18-01-2026, 08:26 AM
El bullicio de la multitud, mezclado con el choque de los golpes y las voces distorsionadas de los comentaristas que brotaban de las bocinas, hacía casi imposible escuchar algo más allá de unos cuantos metros. Aun así, Bones prestaba atención a cada palabra, guiando a ambos hacia los asientos más cercanos al ring que quedaban disponibles.
Él era, después de todo, un hijo de la calle. Un chico que había pasado demasiado tiempo con el sabor metálico de la sangre en la boca, aprendiendo a base de abusos que solo había dos opciones: morir o adaptarse. Ahora, sin embargo, parecía completamente moldeado por la bohemia y los barrios bajos, aquellos rincones donde la peor calaña —piratas, bandidos y despojos humanos— se reunía por las noches para saldar cuentas entre sangre, dinero y alcohol.
Cuando escuchó la pregunta de Maki, el médico brujo se giró con rapidez y le dedicó una sonrisa divertida.
—Créelo o no, no es solo un nombre para aparentar —dijo—. Me tomo mi trabajo muy en serio, sobre todo porque curar a estos tipos cuando salen despedazados me deja buenos dividendos.
Al notar la expresión de Maki, tan distinta a la de momentos antes, con los ojos brillantes y una emoción casi contagiosa mientras disparaba preguntas sin parar, Bones soltó una risa baja, entretenido por el cambio de actitud.
—Vamos por partes —añadió, intentando ordenar el caos—. Las reglas son simples: los combates son mano a mano, a menos que ambos participantes y el dueño acepten un duelo con armas. Salir del ring cuenta como derrota, y matar solo está permitido si los jueces lo deciden.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Yo participé alguna vez, pero ahora soy el médico del lugar. Me necesitan más cerrando heridas que abriéndolas. Y sí, hay apuestas, por si te interesa. Ah, y muévete un poco a mi derecha.
Tomó a Maki del brazo y la apartó justo a tiempo, cuando uno de los combatientes fue golpeado con tal violencia que salió disparado fuera del ring. El cuerpo cayó pesadamente contra el concreto, ya medio inconsciente.
—Te dije que vigilaras su mano derecha, Paul —murmuró Bones, dándole un par de palmadas en el hombro al derrotado.
Luego le hizo una seña a Maki para que lo siguiera hacia una cabina amplia y apartada, custodiada por dos hombres enormes. Eran tan parecidos que bien podrían haber sido gemelos: macizos, de brazos cruzados y miradas hostiles, vigilando la puerta como perros de presa.
—Buenas noches, muchachos —saludó Bones, acercándose con Maki pisándole los talones—. Díganle al señor Montana que vengo a hablar con él.
Los dos gigantes se miraron entre sí antes de volver a clavar los ojos en el médico brujo.
—No creo que quieras ver al viejo Danny sin traer su dinero, Huesos —gruñó uno—. Si no, tendremos que tirar lo que quede de ti a la basura después de que nos ordene molerte a golpes hasta la muerte. ¡YAWAYAWAYAWA!
Ambos estallaron en carcajadas perfectamente sincronizadas. Bones los interrumpió lanzándoles dos cartas que pasaron rozándoles el rostro por apenas unos centímetros y las cuales se clavaron en la pared.
—Estoy bastante seguro de que Montana me dijo que aún tenía tiempo para encontrarle una solución —respondió con calma—. Así , si quieren conservar su trabajo, será mejor que se hagan a un lado. No querrán acabar como los últimos guardaespaldas de su jefe que acataron ordenes ¿verdad?.
Los gemelos gruñeron con rabia contenida. Las ganas de aplastarlo eran evidentes, pero sabían que nadie con negocios pendientes con Danny Montana podía ser tocado sin su permiso.
—Está adentro. Entra rápido —escupió uno de ellos—. De todas formas, ya tienes un pie en el ataúd, Huesos. gruño el segundo.
—No se preocupen —replicó Bones con una media sonrisa—. Siempre lo he tenido.
Cruzó la puerta hacia una habitación lujosa. Allí, un hombre calvo y rechoncho descansaba en un asiento de madera fina tapizado en rojo, a juego con su imponente escritorio.
—Ah, señor Bones —dijo el hombre con una voz cortante, amenazante y educada a la vez—. Espero que su visita sea para pagar lo que me debe.
—Algo así, señor —respondió—. Le he traído a una peleadora que podría generarle grandes beneficios.
Danny Montana guardó silencio durante unos segundos, luego suspiró con fastidio.
—Solo quiero mi dinero, Bones. No me interesan más peleadores de medio pelo.
—¡Ella no lo es! —replicó con firmeza—. De hecho, podría enfrentarse sin problemas a varios del ranking medio del torneo. Ante el rostro incredulo del hombre Bones prosiguió. — Créame, señor Montana: Maki es un diamante en bruto. Uno capaz de llenar butacas como nunca antes. He estado curando y sanado las heridas y huesos de sus luchadores por mucho tiempo para saber cuando un peleador es verdaderanente especial.
Montana no parecía convencido, pero aun así llamó a su secretario, un hombre flaco de lentes gruesos, al que le habló con tono seco.
—Pon a esta chica contra Kassius. Si sobrevive dos rounds, le perdono la deuda a Bones y sáquenlo de la lista. Si no es asi, asegurense que se arrepienta de engañarme por lo que le quede de vida cuando lo torturen en el galpón.
