Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang]
#9
Bai jamás habría sospechado que el rítmico percutir de las pezuñas de Zhang fuera algún tipo de recriminación por lo que acababa de hacer. Y es que, si bien es cierto que sabía de la existencia de ciertos seres que, por su comunión ancestral con la naturaleza, empatizaban más con la propia fauna que con el resto de las razas, Bai jamás había tomado a Zhang por uno de ellos; pero una cosa era el dato teórico y otra, muy distinta, grabarlo en la memoria de la persona. Pues, en cuanto el veterano mink se detuvo y soltó un resoplido, lo primero que hizo su mente fue trazar una conexión fulminante entre ambos hechos, omitiendo que el burro, quizás, sentía más empatía por ella que por los animalillos.

Así que, tan pronto como sus neuronas hicieron sinapsis y ese pensamiento se formalizó, lo primero que hizo fue creer que lo había ofendido con su actuar.

Por suerte, y aunque la duda la mantuvo en suspenso durante un corto rato, la respuesta llegó antes que la verdadera angustia. Pues, al acercársele el mink, Bai descubrió con alivio que este no guardaba reproche alguno.

Zhang la escrutó. Acercó su ojo bueno hasta donde había estado la culebrilla y la birkiniana y, por un instante, se permitió la rara debilidad de ser cuidada, sintiéndose de pronto como la niña que alguna vez fue, cuando sus ideas más extravagantes terminaban en un caos de esquirlas y polvo.

Aquel momento evocó un eco de su infancia: el día en que decidió intervenir en los engranajes de un mecanismo que su padre ensamblaba. Quería corroborar si la frialdad de los libros decía la verdad sobre las leyes de la fuerza y el equilibrio. Y, en efecto, la lección fue implacable: aprendió que, a menor masa, mayor es la violencia del movimiento si la fuerza no se calibra. El engranaje, mal fijado, salió disparado como un proyectil de bronce, provocando el colapso de una estantería que sepultó a la pequeña Bai bajo un alud de objetos olvidados.

En aquel entonces, su padre la había rescatado de la misma forma que había hecho Zhang con ella. Primero con atenciones y cuidados y después una sentencia que hoy el mink parecía repetir con otras palabras: «Cuidado, Bai. La curiosidad es un filo que corta a quien no sabe empuñarlo».

A lo que Bai respondió con una sonrisa de una ternura inusual, observando cómo él la examinaba con paciencia.

—¿Ya? —preguntó poco antes de que Zhang diera por concluida la inspección.

Había estado tan centrada en sus recuerdos que apenas se había percatado del tiempo o de su alrededor. Y es que, a decir verdad, había omitido por completo el zumbido de los insectos, el crujir de las hojas y hasta el murmullo húmedo de la selva.

Quizás por eso, en ese momento, a diferencia de Zhang, a Bai no le molestaban tanto los bichos.

Luego se ajustó el equipo y siguió al mink a corta distancia, observando fascinada el cambio de flora en el lugar.

Al menos hasta que, frente a ella, Zhang se hundió en el lodo.

Bai no trató de contenerse cuando la situación se precipitó. Su primer impulso fue lanzarse. De hecho, sus piernas se contrajeron, obedientes a ese reflejo antiguo de acción inmediata. Pero el gesto se abortó a medio camino cuando comprendió, con gran claridad, que hacerlo solo la arrastraría a la misma trampa.

Entonces, sus alas se sacudieron con nerviosismo y sus ojos vibraron por el impulso que tuvo que sofocar. Miró a un lado, luego al otro y, al comprobar que la distancia entre ambos no era insalvable, empezó a urdir un plan.

Se hincó de rodilla y, al mismo tiempo, obligó a su respiración a acompasarse. Después, observó. El lodo había atrapado las pezuñas de Zhang a traición, succionándolo con cada intento torpe de liberarse, como si la selva —ofendida por lo ocurrido— hubiera decidido castigarlo.

El problema era que él se movía.
Y, a cada movimiento, la tierra parecía engullirlo más.

Así que, presta, Bai recorrió el entorno con la mirada hasta fijarse en el punto exacto donde el barro cedía más rápido bajo su peso.

Mas no extendió la mano todavía.

Primero probó el terreno con la yema de los dedos, sintiendo cómo el suelo respondía: blando y traicionero, dispuesto a engullir a cualquiera que se confiara demasiado.

La buena noticia es que tenía algo de margen de maniobra y un buen punto de apoyo.

—No te muevas —dijo al fin, acompañando las palabras con un gesto de espera, antes de recordar que no todos podían entenderla.

Se inclinó entonces con cuidado, apoyando la zurda en una zona aún firme y repartiendo el peso como había aprendido a hacerlo desde niña, cuando comprendió que la fuerza sin medida solo multiplica el desastre. Por suerte, era grande y sus extremidades lo bastante sólidas como para no ceder a la primera exigencia.

Ahora sí, alzó la vista hacia Zhang y le ofreció la mano.

Uno.
Dos.
Tres.

Tiró de él con toda la fuerza que pudo, incorporándose poco a poco para que también las piernas entraran en juego. Los gemelos se le endurecieron, los bíceps tensaron y, al final, sus alas se batieron buscando un último impulso.

Estaban a punto de lograrlo.

Dio un paso, luego otro y, entonces, cuando creía que el peligro había pasado, sus botas resbalaron sobre las motas de barro que salpicaban el suelo.
Su cuerpo se tambaleó, perdió el equilibrio y, en lugar de soltarlo, lo atrajo contra sí, haciendo que ambos cayeran. Bai de espaldas. Zhang sobre ella.

Primero todo se puso negro. A ello le siguió un dolor de cabeza y otro más residual en las alas. Después, cuando por fin volvió en sí, recordó lo que había pasado.

—¡Zhang! ¡Zhang!

Bai se limitó a llamarlo por su nombre para saber si estaba bien. Al fin de cuentas, era un mink relativamente anciano, con un solo ojo bueno.
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Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - por Bai Mudan - 07-11-2025, 07:09 PM
RE: Flora: Croton [Pasado/Priv. Zhang] - por Bai Mudan - 17-01-2026, 12:07 AM

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