines restantes dispararon hacia las alturas, pero los hombres de Garruk ya estaban desapareciendo por los senderos ocultos de la montaña, protegidos por el fuego de cobertura de Emerald, quien, desde la cima, lanzó un último disparo que impactó en el fusil de Joss, inutilizándolo sin tocarle un dedo. Sonriendo con suficiencia, la mujer guardó sus armas y desapareció del filo del risco.
El sargento de guardia estaba furioso, atendiendo a los heridos mientras maldecía a los cuatro vientos a través de su Den Den Muchi. El carruaje era un amasijo de hierro humeante.
—Malditos sean esos bandidos y el oro que los ha contratado. Han conseguido escapar. —dijo el sargento, golpeando el metal—. Esa gente conoce bien estos parajes. Para cuando traigamos refuerzos, estarán en el otro lado de la isla o en un barco pirata.
Kibai caminó hasta el centro del cráter de la explosión. Se arrodilló, ignorando el olor a azufre. Sus fosas nasales vibraron. Debajo del olor a pólvora y sangre, había algo más. El aroma rancio de la cebada de Garruk, el sudor de los mercenarios y... un rastro sutil, casi imperceptible, de perfume de jazmín y aceite de armas de alta calidad. Emerald.
—No han escapado, señor. —dijo Kibai, levantándose. Sus ojos brillaban con una intensidad decidida. Su instinto, esa sensación de euforia que se le despertaba cada vez que tenia una presa al alcance, estaba dando palmas.—. No sé si exactamente, pero creo que puedo discernir por dónde se han ido.
Joss se acercó, limpiándose la sangre de la cara.
—Kibai, el sargento dice que debemos esperar a los refuerzos. Es una veintena contra nosotros. Y sin contar a esa mercenaria.
Kibai miró hacia las cumbres nevadas. Su cola se movía con una impaciencia peligrosa.
—Si esperamos, Garruk desaparecerá. Esa mujer, Emerald... no es una simple matona. Es profesional. Si queremos atraparlos, tenemos que movernos ahora que el rastro está fresco.
Joss suspiró, pero una sonrisa resignada apareció en su rostro. Recogió un sable del suelo, ya que su fusil era chatarra.
—Tché... odio cuando tienes razón. Además, esa pistolera me debe un arma nueva.
Kibai asintió y se volvió hacia el sargento.
—Señor, quédese con los heridos y asegure el perímetro. Joss y yo iremos tras ellos.
—¿Estáis locos? —exclamó el sargento—. ¡Es un suicidio!
—No. Los seguiremos e informaremos de su posición. Si los mantenemos a la vista, podremos darles alcance en cuanto los refuerzos estén listos. —respondió Kibai, empezando a correr hacia la pared de roca. Dando un salto, extendió las garras, calvandolas en las pequeñas grietas de la pared trepando con la facilidad de un depredador. Por el rabillo del ojo, vio como Joss lanzaba una cuerda con un garfio y la aseguraba antes de emepzar a trepar a su vez—. Además, más que un suicidio, esto es una cacería.
El rastro los llevó por senderos que no aparecían en los mapas de la Marina. Kibai corría a cuatro patas por tramos, ganando una velocidad que obligaba a Joss a esforzarse al máximo para no quedarse atrás.
A medida que ascendían, el olor se hacía más nítido. Garruk era pesado y dejaba huellas profundas en la nieve blanda, aunque había zonas donde el sol, auqnue débil, había derretido la nieve del camino hasta convertirlo en una masa grisácea. Su rastro era ahí más difícil de seguir, pero para el olfato de Kibai, la mazcla del aroma del Triguero y el jazmín de Emerald eran como una línea de fuego en la oscuridad.
—Creo que se dirigen hacia las minas abandonadas de la zona norte de la isla —murmuró Kibai, deteniéndose en un saliente—. Es posible que tengan plaenado ocultarse allí, o reabastecerse antes de continuar.
—Si llegan a las minas, estaremos en desventaja —dijo Joss, jadeando—. Es un laberinto ahí abajo.
Kibai cerró los ojos, concentrándose. Podía oír el eco lejano de risas y el choque de cadenas. Estaban cerca. Pero también detectó algo más: el olor a jazmín se había separado del resto, y provenía de una ladera a su derecha. Mirando hacia aquella dirección, el brillo del sol invernal hizo reflejar su luz en algo brillante.