Bones se quedo en el borde del alivio y la tension mientras escoltaban a ambos hacia los vestidores, donde Maki comenzaría a prepararse para la pelea que decidiría su destino.
Él era, después de todo, un hijo de la calle. Un chico que había pasado demasiado tiempo con el sabor metálico de la sangre en la boca, aprendiendo a base de abusos que solo había dos opciones: morir o adaptarse. Ahora, sin embargo, parecía completamente moldeado por la bohemia y los barrios bajos, aquellos rincones donde la peor calaña —piratas, bandidos y despojos humanos— se reunía por las noches para saldar cuentas entre sangre, dinero y alcohol.
Cuando escuchó la pregunta de Maki, el médico brujo se giró con rapidez y le dedicó una sonrisa divertida.
—Créelo o no, no es solo un nombre para aparentar —dijo—. Me tomo mi trabajo muy en serio, sobre todo porque curar a estos tipos cuando salen despedazados me deja buenos dividendos.
Al notar la expresión de Maki, tan distinta a la de momentos antes, con los ojos brillantes y una emoción casi contagiosa mientras disparaba preguntas sin parar, Bones soltó una risa baja, entretenido por el cambio de actitud.
—Vamos por partes —añadió, intentando ordenar el caos—. Las reglas son simples: los combates son mano a mano, a menos que ambos participantes y el dueño acepten un duelo con armas. Salir del ring cuenta como derrota, y matar solo está permitido si los jueces lo deciden.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Yo participé alguna vez, pero ahora soy el médico del lugar. Me necesitan más cerrando heridas que abriéndolas. Y sí, hay apuestas, por si te interesa. Ah, y muévete un poco a mi derecha.
Tomó a Maki del brazo y la apartó justo a tiempo, cuando uno de los combatientes fue golpeado con tal violencia que salió disparado fuera del ring. El cuerpo cayó pesadamente contra el concreto, ya medio inconsciente.
—Te dije que vigilaras su mano derecha, Paul —murmuró Bones, dándole un par de palmadas en el hombro al derrotado.
Luego le hizo una seña a Maki para que lo siguiera hacia una cabina amplia y apartada, custodiada por dos hombres enormes. Eran tan parecidos que bien podrían haber sido gemelos: macizos, de brazos cruzados y miradas hostiles, vigilando la puerta como perros de presa.
—Buenas noches, muchachos —saludó Bones, acercándose con Maki pisándole los talones—. Díganle al señor Montana que vengo a hablar con él.
Los dos gigantes se miraron entre sí antes de volver a clavar los ojos en el médico brujo.
—No creo que quieras ver al viejo Danny sin traer su dinero, Huesos —gruñó uno—. Si no, tendremos que tirar lo que quede de ti a la basura después de que nos ordene molerte a golpes hasta la muerte. ¡YAWAYAWAYAWA!
Ambos estallaron en carcajadas perfectamente sincronizadas. Bones los interrumpió lanzándoles dos cartas que pasaron rozándoles el rostro por apenas unos centímetros y las cuales se clavaron en la pared.
—Estoy bastante seguro de que Montana me dijo que aún tenía tiempo para encontrarle una solución —respondió con calma—. Así , si quieren conservar su trabajo, será mejor que se hagan a un lado. No querrán acabar como los últimos guardaespaldas de su jefe que acataron ordenes ¿verdad?.
Los gemelos gruñeron con rabia contenida. Las ganas de aplastarlo eran evidentes, pero sabían que nadie con negocios pendientes con Danny Montana podía ser tocado sin su permiso.
—Está adentro. Entra rápido —escupió uno de ellos—. De todas formas, ya tienes un pie en el ataúd, Huesos. gruño el segundo.
—No se preocupen —replicó Bones con una media sonrisa—. Siempre lo he tenido.
Cruzó la puerta hacia una habitación lujosa. Allí, un hombre calvo y rechoncho descansaba en un asiento de madera fina tapizado en rojo, a juego con su imponente escritorio.
—Ah, señor Bones —dijo el hombre con una voz cortante, amenazante y educada a la vez—. Espero que su visita sea para pagar lo que me debe.
—Algo así, señor —respondió—. Le he traído a una peleadora que podría generarle grandes beneficios.
Danny Montana guardó silencio durante unos segundos, luego suspiró con fastidio.
—Solo quiero mi dinero, Bones. No me interesan más peleadores de medio pelo.
—¡Ella no lo es! —replicó con firmeza—. De hecho, podría enfrentarse sin problemas a varios del ranking medio del torneo. Ante el rostro incredulo del hombre Bones prosiguió. — Créame, señor Montana: Maki es un diamante en bruto. Uno capaz de llenar butacas como nunca antes. He estado curando y sanado las heridas y huesos de sus luchadores por mucho tiempo para saber cuando un peleador es verdaderanente especial.
Montana no parecía convencido, pero aun así llamó a su secretario, un hombre flaco de lentes gruesos, al que le habló con tono seco.
—Pon a esta chica contra Kassius. Si sobrevive dos rounds, le perdono la deuda a Bones y sáquenlo de la lista. Si no es asi, asegurense que se arrepienta de engañarme por lo que le quede de vida cuando lo torturen en el galpón.
Bones se quedo en el borde del alivio y la tension mientras escoltaban a ambos hacia los vestidores, donde Maki comenzaría a prepararse para la pelea que decidiría su destino.
