16-01-2026, 08:06 PM
Sentir la sangre en los labios, aunque fuera la mía, nunca había sido desagradable. Era apenas notoria, un rastro tibio que me anclaba al momento, cuando apresé al más alto al sentir que temblaba. Ese temblor me recorrió como una descarga, y me sobresalté cuando noté que, con torpeza urgente, me arrancaba la ropa, como si el mundo se le estuviera acabando en las manos. En cualquier otra situación, con cualquier otra persona, aquello habría despertado mi furia, una reacción inmediata y cortante; pero no con él, nunca con él.
Había algo en su forma de perder el control que no era violenta, sino desesperada, casi honesta. Su respiración se mezclaba con la mía, irregular, y el aire parecía más denso entre nosotros, cargado de una confianza que no necesitaba palabras. Dejé que la cercanía se impusiera, que el roce borrara las dudas, porque en ese instante entendí que no se trataba de dominio ni de impulso ciego, sino de una rendición mutua. Y mientras el sabor metálico se desvanecía lentamente, supe que ese caos, extraño y preciso a la vez, era el único lugar donde no me sentía a la defensiva.
Tampoco le respondí, no lo creí necesario mientras el agudo dolor de las mordidas me invadía: Tal vez estaba actuando demasiado complaciente, oponiendo cero resistencias y si accionar, solo reaccionando con sonidos vocales a lo que me hacía sentir, pero es que incluso sobre esa mesa seguía buscando como reaccionar a su vulnerabilidad, como hacerlo sentir seguro una vez más pues es algo que nunca se me había ocurrido. El calor de su erección solo provocó en la mía, ruborizándome ligeramente mientras una de mis manos subía a su mejilla, sin corresponder al beso, solo retrocediendo ligeramente para poder observarlo.

Quería decir algo, pero ignoraba qué; estaba… ¿preocupado? Sí, eso parecía. La palabra se asentó con un peso extraño. Me dolía ligeramente la frente por el ceño fruncido mientras continuaba mirándolo a los ojos, como si en ellos pudiera encontrar la respuesta que mi cabeza se negaba a formular. No aparté la mirada. Ese silencio tenso se estiró entre nosotros, cargado de algo que no sabía nombrar pero que insistía en quedarse.
Sentí la incomodidad recorrerme despacio, no como un rechazo sino como una alerta suave, una punzada que nacía del cuidado. Me di cuenta de que estaba midiendo su respiración, la forma en que sus hombros subían y bajaban, buscando señales que confirmaran o desmintieran mi inquietud. Era absurdo, quizá, pero aun así no pude evitarlo. La preocupación no venía del miedo, sino de una cercanía demasiado real, demasiado presente.
Tragué saliva, el gesto mínimo, y dejé que la tensión se asentara en el cuerpo. Pensé en hablar, en romper el momento con cualquier frase trivial, pero algo me lo impidió. Tal vez era la certeza de que, si abría la boca, lo que saldría no sería una pregunta sino una confesión. Y no estaba listo para eso. Así que me quedé ahí, sosteniendo la mirada, permitiendo que el silencio dijera lo que yo todavía no sabía cómo poner en palabras.

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