[FIC - Pasado] Segando el trigo
#3
La mañana siguiente al arresto de Garruk el Triguero no trajo consigo la paz que Kibai esperaba. El sol de Roshwan, siempre pálido y distante, se filtraba por las altas ventanas de los barracones de la Marina, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire frío. Kibai estaba sentado en su litera, con el torso al descubierto. El pelaje de leopardo de su costado estaba apelmazado por el ungüento medicinal, y una serie de puntos de sutura, dados con una precisión quirúrgica que le recordaba a las garras de un médico de Zou, cerraban la herida que el barril astillado le había provocado.

Cada vez que respiraba hondo, un pinchazo de dolor le recorría las costillas. Gruñó por lo bajo, un sonido gutural que hizo que un recluta que pasaba por allí acelerara el paso.

"No deberías moverte tanto, compañero" dijo Joss, entrando en la habitación con dos bandejas de metal que humeaban. "El médico dijo que si se te saltan los puntos, te los daría sin anestesia la próxima vez. Y ese hombre tiene cara de cumplir sus promesas."

Joss dejó una de las bandejas frente a Kibai: gachas de avena, un par de manzanas y una jarra de leche caliente. Kibai miró la comida con escepticismo, pero su estómago, que parecía haber olvidado que ayer solo cenó gloria y sake, rugió en señal de protesta.

"¿Qué se comenta en el patio?" preguntó el mink, empezando a pelar una manzana con una de sus garras.

Joss se sentó en la litera de enfrente, con una expresión que bailaba entre el orgullo y la preocupación.

"Que qué se dice? Se dice de todo. Algunos de los veteranos están impresionados; dicen que no habían visto a un recluta tumbar a un tipo del tamaño de Garruk en bastante tiempo. Aunque hay otros que dicen que no era para tanto. Pero…" 

Joss bajó la voz, mirando hacia la puerta. 

"También he oído que en las oficinas no están tan contentos. He oído que los contables están hechos una furia. Parece que Garruk no solo extorsionaba al puerto, sino que también era el principal contratista de suministros para la base. Ahora hay un montón de papeles sin firmar y barcos que no saben si descargar o no."

Kibai dejó la manzana a medio pelar. Sus orejas se plegaron hacia atrás.

"¿Me estás diciendo que la Marina está molesta porque he detenido a un criminal que les facilitaba la logística?"

"Te estoy diciendo que la Justicia a veces tiene demasiada burocracia, Kibai."

En ese momento, la puerta del barracón se abrió, dando paso a uno de los alguaciles.

"Recluta Kibai, preséntese a la mayor brevedad en las oficinas de comandancia."

"Creo que sea cual sea la circunstancia, lo descubriremos pronto" dijo Kibai incorporandose. 

"Suerte, compañero. Con lo que sea, ven a verme"

Una hora después, Kibai se encontraba frente a la puerta de madera reforzada de la oficina del Comandante de la base. Se había puesto el uniforme de gala, aunque la chaqueta le apretaba incómodamente sobre el vendaje. Raimei colgaba de su cinturón, confortándole con su familiar peso contra la cadera.

"Adelante" dijo una voz seca desde el interior.

El Comandante de la base de Roshwan era un hombre que parecía haber sido tallado en el mismo granito que las montañas de la isla. Tenía el pelo canoso cortado al cepillo y unos ojos grises que analizaban todo como si estuvieran buscando una debilidad estructural. Sobre su escritorio, un informe detallado con el sello de "Incidente en el muelle sur".

Kibai se puso firme y saludó. El hombre no le devolvió el saludo de inmediato; se limitó a observarlo durante lo que parecieron minutos.

"Recluta Kibai" dijo finalmente. "Has causado un problema considerable."

"Señor, el sujeto estaba extorsionando a la población civil y admitió crímenes de tráfico humano" respondió Kibai, manteniendo la vista al frente.

"Lo sé. He leído tu informe y el del recluta Joss. También he recibido a tres comerciantes del puerto esta mañana que un poco más y querían erigir una estatua en tu honor." El comandante suspiró, una exhalación pesada que olía a tabaco frío. "Pero también he recibido llamadas de la Intendencia del Sector. Garruk tenía contratos firmados. Ahora, esos contratos son nulos y la base se enfrenta a una escasez de suministros de invierno."

El comandante se levantó y caminó hacia la ventana.