—¡Joss, Abajo! —gritó Kibai, empujando a su compañero tras una roca.
Un proyectil de alta precisión impactó en el lugar donde estaba la cabeza de Joss un segundo antes, pulverizando el granito.
A lo lejos, sobre un puente de madera natural que conectaba dos picos, Emerald los observaba a través de la mira de un rifle de largo alcance. Saludó con dos dedos en la sien, una burla silenciosa, antes de desaparecer tras una entrada de la mina.
Kibai enseñó los colmillos, sintiendo cómo las garras de sus manos salían afuera en un acto reflejo.
—Esa mujer sin duda está empezando a irritarme —dijo el mink.
—Bienvenido al club —respondió Joss, levantándose—. Establezcamos una posición segura y avisemos a la Base. Si conseguimos refuerzos podremos internarnos en las minas y detenerlos de una vez.
La mañana del traslado de Garruk el Triguero amaneció con un aroma a tormenta inminente. El cielo sobre Roshwan se había teñido de un gris plomizo, y el viento soplaba con una saña que hacía crujir los mástiles de los barcos en el puerto. En el patio central de la base, un carruaje de transporte blindado, reforzado con planchas de acero y barrotes de gran grosor, esperaba con las puertas abiertas a su ocupante. La marina no había reparado en gastos para asegurar que el Triguero llegase a su destino.
Kibai se ajustó la vaina de Raimei al cinturón con un semblante sombrío. A su lado, Joss revisaba su fusil estándar con una expresión inusualmente seria. El grupo de escolta estaba compuesto por doce marines, bajo el mando del sargento de guardia.
—"Bien muchachos, ya sabéis lo que hay, mantened los ojos abiertos." —ordenó el sargento—. "Este bastardo todavía tiene amigos con deudas de gratitud y bolsillos llenos de su oro. No quiero sorpresas hasta que ese pedazo de escoria esté en el barco prisión."
Garruk fue sacado de las celdas encadenado de pies y manos. Al pasar frente a Kibai, el gigante se detuvo. Sus ojos pequeños y astutos brillaron con un odio visceral.
—¿Crees que esto se ha acabado, gatito? —susurró con una voz que parecía el crujir de piedras—. Solo me habéis dado un descanso.
Kibai no parpadeó mientras le sostenía la mirada. Sus orejas se plegaron levemente sobre su cabezacomo único signo de respuesta.
—Sube al carro, Garruk. Tu siguiente descanso será en una celda sin ventanas. No querrás llegar tarde...
El convoy se puso en marcha. Kibai y Joss flanqueaban el carro cada uno por un lado con otros dos marines, mientras el resto de la patrulla se distribuía delante y detrás. El camino hacia el puerto secundario, donde esperaba el barco prisión de la Marina, cruzaba un desfiladero estrecho de altas paredes de granito. Era una ruta lógica por seguridad, pero Kibai sentía una que algo no iba del todo bien. Haciendo un gesto a uno de sus compañeros del otro lado del carro, cambió posiciones con él para acercarse a Joss.
—Oye, compañero—murmuró Kibai, bajando el tono de voz para que el Triguero, que lo mieraba con una expresión de socarronería, no los oyese—. Hay algo aquí que no me gusta. Esto está demasiado silencioso.
—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó Joss, aferrando el arma.
—Un poco de tranquilidad está bien. Esto, esto es demasiado.
Justo cuando el carruaje blindado alcanzó el punto más estrecho del paso, un silbido agudo rasgó el aire. Un sonido que Kibai reconoció al instante, ayudado también por el súbito aroma a pólvora que le invadió. No era un pájaro. Era el sonido de una mecha encendida.
—CUIDADO! —rugió el mink.
¡BOOM!
Una explosión masiva de dinamita, colocada estratégicamente en la cima de la pared rocosa, hizo que una lluvia de escombros cayera sobre la vanguardia. El estallido principal obligó a los marines a detener el convoy para evitar la mayor parte del derrumbe pero aquello había sido una mera distracción. Al mismo tiempo, una segunda carga, oculta bajo la nieve del camino, detonó justo debajo de los ejes del carruaje.
El pesado vehículo saltó por los aires, volcando de costado con un estruendo metálico que hizo eco en todo el cañón. Los caballos relincharon de terror y el humo negro de la pólvora cegó a los escoltas.