"En la Marina, la Justicia no es solo derrotar al mal, Kibai. Es asegurarse de que el vacío que deja ese mal no lo llene algo peor, o el hambre. Actuaste sin órdenes, sin un plan de contingencia y sin apoyo oficial."

Kibai sintió que la sangre le hervía bajo el pelaje.

"Lo siento, señor, si un depredador ataca el rebaño, no esperamos a un plan de contingencia. Mordemos."

El hombre se giró bruscamente. Su mirada era firme, taladrando  Kibai como un hierro candente.

"Esto no es Zou. Esto es la Marina. Y aquí, el morder sin que te lo ordenen te convierte en un peligro para la unidad."

El silencio que siguió fue tenso. Kibai pensó por un momento que le ordenarían entregar sus galones y limpiar los establos durante un mes. Sin embargo, el comandante volvió a sentarse.

"Sin embargo… los resultados son innegables. Has limpiado los muelles y has devuelto la fe en el uniforme a una ciudad que la estaba perdiendo. Por eso, no te voy a arrestar. Pero vas a limpiar tu propio desastre."

El Comandante le lanzó una carpeta azul.

"Garruk no operaba solo. Alguien en esta base, o en el gobierno local, le daba el visto bueno a sus contratos a pesar de su reputación. Investiga quién era su contacto. Tienes libertad de movimiento en el distrito comercial, pero si vuelves a sacar esa espada sin una orden directa, me encargaré personalmente de que tu próxima patrulla sea en Impel Down. Con el uniforme de preso. ¿Entendido?"

"Sí, Comandante." respondió Kibai, agarrando la carpeta.


Al salir de la oficina, Kibai se encontró con Joss, que lo esperaba apoyado en una columna, mordisqueando un palillo.

"¿Y bien? ¿Te someten a un consejo de guerra, o te dan una condecoración?"

"Ni una ni la otra. Una investigación" gruñó Kibai, mostrándole la carpeta. "Tenemos que encontrar quién ayudaba a Garruk desde dentro."

"¡Eh, pero si eso es una buena noticia!" exclamó Joss, dándole una palmada en el hombro, que Kibai esquivó por poco. "Eso significa que el Viejo confía en nosotros para el trabajo sucio. Vamos, pasemos por el Golden Lion. Si hay secretos en esta isla, Fitto los habrá oído flotando entre las mesas."

El camino hacia el Golden Lion fue diferente esta vez. Los ciudadanos ya no bajaban la cabeza al verlos pasar. Un pescador le regaló un pequeño amuleto de madera tallada; una anciana le ofreció una bolsa de galletas de jengibre. Kibai aceptaba los regalos con una torpeza casi cómica, sin saber muy bien dónde meter tantas muestras de afecto.

Cuando llegaron a la taberna, el ambiente era vibrante. Fitto estaba en su salsa, saltando de hombro en hombro para tomar pedidos con una velocidad asombrosa. Al ver a Kibai, el Tontatta se lanzó desde una jarra de cerveza y aterrizó con gracia sobre la cabeza del mink.

"¡El gran Kibai ha llegado!" anunció Fitto a gritos. "¡Hagan paso para el brazo peludo de la ley!"

"Bájate ya, Fitto." murmuró Kibai, aunque no hizo ningún movimiento para quitarlo de allí. "Necesitamos información. ¿Quién era el mejor amigo de Garruk aparte de su propio kanabō?"

Fitto se rascó la barbilla, pensativo.

"Garruk siempre hablaba de un tal "Escarcha Oscura", pero eso suena muy dramático, ¿verdad? Lo que sí sé es que cada dos semanas, un carruaje con el sello de la Administración de Aduanas venía a su almacén. No descargaban comida, Kibai. Cargaban cajas pesadas que olían raro, como a…" Fitto arrugó la nariz "…a metal dulce. Como el aceite que usan para las armas."

Kibai y Joss intercambiaron una mirada.

"Contrabando de armas" dijo Joss, perdiendo su habitual tono bromista. "Eso explicaría por qué los contratos de comida eran tan importantes. Eran la tapadera perfecta para mover material militar."

"Si las armas salían de la base, el contacto tiene que ser alguien con acceso al arsenal" concluyó Kibai.

"Deberíamos ir a echar un ojo al almacén de dónde provenían esas cajas, solo por si acaso."

"Coincido."