—¡Posiciones defensivas! —gritó el sargento, pero su voz fue ahogada por una descarga de fusilería.
Desde los salientes de las rocas, una veintena de hombres armados, algunos de los cuales Kibai reconoció de su ataque al alamcén como los restos de la banda del Triguero, junto con otros cuantos que no conocía, abrieron fuego. Los marines se replegaron a trompicones, buscando cobertura tras las rocas o el carro volcado.
Kibai saltó detrás de una roca justo antes de que una bala le atravesara un lateral de la capa. Sus ojos se dilataron, buscando entre el humo. Fue entonces cuando la vio.
En lo alto de una roca prominente, una mujer de cabello verde corto y ojos del mismo color observaba el caos con una calma aterradora. Vestía un uniforme de cuero ajustado y portaba dos pistolas de cañón largo con filigranas de plata.
—Vaya, vaya —dijo la atacante. Curiosamente, su voz clara y melodiosa se escuchaba perfectametne incluso sobre el estruendo del combate—. Así que ese es el famoso Mink que detuvo al Triguero. No te voy a mentir, esperaba a alguien... más grande.
Kibai arrugó el entrecejo, extrañado. A su alrededor, los marines ya se posicionaban. Joss, arrastrándose para no perder la cobertura, se parapetó cerca de Kibai.
— Conozco a esta mujer. Su nombre es Emerald. Es una mercenaria, y no de las baratas. Nuestro amigo ha debido decidir tirar la casa por la ventana con tal de salvar el pellejo — le dijo Joss al mink mientras comprobaba su monición.
Emerald no esperó respuesta. Saltó desde la roca, girando en el aire. En pleno descenso, sus pistolas escupieron fuego. Cada disparo fue un prodigio de precisión: inutilizó las cerraduras de las cadenas de Garruk que aún colgaban del carro y abatió a dos marines que intentaban reagruparse cerca de la puerta trasera.
—¡Emerald! —rugió Garruk, emergiendo de los restos del carruaje, ensangrentado pero libre—. ¡Has tardado demasiado!
—Menos quejas y más correr, Triguero. No me pagas lo suficiente como para aguantar tus berrinches. Agradece que te estoy sacando de aquí —respondió ella, recargando sus armas con un movimiento de muñecas tan rápido que Kibai apenas pudo seguirlo con la vista.
El mink no pudo aguantar más y cargó hacia ella, desenvainando a Raimei.
—¡Tú! ¡Detente!
Emerald le dedicó una sonrisa gélida. Levantó una de sus pistolas y disparó tres veces. Kibai saltó a un lado, esquivando dos de los proyecyiles e interpuso el filo de la espada ante el tercero, desviándolo contra la pared rocosa, aunque sintió el impacto de la energía cinética en su brazo.
—Eres rápido, marine, te lo concedo. —dijo Emerald mientras enfundaba una de las armas y sacaba una esfera de cerámica provista de una mecha corta. Con un solo gesto, arrancó una lluvia de chispas con el cañón de su otra pistola y lanzó la granada a los pies de Kibai—. Pero hoy no eres mi objetivo.
Cuando la granada impactó, una gran cortina de humo negro y denso envolvió al mink. Cuando Kibai logró disiparlo con un tajo de viento de su espada, el lugar estaba desierto. Los mercenarios habían usado cuerdas y poleas preparadas de antemano para izar a Garruk por la pared del desfiladero.
—¡Se lo llevan! —gritó Joss, que tenía un rasguño en la frente pero seguía en pie.
Los marines restantes dispararon hacia las alturas, pero los hombres de Garruk ya estaban desapareciendo por los senderos ocultos de la montaña, protegidos por el fuego de cobertura de Emerald, quien, desde la cima, lanzó un último disparo que impactó en el fusil de Joss, inutilizándolo sin tocarle un dedo. Sonriendo con suficiencia, la mujer guardó sus armas y desapareció del filo del risco.
El sargento de guardia estaba furioso, atendiendo a los heridos mientras maldecía a los cuatro vientos a través de su Den Den Muchi. El carruaje era un amasijo de hierro humeante.
—Malditos sean esos bandidos y el oro que los ha contratado. Han conseguido escapar. —dijo el sargento, golpeando el metal—. Esa gente conoce bien estos parajes. Para cuando traigamos refuerzos, estarán en el otro lado de la isla o en un barco pirata.