Tras depositar un par de berries en la barra y rematar sus jarras, ambos marines se despidieron de Fitto el cual negó con la cabeza. 

"No, no, no. Estás tú que me pierdo otra."

Dando un salto, el Tontatta se introdujo en el bolsillo de la chaqueta de Kibai.

"Fitto, no eres un Marine, no puedes..."

"Y quien me va a decir nada, eh? Para eso tendrían que verme primero... Además, corro más que vosotros y quepo por huecos pequeños. Voy y punto."

Decidieron investigar el edificio de Aduanas esa misma noche. La nieve había vuelto a caer, cubriendo Roshwan con un manto de silencio sepulcral. Se movieron como sombras: Kibai aprovechando su agilidad natural y Joss intentando, con más o menos éxito, no hacer ruido con sus botas de marine. Llegaron a los almacenes de la zona este, cerca de donde Garruk solía operar. Kibai se detuvo en seco. Sus orejas se agitaron en la brisa nocturna, captando ruidos sordos más adelante.

"Espera, Joss. Oigo algo. Pisadas metálicas. Más de dos personas."

Se ocultaron tras unas cajas de suministros médicos. Desde allí, vieron a un grupo de hombres con capas oscuras cargando cajas en un pequeño barco velero. No eran matones comunes; se movían con disciplina militar. Entre ellos, un hombre con el uniforme de oficial de la Marina, un Sargento, por las insignias, supervisaba la operación.

"Eh, lo conozco. Es el Teniente Vane." susurró Joss, atónito. "Es el responsable del inventario de la base."

Kibai sintió una punzada de rabia. Mientras él y Joss se jugaban el pellejo patrullando con frío, alguien desde dentro estaba vendiendo la seguridad de la isla.

"Tenemos que detenerlos." dijo Kibai, llevando la mano al mango de Raimei.

"Espera." Joss le sujetó el brazo. "Son demasiados y estos no son maleantes de poca monta a los que puedas atravesar como un cuchillo la mantequilla, son soldados entrenados. Si atacamos ahora, nos acusarán de insubordinación. Necesitamos una prueba física de lo que hay en esas cajas."

Kibai miró a Fitto, que asomaba la cabeza desde el bolsillo de su chaqueta. El pequeño Tontatta asintió, entendiendo la misión sin palabras. Con una agilidad que dejaría en evidencia a cualquier espía, Fitto se deslizó por el suelo nevado, convirtiéndose en una mancha invisible. Trepó por el casco del barco y, en menos de un minuto, regresó con un pequeño albarán que había arrancado de una de las cajas abiertas.

Kibai leyó el papel bajo la luz de la luna. Sus ojos se abrieron de par en par.

"Esto no son solo armas comunes, Joss. Son rifles del Gobierno Mundial. Marcados para ser destruidos por defectuosos, pero están operativos. Se los están vendiendo a los traficantes de armas que operan en el South Blue.

"¡Malditos bastardos!" siseó Joss.

Pero antes de que pudieran retirarse para informar, el sonido de una rama rompiéndose bajo la bota de Joss rompió el silencio.

"¿Quién está ahí?" gritó el Teniente Vane, desenvainando su sable. "Parad la carga y enceded los candiles ¡Registrad la zona!"


"Tenemos que largarnos de aquí, o nos matarán a todos." dijo Kibai.

"Estoy de acuerdo. Tenemos las pruebas necesarias. Lo único que tenemos que hacer ahora es asegurarnos de que lleguen a quien tienen que llegar."

"Pues vámonos, Fitto, adentro." dijo Kibai abriéndose la chaqueta.

Pero el Tontatta negó con la cabeza, haciendo estiramientos con sus brazos.

"Os conseguiré tiempo. A mi no me esperan, y puedo desaparecer facilmente en cualquier esquina. Largaos."

"Ni de broma, amigo" protestó Joss, pero Fitto ya no estaba allí.

Al poco rato, ambos empezaron a escuchar gritos en los almacenes, con Fitto burlándose de los Marines con una voz intencionadamente aflautada a ratos, y cómicamente grave a otros.

"Vámonos, ese canijo sabe lo que hace, y nosotros tenemos un papel que entregar" dijo Joss palmeando el hombro de Kibai. "Sabrá arreglárselas."

El mink negó con la cabeza y salió corriendo de vuelta a la base de la Marina.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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