Kibai caminó hasta el centro del cráter de la explosión. Se arrodilló, ignorando el olor a azufre. Sus fosas nasales vibraron. Debajo del olor a pólvora y sangre, había algo más. El aroma rancio de la cebada de Garruk, el sudor de los mercenarios y... un rastro sutil, casi imperceptible, de perfume de jazmín y aceite de armas de alta calidad. Emerald.
—No han escapado, señor. —dijo Kibai, levantándose. Sus ojos brillaban con una intensidad decidida. Su instinto, esa sensación de euforia que se le despertaba cada vez que tenia una presa al alcance, estaba dando palmas.—. No sé si exactamente, pero creo que puedo discernir por dónde se han ido.
Joss se acercó, limpiándose la sangre de la cara.
—Kibai, el sargento dice que debemos esperar a los refuerzos. Es una veintena contra nosotros. Y sin contar a esa mercenaria.
Kibai miró hacia las cumbres nevadas. Su cola se movía con una impaciencia peligrosa.
—Si esperamos, Garruk desaparecerá. Esa mujer, Emerald... no es una simple matona. Es profesional. Si queremos atraparlos, tenemos que movernos ahora que el rastro está fresco.
Joss suspiró, pero una sonrisa resignada apareció en su rostro. Recogió un sable del suelo, ya que su fusil era chatarra.
—Tché... odio cuando tienes razón. Además, esa pistolera me debe un arma nueva.
Kibai asintió y se volvió hacia el sargento.
—Señor, quédese con los heridos y asegure el perímetro. Joss y yo iremos tras ellos.
—¿Estáis locos? —exclamó el sargento—. ¡Es un suicidio!
—No. Los seguiremos e informaremos de su posición. Si los mantenemos a la vista, podremos darles alcance en cuanto los refuerzos estén listos. —respondió Kibai, empezando a correr hacia la pared de roca. Dando un salto, extendió las garras, calvandolas en las pequeñas grietas de la pared trepando con la facilidad de un depredador. Por el rabillo del ojo, vio como Joss lanzaba una cuerda con un garfio y la aseguraba antes de emepzar a trepar a su vez—. Además, más que un suicidio, esto es una cacería.
El rastro los llevó por senderos que no aparecían en los mapas de la Marina. Kibai corría a cuatro patas por tramos, ganando una velocidad que obligaba a Joss a esforzarse al máximo para no quedarse atrás.
A medida que ascendían, el olor se hacía más nítido. Garruk era pesado y dejaba huellas profundas en la nieve blanda, aunque había zonas donde el sol, auqnue débil, había derretido la nieve del camino hasta convertirlo en una masa grisácea. Su rastro era ahí más difícil de seguir, pero para el olfato de Kibai, la mazcla del aroma del Triguero y el jazmín de Emerald eran como una línea de fuego en la oscuridad.
—Creo que se dirigen hacia las minas abandonadas de la zona norte de la isla —murmuró Kibai, deteniéndose en un saliente—. Es posible que tengan plaenado ocultarse allí, o reabastecerse antes de continuar.
—Si llegan a las minas, estaremos en desventaja —dijo Joss, jadeando—. Es un laberinto ahí abajo.
Kibai cerró los ojos, concentrándose. Podía oír el eco lejano de risas y el choque de cadenas. Estaban cerca. Pero también detectó algo más: el olor a jazmín se había separado del resto, y provenía de una ladera a su derecha. Mirando hacia aquella dirección, el brillo del sol invernal hizo reflejar su luz en algo brillante.
—¡Joss, Abajo! —gritó Kibai, empujando a su compañero tras una roca.
Un proyectil de alta precisión impactó en el lugar donde estaba la cabeza de Joss un segundo antes, pulverizando el granito.
A lo lejos, sobre un puente de madera natural que conectaba dos picos, Emerald los observaba a través de la mira de un rifle de largo alcance. Saludó con dos dedos en la sien, una burla silenciosa, antes de desaparecer tras una entrada de la mina.
Kibai enseñó los colmillos, sintiendo cómo las garras de sus manos salían afuera en un acto reflejo.
—Esa mujer sin duda está empezando a irritarme —dijo el mink.
—Bienvenido al club —respondió Joss, levantándose—. Establezcamos una posición segura y avisemos a la Base. Si conseguimos refuerzos podremos internarnos en las minas y detenerlos de una vez.
